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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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28 Noviembre 2020 04:01:00
Un aliado inesperado
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Sin estrés sería imposible la existencia del ser humano. Es el mecanismo de sobrevivencia básico, una reacción fisiológica que dispone al cuerpo y a la mente para protegernos de aquello que nos amenaza.

Pero más allá de la sobrevivencia, en la vida cotidiana el estrés opera como un estado de tensión interna que se presenta cuando entramos en alerta ante una situación externa a la que de momento no sabemos cómo hacerle frente.


Así pues, el estrés es un impulsor de adaptación. Si nos negamos a hacer los cambios necesarios para adecuarnos a las circunstancias, permanecerá, se volverá crónico y nos enfermará física y mentalmente. Esto pasa porque nos domina el miedo, no podemos confiar, nos resistimos a lo nuevo y entramos en un estado de alerta continuo y desgastante.

Ciertamente hay situaciones extremas, de vida o muerte, y a veces de duración indefinida, que nos obligan al estrés prolongado, como una guerra o la pandemia en que está inmerso el mundo. En estos casos permanecemos estresados porque no sabemos cómo ponerle fin al miedo ni gestionar las emociones negativas resultado del trauma o traumas, o cómo relajarnos, confiar, reequilibrarnos.

De hecho, es muy fácil entrar en estrés, porque se trata de un estado que proviene de reacciones automáticas a múltiples estímulos exteriores; en tanto relajarse, calmarse, confiar, requiere de nuestra voluntad y de un “hacer” en pro.

Por ejemplo, todo lo que tenemos que hacer para satisfacer la necesidad ficticia de estar a la altura de lo que la sociedad nos exige para “ser alguien”, nos mantiene en un estrés constante y, por tanto, en una fuga continua para no enloquecer.

Decía Kierkegaard, uno de los filósofos más brillantes de la historia de la humanidad, que “el hombre que vive su vida como consumidor, como trabajador teledirigido… ha traicionado en cierto modo su destino como ser humano”.

Este hombre vive constantemente compitiendo, comparándose para encontrarse, y en esa medida, frustrándose, porque está en fuga de sí mismo, experimentándose vacuo y enojado, muy enojado, porque le es desleal a su alma.

El estrés siempre estará presente en el competitivo, para quien la vida es una guerra: como no sabe vivirla desde el alma y solo la transcurren con el ego, la convierte en una trinchera para refugiarse y defenderse. Solo saldrá para acabar con todo aquel que considere su enemigo. Esto es estrés. Y esto, prolongado en el tiempo, da ansiedad. Ahora sabemos por qué esta se ha convertido en el mayor mal de la humanidad hoy en día, y por qué, evidentemente, empeora si sobreviene una situación traumática como la pandemia que estamos padeciendo.

Ahora bien, el estrés puede funcionar como una tabla de surf para remontar las olas, y no como un lastre para hundirnos, si en lugar de rechazarlo lo aceptamos como un impulso para el cambio. Siempre será nuestro aliado si permanece en un nivel tolerable y saludable.

Por tanto, para moderar y manejar nuestro estrés, podemos:

Buscar contacto con otros desde el alma, no para distraernos; alguien con quién podamos hablar de cómo nos sentimos; o acudir a un profesional de la salud mental.

Desarrollar buenos hábitos, como hacer ejercicio, meditar, dormir suficiente, leer, alimentarse sanamente, para no permitirle a la mente estados malsanos.

Poner orden en nuestra casa y nuestros asuntos, pues esto siempre da certeza y seguridad.

Evitar o limitar aquello en lo que acostumbramos fugarnos.

Ayudar desinteresadamente a otros, lo cual da muchas satisfacciones y eleva la autoestima.

Disminuir el tiempo en redes sociales, pues nos saturan de información sobre cosas fuera de nuestro control, pero que nos afectan emocionalmente, y esto termina en frustración.

Construir con afecto una red de apoyo entre amigos y familiares.

La calma vendrá sola, porque mientras trabaja en usted mismo, un día a la vez, su ego baja la guardia y el miedo se retira.
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