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Denisse Dresser
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16 Septiembre 2019 04:05:00
La 4S
La Cuarta Transformación insiste en que lo es. Todos los días busca crear una narrativa de cambio verdadero, de ruptura real, de bandazo bendito. Según la historia oficial, membretada y diseminada en cada documento de Gobierno, ha habido solo cuatro hitos de alteración auténtica: la Independencia, el periodo juarista, la Revolución de 1910 y la etapa actual. Todos los esfuerzos de democratización antes de Andrés Manuel López Obrador fueron apócrifos. Todos los trabajos de construcción y remodelación institucional fueron de balde. Todas las alternancias anteriores no cuentan. Ahora se trata de reescribir el pasado para controlar el futuro; de concebir a la política como un espectáculo continuo con actores que memorizan el guion escrito en Palacio Nacional; de poner a desfilar a pipas de Pemex y a los beneficiarios de los programas sociales y a los miembros de la Guardia Nacional. México transformado cuando en realidad es México abreviado. Simplificado.

No reconoce de dónde venimos y cuánto trabajo nos tomó salir -incompletamente- de ahí. El país del presidencialismo imperial y el centralismo discrecional. El país del partido hegemónico y los contrapesos inexistentes. El país del Ejecutivo fuerte, el Legislativo subordinado, la Suprema Corte omisa. Un lugar donde no había comisiones de derechos humanos o acceso a la información pública o Banco de México autónomo o reguladores de competencia en telecomunicaciones o periodismo de investigación independiente o autoridades electorales que no estuvieran al servicio del PRI. Un paraje de poder predominante y concentrado que fuimos transformando con luchas sociales y reformas electorales; con elecciones competidas y batallas aguerridas.

La 4T se comporta como si esa etapa no hubiera existido y no fuera necesario defender lo que ahí se logró. No reconoce el camino recorrido; lo ignora o lo denuesta. No recuerda cómo se pavimentó la ruta que le permitió llegar; más bien asume el monopolio moral de la representación porque finalmente arribaron los impolutos. El nuevo Gobierno no comprende que solo ganó una elección; presume un cambio de régimen. No entiende que solo llegó al poder; piensa que puede ejercerlo como le plazca. Y para ello tiene que rechazar la complejidad y apelar a la simplificación. Nada de negociaciones complejas o deliberaciones democráticas; nada de datos o mediciones o evaluaciones. Ahora se gobierna con soluciones fáciles y mantras mediáticos. Para enfrentar los feminicidios, el despliegue de la Guardia Nacional. Para encarar la impunidad, el populismo penal y la prisión preventiva oficiosa.

Para superar la crisis educativa, 100 universidades anunciadas pero inacabadas. Para acabar con la corrupción, la voluntad presidencial pero aplicada selectivamente. Para asegurar el desarrollo, apostarle a la petrolización aunque quiebre las finanzas públicas.

Ante cada reto complejo, la 4T tiene una solución simple. Una app o una promesa presidencial o una declaración mañanera. Para el lopezobradorismo, solo se requiere sentido común, 99% de honestidad y 1% de capacidad. Y si alguien señala efectos contraproducentes o políticas públicas deficientes, la respuesta también es sencilla. Quien las critica representa intereses oscuros o se opone al cambio o no quiere perder sus privilegios o es un conservador o un sicario del periodismo. Lo único que se necesita para que la economía crezca y Pemex aumente su producción y la desigualdad disminuya es la exhibición de los moralmente derrotados. Lo único que se requiere para transformar a México es que desfilen los militantes de una “causa trascendente”, como dice José Woldenberg.

Ante esta simplificación políticamente útil pero democráticamente peligrosa, urge reaccionar. Estos no son tiempos ordinarios y nos corresponde hacer cosas extraordinarias para defender instituciones acosadas y valores amenazados. Toca señalar y analizar y alertar ante el espectáculo de las ocurrencias cotidianas, las frases efectistas y la mercadotecnia manipuladora llevada a cabo por quienes no entienden la diferencia entre ser un propagandista y ser un funcionario público. Toca combatir los resortes autoritarios con las convicciones democráticas. Toca enfrentar a la 4a. Simplificación con el arma más poderosa: la verdad. Y el acto más revolucionario y transformador en estos tiempos es decirla.
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