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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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19 Mayo 2019 04:00:00
Salón de fiestas
Lo ocurrido en el Palacio de Bellas Artes no es, de ninguna manera, asunto menor. El haber permitido la celebración de un homenaje disfrazado de concierto en honor de un líder religioso sienta un mal precedente con indeseables repercusiones políticas y culturales.

En lo cultural, la fiesta en honor del dirigente de la Iglesia Universal convierte el máximo foro del arte en un simple salón de fiestas, cuyos espacios pueden ser utilizados por quien lo desee y tenga el suficiente dinero para pagarlo.

Las explicaciones –justificaciones– de las autoridades del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y de la Secretaría de Cultura (SC) resultan risibles.

Como escribió alguien, el personal de ambas instituciones debe de estar tan ocupado que no tiene tiempo de echar un vistazo a las redes sociales, donde durante varios días se estuvo bombardeando con mensajes invitando al acto, señalando explícitamente que se trataba de la celebración del cumpleaños.

De la efectividad de los mensajes hablan los centenares de personas que se reunieron en las afueras del Palacio a demostrar su aprecio al feliz cumpleañero.

Por lo visto, solamente los directivos y burócratas de la SC y el INBAL no estaban enterados, aunque algunos de ellos asistieron al evento. También estuvieron allí representantes de la clase política: diputados y funcionarios públicos, que por cierto olvidaron la austeridad de la 4T y se disfrazaron de fifís con trajes de etiqueta.

Desde el punto de vista político, la utilización del Palacio de Bellas Artes para celebrar el cumpleaños de un líder religioso vulnera gravemente la ya de por sí porosa división entre el Estado y las iglesias, separación que históricamente costó tanta sangre al país. Los hombres de la Reforma, encabezados por don Benito Juárez y don Melchor Ocampo deben de estar revolcándose en sus tumbas.

Igual estarán haciendo José Luis Martínez, Carlos Chávez, Salvador Novo y tantos otros que se afanaron por hacer de Bellas Artes el recinto cultural por excelencia.

No es necesario ser un jacobino a ultranza para lamentar esa paulatina desaparición de la frontera entre Estado e Iglesia, nítidamente trazada desde hace siglo y medio.

Más, debido al reciente anuncio del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien manifestó la posibilidad de concesionar canales de televisión a las iglesias. Como si no fueran suficientes los programas de “publicidad pagada”, en los que predicadores, brujos y chamanes asestan a televidentes desvelados promesas de salvación eterna hasta la solución de problemas domésticos.

Históricamente, el involucramiento de los representantes religiosos en la política ha sido en México fuente de grandes calamidades.

Borrar esa separación puede resultar clientelarmente productivo, pero políticamente muy peligroso. Las alianzas Estado-iglesias terminan en fascismo, como sucedió en la España de Francisco Franco.

Los drásticos recortes presupuestales a la ciencia y la investigación se suman ahora a estas pifias –roguemos que sean únicas– de las autoridades culturales, diseñando un panorama poco alentador. La plausible austeridad de la Cuarta Transformación no debe incluir a la inteligencia y la creatividad.

Letras sueltas

La 22º edición de la Feria Internacional del Libro Coahuila mostró la maduración de un proyecto cultural que año con año ha ido consolidándose. Felicitaciones a la Secretaría de Cultura y a la Universidad Autónoma de Coahuila, encargadas de su realización.
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