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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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19 Mayo 2019 04:00:00
La fuerza del todo
El suicidio no deja de sorprendernos más cada día: por su creciente número, así como por las causas que lo motivan. Esta semana hubo un par de tragedias que invitan a la reflexión. Primera, en el Reino Unido durante 14 años se transmitió un programa en vivo, en cada emisión dos personas ventilaban sus diferencias, frente al público. Este fungía como jurado, que luego de escuchar a una y otra de las partes, decidía. Dicho programa era conducido por Jeremy Kyle. Según la información que pude consultar, de ser un programa tranquilo, se volvió cada vez más tóxico, con brotes violentos. En el último de sus capítulos, de fecha mayo 10 –pues acaba de ser cancelado—, una pareja discutía frente al gran público si el esposo era infiel. El hombre aceptó someterse a la prueba del polígrafo, la cual no pasó. Los conocedores indican que dicha prueba, para ser confiable, debe hacerse por un experto, en un ambiente tranquilo, y su duración puede extenderse a 3 o 4 horas para resultados precisos. En este caso no se dieron las condiciones. El público presente se volcó en contra del esposo de fea manera. El hombre llegó a su casa, escribió una nota afirmando que no había sido infiel, y se colgó.

Otro caso, más doloroso todavía. En Singapur una chica de 16 años desarrolló ideación suicida, publicó en su Instagram una encuesta acerca si debía o no suicidarse. Más del 60% opinó que sí lo hiciera, y ella puso fin a su vida. Parecen malas bromas de algún cuentista sin oficio, que se pone a escribir historias bizarras. Desgraciadamente son hechos reales, que no porque sucedan lejos de nosotros, dejan de ser representativos. Nos venimos convirtiendo en una sociedad de seres humanos solos; cada uno gira sobre su propio eje mientras la cuerda nos dure. Como si no halláramos qué más hacer. Tenemos temor de aproximarnos a otros que –suponemos-- hacen lo mismo, y colisionar. Los abordamos a través de redes sociales, adivinando cómo son, para luego dejar en sus manos las grandes decisiones de nuestra propia vida. Así no nos comprometemos. Frente a la fría pantalla seguimos sintiéndonos solos, hambrientos de esa calidez que cualquier ser vivo con un cerebro desarrollado, necesita para percibir que está seguro y poder avanzar. Lo hace cualquier especie, y más nosotros los humanos, provistos de un sistema límbico que proceso las emociones de forma excepcional, para desencadenar una cascada interna de reacciones frente al mundo, ante el cual nos sentimos más vulnerables de lo que debe sentirse un mapache, una nutria o un gato montés.

Una forma alternativa de suicidio, que finalmente termina en el mismo punto –la extinción—es lo que está ocurriendo con nuestra única casa, el planeta Tierra. Vemos correr ríos de basura; nos pasma el sargazo; contabilizamos por decenas las especies que van desapareciendo para siempre del orbe. Hallamos incontenibles los incendios en distintos puntos del territorio nacional, algunos de ellos parecieran intencionales. Y seguimos igual, utilizamos bolsas de plástico, tiramos basura donde no deberíamos hacerlo, y omitimos llevar a cabo muchas acciones a favor del planeta, que en conjunto contribuirían en gran medida, a frenar la extinción de las especies vivas.

Wangari Muta Maathai (1940-2011) fue la primera mujer africana en obtener el Premio Nobel de la Paz en el 2004. Diseñó un proyecto ecológico de restauración, mediante la creación de cinturones verdes para combatir la deforestación, el cambio climático y la erosión de los suelos. Nacida en la tribu keniana kikuyú, realizó su educación básica en África, y más delante con una beca pudo seguir la carrera de Biología y una maestría en Ciencias Biológicas en Norteamérica. Regresó a su tierra natal para emprender un proyecto de repoblación de zonas deforestadas, que más y más países copiaron, por el que recibió el Nobel.

¿Qué cosa nos falta como sociedad, que nos lleva a la apatía ciudadana y del medio ambiente? Como si se nos hubiera apagado el piloto y por más que traten de encendernos nada más no respondemos.

‘¿Qué tal si empezamos con pequeñas acciones? Cuando vayamos a comprar alimentos llevemos nuestra bolsa reusable. En el restaurante rechacemos popotes de plástico. Reciclemos el períodico, en vez de que vaya a la basura. Juntemos y depositemos el PET en contenedores apropiados. Exijamos a nuestras autoridades un sitio especial para colocar desechos electrónicos y baterías. Al salir llevemos nuestra botella de agua reutilizable en vez de consumir la que se vende en recipientes de plástico…

La fuerza del todo está dada por la integridad de cada una de sus partes. Es un principio universal que igual se aplica a los humanos, y que para ahora es equivalente a no morir.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
19 Mayo 2019 03:25:00
La fuerza del todo
El suicidio no deja de sorprendernos cada día: por su creciente número, así como por las causas que lo motivan.

Esta semana hubo un par de tragedias que invitan a la reflexión. Primera, en Reino Unido durante 14 años se transmitió un programa en vivo, en cada emisión dos personas ventilaban sus diferencias, frente al público. Este fungía como jurado, que luego de escuchar a una y otra de las partes, decidía.

Según la información que pude consultar, de ser un programa tranquilo, se volvió cada vez más tóxico, con brotes violentos. En el último de sus capítulos (10 de mayo), pues acaba de ser cancelado, una pareja discutía si el esposo era infiel. El hombre aceptó someterse a la prueba del polígrafo, la cual no pasó.

dicha prueba, para ser confiable, debe hacerse por un experto, en un ambiente tranquilo, y su duración puede extenderse a 3 o 4 horas para resultados precisos. En este caso no se dieron las condiciones. El público presente se volcó en contra del esposo de fea manera. El hombre llegó a su casa, escribió una nota afirmando que no había sido infiel, y se colgó.

Otro caso, más doloroso todavía. En Singapur una chica de 16 años desarrolló ideación suicida, publicó en Instagram una encuesta acerca si debía o no suicidarse. Más del 60% opinó que sí lo hiciera, y ella puso fin a su vida. Parecen malas bromas de algún cuentista sin oficio, que se pone a escribir historias bizarras.

Desgraciadamente son hechos reales, que no porque sucedan lejos de nosotros, dejan de ser representativos. Nos venimos convirtiendo en una sociedad de seres humanos solos; cada uno gira sobre su propio eje mientras la cuerda nos dure. Como si no halláramos qué más hacer.

Tenemos temor de aproximarnos a otros que, suponemos, hacen lo mismo, y colisionar. Los abordamos a través de redes sociales, adivinando cómo son, para luego dejar en sus manos las grandes decisiones de nuestra propia vida. Así no nos comprometemos. Frente a la fría pantalla seguimos sintiéndonos solos, hambrientos de esa calidez que cualquier ser vivo con un cerebro desarrollado, necesita para percibir que está seguro y poder avanzar. Lo hace cualquier especie, y más nosotros los humanos, provistos de un sistema límbico que procesa las emociones de forma excepcional, para desencadenar una cascada interna de reacciones frente al mundo, ante el cual nos sentimos más vulnerables de lo que debe sentirse un mapache, una nutria o un gato montés.

Una forma alternativa de suicidio, que finalmente termina en el mismo punto, la extinción, es lo que está ocurriendo con nuestra única casa, el planeta Tierra. Vemos correr ríos de basura; nos pasma el sargazo; contabilizamos por decenas las especies que van desapareciendo para siempre del orbe

Hallamos incontenibles los incendios en distintos puntos del país, algunos de ellos parecieran intencionales. Y seguimos igual, utilizamos bolsas de plástico, tiramos basura donde no deberíamos hacerlo, y omitimos llevar a cabo muchas acciones a favor del planeta, que en conjunto contribuirían a frenar la extinción de las especies vivas. Wangari Muta

Maathai (1940-2011) fue la primera africana en obtener el Premio Nobel de la Paz en 2004. Diseñó un proyecto ecológico de restauración, mediante la creación de cinturones verdes para combatir la deforestación, el cambio climático y la erosión de los suelos. Nacida en la tribu keniana kikuyú, realizó su educación básica en África, y más delante con una beca pudo seguir la carrera de Biología y una maestría en Ciencias Biológicas en Norteamérica. Regresó a su tierra natal para emprender un proyecto de repoblación de zonas deforestadas, que más y más países copiaron, por el que recibió el Nobel.

¿Qué cosa nos falta como sociedad, que nos lleva a la apatía ciudadana y del medio ambiente? Como si se nos hubiera apagado el piloto y por más que traten de encendernos nada más no respondemos.

¿Qué tal si empezamos con pequeñas acciones? Cuando compremos alimentos llevemos nuestra bolsa reusable. En el restaurante rechacemos popotes de plástico. Reciclemos el períodico, en vez de que vaya a la basura. Juntemos y depositemos el PET en contenedores apropiados. Exijamos a nuestras autoridades un sitio especial para colocar desechos electrónicos y baterías. Al salir llevemos nuestra botella de agua reutilizable en vez de consumir la que se vende en recipientes de plástico.

La fuerza del todo está dada por la integridad de cada una de sus partes. Es un principio universal que igual se aplica a los humanos, y que para ahora es equivalente a no morir.
12 Mayo 2019 04:00:00
La mejor madre
Desperté este Día de la Madre no sé si triste, cuando menos nostálgica. Ahora que lo pienso, así es para mí desde que la ocasión dejó de ser ese día especial de la infancia, cuando preparábamos los bordados o los deshilados para el regalo de mamá. Ensayábamos cantos o bailables, y seguíamos con emoción la cuenta regresiva, hasta el día del festival, momento en que lucíamos ropas distintas a las habituales, ya fuera el uniforme de gala o un vestuario acorde con la caracterización que desarrollaríamos.

Debo precisar, entre aquel tiempo y el actual, ocurrió la etapa maravillosa en que me convertí yo misma en receptáculo de festivales y regalos. De estos últimos conservo un par de tazas que utilizo en forma habitual; debido a su uso el pensamiento de inspiración filial, impreso en cada una de las tazas, se ha borrado. Hay fotos de aquellos festivales, incontables anécdotas y momentos simpáticos que guardo en la castaña de los dulces recuerdos. Aun así el Día de las Madres sigue siendo nostálgico, en recuerdo de Melita, la mamá que ya no está aquí.

Por redes sociales proliferan las felicitaciones. Más allá de las nobles intenciones con que se intercambian dichas fórmulas, dentro de mí siento que la ocasión es íntima, entre la madre y los hijos, en una pequeña cápsula de tiempo y espacio, a donde la alharaca del entorno no tiene cabida. Es, en mi caso, recordar a esa mamá hermosa que ha partido, pero que se queda conmigo de muchas formas, al menos mientras volvamos a encontrarnos.

Son los pequeños detalles cotidianos, en los que poco o nada solemos reparar, los que nos llevan a comprender de qué manera esa madre sigue con nosotros. En casa los muros exhiben muchos de los cuadros que pintó mi mamá, uno a uno cuentan su historia. Cada vez que me quedo mirando cualquiera de ellos, aparece aquel momento mágico, la veo buscando con urgencia en su bolso de mano algún papel y un lápiz o pluma, para capturar en unos cuantos trazos lo que acaba de llamar su atención. El brillo de sus ojos va aumentando conforme la mano corre sobre el papel para en dos o tres bocetos de una misma escena, capturar la esencia inmortal que la habita.

De ella aprendí cómo coser un botón, la forma de freír un huevo para evitar que se pegue, cómo escoger melones o papayas. Dónde consultar determinada información en tiempos donde Google no existía; la forma de arreglar un ramo de flores en un jarrón, o de preparar la cena de Navidad… Hay en casa piezas artesanales, libros y mantelería, que con una sola mirada la evocan para mí. La recuerdo en su estudio, frente al caballete, con su saco amplio de grandes bolsas a los lados, la paleta multicolor en la mano izquierda, y el pincel o la espátula en la derecha. Es una de las imágenes que con mayor facilidad logro evocar, pues siendo por 10 años su única hija, me convertí en la eterna modelo para sus óleos y acuarelas. Lo único que se me permitía era respirar y parpadear, fuera de eso debía permanecer como maniquí de aparador.

Hoy es para mí un día nostálgico, los recuerdos agridulces se hallan suspendidos en el aire, rozan mi rostro y cosquillean las memorias. Es un tiempo de convivir con el espíritu de esos seres amados que han dejado su morada terrenal, pero siguen aquí como brisa buena, inspiración bendita, música melodiosa. Melita, mi madre, haciéndose presente de muchas maneras para animarme, para decirme que la labor de la maternidad es eso, ir sembrando pequeñas huellas por el camino. Que nos toca andar en una sola dirección, sin volver atrás ni la vista ni la marcha, puesto que nuestro tiempo no habrá de repetirse.

Hoy, en esa dulce nostalgia le confieso que albergo la certeza de que allá donde se encuentran ella y mi papá, podrán estar satisfechos por haber dejado escritas en sus hijas historias que forman senderos. Claros y alegres senderos; prometedores caminos de regreso al Principio donde, más allá de las limitaciones del tiempo, habremos de reunirnos algún día.

Igual que cualquier otro ser humano, hoy afirmo que yo tuve la mejor madre.
12 Mayo 2019 04:00:00
La mejor madre
Desperté este Día de la Madre no sé si triste, cuando menos nostálgica. Ahora que lo pienso, así es para mí desde que la ocasión dejó de ser ese día especial de la infancia, cuando preparábamos los bordados o los deshilados para el regalo de mamá. Ensayábamos cantos o bailables, y seguíamos con emoción la cuenta regresiva, hasta el día del festival, momento en que lucíamos ropas distintas a las habituales, ya fuera el uniforme de gala o un vestuario acorde con la caracterización que desarrollaríamos.

Debo precisar, entre aquel tiempo y el actual, ocurrió la etapa maravillosa en que me convertí yo misma en receptáculo de festivales y regalos. De estos últimos conservo un par de tazas que utilizo en forma habitual; debido a su uso el pensamiento de inspiración filial, impreso en cada una de las tazas, se ha borrado. Hay fotos de aquellos festivales, incontables anécdotas y momentos simpáticos que guardo en la castaña de los dulces recuerdos. Aun así el Día de las Madres sigue siendo nostálgico, en recuerdo de Melita, la mamá que ya no está aquí.

Por redes sociales proliferan las felicitaciones. Más allá de las nobles intenciones con que se intercambian dichas fórmulas, dentro de mí siento que la ocasión es íntima, entre la madre y los hijos, en una pequeña cápsula de tiempo y espacio, a donde la alharaca del entorno no tiene cabida. Es –como en mi caso— recordar esa mamá hermosa que ha partido, pero que se queda conmigo de muchas formas, al menos mientras volvamos a encontrarnos.

Son los pequeños detalles cotidianos, en los que poco o nada solemos reparar, los que nos llevan a comprender de qué manera esa madre sigue con nosotros: En casa los muros exhiben muchos de los cuadros que pintó mi mamá, uno a uno cuentan su historia. Cada vez que me quedo mirando cualquiera de ellos, aparece aquel momento mágico, la veo buscando con urgencia en su bolso de mano algún papel y un lápiz o pluma, para capturar en unos cuantos trazos lo que acaba de llamar su atención. El brillo de sus ojos va aumentando conforme la mano corre sobre el papel para en dos o tres bocetos de una misma escena, capturar la esencia inmortal que la habita.

De ella aprendí cómo coser un botón, la forma de freír un huevo para evitar que se pegue, cómo escoger melones o papayas. Dónde consultar determinada información en tiempos donde Google no existía; la forma de arreglar un ramo de flores en un jarrón, o de preparar la cena de Navidad… Hay en casa piezas artesanales, libros y mantelería, que con una sola mirada la evocan para mí. La recuerdo en su estudio, frente al caballete, con su saco amplio de grandes bolsas a los lados, la paleta multicolor en la mano izquierda, y el pincel o la espátula en la derecha. Es una de las imágenes que con mayor facilidad logro evocar, pues siendo por diez años su única hija, me convertí en la eterna modelo para sus óleos y acuarelas. Lo único que se me permitía era respirar y parpadear, fuera de eso debía permanecer como maniquí de aparador.

La mía, como toda madre, fue pródiga en amor a través de las pequeñas cosas, los detalles, los premios de contrabando. Fue la compañera divertida y alegre que me enseñó a amar la vida, aunque –debo decirlo— fue también la mujer de hierro, quien junto con mi padre se propuso encauzarme a una meta ambiciosa y lejana, que para ellos dos costó tiempo, dinero y angustias: Hacer de mí una ciudadana responsable, autosuficiente y respetuosa, que se esfuerza por hacer bien las cosas.

Hoy es para mí un día nostálgico, los recuerdos agridulces se hallan suspendidos en el aire, rozan mi rostro y cosquillean las memorias. Es un tiempo de convivir con el espíritu de esos seres amados que han dejado su morada terrenal, pero siguen aquí como brisa buena, inspiración bendita, música melodiosa. Melita, mi madre, haciéndose presente de muchas maneras para animarme, para decirme que la labor de la maternidad es eso, ir sembrando pequeñas huellas por el camino. Que nos toca andar en una sola dirección, sin volver atrás ni la vista ni la marcha, puesto que nuestro tiempo no habrá de repetirse.

Hoy, en esa dulce nostalgia le digo a ella --que se ha quedado conmigo--, de qué forma la siento a lo largo del día. Le confieso que albergo la certeza de que allá donde se encuentran ella y mi papá, podrán estar satisfechos por haber dejado escritas en sus hijas historias que forman senderos. Claros y alegres senderos; prometedores caminos de regreso al principio donde, más allá de las limitaciones del tiempo, habremos de reunirnos algún día.

Igual que cualquier otro ser humano, hoy afirmo que yo tuve la mejor madre. La de los pequeños detalles, que en días como hoy cobra vida para hacerme ver cuánto se lució Dios al crearla.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
05 Mayo 2019 04:00:00
100 y contando
Albert Einstein dividió a la humanidad en dos mitades. La primera constituida por los escépticos, quienes piensan que los milagros no existen. La otra mitad la forman los entusiastas, para los cuales la vida representa una sucesión interminable de milagros.

Francisco Ledesma Guajardo corresponde al último grupo de hombres y mujeres, que tienen la capacidad de encontrar cada mañana un motivo para vivir, un asombro ante el cual maravillarse, y una razón para dar gracias a la vida. La relación con él, a quien considero a la vez amigo y maestro, inició hace muchos años, cuando la tecnología estrenaba los correos electrónicos como una forma veloz y económica para comunicarse. En Torreón, donde él radica, se dio a la tarea de conseguir mi dirección de correo electrónico, lo hizo a través de mi querido tío Homero del Bosque Villarreal, con quien siempre lo unió una entrañable amistad. A partir de ese primer correo, hace más de 20 años, comenzamos un intercambio de misivas electrónicas variopintas: Poesía, relatos familiares y eventos especiales. Del total de correos que he recibido de su parte, tengo muy presentes algunos, aunque debo reconocer que cada entrega suya en mi bandeja es recibida con gusto y alegría. Sé de antemano que contendrá un mensaje enriquecedor, optimista y pleno de esperanza.

Viene a mi memoria un correo que mandó hace varios años, cuando él y su amada esposa Martha celebraban un aniversario de bodas muy significativo. El texto se hacía acompañar de una fotografía que es como un poema, dibuja línea por línea de manera fiel, cómo el amor llega a convertir a dos personas en una fundación única, un hogar cálido, una capilla santa. Todo ello sin que la estrecha unión impida a cada uno de los esposos conservar su esencia individual.

Otro correo significativo --del que quiero hablar en particular-- me llegó esta semana. Como en el caso anterior, incluye una fotografía, esta vez únicamente de Francisco, con un encabezado que dice “Centésimo aniversario”, seguida de un texto redactado por el propio cumpleañero, mediante el cual agradece de forma puntual, a quienes han acompañado su camino durante estos diez decenios. Me emocionaron sus palabras, primero por él, luego por su amada familia, y finalmente por mí, a quien generosamente incluye entre sus amistades.

Los seres humanos nos manejamos en dos coordenadas, no necesariamente inalterables. Por una parte está el espacio, a través del cual somos capaces de desplazarnos, y más en estos tiempos de avanzada tecnología. Las fronteras físicas –en su mayoría—vienen siendo reemplazadas por fronteras políticas, religiosas, o ideológicas. Hoy podemos ir y venir a través de las diversas geografías, muchas de las veces con solo desearlo. El tiempo que llevaba a Marco Polo recorrer la ruta de la Seda en el siglo 13, alcanzaría hoy para darle la vuelta completa al planeta, conociendo las principales capitales del mundo.

El otro elemento de las coordenadas es el tiempo. Su paso es riguroso, pero aun así resulta relativo. El tiempo adquiere un ritmo propio conforme a nuestras expectativas, la biografía personal, y fundamentalmente el entusiasmo que inyectemos en cada proyecto que albergamos. No tienen que ser los grandes emprendimientos que cambien al mundo, basta con que sean aquellos que activen fe y creatividad en nuestra vida personal. Así tendremos suficientes elementos para hacer rendir el tiempo que se nos ha prestado, y que no sabemos en qué momento habrá de agotarse.

A Francisco nunca he sentido la necesidad de anteponerle el “Don”, aun cuando hay cierta diferencia de edades. Jamás me había detenido a analizarlo, a vuelo de pájaro supuse que sería el cariño el que me movía a nombrarlo de un modo tan familiar. Sin embargo, con motivo de su centésimo aniversario, y los años que tenemos de conocernos, he alcanzado a entender, y para ello va una anécdota muy significativa de su parte, que paso a narrar:

Calculo que él tendría unos 85 años cuando me envió una presentación cuyo tema era el envejecimiento. Me la hizo llegar con un texto que decía: “Porque algún día la vamos a necesitar”. Me causó gracia que a su edad no se sintiera incluido entre los de la tercera o la cuarta edad, pero no es sino hasta ahora que entiendo qué quiso decir. Sé que a sus 100 años Francisco tiene un alma de niño que busca, se sorprende y se alegra, y no contento con hacerlo para sí, va y contagia a todos los demás. Así llega al centenario y sigue sin necesitar los consejos para el envejecimiento, puesto que es un alma joven. He ahí la gran enseñanza que hoy me deja. Y por eso no puedo anteponerle un solemne “Don”, rígido y formal, para él que vive con la alegría en pleno vuelo, como cometa al aire en cualquier soleada mañana lagunera.

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05 Mayo 2019 03:54:00
100 y contando
Albert Einstein dividió a la humanidad en dos. La primera constituida por los escépticos, quienes piensan que los milagros no existen. La otra mitad la forman los entusiastas, para los cuales la vida representa una sucesión interminable de milagros.

Francisco Ledesma Guajardo corresponde al último grupo de hombres y mujeres que tienen la capacidad de encontrar cada mañana un motivo para vivir, un asombro ante el cual maravillarse, y una razón para dar gracias. La relación con él, a quien considero a la vez amigo y maestro, inició hace muchos años, cuando la tecnología estrenaba los correos electrónicos como una forma veloz y económica para comunicarse.

En Torreón, donde él radica, se dio a la tarea de conseguir mi dirección de correo electrónico, lo hizo a través de mi querido tío Homero del Bosque Villarreal, con quien siempre lo unió una entrañable amistad. A partir de ese primer correo, hace más de 20 años, comenzamos un intercambio de misivas electrónicas variopintas: poesía, relatos familiares y eventos especiales.

Del total de correos que he recibido de su parte, tengo muy presentes algunos, aunque debo reconocer que cada entrega suya en mi bandeja es recibida con gusto y alegría. Sé de antemano que contendrá un mensaje enriquecedor, optimista y pleno de esperanza.

Viene a mi memoria un correo que mandó hace años, cuando él y su amada esposa Martha celebraban un aniversario de bodas muy significativo. El texto se hacía acompañar de una fotografía que es como un poema, dibuja línea por línea de manera fiel, cómo el amor llega a convertir a dos personas en una fundación única, un hogar cálido, una capilla santa. Todo ello sin que la estrecha unión impida a cada uno de los esposos conservar su esencia individual.

Otro correo significativo (del que quiero hablar en particular) me llegó esta semana. Como en el caso anterior, incluye una fotografía, esta vez únicamente de Francisco, con un encabezado que dice “Centésimo aniversario”, seguida de un texto redactado por el propio cumpleañero, mediante el cual agradece de forma puntual a quienes han acompañado su camino durante estos 10 decenios. Me emocionaron sus palabras, primero por él, luego por su amada familia, y finalmente por mí, a quien generosamente incluye entre sus amistades.

A Francisco nunca he sentido la necesidad de anteponerle el “Don”, aun cuando hay cierta diferencia de edades. Jamás me había detenido a analizarlo, a vuelo de pájaro supuse que sería el cariño el que me movía a nombrarlo de un modo tan familiar. Sin embargo, con motivo de su centésimo aniversario, y los años que tenemos de conocernos, he alcanzado a entender, y para ello va una anécdota muy significativa.

Calculo que él tendría unos 85 años cuando me envió una presentación cuyo tema era el envejecimiento. Me la hizo llegar con un texto que decía: “Porque algún día la vamos a necesitar”. Me causó gracia que a su edad no se sintiera incluido entre los de la tercera o la cuarta edad, pero no es sino hasta ahora que entiendo qué quiso decir. Sé que a sus 100 años Francisco tiene un alma de niño que busca, se sorprende y se alegra, y no contento con hacerlo para sí, va y contagia a todos los demás.
28 Abril 2019 04:00:00
Caleidoscopio
La verdad os hará libres:
Jn 8, 31-42

Metro de la ciudad de México, estación Tacubaya. Mientras camina por el andén, una mujer madura comienza a trastabillar y se desvanece. La secuencia de imágenes captadas por las cámaras de seguridad hilan una historia que termina cuando cinco uniformados sacan en vilo a la mujer al exterior de la estación, en donde permanece más de 24 horas, hasta que finalmente una ambulancia, la levanta y la lleva a un servicio de emergencias. Es hospitalizada y un par de días después fallece. Por lo poco que se sabe padecía una enfermedad crónico-degenerativa y sufrió un evento vascular cerebral que provocó desvanecimiento y muerte. Ella portaba una placa informativa en su muñeca, la cual fue robada junto con el resto de sus pertenencias.

Los eventos ocurrieron desde el pasado mes de febrero, y hasta ahora salen a la luz. Muy en contra de lo que suele suceder, hace un par de días la directora general del sistema Metro, Florencia Serranía, acaba de asumir su responsabilidad por lo ocurrido. Ofrece que se revisarán los protocolos, aunque insiste en que se actuó como se hizo, basándose en el reporte de que la mujer estaba alcoholizada, cuestión que sus familiares niegan. Y aún si ese fuera el caso, el estado de intoxicación por sí mismo habría ameritado vigilancia en un servicio de urgencias.

Más allá de los protagonistas que, según la evidencia recogida, no hicieron mayor cosa por auxiliar a la mujer, y ahora buscan justificar su actuación, me sorprende la indolencia ciudadana. Que la enferma haya permanecido a la intemperie por más de 24 horas, y que al parecer el único contacto humano que ella recibió después de ser abandonada, fue del ladronzuelo que robó sus pertenencias. Entretanto sus familiares, preocupados, notificaban acerca de la desaparición y emprendían su búsqueda.

Buen momento para analizar en qué medida lo virtual viene contaminando nuestra percepción de la realidad, de modo que no alcanzamos a discriminar si lo que captan nuestros sentidos en verdad existe, o es solamente un juego de la imaginación. Pudiera decirse que lo virtual ha superado a lo real, de manera que llegamos a percibir lo que ocurre en derredor nuestro como algo irreal, salido de la imaginación de un diseñador de videojuegos, frente a lo cual nosotros –en nuestro papel de jugadores—tenemos la opción de interactuar o de no hacerlo. En el estado que guardan las cosas hoy en día, esa parte que conocemos como “conciencia” busca ponernos a salvo del caos, y para nuestra propia protección interna, convierte los hechos de la vida real en tramas virtuales cuyo desenlace no depende solamente de nosotros. Las escenas de muertes violentas con cuerpos regados en el suelo de un salón de fiestas, como lo ocurrido en Minatitlán, se convierte entonces en parte del escenario imaginario. Nuestro afán de supervivencia nos impele a verlo de este modo. Asumirlo como real nos colocaría en serio riesgo de muerte también a nosotros. Que en el caso de la mujer fallecida, las autoridades señalen que la masacre no ocurrió a resultas de fallas en el Estado de Derecho, sino por cuestiones ajenas a la gobernanza, es igualmente parte de esa trama virtual, en un juego en el que nos enfrentamos día a día con el enemigo bajo diversas identidades virtuales.

“Percepción selectiva” es el término acuñado hace más de un siglo por William James para este tipo de apreciación sesgada de la realidad. Frente a un exceso de información yo “elijo” qué voy a ver y qué voy a ignorar. Algo parecido --me atrevo a suponer—es lo que sucede en la actualidad, el nivel de violencia nos sobrepasa, y el yo aceptarlo como real sería reconocer que me encuentro en riesgo inminente de muerte. He ahí la razón por la que comienzo a apreciar la realidad con sesgo, filtrando aquellas percepciones que me tornan vulnerable. Por otra parte, dado que vivimos inmersos en un mundo de alta tecnología, mi percepción echa mano de algo adicional: Una imbricación entre lo real y lo virtual. Ello explica buena parte de lo que sucede allá afuera, con el fin de fomentar mi tranquilidad. El exceso de violencia no es más que parte del videojuego, y los heridos y muertos son hologramas que puedo borrar con tan solo pulsar un botón.

Ya lo dijo Saramago: “Según yo entiendo el mundo se está convirtiendo en una caverna igual que la de Platón. Todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad”. De este modo la indolencia frente a la mujer enferma, botada a la calle, es resultado de una chanza de nuestro inconsciente, que queremos percibir como inexistente. Algo similar a las fantasías ópticas de un caleidoscopio, a través de cuyo visor se observa lo que no existe, cuando la realidad no se ajusta a las expectativas de quien mira.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
21 Abril 2019 04:00:00
¿Hacia dónde?
Hay grandes hechos que rebasan las fronteras del tiempo y la geografía. Eventos únicos que se inscriben en los libros de historia para siempre. Tal ha sido el caso del incendio de la Catedral de Notre Dame; al caer la tarde los tonos escarlata sobre las aguas del Sena se vieron superados por las primeras flamas que comenzaron a elevarse. La escena se tornó surrealista, conforme avanzaba el fuego contra la oscuridad como escenario de fondo. En lo que a mí se refiere, esa catedral tiene un significado personal y familiar único, aparte de su valor histórico y como joya arquitectónica .

A través de las redes sociales corrió la noticia. Al inicio se sospechó que hubiera sido intencional, pronto los especialistas lo desmintieron. Las reacciones fueron muy variadas, desde un dolor profundo hasta expresiones de contento por parte de grupos extremistas no cristianos. Tal fue el impacto, que para el siguiente día se habían reunido varios cientos de millones de euros para la reconstrucción, provenientes, tanto de pequeñas colectas de comunidades católicas, como fuertes sumas por parte de grandes empresarios. Fue entonces cuando comenzó a circular en redes una fotografía de un bebé completamente desnutrido y la leyenda recriminatoria de que cómo era posible que para la reconstrucción de la catedral se hubieran reunido cerca de mil millones de euros en 24 horas, mientras que para salvar la vida de esos niños víctimas de la pobreza nadie actuara.

El malestar de quienes lo circulan es entendible, sin embargo reclamar en redes no es la solución. Tampoco se trata de ir sembrando culpas en quienes simpatizamos con el dolor de los franceses. Como quien quiere comandar el mundo apoltronado en un sillón con el aparato electrónico en las manos, pero la verdad es que esto no lleva a ninguna parte.

Una panorámica a vuelo de pájaro nos señala que nuestro mundo trae perdido el corazón. Con ello me refiero al espíritu, al sentido último por el que hacemos cada día las cosas que hacemos. Pareciera que nos invade un hastío, una suerte de abatimiento como quien dice: ¿Y para qué me esfuerzo, o planeo, o me animo…? Y entonces vamos y caemos en las cosas vanas, nos enfocamos a la imagen, como si esta fuera la llave mágica que abre el mundo de las posibilidades. Las personas delgadas se someten a cirugías bariátricas hasta quedar como hologramas. Las personas maduras comienzan una secuencia de cirugías plásticas para conservar la juventud. Las canas se cubren, y tantas otras monerías se llevan a cabo para estar acordes con lo que el mundo dicta que debe de ser. Lo más extraño del caso es que nos dejamos llevar justo por lo que otros dicen, hacen, reprueban o determinan, tantas veces dejando al margen lo que yo en mi persona debería decidir por y para mí.

En aquella sensación de vacío hay ratos cuando actuamos por arranques, a favor o en contra de una causa. Arranques de ira de cuando en cuando. Impulsos que nos llevan en uno u otro sentido a emprender acciones que quizá después estemos lamentando.

Si yo decido ayudar a prevenir la extinción del camello bactriano en Mongolia, o del pez napoleón en el Índico, ¡qué bueno! Si hacerlo me proporciona un sentido de trascendencia, porque llevo a cabo algo por un ser vivo que de ninguna manera podría agradecérmelo. ¡Perfecto! Igual si hay quienes apoyan a grupos que se encuentran en zonas en desastre por las guerras de oriente, o quienes investigan las zonas arqueológicas en la Selva Lacandona. Del mismo modo, si me apetece ir a abrazar árboles a Oaxaca, o aprender chino mandarín, magnífico. Todas ellas son acciones que finalmente refuerzan la autoestima. Y al tener bien plantada la autoestima, estoy en condiciones de sentir empatía por los demás, y ayudarlos de una forma efectiva, actuando para auxiliarlos a satisfacer sus necesidades.

A propósito de ayudar, verifiquemos si nuestras acciones van encaminadas a favorecer que esas personas crezcan y se superen, o si –por el contrario—con mi dádiva hago que sigan estancadas, esperanzadas a que la ayuda venga de fuera siempre. México necesita aprender a salir adelante por sí mismo, que cada ciudadano se prepare para desarrollar su inteligencia emocional, que le permita el diseño de herramientas, para generar los cambios necesarios para vivir mejor. Salir a resolverles los problemas es una forma de minimizarlos, de favorecer la parálisis social. Enseñarlos a valorar los recursos con los que cuentan y saber aplicarlos, es comenzar a resolver sus problemas.

La autoestima nos permite llevar a cabo lo que nos gusta, con total libertad, sin sentirnos culpables de no hacer lo que “todos” hacen. Es poner un sello personal a nuestra vida y disfrutarlo, siempre y cuando no dañemos a terceros.


https://contraluzcoah.blogspot.com/
21 Abril 2019 03:04:00
¿Hacia dónde?
Hay grandes hechos que rebasan las fronteras del tiempo y la geografía. Eventos únicos que se inscriben en los libros de historia para siempre. Tal ha sido el caso del incendio de la Catedral de Notre Dame; al caer la tarde los tonos escarlatas sobre las aguas del Sena se vieron superados por las primeras flamas que comenzaron a elevarse. La escena se tornó surrealista, conforme avanzaba el fuego contra la oscuridad como escenario de fondo. En lo que a mí se refiere, esa catedral tiene un significado personal y familiar único, aparte de su valor histórico y como joya arquitectónica .

A través de las redes sociales corrió la noticia. Al inicio se sospechó que hubiera sido intencional, pronto los especialistas lo desmintieron. Las reacciones fueron muy variadas, desde un dolor profundo hasta expresiones de contento por parte de grupos extremistas no cristianos. Tal fue el impacto, que para el siguiente día se habían reunido varios cientos de millones de euros para la reconstrucción, provenientes, tanto de pequeñas colectas de comunidades católicas, como fuertes sumas por parte de grandes empresarios. Fue entonces cuando comenzó a circular en redes una fotografía de un bebé completamente desnutrido y la leyenda recriminatoria de que cómo era posible que para la reconstrucción de la catedral se hubieran reunido cerca de mil millones de euros en 24 horas, mientras que para salvar la vida de esos niños víctimas de la pobreza nadie actuara.

El malestar de quienes lo circulan es entendible, sin embargo reclamar en redes no es la solución. Tampoco se trata de ir sembrando culpas en quienes simpatizamos con el dolor de los franceses. Como quien quiere comandar el mundo apoltronado en un sillón con el aparato electrónico en las manos, pero la verdad es que esto no lleva a ninguna parte.

Una panorámica a vuelo de pájaro nos señala que nuestro mundo trae perdido el corazón. Con ello me refiero al espíritu, al sentido último por el que hacemos cada día las cosas que hacemos. Pareciera que nos invade un hastío, una suerte de abatimiento como quien dice: ¿Y para qué me esfuerzo, o planeo…? Y entonces vamos y caemos en las cosas vanas, nos enfocamos a la imagen, como si esta fuera la llave mágica que abre el mundo de las posibilidades. Lo más extraño del caso es que nos dejamos llevar justo por lo que otros dicen, hacen, reprueban o determinan, tantas veces dejando al margen lo que yo en mi persona debería decidir por y para mí.

En aquella sensación de vacío hay ratos cuando actuamos por arranques, a favor o en contra de una causa. Arranques de ira de cuando en cuando. Impulsos que nos llevan en uno u otro sentido a emprender acciones que quizá después estemos lamentando.

Si yo decido ayudar a prevenir la extinción del camello bactriano en Mongolia, o del pez napoleón en el Índico, ¡qué bueno! Si hacerlo me proporciona un sentido de trascendencia, porque llevo a cabo algo por un ser vivo que de ninguna manera podría agradecérmelo. ¡Perfecto! Igual si hay quienes apoyan a grupos que se encuentran en zonas en desastre por las guerras de oriente, o quienes investigan las zonas arqueológicas en la Selva Lacandona. Del mismo modo, si me apetece ir a abrazar árboles a Oaxaca, o aprender chino mandarín, magnífico. Todas ellas son acciones que refuerzan la autoestima.

Verifiquemos si nuestras acciones van encaminadas a favorecer que esas personas crezcan y se superen, o si, por el contrario, con mi dádiva hago que sigan estancadas, esperanzadas a que la ayuda venga de fuera siempre. México necesita aprender a salir adelante por sí mismo, que cada ciudadano se prepare para desarrollar su inteligencia emocional, que le permita el diseño de herramientas, para generar los cambios necesarios para vivir mejor. Salir a resolverles los problemas es una forma de minimizarlos, de favorecer la parálisis social. Enseñarlos a valorar los recursos con los que cuentan y saber aplicarlos, es comenzar a resolver sus problemas.

La autoestima nos permite llevar a cabo lo que nos gusta, con total libertad, sin sentirnos culpables de no hacer lo que “todos” hacen. Es poner un sello personal a nuestra vida y disfrutarlo, siempre y cuando no dañemos a terceros.
14 Abril 2019 04:00:00
Silencios que matan
Acabo de terminar el libro intitulado “Beautiful Boy”, obra testimonial del escritor y periodista David Sheff, que narra su experiencia como padre de un hijo drogadicto. La trama, a ratos desgarradora, conserva sin embargo, aún en los peores momentos un rayo de esperanza, por encima de las terribles mareas y contramareas que genera la adicción a sustancias tóxicas. Tal es el caso del chico, quien inicia a temprana edad fumando marihuana, y más delante prueba las metanfetaminas con las cuales queda virtualmente “ganchado”.

La adolescencia es un tema que me apasiona. Esa etapa de la vida que, si para los hoy mayores tuvo turbulencias y agitaciones, para los adolescentes actuales debe de resultar como un viaje a través de un hoyo negro (ahora que sabemos cómo se ven y cómo funcionan). Los chicos se someten a una cantidad de estímulos que vuelven el asunto de ser adolescente en un juego de alto riesgo. A través de la exposición intensa y continua a la Internet, entran en comunicación con diversos estilos de vida, lo que puede resultar funesto, en razón de su corta edad.

Algunos autores definen a la actual la “Generación del silencio”. De igual manera, pero por otras razones, se llamó así a la generación de norteamericanos nacidos hace cien años, en tiempos de la Gran Depresión. La actual se ha denominado de este modo por el habitual mutismo de los individuos frente a la pantalla. En grupos humanos priva el silencio, metido cada uno en su mundo virtual, ajeno a lo que sucede en derredor suyo. En buena medida este tipo de conducta se replica dentro del hogar, convirtiendo a la familia en un sitio para satisfacer las necesidades básicas solamente, pues la convivencia ha dejado de formar parte de la interacción familiar. No es gratuito aplicar ese refrán popular que dice que la tecnología “acerca a los lejanos y aleja a los cercanos”.

Ahora bien, con relación a las adicciones, descubrí un autor ruso cuya claridad me impactó: Oleg Zikov preside una fundación que se dedica a los temas de alcoholismo y drogadicción. Él emite una propuesta en la que vale la pena detenernos a reflexionar: El problema de la adicción no radica en la oferta de drogas, el problema está en la persona. Esto es, cuando el individuo trae la formación desde su casa para evitar el uso de sustancias químicas adictivas, saldrá victorioso, sea cual fuere el ambiente en el cual se halle. Encuentro a Zikov con su gran verdad muy aislado, como si el resto del mundo no volteara a verlo o no quisiera tomarlo en cuenta. Siendo muy suspicaces, hasta podríamos suponer que hay muchos intereses económicos detrás de la venta y consumo de drogas, de manera que no resulta conveniente que Zikov se dé a conocer.

“Libro una guerra silenciosa contra un amigo tan pernicioso y omnipresente como el mal”, menciona David Sheff en uno de los capítulos donde está a punto de darse por derrotado. Su familia lo ha apoyado durante todo el proceso, pero llega un momento cuando él se pregunta si vale la pena todo eso, y si es justo por un miembro –su hijo—estar arriesgando a todos los demás. Así, con esa profundidad, hoy quiero entender a Zikov. La drogadicción es un problema de la persona, de la familia, de la sociedad que conformamos quienes nos consideramos “buenos ciudadanos”. No es que lleguen los demonios de fuera a inyectar el mal en nuestros niños y adolescentes; somos nosotros mismos quienes fallamos en blindarlos para que sepan protegerse allá afuera, en cuanto atraviesan el umbral de la casa y se hallan expuestos a sustancias tóxicas. No basta con mandarlos a tomar una plática informativa en la que les digan que hay adolescentes que en el primer “viaje” fallecen de un infarto, o que pierden sus facultades de pensamiento para toda la vida. No basta con alarmarlos o amenazarlos. Se trata de blindarlos, y este blindaje lo proporciona el amor real, paciente, ese que se hace presente a diario, que se expresa con calidez. El amor que no se distrae, que se enfoca en cumplir lo suyo a cada momento. Ese amor que ilumina la mirada de un padre o de una madre ante el triunfo de su hijo, logro tal vez “insignificante” para el mundo, pero grandioso para el pequeño.

Oleg Zikov, atribuye las adicciones al “bienestar social”. Su planteamiento postula que se presentan en sociedades ocupadas por alcanzar niveles económicos elevados. Lograrlo implica encauzar el potencial humano a la producción, a expensas de sacrificar mucho de lo que la atención familiar requiere. El caldo de cultivo está en su punto: sociedades con gran poder adquisitivo conformadas por familias secuestradas por el medio laboral, que producen niños proclives a las adicciones. La adicción no es la enfermedad sino síntoma de una patología del alma, que se gesta desde la cuna.

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14 Abril 2019 03:40:00
Silencios que matan
Acabo de terminar el libro Beautiful Boy, obra testimonial de David Sheff, que narra su experiencia como padre de un hijo drogadicto. La trama, a ratos desgarradora, conserva sin embargo, aún en los peores momentos un rayo de esperanza, por encima de las terribles mareas y contramareas que genera la adicción a sustancias tóxicas. Tal es el caso del chico, quien inicia a temprana edad fumando mariguana, y más delante prueba las metanfetaminas con las cuales queda “ganchado”.

La adolescencia es un tema que me apasiona. Esa etapa de la vida que, si para los hoy mayores tuvo turbulencias y agitaciones, para los adolescentes actuales debe de resultar como un viaje a través de un hoyo negro (ahora que sabemos cómo se ven y cómo funcionan). Los chicos se someten a una cantidad de estímulos que vuelven el asunto de ser adolescente en un juego de alto riesgo. A través de la exposición intensa y continua a la internet, entran en comunicación con diversos estilos de vida, lo que puede resultar funesto, en razón de su corta edad.

Algunos autores definen a la actual la Generación del Silencio. De igual manera, pero por otras razones, se llamó así a la generación de norteamericanos nacidos hace cien años, en tiempos de la Gran Depresión. La actual se ha denominado de este modo por el habitual mutismo de los individuos frente a la pantalla. En grupos humanos priva el silencio, metido cada uno en su mundo virtual, ajeno a lo que sucede en derredor suyo. En buena medida este tipo de conducta se replica dentro del hogar, convirtiendo a la familia en un sitio para satisfacer las necesidades básicas solamente, pues la convivencia ha dejado de formar parte de la interacción familiar. No es gratuito aplicar ese refrán popular que dice que la tecnología “acerca a los lejanos y aleja a los cercanos”.

Ahora bien, con relación a las adicciones, descubrí un autor ruso cuya claridad me impactó: Oleg Zikov preside una fundación que se dedica a los temas de alcoholismo y drogadicción. Él emite una propuesta en la que vale la pena detenernos a reflexionar: el problema de la adicción no radica en la oferta de drogas, el problema está en la persona. Esto es, cuando el individuo trae la formación desde su casa para evitar el uso de sustancias químicas adictivas, saldrá victorioso, sea cual fuere el ambiente en el cual se halle. Encuentro a Zikov con su gran verdad muy aislado, como si el resto del mundo no volteara a verlo o no quisiera tomarlo en cuenta. Siendo muy suspicaces, hasta podríamos suponer que hay muchos intereses económicos detrás de la venta y consumo de drogas, de manera que no resulta conveniente que Zikov se dé a conocer. “Libro una guerra silenciosa contra un amigo tan pernicioso y omnipresente como el mal”, menciona David Sheff en uno de los capítulos donde está a punto de darse por derrotado.

Zikov, atribuye las adicciones al “bienestar social”. Su planteamiento postula que se presentan en sociedades ocupadas por alcanzar niveles económicos elevados. Lograrlo implica encauzar el potencial humano a la producción, a expensas de sacrificar mucho de lo que la atención familiar requiere. El caldo de cultivo está en su punto: sociedades con gran poder adquisitivo conformadas por familias secuestradas por el medio laboral, que producen niños proclives a las adicciones. La adicción no es la enfermedad sino síntoma de una patología del alma, que se gesta desde la cuna.
07 Abril 2019 04:00:00
Ser educadores
Hay hechos que marcan un punto de quiebre, nos señalan que es momento de rectificar el rumbo. Uno de tales hechos corresponde al suicidio de Armando Vega Gil, integrante del grupo musical “Botellita de Jerez”. Alguien podrá decir que fue el desenlace de una depresión, no obstante hay el disparador muy evidente fue una acusación anónima subida a redes sociales.

Procuro no incurrir en lo mismo que señalo. No tengo elementos para aventurar una opinión de por qué lo hizo -algo tan común en línea- tal vez nadie llegue nunca a saberlo. El hecho terrible está ahí, frente a nosotros, llamando a la reflexión.

Cada ser humano es resultado de sus valores familiares, su preparación académica y el nivel de conciencia que él mismo se proponga desarrollar. Difícil aplicar las matemáticas para determinar cuál será el resultado final de esa interacción entre elementos biográficos, educativos y metas personales. Difícil, pero en cierta medida previsible.

A partir de lo anterior, habría que preguntarnos entonces qué nos está sucediendo como ciudadanos del tercer milenio. Hemos tenido grandes oportunidades para informarnos y conocer, sin embargo las cuentas no cuadran. El afán de posesión ha crecido a nivel exorbitante, en tanto la parte espiritual de la persona sufre una terrible merma.

Es curioso, frente a la palabra “espiritual” nos comienza un escozor incómodo, como si ello invocara templos, monjas y cilicios, o habrá quien lo rechace para honrar a Benito Juárez, quien instauró la educación laica. De modo muy personal interpreto esta incomodidad como la conducta de un adolescente, que quiere evitar aquello que huela a privación de la libertad.

En su obra “Pedagogía del Oprimido” el educador Paulo Freire expresa el concepto de “educación bancaria”. En el contexto de su obra, describe el tipo de educación que convierte a los educandos en receptáculos donde el educador deposita conocimientos en forma acumulativa. Un tipo de educación que exige del educando una actitud pasiva, con cero iniciativa, contraria a lo que el propio autor considera una educación liberadora, a través de la cual el alumno interactúa con el maestro, aprende a razonar y trabaja en equipo. Yo iría más allá para suponer que esa “educación bancaria” gira en torno a un solo eje rector llamado “dinero”.

Podemos concluir que dicho modelo educativo respondía a las necesidades del mundo de mediados del siglo pasado. El enfoque estaba centrado en la industrialización a gran escala después de varias guerras que mermaron la economía mundial. Correspondió al momento histórico que se vivía.

A partir de esa reflexión habría que preguntarnos qué requiere nuestro mundo de hoy. Cuáles son los problemas que enfrentamos como sociedad en el día a día, para determinar qué tipo de educación se necesita en la actualidad. Hay diversos modelos, todos ellos -cada cual por su propio camino-- convergen en un solo concepto: el humanismo
.
Si nos detenemos por un momento a reflexionar, hoy en día somos más impulsivos y menos sensatos. Más violentos para actuar desde el anonimato, pero poco capaces de dar la cara. El nivel de información al que tenemos acceso no se corresponde con el grado de conciencia que nuestra actuación demuestra. Los nacidos en este milenio han desarrollado una maestría sin parangón en el manejo de la tecnología, pero están cada vez más aislados, menos conscientes de ellos mismos.

Correspondemos a una generación que expresa su narcisismo a través de la toma de un sinnúmero de fotografías, tantas de ellas insulsas. Una generación que, paradójico, se ha olvidado mirarse al espejo del alma. Nos convertimos en los jueces implacables, más aún en línea. Vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

El verdadero proceso educativo comienza en casa, más allá del discurso con el ejemplo. Primero que nada nos corresponde plantarnos frente al espejo y abrir grandes los ojos, revisar nuestra propia actuación, analizar cómo somos, reconocer qué estamos haciendo mal y escudriñar por qué razón lo hacemos. La sinceridad frente a nosotros mismos es la cimentación de una conducta íntegra, orientada al bien común.

Tenemos la obligación de convertirnos en modelos para nuestros pequeños. Hacer de nuestro hogar el microcosmos que deseamos ver replicado allá afuera, en cualquier grupo humano donde hoy priva la codicia, la falta de honestidad y la hipocresía. Somos responsables de trabajar para que germine la integridad y la franqueza absoluta, y así decir las cosas de frente. Alejarnos de ser el que lanza la piedra y esconde la mano.

La sociedad nos demanda enseñar a nuestros niños valores como el respeto, la empatía, la comunicación y la armonía: ¿estamos preparados para enseñarlos?

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07 Abril 2019 03:01:00
Ser educadores
Hay hechos que marcan un punto de quiebre, nos señalan que es momento de rectificar el rumbo. Uno de tales hechos corresponde al suicidio de Armando Vega Gil, integrante del grupo musical Botellita de Jerez. Alguien podrá decir que fue el desenlace de una depresión, no obstante hay el disparador muy evidente fue una acusación anónima subida a redes
sociales.

Procuro no incurrir en lo mismo que señalo. No tengo elementos para aventurar una opinión de por qué lo hizo (algo tan común en línea), tal vez nadie llegue nunca a saberlo. El hecho terrible está ahí, frente a nosotros, llamando a la reflexión.

Cada ser humano es resultado de sus valores familiares, su preparación académica y el nivel de conciencia que él mismo se proponga desarrollar. Difícil aplicar las matemáticas para determinar cuál será el resultado final de esa interacción entre elementos biográficos, educativos y metas personales. Difícil, pero en cierta medida previsible.

A partir de lo anterior, habría que preguntarnos entonces qué nos está sucediendo como ciudadanos del tercer milenio. Hemos tenido grandes oportunidades para informarnos y conocer, sin embargo las cuentas no cuadran. El afán de posesión ha crecido a nivel exorbitante, en tanto la parte espiritual de la persona sufre una terrible merma.

Es curioso, frente a la palabra “espiritual” nos comienza un escozor incómodo, como si ello invocara templos, monjas y cilicios, o habrá quien lo rechace para honrar a Benito Juárez, quien instauró la educación laica. De modo muy personal interpreto esta incomodidad como la conducta de un adolescente, que quiere evitar aquello que huela a privación de la libertad.
En su obra Pedagogía del Oprimido el educador Paulo Freire expresa el concepto de “educación bancaria”. En el contexto de su obra, describe el tipo de educación que convierte a los educandos en receptáculos donde el educador deposita conocimientos en forma acumulativa.

Un tipo de educación que exige del educando una actitud pasiva, con cero iniciativa, contraria a lo que el propio autor considera una educación liberadora, a través de la cual el alumno interactúa con el maestro, aprende a razonar y trabaja en equipo. Yo iría más allá para suponer que esa “educación bancaria” gira en torno a un solo eje rector llamado “dinero”.
Podemos concluir que dicho modelo educativo respondía a las necesidades del mundo de mediados del siglo pasado. El enfoque estaba centrado en la industrialización a gran escala después de varias guerras que mermaron la economía mundial. Correspondió al momento histórico que se vivía.

A partir de esa reflexión habría que preguntarnos ¿qué requiere nuestro mundo de hoy? ¿Cuáles son los problemas que enfrentamos como sociedad en el día a día?, para determinar qué tipo de educación se necesita en la actualidad. Hay diversos modelos, todos ellos (cada cual por su propio camino) convergen en un solo
concepto: el humanismo

Si nos detenemos por un momento a reflexionar, hoy en día somos más impulsivos y menos sensatos. Más violentos para actuar desde el anonimato, pero poco capaces de dar la cara. El nivel de información al que tenemos acceso no se corresponde con el grado de conciencia que nuestra actuación
demuestra.

Los nacidos en este milenio han desarrollado una maestría sin parangón en el manejo de la tecnología, pero están cada vez más aislados, menos conscientes de ellos mismos.
Correspondemos a una generación que expresa su narcisismo a través de la toma de un sinnúmero de fotografías, tantas de ellas insulsas. Una generación que, paradójico, se ha olvidado mirarse al espejo del alma. Nos convertimos en los jueces implacables, más aún en línea. Vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

El verdadero proceso educativo comienza en casa, más allá del discurso con el ejemplo. Primero que nada nos corresponde plantarnos frente al espejo y abrir grandes los ojos, revisar nuestra propia actuación, analizar cómo somos, reconocer qué estamos haciendo mal y escudriñar por qué razón lo hacemos. La sinceridad frente a nosotros mismos es la cimentación de una conducta íntegra, orientada al bien común.

Tenemos la obligación de convertirnos en modelos para nuestros pequeños. Hacer de nuestro hogar el microcosmos que deseamos ver replicado allá afuera, en cualquier grupo humano donde hoy priva la codicia, la falta de honestidad y la hipocresía. Somos responsables de trabajar para que germine la integridad y la franqueza absoluta, y así decir las cosas de frente. Alejarnos de ser el que lanza la piedra y esconde la mano.

La sociedad nos demanda enseñar a nuestros niños valores como el respeto, la empatía, la comunicación y la armonía: ¿estamos preparados para enseñarlos?
31 Marzo 2019 04:00:00
Misión cumplida
Fueron alrededor de treinta años, restando un receso temporal que ella hizo hace muchos años, el tiempo que Blanca Esthela Treviño y yo compartimos la plana editorial de domingo en periódico Zócalo. Aunque ella ya no está físicamente con nosotros, dentro de sus preparativos para el viaje final dejó por anticipado tres colaboraciones, la que se publicó el domingo pasado, la de hoy y la del próximo domingo.

Así era y así vamos a recordarla siempre, una mujer ordenada, sensible y gentil, que de forma admirable sacó adelante una asombrosa cantidad de tareas, y todas de excelencia: Matrimonio y familia; compromisos laborales y quehacer literario; labor social y docencia, y partió cuando supo que era el momento de hacerlo. Sus colaboraciones periodísticas han tenido un sello de excelencia, alejadas de la constricción de la opinión subjetiva, para asirse a la erudición de conocedores y expertos. Dueña de sus conceptos, pero en todo momento con la cortesía de ceder a los convocados a su columna, el brillo de las luminarias.

Tuve la fortuna de convivir con ella desde mi llegada a Piedras Negras en 1984. Fueron los tiempos cuando el sacerdote Fernando Martínez lanzó a Blanca Esthela al ruedo de la palabra escrita. En muy poco tiempo, pasó de ser una novel columnista, a convertirse en sólida opinadora, y más delante en diestra novelista. Dentro de su labor editorial, esa fascinación tan suya por la lectura, le proveyó de lo necesario para fundamentar sus opiniones acerca de aquello que planeaba escribir. Fue al final de esos ochentas cuando se integró a ese mismo espacio editorial, la profesora Martha Nélida Riojas (+).

Blanca Esthela vio cumplidos sus dos caros sueños literarios: Escribir un libro con relación a la figura de su abuela paterna, a través de cuyas páginas la autora nos lleva de paseo por Allende, pasamos tardes en el jardín de la abuela, y nos toca participar en un memorable episodio de la Revolución Mexicana, cuando su padre –entonces niño—descubre su vocación médica de una forma poco convencional. Y así, de un escenario a otro, Blanca Esthela nos lleva a comprender que la familia es –finalmente—la razón que mueve al corazón del mundo. Ese primer libro se intituló “Cuéntamelo otra vez”.

Durante la creación de su segunda y última novela, escrita dentro del taller de literatura testimonial, sus compañeros talleristas tuvimos la fortuna de atestiguar la gestación de cada personaje desde la magia de su pluma. En esta obra la autora se propuso dar respuesta a la pregunta de uno de sus nietos: “¿Cómo le hicieron Wito y tú para ser tan felices en su matrimonio?”. De ese modo fuimos descubriendo la forma como Mario –Wito-- apareció en su vida; lo que sucedió a causa del extravío de unos lentes en una alberca, y a partir de aquella reunión comenzamos a conocer a quienes fueron novios por más de cincuenta años. Atestiguamos el enamoramiento, las expectativas de cada uno en la relación; las aventuras que vivieron juntos y a la distancia. Gozos y sustos, como el día cuando se extravió el más inquieto de sus hijos. De un modo divertido, pero con profundo sentido humanista, la autora termina ofreciendo un mensaje al amado nieto: La vida es así, con altas y bajas, lo importante radica en mantener la fe en Dios, el amor en la persona que eliges como pareja, y la unión familiar. El epílogo del libro, donde Blanca Esthela pone toda su alma en cada letra, es una carta escrita a ese su grande y único amor, con quien acaba de partir a reencontrarse hace unos cuantos días.

Desde el próximo domingo 14 me va a resultar extraño no hallar la colaboración de mi admirada compañera de afanes literarios, encabezada por la imagen de su perfil, con esa sonrisa que la caracterizó en todo momento. Estamos ciertos de que ella se queda con nosotros a través de las letras; su esencia plasmada en la sonrisa que el paso del tiempo no habrá de borrar. Como diría el inmortal Jorge Luis Borges, “la muerte es una vida vivida”, y ella vivió –y sonrió-- plenamente hasta el final. Es así como nosotros, que tuvimos la fortuna de convivir con ella, y las futuras generaciones, que podrán conocerla a través de su obra, encontraremos una forma alternativa de vivir la vida: Dispuestos siempre a superar cualquier obstáculo, dando gracias al cielo por lo que tenemos y prodigando amor a nuestros semejantes. Además hacerlo alegres, siempre alegres.

Blanca Esthela: Voy a extrañar tu sabiduría, tu sentido del humor y ese auténtico don de gentes. El tiempo de Dios es perfecto, y tú partes esbozando esa última sonrisa que expresa lo que muy pocos tendrán oportunidad de decir al final del largo camino: “Misión cumplida”.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
31 Marzo 2019 03:25:00
Misión cumplida
Fueron alrededor de 30 años (restando un receso que ella hizo), el tiempo que Blanca Esthela Treviño y yo compartimos la plana editorial de domingo en el periódico Zócalo. Aunque ella ya no está físicamente con nosotros, dentro de sus preparativos para el viaje final dejó por anticipado tres colaboraciones, la que se publicó el domingo pasado, la de hoy y la del próximo domingo. Así era y así vamos a recordarla siempre, una mujer ordenada, sensible y gentil, que de forma admirable sacó adelante una asombrosa cantidad de tareas, y todas de excelencia: Matrimonio y familia; compromisos laborales y quehacer literario; labor social y docencia, y partió cuando supo que era el momento de hacerlo.

Tuve la fortuna de convivir con ella desde mi llegada a Piedras Negras en 1984. Fueron los tiempos cuando el sacerdote Fernando Martínez lanzó a Blanca Esthela al ruedo de la palabra escrita. En muy poco tiempo, pasó de ser una novel columnista, a convertirse en sólida opinadora, y más delante en diestra novelista. Dentro de su labor editorial, esa fascinación tan suya por la lectura, le proveyó de lo necesario para fundamentar sus opiniones acerca de aquello que planeaba escribir. Fue al final de esos 80 cuando se integró a ese mismo espacio editorial, la profesora Martha Nélida Riojas (+).

Ella vio cumplidos sus dos caros sueños literarios: Escribir un libro con relación a la figura de su abuela paterna, a través de cuyas páginas la autora nos lleva de paseo por Allende, pasamos tardes en el jardín de la abuela, y nos toca participar en un memorable episodio de la Revolución Mexicana, cuando su padre (entonces niño) descubre su vocación médica de una forma poco convencional. Y así, de un escenario a otro, Blanca Esthela nos lleva a comprender que la familia es la razón que mueve al corazón del mundo. Ese primer libro se tituló Cuéntamelo Otra Vez.

Durante la creación de su segunda y última novela, escrita dentro del taller de literatura testimonial, sus compañeros talleristas tuvimos la fortuna de atestiguar la gestación de cada personaje desde la magia de su pluma. En esta obra la autora se propuso dar respuesta a la pregunta de uno de sus nietos: “¿Cómo le hicieron Wito y tú para ser tan felices en su matrimonio?”. De ese modo fuimos descubriendo la forma como Mario apareció en su vida; lo que sucedió a causa del extravío de unos lentes en una alberca, y a partir de aquella reunión comenzamos a conocer a quienes fueron novios por más de 50 años. Atestiguamos el enamoramiento, las expectativas de cada uno en la relación; las aventuras que vivieron juntos y a la distancia. Gozos y sustos, como el día cuando se extravió el más inquieto de sus hijos. De un modo divertido, pero con profundo sentido humanista, la autora termina ofreciendo un mensaje al amado nieto: La vida es así, con altas y bajas, lo importante radica en mantener la fe en Dios, el amor en la persona que eliges como pareja, y la unión familiar. El epílogo del libro, donde Blanca Esthela pone toda su alma en cada letra, es una carta escrita a ese su grande y único amor, con quien acaba de partir a reencontrarse.

Desde el próximo domingo 14 me va a resultar extraño no hallar la colaboración de mi admirada compañera de afanes literarios, encabezada por la imagen de su perfil, con esa sonrisa que la caracterizó en todo momento. Estamos ciertos de que ella se queda con nosotros a través de las letras; su esencia plasmada en la sonrisa que el paso del tiempo no habrá de borrar. Como diría Jorge Luis Borges, “la muerte es una vida vivida”, y ella vivió y sonrió plenamente hasta el final.

Blanca Esthela: Voy a extrañar tu sabiduría, tu sentido del humor y ese auténtico don de gentes. El tiempo de Dios es perfecto, y tú partes esbozando esa última sonrisa que expresa lo que muy pocos tendrán oportunidad de decir al final del largo camino: “Misión cumplida”.
31 Marzo 2019 03:25:00
Misión cumplida
Fueron alrededor de 30 años (restando un receso que ella hizo), el tiempo que Blanca Esthela Treviño y yo compartimos la plana editorial de domingo en el periódico Zócalo. Aunque ella ya no está físicamente con nosotros, dentro de sus preparativos para el viaje final dejó por anticipado tres colaboraciones, la que se publicó el domingo pasado, la de hoy y la del próximo domingo. Así era y así vamos a recordarla siempre, una mujer ordenada, sensible y gentil, que de forma admirable sacó adelante una asombrosa cantidad de tareas, y todas de excelencia: Matrimonio y familia; compromisos laborales y quehacer literario; labor social y docencia, y partió cuando supo que era el momento de hacerlo.

Tuve la fortuna de convivir con ella desde mi llegada a Piedras Negras en 1984. Fueron los tiempos cuando el sacerdote Fernando Martínez lanzó a Blanca Esthela al ruedo de la palabra escrita. En muy poco tiempo, pasó de ser una novel columnista, a convertirse en sólida opinadora, y más delante en diestra novelista. Dentro de su labor editorial, esa fascinación tan suya por la lectura, le proveyó de lo necesario para fundamentar sus opiniones acerca de aquello que planeaba escribir. Fue al final de esos 80 cuando se integró a ese mismo espacio editorial, la profesora Martha Nélida Riojas (+).

Ella vio cumplidos sus dos caros sueños literarios: Escribir un libro con relación a la figura de su abuela paterna, a través de cuyas páginas la autora nos lleva de paseo por Allende, pasamos tardes en el jardín de la abuela, y nos toca participar en un memorable episodio de la Revolución Mexicana, cuando su padre (entonces niño) descubre su vocación médica de una forma poco convencional. Y así, de un escenario a otro, Blanca Esthela nos lleva a comprender que la familia es la razón que mueve al corazón del mundo. Ese primer libro se tituló Cuéntamelo Otra Vez.

Durante la creación de su segunda y última novela, escrita dentro del taller de literatura testimonial, sus compañeros talleristas tuvimos la fortuna de atestiguar la gestación de cada personaje desde la magia de su pluma. En esta obra la autora se propuso dar respuesta a la pregunta de uno de sus nietos: “¿Cómo le hicieron Wito y tú para ser tan felices en su matrimonio?”. De ese modo fuimos descubriendo la forma como Mario apareció en su vida; lo que sucedió a causa del extravío de unos lentes en una alberca, y a partir de aquella reunión comenzamos a conocer a quienes fueron novios por más de 50 años. Atestiguamos el enamoramiento, las expectativas de cada uno en la relación; las aventuras que vivieron juntos y a la distancia. Gozos y sustos, como el día cuando se extravió el más inquieto de sus hijos. De un modo divertido, pero con profundo sentido humanista, la autora termina ofreciendo un mensaje al amado nieto: La vida es así, con altas y bajas, lo importante radica en mantener la fe en Dios, el amor en la persona que eliges como pareja, y la unión familiar. El epílogo del libro, donde Blanca Esthela pone toda su alma en cada letra, es una carta escrita a ese su grande y único amor, con quien acaba de partir a reencontrarse.

Desde el próximo domingo 14 me va a resultar extraño no hallar la colaboración de mi admirada compañera de afanes literarios, encabezada por la imagen de su perfil, con esa sonrisa que la caracterizó en todo momento. Estamos ciertos de que ella se queda con nosotros a través de las letras; su esencia plasmada en la sonrisa que el paso del tiempo no habrá de borrar. Como diría Jorge Luis Borges, “la muerte es una vida vivida”, y ella vivió y sonrió plenamente hasta el final.

Blanca Esthela: Voy a extrañar tu sabiduría, tu sentido del humor y ese auténtico don de gentes. El tiempo de Dios es perfecto, y tú partes esbozando esa última sonrisa que expresa lo que muy pocos tendrán oportunidad de decir al final del largo camino: “Misión cumplida”.
24 Marzo 2019 04:00:00
No negociable
La escena es muy simple. Sube el criminal a la combi, encañona al conductor demandando “su cuota”. El conductor le responde que no la tiene. El criminal exige que le entregue su teléfono celular. El conductor lo hace. A gritos el criminal ordena a todos los pasajeros y al conductor abandonar el vehículo, pues va a inutilizarlo. Conforme van descendiendo de la unidad el criminal se dirige a ellos para decirles: “Que Dios me los bendiga”.

Una escena así no hubiera salido ni de la pluma de Faulkner. Paradójicamente a nosotros nos resulta muy familiar, son cosas que suceden a diario. Hasta podríamos decir que los pasajeros tuvieron la fortuna de que el arma del criminal haya sido una escuadra y no un AR15, y que todos vivieron para contarlo. Encaja muy bien en un escenario donde el desencanto cristiano erigió la Santa Muerte, y un sincretismo singular colocó en un altar a Jesús Malverde, el “santo” de los narcotraficantes.

El término “señales mixtas” se ha utilizado en muchos campos del comportamiento, ya sea en el flirteo entre dos personas, o en la educación de los menores. El clásico ejemplo de esto último es el del padre que con el cigarro en los labios prohíbe a su hijo fumar, o el que se alcoholiza y a la vez castiga a su hijo por tomarse una cerveza.

En lo personal me enfoco mucho al significado de las palabras. De acuerdo a Howard Gardner, creador de la hipótesis de las inteligencias múltiples, ello se debe al predominio de la inteligencia lingüístico-verbal. Debo confesar que cuando leí por primera vez acerca del trabajo de este investigador del comportamiento humano, a principios de los años ochenta del siglo pasado, sentí un alivio inmenso. A partir de su planteamiento no era grave que yo fuera desorientada y confundiera el oriente con el occidente, tampoco lo era no haber heredado las dotes para las artes plásticas de mi mamá. Mis habilidades iban por otro camino, de modo que me correspondía aprender a sacarles provecho: Con el tiempo descubrí que poner tanto énfasis en el peso específico de cada palabra, abre una lectura distinta de la vida, en ocasiones al punto paranoica, pues andamos descubriendo intenciones de las que tal vez ni el mismo autor tenga conciencia.

“Dios me los bendiga” puede estar dicho con la mejor de las intenciones, pero en lo particular lleva implícito un sentido de superioridad del que ofrece bendiciones por encima de aquellos a quienes van dirigidas. Es un modo de insinuar que se está muy cercano al Creador, de modo que va a negociar con él para que favorezca a todos: En este caso el criminal negociará con Dios para bendecir al conductor y a los pasajeros, después de que los dejó a todos sin corrida y al conductor sin teléfono celular.

Cada palabra genera un impacto en la sociedad. Las que son confusas o dañinas propician un golpeteo que daña la confianza y mina la autoestima. De este asunto de las bendiciones podrían salir una y mil sinrazones que –cada una por su camino propio—afectan a la sociedad. Por citar algunas que se me ocurren en este momento:

•Mi dios y yo somos “tan cuates”, que permite que yo los asalte, y luego atiende a mi solicitud de colmarlos de bendiciones.

•Dios no los cuida a ustedes, pues me está permitiendo ser parte del crimen organizado, pero no se preocupen, si mueren a causa de un disparo, partirán con todas mis bendiciones.

•El cielo es para todos. Tanto para los que mueren balaceados como los que detonan el arma.

•El cielo no existe.

Así como lavamos diversas partes de nuestro cuerpo para mantenerlas limpias, deberíamos de hacer de manera periódica con nuestro interior. Revisar qué está entrando a través de los sentidos. Deshacernos de todo aquello que genera desánimo y propicia –como diría Farrés—“ansiedad, angustia y desesperación”. Analizar cada hecho al que nos enfrentamos, ya sea en primera persona o a través de los medios, y definir con que parte del mensaje recibido nos quedamos. Ahora bien, cuando se trata de los pequeños, vigilar qué señales están captando y cuáles podrían ser los efectos de las mismas. Si los exponemos indiscriminadamente a señales mixtas, tendremos por resultado lógico un comportamiento confuso y errático, alejado de la ética ciudadana que México requiere.

Comunicar qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, implica en primer término haberlo entendido nosotros, ser claros al manifestarlo y tener la entereza de sostenerlo. Se requiere un “sí” o un “no” contundente, que permita establecer un marco referencial para el comportamiento del chico. Ya conforme crezca y madure, estará en capacidad para definir la relatividad de sus conceptos, pero, hasta nuevo aviso, la verdad no es negociable.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
24 Marzo 2019 03:51:00
No negociable
La escena es muy simple. Sube el criminal a la combi, encañona al conductor demandando “su cuota”. El conductor le responde que no la tiene. El criminal exige que le entregue su teléfono celular. El conductor lo hace. A gritos el criminal ordena a todos los pasajeros y al conductor abandonar el vehículo, pues va a inutilizarlo. Conforme van descendiendo de la unidad el criminal se dirige a ellos para decirles: “Que Dios me los bendiga”.

Una escena así no hubiera salido ni de la pluma de Faulkner. Paradójicamente a nosotros nos resulta muy familiar, son cosas que suceden a diario. Hasta podríamos decir que los pasajeros tuvieron la fortuna de que el arma del criminal haya sido una escuadra y no un AR15, y que todos vivieron para contarlo. Encaja muy bien en un escenario donde el desencanto cristiano erigió la Santa Muerte, y un sincretismo singular colocó en un altar a Jesús Malverde, el “santo” de los narcotraficantes.

El término “señales mixtas” se ha utilizado en muchos campos del comportamiento, ya sea en el flirteo entre dos personas, o en la educación de los menores. El clásico ejemplo de esto último es el del padre que con el cigarro en los labios prohíbe a su hijo fumar, o el que se alcoholiza y a la vez castiga a su hijo por tomarse una cerveza.

En lo personal me enfoco al significado de las palabras. De acuerdo con Howard Gardner, creador de la hipótesis de las inteligencias múltiples, ello se debe al predominio de la inteligencia lingüístico-verbal. Debo confesar que cuando leí por primera vez acerca del trabajo de este investigador del comportamiento humano, a principios de los años 80 del siglo pasado, sentí un alivio inmenso. A partir de su planteamiento no era grave que yo fuera desorientada y confundiera el oriente con el occidente, tampoco lo era no haber heredado las dotes para las artes plásticas de mi mamá. Mis habilidades iban por otro camino, de modo que me correspondía aprender a sacarles provecho.

“Dios me los bendiga” puede estar dicho con la mejor de las intenciones, pero en lo particular lleva implícito un sentido de superioridad del que ofrece bendiciones por encima de aquellos a quienes van dirigidas. Es un modo de insinuar que se está muy cercano al Creador, de modo que va a negociar con él para que favorezca a todos: En este caso el criminal negociará con Dios para bendecir al conductor y a los pasajeros, después de que los dejó a todos sin corrida y al conductor sin teléfono celular.

Cada palabra genera un impacto en la sociedad. Las que son confusas o dañinas propician un golpeteo que daña la confianza y mina la autoestima. De este asunto de las bendiciones podrían salir una y mil sinrazones que, cada una por su camino propio, afectan a la sociedad. Por citar algunas que se me ocurren en este momento: “Mi dios y yo somos ‘tan cuates’, que permite que yo los asalte, y luego atiende a mi solicitud de colmarlos de bendiciones”. “Dios no los cuida a ustedes, pues me está permitiendo ser parte del crimen organizado, pero no se preocupen, si mueren a causa de un disparo, partirán con todas mis bendiciones”. “El cielo es para todos. Tanto para los que mueren balaceados como los que detonan el arma”.

Así como lavamos diversas partes de nuestro cuerpo para mantenerlas limpias, deberíamos de hacer de manera periódica con nuestro interior. Revisar qué está entrando a través de los sentidos.

Comunicar qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, implica en primer término haberlo entendido nosotros, ser claros al manifestarlo y tener la entereza de sostenerlo. Se requiere un “sí” o un “no” contundente, que permita establecer un marco referencial para el comportamiento del chico. Ya conforme crezca y madure, estará en capacidad para definir la relatividad de sus conceptos, pero, hasta nuevo aviso, la verdad no es negociable.
17 Marzo 2019 04:00:00
Las barbas del vecino
Esta vez tocó a Brasil y a Nueva Zelanda. Crímenes de odio que terminan en el desgarrador asesinato de civiles. En el primer caso las víctimas fueron escolares y maestros dentro de un plantel escolar a la hora de recreo. En el segundo, feligreses en dos mezquitas, a corta distancia una de la otra.

Tras el azoro llega a la mente un alud de ideas. Se identifican al menos tres elementos en los que valdría la pena reflexionar: Hay un factor ideológico. Se percibe una gran carga de violencia. Y una vez más el fácil acceso a armas de alto poder.

La migración es un fenómeno natural de los grupos humanos. Ha sido a causa de ella que se han poblado los continentes; que se han conformado las diversas culturas regionales, y que contamos con una oferta tan variada en todos los campos del saber humano. Las primeras migraciones en la época de recolectores cazadores, obedecieron a la búsqueda de alimento. A partir de la agricultura y el asentamiento humano, los movimientos grupales obedecieron a otras causas que tienen que ver con el mejoramiento de las condiciones de vida de los pueblos, hasta nuestros días. En el transcurso de los siglos desde entonces hasta la actualidad, han existido diversos elementos que confieren a los humanos modos de reaccionar que llegan a ser muy violentos. Cuando la causa está relacionada con principios ideológicos, las conductas son más brutales. Para ejemplos tenemos diversos grupos fundamentalistas extremos que actúan convencidos de honrar a sus dioses de este modo.

El segundo elemento, que tiene que ver con el grado de violencia con que actúan estos individuos hallaría muchas explicaciones y a la vez ninguna que los justifique. Vivimos en un medio en el cual la agresividad es moneda de cambio. Desde la intimidad del hogar hasta las relaciones internacionales, observamos conductas irascibles que sugieren que antes de reflexionar, de zanjar o de mediar, lo primero es atacar. Actuamos de manera temeraria, muchas veces a la defensiva. Exigimos derechos reales o ficticios pero no estamos muy dispuestos a asumir las responsabilidades correspondientes. Conformamos una sociedad timorata que antepone los “derechos” de los criminales a los de las víctimas. Sistemas escolares que evitan imponer su autoridad frente a alumnos caprichosos y padres agresivos que además exigen lo imposible: Sin que se toque a sus “pimpollos”, quieren ver resultados que solamente la disciplina bien aplicada podría producir.

El último elemento de esta ecuación nefasta lo constituye el fácil acceso de armas de alto poder alrededor del mundo. Podríamos irnos a analizar las leyes militares de Burundi en el continente africano, o de Bután en Asia, pero mejor empezamos por nuestro querido México para preguntarnos cómo es que la delincuencia organizada cuenta con esos arsenales inagotables de armas semiautomáticas y automáticas “de uso exclusivo del ejército”. ¿Dónde las compraron? ¿Cómo llegaron a nuestro país? ¿Cómo cruzaron la frontera? ¿Quién las produce a gran escala para cubrir esas ventas masivas?... Son preguntas que sí nos corresponde analizar, tratar de responder, y más delante exigir lo que corresponda para desarticular dichos mecanismos. No es aceptable que los criminales hayan desarrollado tal capacidad de controlar a tantos segmentos de la población por la vía de “plata o plomo”. En los casos de Brasil y Nueva Zelanda ya corresponderá a sus ciudadanos y autoridades analizar qué pasó allá. Volviendo a México, un último asunto: Me sorprende que haya tanto extranjero afiliado al crimen organizado, habría que dilucidar cómo ingresaron y de qué modo prolongan su estancia en nuestro país, sin que ninguna autoridad parezca tomar cartas en el asunto.

En un artículo sobre educación, su autor el doctor Díaz Barriga desarrolla el término de “compulsión al cambio” al hablar del sistema educativo por competencias, que lleva a formularnos la pregunta de si puede construirse un mundo de paz cuando el sistema educativo se orienta con apremio a la competencia más que a la cooperación.

Finalmente: Si antes de asomarnos por la ventana a opinar sobre los problemas del vecino, arreglamos los de nuestra casa, podría ir dándose un cambio verdadero. Si más que señalar con el dedo hacia otro lado, nos plantamos frente al espejo y medimos qué tanto de nuestro diario actuar, puede estar atizando el fuego de la violencia a distintos niveles… Si aplicamos aquel refrán popular de “Cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas a remojar”, estaremos en camino para alcanzar el sueño de la “no violencia” que los grandes iluminados han imaginado para este mundo.

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17 Marzo 2019 03:40:00
Las barbas del vecino
La violencia es el miedo a los ideales de los demás. M. Gandhi

Esta vez tocó a Brasil y a Nueva Zelanda. Crímenes de odio que terminan en el desgarrador asesinato de civiles. En el primer caso las víctimas fueron escolares y maestros dentro de un plantel escolar a la hora de recreo. En el segundo, feligreses en dos mezquitas, a corta distancia una de la otra.

La migración es un fenómeno natural de los grupos humanos. Ha sido a causa de ella que se han poblado los continentes; que se han conformado las diversas culturas regionales, y que contamos con una oferta tan variada en todos los campos del saber humano.

Las primeras migraciones en la época de recolectores-cazadores, obedecieron a la búsqueda de alimento. En el transcurso de los siglos desde entonces hasta la actualidad, han existido diversos elementos que confieren a los humanos modos de reaccionar que llegan a ser muy violentos. Cuando la causa está relacionada con principios ideológicos, las conductas son más brutales. Para ejemplos tenemos diversos grupos fundamentalistas extremos que actúan convencidos de honrar a sus dioses de este modo.

El segundo elemento, que tiene que ver con el grado de violencia con que actúan estos individuos hallaría muchas explicaciones –y a la vez ninguna– que los justifique. Vivimos en un medio en el cual la agresividad es moneda de cambio.

Desde la intimidad del hogar hasta las relaciones internacionales, observamos conductas irascibles que sugieren que antes de reflexionar, de zanjar o de mediar, lo primero es atacar. Actuamos de manera temeraria, muchas veces a la defensiva.

Conformamos una sociedad timorata que antepone los “derechos” de los criminales a los de las víctimas. Sistemas escolares que evitan imponer su autoridad frente a alumnos caprichosos y padres agresivos que además exigen lo imposible: Sin que se toque a sus “pimpollos”, quieren ver resultados que solamente la disciplina bien aplicada podría producir.

El último elemento de esta ecuación nefasta lo constituye el fácil acceso de armas de alto poder alrededor del mundo. Podríamos irnos a analizar las leyes militares de Burundi en el continente africano, o de Bután en Asia, pero mejor empezamos por nuestro querido México para preguntarnos cómo es que la delincuencia organizada cuenta con esos arsenales inagotables de armas semiautomáticas y automáticas “de uso exclusivo del ejército”.

¿Dónde las compraron? ¿Cómo llegaron a nuestro país? ¿Cómo cruzaron la frontera? ¿Quién las produce a gran escala para cubrir esas ventas masivas?... Son preguntas que sí nos corresponde analizar, tratar de responder, y más delante exigir lo que corresponda para desarticular dichos mecanismos.

No es aceptable que los criminales hayan desarrollado tal capacidad de controlar a tantos segmentos de la población por la vía de “plata o plomo”. En los casos de Brasil y Nueva Zelanda ya corresponderá a sus ciudadanos y autoridades analizar qué pasó allá.

Volviendo a México, un último asunto: Me sorprende que haya tanto extranjero afiliado al crimen organizado, habría que dilucidar cómo ingresaron y de qué modo prolongan su estancia en nuestro país, sin que ninguna autoridad parezca tomar cartas en el asunto.

En un artículo sobre educación, su autor –el doctor Díaz Barriga– desarrolla el término de “compulsión al cambio” al hablar del sistema educativo por competencias, que lleva a formularnos la pregunta de si puede construirse un mundo de paz cuando el sistema educativo se orienta con apremio a la competencia más que a la cooperación.
10 Marzo 2019 04:00:00
De Conchita a Camila
Hace un par de días se conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Contrario a cualquier giro festivo, se conmemora la muerte de más de 100 mujeres durante un incendio en una fábrica textil neoyorquina, en 1911. Institucionalizada por la ONU en 1975, en México se celebra a partir de 1961, aunque con distinta fecha, que ya luego se igualó con el resto del mundo.

Como señalan los conocedores, su origen parte de una tragedia que evidenció las condiciones denigrantes en las que trabajó y murió un grupo de trabajadoras textiles, y que me lleva a recordar a las trabajadoras que fallecieron dentro de un edificio durante el sismo del ‘85, tras lo que surgió el movimiento “Costureras del ‘85”.

Estas tragedias son algunas de las propiciadas por las condiciones precarias en que algunas mujeres de clase trabajadora han debido desempeñarse para sacar adelante a su familia. Valga recordar que en nuestro país 4 de cada 10 hogares dependen de los ingresos de la madre.

A lo largo de la historia existen múltiples evidencias que señalan las condiciones de desventaja para la mujer, en el ámbito escolar, laboral y de gobierno –entre otros. Lo que para un varón es dado por su sola condición de nacimiento, para su contraparte representa, en muchas ocasiones, un desafío por el cual llega a dar hasta la propia vida. Se avanza en muchos aspectos, pero sigue habiendo grandes áreas de oportunidad que son negadas a la mujer en razón de su género. Sigue siendo una asignatura pendiente para todas.

Hay una esfera paralela a la anterior, en la que hoy deseo enfocarme y con ello hacer un llamado a mis congéneres aprovechar el tiempo que tenemos a nuestra disposición. En cuestión de asignatura de roles nuestro país se ha mantenido más apegado a lo tradicional que muchos otros. Cuando inicié mi incursión en la medicina --años setenta--, era siempre la mamá quien llevaba a consultar al niño, y cargaba con dos o tres más, si no había quien los cuidara en casa. Era más probable ver un pingüino en el desierto, que a un padre de familia ayudando con los hijos. La mujer tenía esto a su cargo, y por desgracia hoy en día, persisten casos similares, aún si la mujer trabaja fuera para complementar el sustento del hogar. Esa idea de eliminar las estancias infantiles, y dar el dinero a la madre para que busque quién cuide a los niños, tiene varias implicaciones: Los niños estarán en manos de personas no profesionales. La denominada “beca” de 1,600 pesos por mamá (no por niño), se otorgará bimestralmente. Y además, ¿quién garantiza que ese dinero no le sea arrebatado a la madre, en ocasiones hasta por su misma pareja sentimental?

Para terminar con algo positivo, paso al siguiente cuestionamiento: Una vez que la mujer termina con sus responsabilidades en el hogar: ¿En qué ocupa su tiempo? ¿Tiene ella la inquietud de utilizarlo en algo que le permita crecer, ampliar sus horizontes…? Hay en esta frontera un personaje que yo admiro profundamente por muy diversas razones; la principal es su lealtad como amiga, que en lo personal representa un tesoro que guardo muy cerca de mi corazón. Conchita Tinajero de Harper, quien este año completará 97 años de existencia, es una mujer auténtica, activa y admirable. Cada vez que le llamo y le pregunto cómo está, invariablemente contesta: “Muy bien, doc, ¿y tú?”. Debe ser justo esa actitud la que la mantiene en tan excelentes condiciones, con el entusiasmo como el motor de nuevos emprendimientos, en los que no duda un momento en involucrarse. Es la mano amiga que se otorga, ya para ayudar, para impulsar o para aplaudir los logros de otros, al margen de cualquier asomo de recelo. Decidió aprender una nueva lengua –aparte del inglés que domina a la perfección--, y desde hace medio año toma clases de francés. Le gusta mantenerse ocupada, y las escasas limitaciones que tiene por razón de su edad, las toma con filosofía, y halla la forma de sacar adelante cada proyecto, valiéndose de toda su creatividad. Una de las últimas noticias que la trae muy ilusionada es el nacimiento de su bisnieta Camila, a quien ya conoció por videoconferencia, pues de momento la distancia geográfica no le permite tenerla entre sus brazos.

No tenemos que viajar a otras latitudes para encontrar mujeres extraordinarias que nos inspiren. Las tenemos muy cerca trabajando incansablemente, creando nuevos proyectos, impulsando y animando a sus congéneres a seguir adelante. Mujeres que recuerdan al Atlante, con el mundo sobre sus hombros, y aun así, con una dulce sonrisa en el rostro.

Desde este pequeño espacio felicito de todo corazón a Camila por llevar esa sangre empeñosa y triunfadora que visualiza –gozosa-- en cada obstáculo un nuevo reto a vencer.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
10 Marzo 2019 03:38:00
De Conchita a Camila
Hace un par de días se conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Contrario a cualquier giro festivo, se conmemora la muerte de más de 100 mujeres durante un incendio en una fábrica textil neoyorquina, en 1911. Institucionalizada por la ONU en 1975, en México se celebra a partir de 1961, aunque con distinta fecha, que ya luego se igualó con el resto del mundo.

Como señalan los conocedores, su origen parte de una tragedia que evidenció las condiciones denigrantes en las que trabajó y murió un grupo de trabajadoras textiles, y que me lleva a recordar a las trabajadoras que fallecieron dentro de un edificio durante el sismo del ’85, tras lo que surgió el movimiento Costureras del ‘85.

Estas tragedias son algunas de las propiciadas por las condiciones precarias en que algunas mujeres de clase trabajadora han debido desempeñarse para sacar adelante a su familia.

A lo largo de la historia existen múltiples evidencias que señalan las condiciones de desventaja para la mujer, en el ámbito escolar, laboral y de gobierno, entre otros. Lo que para un varón es dado por su sola condición de nacimiento, para su contraparte representa, en muchas ocasiones, un desafío por el cual llega a dar hasta la propia vida. Se avanza en muchos aspectos, pero sigue habiendo grandes áreas de oportunidad que son negadas a la mujer en razón de su género.

Cuando inicié mi incursión en la medicina (años 70), era siempre la mamá quien llevaba a consultar al niño, y cargaba con dos o tres más, si no había quien los cuidara en casa. Era más probable ver un pingüino en el desierto, que a un padre de familia ayudando con los hijos. La mujer tenía esto a su cargo, y por desgracia hoy en día, persisten casos similares, aún si la mujer trabaja fuera para complementar el sustento del hogar.

Esa idea de eliminar las estancias infantiles, y dar el dinero a la madre para que busque quién cuide a los niños, tiene varias implicaciones: los niños estarán en manos de personas no profesionales.

Para terminar con algo positivo, paso al siguiente cuestionamiento: Una vez que la mujer termina con sus responsabilidades en el hogar: ¿En qué ocupa su tiempo? ¿Tiene ella la inquietud de utilizarlo en algo que le permita crecer, ampliar sus horizontes…? Hay en esta frontera un personaje que yo admiro profundamente por muy diversas razones; la principal es su lealtad como amiga, que en lo personal representa un tesoro que guardo muy cerca de mi corazón.

Conchita Tinajero de Harper, quien este año completará 97 años de existencia, es una mujer auténtica, activa y admirable. Cada vez que le llamo y le pregunto cómo está, invariablemente contesta: “Muy bien, doc, ¿y tú?”. Debe ser justo esa actitud la que la mantiene en tan excelentes condiciones, con el entusiasmo como el motor de nuevos emprendimientos, en los que no duda un momento en involucrarse. Es la mano amiga que se otorga, ya para ayudar, para impulsar o para aplaudir los logros de otros, al margen de cualquier asomo de recelo. Decidió aprender una nueva lengua (aparte del inglés que domina a la perfección), y desde hace medio año toma clases de francés. Le gusta mantenerse ocupada, y las escasas limitaciones que tiene por razón de su edad, las toma con filosofía, y halla la forma de sacar adelante cada proyecto.

Una de las últimas noticias que la trae muy ilusionada es el nacimiento de su biznieta Camila, a quien ya conoció por videoconferencia, pues de momento la distancia geográfica no le permite tenerla entre sus brazos.

Desde este pequeño espacio felicito de todo corazón a Camila por llevar esa sangre empeñosa y triunfadora que visualiza en cada obstáculo un nuevo reto a vencer.
03 Marzo 2019 04:00:00
Historias que cuentan
La mercadotecnia sabe cómo capturar la atención del cliente potencial. No en vano coloca productos que terminan integrándose a los que en un principio planeábamos adquirir. Artículos que no se anotaron en la lista del mandado, y que tampoco habríamos detectado de otro modo, pero que por razón de su colocación en sitios estratégicos, según el criterio de los mercadólogos, se venden. Ello redunda en ganancias para los comercios, y no pocas veces en compras que terminan siendo poco o nada útiles para nosotros los consumidores.

Algo que tiene que ver con el asunto viví recientemente dentro de una tienda de conveniencia. A pesar de que estoy consciente de evitar estas trampas de último minuto, alguna vez me ha cautivado una golosina o cierta revista. En esta ocasión esperaba mi turno para pagar cuando a una distancia corta, como parte del acervo de publicaciones de la tienda, capturó mi atención un título: “Historias macabras de panteones en México”. Soy honesta, su autor me resultó desconocido, pero lo atractivo de la edición y lo accesible del costo colocaron a este ejemplar junto con el kilogramo de tortillas y la docena de huevos de mi compra original.

En lo personal siempre me ha atraído el tema de la muerte: arte y ceremonias fúnebres; literatura y fotografía alusiva al tema. Me gusta conocer panteones, en particular antiguos, que para mí constituyen historias de vida de las que aprendemos a vivir mejor. Mi última adquisición literaria en esta línea fue un hermoso libro sobre el arte funerario del maestro Benigno Montoya de la Cruz, editado por el Gobierno del Estado de Durango, con fotografías en gran formato de esculturas y mausoleos realizados por el escultor de origen zacatecano, hermano del famoso pintor y muralista Francisco, de los mismos apellidos, quien dejó diversos frescos en edificios públicos de la capital duranguense, actualmente en fase de restauración. Dentro de las esculturas del maestro Benigno destacan los ángeles, esculpidos con tal maestría, que parece que siguieran con la mirada a quien los mira. Gran parte de su obra se halla reunida en un museo que lleva su nombre, localizado en el Panteón Oriente de esa ciudad capital.

Pero volvamos a los mercadólogos, las tiendas de conveniencia y mi adquisición: Una sabrosa colección de historias que hablan sobre aparecidos, leyendas y otras florituras fúnebres, que disfruté de principio a fin. Terminada esta tarea me puse a investigar al autor, de nombre Juan Antonio Amezcua Castillo, egresado de la carrera de periodismo de la Escuela Carlos Septién en la ciudad de México. Comprobé una vez más, hasta dónde lo que aprendemos se ve reflejado en la calidad de lo que hacemos.

En el país la oferta de capacitación en arte y cultura, me parece que sigue siendo muy centralista, asimétrica en las distintas regiones del país, y en gran medida discrecional, quedando a criterio de unos cuantos la decisión de dotar de recursos en tal o cual área a tal o cual población. Y sucede que de repente tenemos disciplinas con alta demanda y escasa oferta, mientras que en otras la oferta rebasa con mucho la demanda.

Durango me parece un muy buen ejemplo de planeación cultural que responde a las necesidades de la población, amén de equilibrada y accesible a todos los bolsillos. Una ciudad que se empeña en hacer el rescate arquitectónico de edificios y monumentos históricos, y que emprende cuestiones novedosas una vez que ha calculado debidamente su factibilidad y cumplimiento en tiempo.

El libro que compré me costó lo mismo que la docena de huevos y unos pesos más que el kilogramo de tortillas (considerando el último aumento a este producto básico). Es una edición profesional y cuidada, de una obra popular, muy amena, de la pluma de un joven escritor y periodista.


El FCE está anunciando publicaciones económicas de obras literarias. Lo primero que vino a mi recelosa mente: ¿Nos irá a beneficiar a todos los mexicanos? Me apena confesar tanta desconfianza, pero como dicen en mi pueblo, “el que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla”. Quiero creer que sea un proyecto “inclusivo” (por más que me antipatiza la palabra), y que estemos contemplados todos, y así dar cumplimiento a lo que señalan nuestros grandes maestros: “El primer paso para escribir bien es leer mucho”.

03 Marzo 2019 04:00:00
Historias que cuentan
La mercadotecnia sabe cómo capturar la atención del cliente potencial. No en vano coloca productos que terminan integrándose a los que en un principio planeábamos adquirir. Artículos que no se anotaron en la lista del mandado, y que tampoco habríamos detectado de otro modo, pero que por razón de su colocación en sitios estratégicos --según el criterio de los mercadólogos-, se venden. Ello redunda en ganancias para los comercios, y no pocas veces en compras que terminan siendo poco o nada útiles para nosotros los consumidores.

Algo que tiene que ver con el asunto viví recientemente dentro de una tienda de conveniencia. A pesar de que estoy consciente de evitar estas trampas de último minuto, alguna vez me ha cautivado una golosina o cierta revista. En esta ocasión esperaba mi turno para pagar cuando a una distancia corta, como parte del acervo de publicaciones de la tienda, capturó mi atención un título: “Historias macabras de panteones en México”. Soy honesta, su autor me resultó desconocido, pero lo atractivo de la edición y lo accesible del costo colocaron a este ejemplar junto con el kilogramo de tortillas y la docena de huevos de mi compra original.

En lo personal siempre me ha atraído el tema de la muerte: Arte y ceremonias fúnebres; literatura y fotografía alusiva al tema. Me gusta conocer panteones -en particular antiguos- que para mí constituyen historias de vida de las que aprendemos a vivir mejor. Mi última adquisición literaria en esta línea fue un hermoso libro sobre el arte funerario del maestro Benigno Montoya de la Cruz, editado por el gobierno del estado de Durango, con fotografías en gran formato de esculturas y mausoleos realizados por el escultor de origen zacatecano, hermano del famoso pintor y muralista Francisco, de los mismos apellidos, quien dejó diversos frescos en edificios públicos de la capital duranguense, actualmente en fase de restauración. Dentro de las esculturas del maestro Benigno destacan los ángeles, esculpidos con tal maestría, que parece que siguieran con la mirada a quien los mira. Gran parte de su obra se halla reunida en un museo que lleva su nombre, localizado en el Panteón Oriente de esa ciudad capital.

Pero volvamos a los mercadólogos, las tiendas de conveniencia y mi adquisición: Una sabrosa colección de historias que hablan sobre aparecidos, leyendas y otras florituras fúnebres, que disfruté de principio a fin. Terminada esta tarea me puse a investigar al autor, de nombre Juan Antonio Amezcua Castillo, egresado de la carrera de periodismo de la Escuela Carlos Septién en la ciudad de México. Comprobé una vez más, hasta dónde lo que aprendemos se ve reflejado en la calidad de lo que hacemos. A través de redes sociales hay diversas páginas que incluyen narrativas sobre el mismo tema, de autores variados –la mayoría jóvenes—, publicados con la mejor de las intenciones, pero con una serie de fallas que desaniman a continuar su lectura, y que se resolverían con cierta preparación en el oficio de escribir.

En el país la oferta de capacitación en arte y cultura, me parece --en lo personal-- que sigue siendo muy centralista, asimétrica en las distintas regiones del país, y en gran medida discrecional, quedando a criterio de unos cuantos la decisión de dotar de recursos en tal o cual área a tal o cual población. Y sucede que de repente tenemos disciplinas con alta demanda y escasa oferta, mientras que en otras la oferta rebasa con mucho la demanda. La ciudad de Durango—a propósito-- me parece un muy buen ejemplo de planeación cultural que responde a las necesidades de la población, amén de equilibrada y accesible a todos los bolsillos. Una ciudad que se empeña en hacer el rescate arquitectónico de edificios y monumentos históricos, y que emprende cuestiones novedosas una vez que ha calculado debidamente su factibilidad y cumplimiento en tiempo.

El libro que compré me costó lo mismo que la docena de huevos y unos pesos más que el kilogramo de tortillas (considerando el último aumento a este producto básico). Es una edición profesional y cuidada, de una obra popular, muy amena, de la pluma de un joven escritor y periodista.

El FCE está anunciando publicaciones económicas de obras literarias. Lo primero que vino a mi recelosa mente: ¿Nos irá a beneficiar a todos los mexicanos? Me apena confesar tanta desconfianza, pero como dicen en mi pueblo, “el que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla”. Quiero creer que sea un proyecto “inclusivo” (por más que me antipatiza la palabra), y que estemos contemplados todos, y así dar cumplimiento a lo que señalan nuestros grandes maestros: “El primer paso para escribir bien es leer mucho”.


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24 Febrero 2019 04:00:00
Nuestra triunfadora
Esta semana se conmemoró el Día de la Lengua Materna, ocasión para exaltar nuestras raíces originales. Para estas inusuales ocasiones nos permitimos sentir que al menos un eritrocito de los aproximadamente 5 millones que circulan en nuestro torrente sanguíneo corresponde a la raza de bronce que nos dio origen. Los restantes 364 días para muchos congéneres pareciera que la sangre de nuestros pueblos originarios representa una mácula que hay que lavarse con ácido muriático, si fuera necesario. Así de ridículos llegamos a ser ante nuestro incuestionable mestizaje que en realidad, de forma venturosa, vuelve al México donde nacimos en un territorio rico y variado, y a nuestros pueblos originarios parte de aquello que nos coloca en el mundo.

Hoy se llevará a cabo la ceremonia de los Premios Oscar que todos esperamos con particular expectación. Quienes consideramos que Yalitza Aparicio representa el arte mexicano, lo viviremos emocionados, invocando al espíritu de Metztli, la diosa-luna, para que ella sea la acreedora de la estatuilla dorada como mejor actriz protagónica. Algunos otros estarán siguiendo el evento ataviados con alguna de las indumentarias propias, ya de la ignorancia histórica, ya de la envidia histriónica. Tal vez profiriendo vocablos groseros para desacreditar una carrera actoral que no por corta o por sorpresiva, deja de ser profesional. Uno de esos personajes fruncidos y amargosos, de apellido Goyri llamó a nuestra nominada “lavaplatos” (en castellano antiguo), seguida por el vocablo “india” (origen del cual Yalitza está muy orgullosa). Aunque quiso luego justificarse, imagino que esta noche tendrá color de “culebra verde áspera norteña” y se abstendrá de comer palomitas, por aquello del ahogo. Pero ya vimos que nuestra Yalitza está vacunada contra esos males.

¡Qué pena da –como mexicanos—que conozcan más sobre nuestra historia muchos extranjeros, o que hayan visitado más museos nacionales que nosotros, de la inmensa oferta cultural que México tiene! Lamentable que haya quien llega a suponer que entre más clara la piel o más rubio el cabello, la persona tiene un mayor valor. ¡Ay, ay, ay! ¡Cómo pesa la ignorancia! Pero así es la mentalidad televisiva que va borrando una a una las circunvoluciones cerebrales, hasta dejarnos un cerebro pulido y brillante, resistente a la función original de pensar.

Me congratulo al descubrir que el cine mexicano esté destacando como lo ha venido haciendo en los últimos años. Orgullosa de una raza de bronce que sabe utilizar los rasgos de origen en su labor creativa. Feliz del reconocimiento que se viene ganando a nivel mundial gracias a las ciencias, las artes y la tecnología. Nuestro México emprendedor, que se las ingenia para resolver un problema valiéndose de aquellos elementos que tiene a su alcance. Una nación que –cuando se lo propone—es capaz de alcanzar la meta más alta. Maravilloso descubrir que en la variedad radica nuestra riqueza como país, porque encasillarnos en determinados arquetipos nos lleva a perdernos gran parte de lo que hay para disfrutar.

Antes del advenimiento de la fotografía digital, los personajes eran representados por fotografías impresas, y previo a ello, por simples esbozos o pinturas al óleo. Fue así como imaginamos a conquistadores, literatos, músicos o gobernantes. En el mejor de los casos alguna mascarilla mortuoria definía con mayor precisión los rasgos del difunto; aun así había distancia entre la captura de su rostro tras la muerte, y lo que hubieran sido sus expresiones mientras vivió. Pero finalmente la imagen no era lo más importante, sino su obra, aquello por lo que hoy en día conocemos a un Goethe, un Da Vinci o un Beethoven. El oficio llevado a un nivel de excelencia que ha vuelto a esos personajes inmortales. En este tenor: ¿Qué importaba su color, su estatura o la fineza de sus rasgos…?

La tecnología digital es eminentemente visual. Lo que importa es la imagen, la foto, la apariencia. Es necesario desarrollar otro tipo de valores de mayor trascendencia para “dar el brinco” y tomar en cuenta aspectos que están más allá de las meras apariencias. Es una tarea de traspasar lo exterior para entrar en contacto con la esencia del ser, y de este modo valorar a la persona por lo que es; por lo que aporta a la historia universal; por lo que le lleva a trascender. El concepto de belleza es de lo más relativo en tiempo y en geografía; por su parte los valores universales sí son eso, elementos que mueven al ser humano independientemente de la época y de la latitud en que le toca vivir.

Yalitza: Desde mi pequeño espacio va toda la buena vibra. Desde ya eres una triunfadora.

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24 Febrero 2019 03:29:00
Nuestra triunfadora
Esta semana se conmemoró el Día de la Lengua Materna, ocasión para exaltar nuestras raíces originales. Para estas inusuales ocasiones nos permitimos sentir que al menos un eritrocito de los aproximadamente 5 millones que circulan en nuestro torrente sanguíneo corresponde a la raza de bronce que nos dio origen.

Los restantes 364 días para muchos pareciera que la sangre de nuestros pueblos originarios es una mácula que hay que lavarse con ácido muriático. Así de ridículos llegamos a ser ante nuestro incuestionable mestizaje que en realidad vuelve al México donde nacimos en un territorio rico y variado, y a nuestros pueblos originarios parte de aquello que nos coloca en el mundo.

Hoy se llevará a cabo la ceremonia de los Oscar que todos esperamos con particular expectación. Quienes consideramos que Yalitza Aparicio representa el arte mexicano, lo viviremos emocionados, invocando al espíritu de Metztli, la diosa-luna, para que ella sea la acreedora de la estatuilla como Mejor Actriz.

Algunos otros estarán siguiendo el evento ataviados con alguna de las indumentarias propias, ya de la ignorancia histórica, ya de la envidia histriónica. Tal vez profiriendo vocablos groseros para desacreditar una carrera actoral que no por corta o por sorpresiva, deja de ser profesional.

Uno de esos personajes fruncidos y amargosos, de apellido Goyri llamó a nuestra nominada “lavaplatos” (en castellano antiguo), seguida por el vocablo “india” (origen del cual Yalitza está muy orgullosa). Aunque quiso luego justificarse, imagino que esta noche tendrá color de “culebra verde áspera norteña” y se abstendrá de comer palomitas, por aquello del ahogo.

¡Qué pena da que conozcan más sobre nuestra historia muchos extranjeros, o que hayan visitado más museos nacionales que nosotros, de la inmensa oferta cultural que México tiene! Lamentable que haya quien llega a suponer que entre más clara la piel o más rubio el cabello, la persona tiene un mayor valor. ¡Ay, ay, ay! ¡Cómo pesa la ignorancia! Pero así es la mentalidad televisiva que va borrando una a una las circunvoluciones cerebrales, hasta dejarnos un cerebro pulido y brillante, resistente a la función de pensar.

Me congratulo al descubrir que el cine mexicano esté destacando. Orgullosa de una raza que sabe utilizar los rasgos de origen en su labor creativa. Nuestro México emprendedor, que se las ingenia para resolver un problema valiéndose de aquellos elementos que tiene a su alcance. Una nación que es capaz de alcanzar la meta más alta. Maravilloso descubrir que en la variedad radica nuestra riqueza como país, porque encasillarnos en determinados arquetipos nos lleva a perdernos gran parte de lo que hay para disfrutar.

Antes del advenimiento de la fotografía digital, los personajes eran representados por fotografías impresas, y previo a ello, por simples esbozos o pinturas al óleo. Fue así como imaginamos a conquistadores, literatos, músicos o gobernantes. En el mejor de los casos alguna mascarilla mortuoria definía con mayor precisión los rasgos del difunto; aun así había distancia entre la captura de su rostro tras la muerte, y lo que hubieran sido sus expresiones mientras vivió. Pero finalmente la imagen no era lo más importante, sino su obra, aquello por lo que hoy en día conocemos a un Goethe, un Da Vinci o un Beethoven. El oficio llevado a un nivel de excelencia que ha vuelto a esos personajes inmortales.

La tecnología digital es eminentemente visual. Lo que importa es la apariencia. Es necesario desarrollar otro tipo de valores de mayor trascendencia para “dar el brinco” y tomar en cuenta aspectos que están más allá de las meras apariencias.

Es una tarea de traspasar lo exterior para entrar en contacto con la esencia del ser, y de este modo valorar a la persona por lo que es, por lo que aporta a la historia universal, por lo que le lleva a trascender.

El concepto de belleza es de lo más relativo en tiempo y en geografía; por su parte los valores universales sí son eso, elementos que mueven al ser humano independientemente de la época y de la latitud en que le toca vivir.

Yalitza: Desde mi pequeño espacio va toda la buena vibra. Desde ya eres una triunfadora.
17 Febrero 2019 04:00:00
De la mano del tiempo
Cada cual habla de la vida desde su perspectiva personal. Querer desprenderse de ella para hacer una narrativa desprovista del propio ser, equivaldría a arrancarse la piel y seguir caminando así, desnudo, de cara al sol.

Para el nuevo ciclo de taller literario me propuse ir organizando un cúmulo de textos escritos durante más de 40 años, y que a la fecha no tienen una clasificación precisa. Comencé por la mitad más sencilla, la electrónica, contenida en un par de discos duros externos. Ya más delante intentaré hacer algo con la otra mitad, que comencé a escribir a partir de los años de secundaria, en una sucesión de máquinas Olivetti, hasta que la computadora vino a sustituirlas.

Es muy interesante explorar, a través de la palabra escrita, distintas etapas de mi vida; estados de ánimo personales y escenarios externos que los propiciaron. Reencontrarme con frases afortunadas que desearía rescatar, y al lado de lo anterior sentir el bochorno de haber publicado escritos que ahora, con mayores elementos de juicio para calificarlos, encuentro reprobables.

De todo ello me queda una reflexión que deseo compartir en este espacio: A mi edad es más el tiempo vivido que el que me resta por vivir. En ese tenor me pregunto dónde quedaron los momentos que no aparecen plasmados en las líneas que hoy reviso; tantos pensamientos que me habrán movido en uno u otro sentido. Tantas emociones despertadas y reprimidas, o que hayan dado lugar a acciones, algunas afortunadas, otras no tanto, pero que a fin de cuenta constituyen mi trayectoria a lo largo del tiempo y del
espacio.

Lo único inaprensible en esta vida es el tiempo. Ni el hombre más rico sobre el planeta, así invierta toda su fortuna en ello, podrá comprar un solo segundo del mismo. Avanza para todos, y del mismo modo como la vida tuvo un principio, llegará a su final. ¿Cuándo…? Imposible predecirlo.

Hallarme revisando carpetas con documentos de muy diverso orden, que he escrito a lo largo de estos años, es como apostarme frente a un montón de álbumes fotográficos en cuyas imágenes voy descubriendo pedazos olvidados de mi vida. Y ahora que lo hago pienso que hubiera querido escribir más acerca de ciertas etapas, en particular aquellas vividas al lado de seres queridos que se han adelantado en el camino. Así mismo, quisiera haber dejado constancia de más detalles que circundaron el nacimiento de mis hijos, cada uno de sus logros escolares, cumpleaños, navidades o vacaciones. Pero bien dice el refrán popular, el “hubiera” no existe.

Heme aquí, pues, frente a las memorias de dos terceras partes de mi vida capturadas mediante la palabra escrita, y aun así preguntándome dónde quedó tanto tiempo que ahora quiero imaginar como grandes oquedades entre el registro de un acontecimiento y el siguiente.

Posterior a ello viene otra larga lista de reflexiones: Cuánta vida desperdiciamos mientras avanzamos rumbo a una meta, asumiendo que cuando la alcancemos comenzaremos a ser felices, de este modo dejando de vivir tantas cosas a lo largo del camino. Los sentidos concentrados en el horizonte, incapaces de gozar el cielo, el trino de las aves o el aroma de la entrante primavera. Sin contacto con la suavidad de la fina hierba bajo las plantas ni el frescor del agua que cosquillea conforme rodea nuestros tobillos en su avance.

¿Qué es la vida? ¿Qué hacemos con ella mientras acompasa cada latido de nuestro corazón? ¿Tenemos un propósito por cumplir, o vamos simplemente sorteando las horas como si nuestra existencia fuera eterna?

Tal vez mucho del desperdicio de tiempo que sufrimos, se deba a nuestra negativa por enfrentar el hecho de que un día vamos a morir. “Si no lo pienso, no existe”, y es a partir de este enunciado que volvemos la vista para otro lado. Lamentable, al hacerlo desaprovechamos un tiempo que nunca ha de volver.

Cualquier momento es bueno para revisar nuestro plan de vuelo, hacer los ajustes necesarios, y poner a volar la nave de los sueños. Máxime si ya llevamos recorrida buena parte de la vida. Hacer un proyecto personal, estudiar la forma de cumplirlo, y lanzarnos con todo.
17 Febrero 2019 04:00:00
De la mano del tiempo
Cada cual habla de la vida desde su perspectiva personal. Querer desprenderse de ella para hacer una narrativa desprovista del propio ser, equivaldría a arrancarse la piel y seguir caminando así –desnudo, de cara al sol.

Para el nuevo ciclo de taller literario me propuse ir organizando un cúmulo de textos escritos durante más de cuarenta años, y que a la fecha no tienen una clasificación precisa. Comencé por la mitad más sencilla, la electrónica, contenida en un par de discos duros externos. Ya más delante intentaré hacer algo con la otra mitad que comencé a escribir, a partir de los años de secundaria, en una sucesión de máquinas Olivetti, hasta que la computadora vino a sustituirlas.

Es muy interesante explorar –a través de la palabra escrita—distintas etapas de mi vida; estados de ánimo personales, y escenarios externos que los propiciaron. Reencontrarme con frases afortunadas que desearía rescatar, y al lado de lo anterior sentir el bochorno de haber publicado escritos que ahora, con mayores elementos de juicio para calificarlos, encuentro reprobables.

De todo ello me queda una reflexión que deseo compartir en este espacio: A mi edad es más el tiempo vivido que el que me resta por vivir. En ese tenor me pregunto dónde quedaron los momentos que no aparecen plasmados en las líneas que hoy reviso; tantos pensamientos que me habrán movido en uno u otro sentido. Tantas emociones despertadas y reprimidas, o que hayan dado lugar a acciones, algunas afortunadas, otras no tanto, pero que a fin de cuenta constituyen mi trayectoria a lo largo del tiempo y del espacio.

Lo único inaprensible en esta vida es el tiempo. Ni el hombre más rico sobre el planeta, así invierta toda su fortuna en ello, podrá comprar un solo segundo del mismo. Avanza para todos, y del mismo modo como la vida tuvo un principio, llegará a su final. ¿Cuándo…? Imposible predecirlo.

Hallarme revisando carpetas con documentos de muy diverso orden, que he escrito a lo largo de estos años, es como apostarme frente a un montón de álbumes fotográficos, en cuyas imágenes voy descubriendo pedazos olvidados de mi vida. Y ahora que lo hago pienso que hubiera querido escribir más acerca de ciertas etapas, en particular aquellas vividas al lado de seres queridos que se han adelantado en el camino. Así mismo, quisiera haber dejado constancia de más detalles que circundaron el nacimiento de mis hijos, cada uno de sus logros escolares, cumpleaños, navidades o vacaciones.

Pero bien dice el refrán popular, el “hubiera” no existe.

Heme aquí, pues, frente a las memorias de dos terceras partes de mi vida capturadas mediante la palabra escrita, y aun así preguntándome dónde quedó tanto tiempo que ahora quiero imaginar como grandes oquedades entre el registro de un acontecimiento y el siguiente.

Posterior a ello viene otra larga lista de reflexiones: Cuánta vida desperdiciamos mientras avanzamos rumbo a una meta, asumiendo que cuando la alcancemos comenzaremos a ser felices, de este modo dejando de vivir tantas cosas a lo largo del camino. Los sentidos concentrados en el horizonte, incapaces de gozar el cielo, el trino de las aves o el aroma de la entrante primavera. Sin contacto con la suavidad de la fina hierba bajo las plantas ni el frescor del agua que cosquillea conforme rodea nuestros tobillos en su avance.

¿Qué es la vida? ¿Qué hacemos con ella mientras acompasa cada latido de nuestro corazón…? ¿Tenemos un propósito por cumplir, o vamos simplemente sorteando las horas como si nuestra existencia fuera eterna?

Tal vez mucho del desperdicio de tiempo que sufrimos, se deba a nuestra negativa por enfrentar el hecho de que un día vamos a morir. “Si no lo pienso, no existe”, y es a partir de este enunciado que volvemos la vista para otro lado. Lamentable, al hacerlo desaprovechamos un tiempo que nunca ha de volver.

Cualquier momento es bueno para revisar nuestro plan de vuelo, hacer los ajustes necesarios, y poner a volar la nave de los sueños. Máxime si ya llevamos recorrida buena parte de la vida. Hacer un proyecto personal, estudiar la forma de cumplirlo, y lanzarnos con todo, decididos a verlo cristalizado.

Se ha puesto de moda una sentencia que me parece iluminadora: “Al final del día no digamos un día más, sino un día menos”. La noche representa la terminación de un lapso de tiempo que ojalá hayamos aprovechado, pues de cualquier manera se ha ido para siempre.

Viene a mi mente un fragmento de las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte/contemplando/ como se pasa la vida/como se viene la muerte.”
Mantener la mente viva, los sentidos despiertos. Que nos sorprenda cada amanecer con una nueva historia por escribir.

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10 Febrero 2019 04:00:00
El arte de escribir
"Escribir es ir y venir, del silencio a la palabra, de la lectura a la reescritura".
Javier Tinajero R.

Estoy por iniciar un nuevo ciclo de taller literario con Gerardo Segura. A través de su guía en el taller, he aprendido cosas importantes, entre las que destacan dos fundamentales: Cómo llevar a cabo una lectura crítica de textos, y cómo encontrar mi propia voz. Así que –pese a factores que podrían haberme desanimado—, me alegra el inicio de un nuevo ciclo.

Esta mañana, mientras me organizaba para elaborar la columna semanal, cayó del cielo la reflexión de Javier Tinajero respecto al oficio de escribir, la cual me permito utilizar como epígrafe. Disparó un orden de razonamientos personales, que deseo compartir.

Una gran amiga tallerista de Monclova, me hacía notar cómo hoy en día es muy sencillo publicar, gracias a la tecnología digital. Sus palabras me remontaron a 1981, cuando saqué mi primer libro. Recordé los linotipos de plomo, pruebas de galera y otros asuntos de la imprenta tradicional que en estos tiempos son piezas de museo. Con el advenimiento de la computadora personal, hoy en día cualquier persona puede publicar textos en diversos medios, o bien sacar un libro, sin toparse con mayores obstáculos para hacerlo: Los costos han disminuido de manera notable, y la digitalización ha facilitado las formas y acortado los plazos. La oferta literaria crece, y hay que seleccionar qué leer. Para quienes gustamos de escribir, surge la obligación de evitar quedarnos en nuestra zona de confort, publicando sin poner todo el esmero de que somos capaces. No conformarnos con volcar la idea y ya: Revisarla, soltarla y más delante retomarla, hasta conseguir su mejor expresión.

En ello radica –precisamente—la riqueza de un taller literario. Cada participante escribe un texto, del cual reparte copias entre los compañeros de sesión. Luego hace una lectura en voz alta, de manera que a la propia se suman las lecturas que cada uno de los participantes hace, desde su perspectiva personal. Son ellos los primeros lectores que nos señalan elementos fuera de lugar, confusos o mejorables, lo que finalmente deviene en un producto literario de calidad muy superior a la que tenía en un principio. Las aportaciones de cada uno de los participantes pueden tomarse en cuenta o no, a juicio del leído. No es obligatorio efectuar los cambios sugeridos, eso cada autor habrá de decidirlo.

Solamente quien ha tenido la experiencia de participar en un taller, cuenta con elementos para apreciar la diferencia entre trabajar de manera aislada, o hacerlo acompañado por esos primeros “lectores íntimos”, que impulsan a perfeccionar el texto. Supongo que algo similar debe suceder en talleres de cualquier otra disciplina; yo hablo de la que conozco, --la literatura. Valga aquí una cuña de cultura general: La dinámica del taller literario comenzó en México a mediados del siglo pasado, siendo uno de sus primeros impulsores el propio Octavio Paz. Anterior a ello hubo revisión de textos entre autores, pero no de forma estructurada.

Hallo las palabras de Javier Tinajero de una profundidad notable. Presentan el arte de escribir como ejercicio de reflexión frente a uno mismo, hacer una pausa, volver la vista a otro lado, para luego retomar la idea original. Una y otra, y otra vez. Tantas como sea necesario.

Las redes sociales son un recurso así de maravilloso como de infausto. Salvo casos extremos, permiten compartir todo tipo de contenidos, al margen de respetar o no a los demás. Se comienza con un asunto, digamos, de políticas pesqueras, y se termina trayendo a colación a las progenitoras de los participantes, de manera ominosa y hasta escatológica. A la vez, pueden representar maravillosos canales de comunicación, que proveen de elementos para percibir el mundo de otro modo. Por cierto, el epígrafe de Tinajero lo tomé de su Twitter.

La palabra escrita tiene una fuerza pocas veces imaginada. Aquello que leemos va modulando nuestros estados de ánimo; predispone el espíritu y orienta nuestras acciones, con una intensidad que supera los alcances de la imaginación. De allí la necesidad de seleccionar qué lecturas procuramos como escenario existencial.

Ahora bien, cuando nos decidimos por desarrollar la expresión escrita, adquirimos frente al lector en potencia, la obligación de decir las cosas de manera puntual. Pulir el texto hasta asegurarnos de que da cuenta precisa de lo que deseamos comunicar. Que escribir no signifique una mera catarsis, sino que las expresiones sean claras y auténticas; dotadas de un propósito más allá de uno mismo, que las vuelvan de interés para otros.

Escribir bien: Un arte que se aprende.

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10 Febrero 2019 03:31:00
El arte de escribir
Estoy por iniciar un nuevo ciclo de taller literario con Gerardo Segura. A través de su guía en el taller he aprendido cosas importantes, entre las que destacan dos fundamentales: Cómo llevar a cabo una lectura crítica de textos, y cómo encontrar mi propia voz.

Esta mañana, mientras me organizaba para elaborar la columna semanal, cayó del cielo la reflexión de Javier Tinajero respecto al oficio de escribir, la cual me permito utilizar como epígrafe. Disparó un orden de razonamientos personales, que deseo compartir.

Una gran amiga tallerista de Monclova me hacía notar cómo hoy en día es muy sencillo publicar gracias a la tecnología digital.

Sus palabras me remontaron a 1981, cuando saqué mi primer libro. Recordé los linotipos de plomo, pruebas de galera y otros asuntos de la imprenta tradicional que en estos tiempos son piezas de museo. Con el advenimiento de la computadora personal, hoy en día cualquier persona puede publicar textos en diversos medios, o bien sacar un libro, sin toparse con mayores obstáculos para hacerlo: Los costos han disminuido de manera notable, y la digitalización ha facilitado las formas y acortado los plazos.

La oferta literaria crece, y hay que seleccionar qué leer. Para quienes gustamos de escribir, surge la obligación de evitar quedarnos en nuestra zona de confort, publicando sin poner todo el esmero de que somos capaces.

No conformarnos con volcar la idea y ya: Revisarla, soltarla y más delante retomarla, hasta conseguir su mejor expresión.

Cada participante escribe un texto, del cual reparte copias entre los compañeros de sesión. Luego hace una lectura en voz alta, de manera que a la propia se suman las lecturas que cada uno de los participantes hace, desde su perspectiva personal. Son ellos los primeros lectores que nos señalan elementos fuera de lugar, confusos o mejorables, lo que finalmente deviene en un producto literario de calidad muy superior a la que tenía en un principio.

Las aportaciones de cada uno de los participantes pueden tomarse en cuenta o no, a juicio del leído. No es obligatorio efectuar los cambios sugeridos, eso cada autor habrá de decidirlo.

Solamente quien ha tenido la experiencia de participar en un taller, cuenta con elementos para apreciar la diferencia entre trabajar de manera aislada, o hacerlo acompañado por esos primeros “lectores íntimos”, que impulsan a perfeccionar el texto.

Valga aquí una cuña de cultura general: La dinámica del taller literario comenzó en México a mediados del siglo pasado, siendo uno de sus primeros impulsores el propio Octavio Paz. Anterior a ello hubo revisión de textos entre autores, pero no de forma estructurada.

Hallo las palabras de Javier Tinajero de una profundidad notable. Presentan el arte de escribir como ejercicio de reflexión frente a uno mismo, hacer una pausa, volver la vista a otro lado, para luego retomar la idea original. Una y otra, y otra vez. Tantas como sea necesario.

Las redes sociales son un recurso así de maravilloso como de infausto. Salvo casos extremos, permiten compartir todo tipo de contenidos, al margen de respetar o no a los demás. Se comienza con un asunto, digamos, de políticas pesqueras, y se termina trayendo a colación a las progenitoras de los participantes, de manera ominosa y hasta escatológica. Ahora bien, cuando nos decidimos por desarrollar la expresión escrita, adquirimos frente al lector en potencia, la obligación de decir las cosas de manera puntual. Pulir el texto hasta asegurarnos de que da cuenta precisa de lo que deseamos comunicar.

Que escribir no signifique una mera catarsis, sino que las expresiones sean claras y auténticas; dotadas de un propósito más allá de uno mismo, que las vuelvan de interés para otros.

Escribir bien: Un arte que se aprende.
03 Febrero 2019 04:00:00
Caminos digitales
Bedin I es la nueva galaxia descubierta por el telescopio Hubble. El conglomerado que se halla a 30 millones de años luz, amaneció junto a mi taza de café, a unas horas de su descubrimiento. Esto es, la galaxia esferoidal enana, considerada como fósil, comparte el pan y la sal conmigo, simple mortal, que desde un nicho del pequeño planeta Tierra, en el sistema solar, de la modesta Vía Láctea, atestigua con singular asombro un detalle en la historia del cosmos, gracias a la tecnología.

Lo anterior es algo así como un punto de una letra que forma parte de una palabra, dentro de alguna de las treinta líneas en una de las cerca de 100,000 páginas que conforman el rastro del carbono a través de la historia. El carbono es el mineral que establece la gran diferencia entre compuestos químicos inertes y aquellos con el potencial para transformarse en vida. Aquí, disfrutando una taza de café y la imagen de Bedin I, capturada por el telescopio Hubble, me siento privilegiada, y gozo día a día el prodigio de poder atestiguar cosas como esta. Lo que las antiguas civilizaciones adelantaron que existía --gracias a su imaginación--, nosotros lo vemos de manera directa convertido en formas, colores, dimensiones. Como testigos de honor de las maravillas que encierra el universo.

Ahora viene lo paradójico del asunto. Por mi edad --casi 64-- me tocó dar un gran brinco de la época en la que las cosas se imaginaban o cuando mucho se insinuaban, a la actual en la que se nos presentan tan reales, que hasta parece que podemos tomarlas entre las manos. Vienen a mi mente algunas portadas de la revista “Life” que mostraron en una sola imagen impactantes eventos de repercusión mundial. Una que se me quedó grabada para siempre es de abril de 1965, en la que aparece un feto dentro de su saco amniótico, dando cuenta del --entonces-- insalvable drama del nacimiento de un bebé prematuro extremo. Nuestra capacidad de asombro de niños, que padres y abuelos se encargaron de alimentar, sigue viva, de manera que cada nuevo descubrimiento representa un asombro que disfrutamos al máximo. Quizá sean benditas cosas de la edad. A diferencia de los que hemos acumulado varias décadas en nuestro haber, los jóvenes no han vivido ese contraste que les permita comparar el escenario de la imaginación frente al de la evidencia. Dan por hecho lo que tienen enfrente, como si hubiera existido desde la época de las cavernas, y se preguntan más que intrigados, cómo demonios sobrevivimos cuando no existía la telefonía móvil. Claro, eso en el caso de que lleguen a percatarse de que ha habido otros tiempos distintos del que ahora viven.

Habría ahora que investigar, en qué medida la tecnología ha contribuido --o no-- al desarrollo de una mejor sociedad. De repente nos topamos con campañas como las de salvar perros en los mercados orientales que los venden para consumo humano, o las que protegen al zorro de la terrible práctica del desollamiento en vivo. Nos duele, escribimos dos que tres palabrotas, y con ello sentimos que ya hemos cumplido. Colateralmente ponemos a circular contenidos con un mensaje antagónico. Justo hoy vi en Twitter el de un individuo sencillo al que indican que ponga a funcionar una aspiradora, y él --tal vez suponiendo que se maneja como una podadora de césped-- estira repetidamente el cordón eléctrico retráctil del aparato, mientras hace un gesto de asombro, al no lograr que funcione, tras varios intentos. Como este hay infinidad de contenidos que en una primera lectura resultan jocosos, pero que en el fondo hallo perversos. Denigran a la persona humana. Hacen mofa de la ignorancia, y se valen de un recurso tecnológico para inmortalizar y difundir el hecho.

De entrada parecieran cosas aisladas sin importancia, sin embargo, cuando las redes sociales alojan un cúmulo considerable de tales contenidos, deja de ser incidental para convertirse en epidémico. Pasa a conformar una patología social frente a la cual --como en un espejo-- es menester revisar nuestra actuación particular.

Cierto, hay contemporáneos míos que no participan de manera tan activa en los portales digitales de actualidad. Aun así, va resultando cada día más difícil sustraerse de la tecnología de la información y comunicación, y tarde que temprano terminamos con algún sistema digital en nuestras manos. Por tal razón nos corresponde aprender a utilizarlos, y --como ciudadanos del mundo-- atender una ética humanista en redes sociales . En pocas palabras, no hacer en línea lo que no haríamos cara a cara; sacudirnos la tentación de dañar a otros, amparados en el anonimato de la Internet.
Caminos digitales: ¿A dónde llevan los que tú transitas?

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27 Enero 2019 04:00:00
Yalitza y la silla
Lamentable lo ocurrido en Tlahuelilpan, Hidalgo. Las imágenes quedan para la historia. Me recuerdan al Guernica de Picasso. Instantáneas en blanco y negro que inmortalizan una colorida fiesta popular que devino en tragedia.

Contra mi habitual dificultad para ponerle nombre al niño cada semana, esta vez el título llegó por delante, jalando a sus hermanas --las letras no natas-- a salir a la luz y plasmar por escrito, lo que me venía dando vueltas en la cabeza. Hace unos cuantos días se dieron a conocer las nominaciones al Óscar, entre las que queda con una honrosa décupla la cinta “Roma” de Cuarón. Muy en particular me emocionó que Yalitza Aparicio quedara dentro de las candidatas a mejor actriz protagónica. El mensaje que percibo es que, contra los prejuicios que pesan sobre los grupos étnicos originales, esta vez el talento ha triunfado.

Quiero contrastar esta parte gloriosa de mi texto con lo sucedido en el estado de Hidalgo, ese mismo prejuicio que insinúa que el mexicano no tiene modo de salir adelante por su cuenta. Como destello vino a mi mente una memoria de mis dos años de vida, caminaba distraída, me golpeé con una silla, y mi querida Mila se vino contra la silla, la regañó y le dio varios golpes, como nalgadas, en tanto se dirigió a mí para decirme: “Fue culpa de la silla, no tuya.” Recuerdo aquella sensación de consuelo, convencida de que en lo ocurrido, yo no tenía responsabilidad alguna. Poco duró la magia del momento, pues detrás de la nana apareció mi madre para sentenciar: “Te golpeaste porque ibas distraída, no es culpa de la silla, es responsabilidad tuya. Para la siguiente ten más cuidado”. Debo decir que no recuerdo haber vuelto a escuchar a mi nana adjudicando a cajones, puertas o mesas la responsabilidad de algún golpe que me hubiera dado, por más severo que fuera. Incluso un par de veces que terminé con el médico por accidentes de consideración, lo hice consciente de que la única responsable había sido yo.

Así como muchas voces pretenden demeritar la actuación o la nominación de Yalitza por prejuicios, del mismo modo muchas otras claman por justicia ante una tragedia de la que se sienten víctimas y no responsables. Se aplica ese mecanismo tan habitual en nuestro México: “Si el muchacho roba, o se droga, o no trabaja, no es su culpa, es culpa de los amigos, o de la tele, o del reggaeton”. Lo mismo sucede esta vez, si los adultos andaban con sus bidones o garrafas, algunos de ellos acompañados de niños, hay un sinfín de razones que se esgrimen para deslindarse de culpa: “Fue a asomarse por pura curiosidad” o “Iba pasando”. En seguida viene lo más terrible, desplazar cualquier carga de responsabilidad fuera de ellos mismos: “Si los soldados hubieran actuado con determinación no habría ocurrido la tragedia.” El ejército estuvo varias horas intentando disuadirlos, y la reacción de los pobladores hacia los militares fue hasta violenta. ¿Entonces qué deberían haber hecho --según los afectados--? ¿Haber disparado al aire? Un disparo, en medio de una nube de combustible volatilizado, habría precipitado lo que sucedió horas más tarde y por otro mecanismo. La necesidad era hallar alguien ajeno a la propia persona y desplazar la culpa..

Hay mucho por hacer en nuestro vapuleado México, dolorosamente polarizado en élites multimillonarias que han hecho su fortuna dentro de la función pública con un cinismo despreciable. Ya he mencionado, yo no voté por López Obrador, pero reconozco que es el presidente electo, al que habrá que respaldar en sus decisiones, y si no nos parecen, expresarlo por conductos civilizados. Él y su gabinete están poniendo todo el interés en resolver una enfermedad grave y paralizante llamada “corrupción”. Nosotros como ciudadanos necesitamos trabajar en lo que nos corresponde. No hay de otra.

Freud habla de la proyección como un mecanismo de defensa a través del cual se busca adjudicar a elementos externos a la propia persona, un suceso determinado. Es justo lo que hemos venido haciendo los mexicanos desde largo tiempo atrás, y se vuelve a intentar ahora: La comisión de un ilícito --huachicoleo-- provocó una explosión en la que más de un centenar han muerto y otros tantos, --si sobreviven-- tendrán una calidad de vida lejana a la ideal. Esto no es responsabilidad del gobierno en turno. No corresponde esperar que las familias que resultaron afectadas porque uno de sus miembros sufrió quemaduras por la explosión, sean victimizadas ahora. Por doloroso que resulte de entrada, hoy es momento para tirar a la basura ese razonamiento anacrónico que tanto daño hace.

Mi tropiezo no fue culpa de la silla. Gracias, madre, por la lección.

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27 Enero 2019 03:47:00
Yalitza y la silla
Lamentable lo ocurrido en Tlahuelilpan, Hidalgo. Las imágenes quedan para la historia. Me recuerdan al Guernica de Picasso. Instantáneas en blanco y negro que inmortalizan una colorida fiesta popular que devino en tragedia.

Contra mi habitual dificultad para ponerle nombre al niño cada semana, esta vez el título llegó por delante, jalando a sus hermanas (las letras no natas) a salir a la luz y plasmar por escrito, lo que me venía dando vueltas en la cabeza. Hace unos cuantos días se dieron a conocer las nominaciones al Oscar, entre las que queda con una honrosa décupla la cinta Roma de Cuarón. Muy en particular me emocionó que Yalitza Aparicio quedara dentro de las candidatas a mejor actriz protagónica. El mensaje que percibo es que, contra los prejuicios que pesan sobre los grupos étnicos originales, esta vez el talento ha triunfado.

Quiero contrastar esta parte gloriosa de mi texto con lo sucedido en el estado de Hidalgo, ese mismo prejuicio que insinúa que el mexicano no tiene modo de salir adelante por su cuenta. Como destello vino a mi mente una memoria de mis 2 años de vida, caminaba distraída, me golpeé con una silla, y mi querida Mila se vino contra la silla, la regañó y le dio varios golpes, como nalgadas, en tanto se dirigió a mí para decirme: “Fue culpa de la silla, no tuya”. Recuerdo aquella sensación de consuelo, convencida de que en lo ocurrido, yo no tenía responsabilidad alguna. Poco duró la magia del momento, pues detrás de la nana apareció mi madre para sentenciar: “Te golpeaste porque ibas distraída, no es culpa de la silla, es responsabilidad tuya. Para la siguiente ten más cuidado”.

Así como muchas voces pretenden demeritar la actuación o la nominación de Yalitza por prejuicios, del mismo modo muchas otras claman por justicia ante una tragedia de la que se sienten víctimas y no responsables. Se aplica ese mecanismo tan habitual en nuestro México: “Si el muchacho roba, o se droga, o no trabaja, no es su culpa, es culpa de los amigos, o de la tele, o del raeggeton”. Lo mismo sucede esta vez, si los adultos andaban con sus bidones o garrafas, algunos de ellos acompañados de niños, hay un sinfín de razones que se esgrimen para deslindarse de culpa: “Fue a asomarse por pura curiosidad” o “Iba pasando”. En seguida viene lo más terrible, desplazar cualquier carga de responsabilidad fuera de ellos mismos: “Si los soldados hubieran actuado con determinación no habría ocurrido la tragedia”. El ejército estuvo varias horas intentando disuadirlos, y la reacción de los pobladores hacia los militares fue hasta violenta.

Hay mucho por hacer en nuestro vapuleado México, dolorosamente polarizado en elites multimillonarias que han hecho su fortuna dentro de la función pública con un cinismo despreciable. Ya he mencionado, yo no voté por López Obrador, pero reconozco que es el presidente electo, al que habrá que respaldar en sus decisiones, y si no nos parecen, expresarlo por conductos civilizados.

Freud habla de la proyección como un mecanismo de defensa a través del cual se busca adjudicar a elementos externos a la propia persona, un suceso determinado. Es justo lo que hemos venido haciendo los mexicanos desde largo tiempo atrás, y se vuelve a intentar ahora: La comisión de un ilícito (huachicoleo) provocó una explosión en la que más de un centenar han muerto y otros tantos, (si sobreviven) tendrán una calidad de vida lejana a la ideal. Esto no es responsabilidad del gobierno en turno. No corresponde esperar que las familias que resultaron afectadas porque uno de sus miembros sufrió quemaduras por la explosión, sean victimizadas ahora.

Mi tropiezo no fue culpa de la silla. Gracias, madre, por la lección.
20 Enero 2019 04:00:00
Congruencia
Alfonso Cuarón menciona que su cinta Roma fue en buena parte inspirada por su nana Libo. Ello me llevó a evocar a la mía (Mila), personaje que ha aparecido en varios de mis textos. Salvo escasos exabruptos, fue una mujer muy feliz que a su vez me enseñó a serlo. De ella aprendí a hallar la vida divertida, digna de una sonora carcajada. Entre cantos y risas la mujer en sus cincuentas fue muchas veces la cómplice de mis travesuras de niña, de sus labios aprendí canciones de época que a la fecha (a 25 de su muerte) las escucho y me traen de inmediato su rostro moreno con una gran sonrisa, bajo la corona de rizos negros de “la permanente”, como ella llamaba al tratamiento para enchinarse el cabello.

En la casa paterna no estaba prohibido entrar al cuarto de Mila, pero tampoco era aplaudido por mis padres. De alguna manera, sin embargo, me daba mis mañas, como hija única que fui por 10 años, para colarme en su habitación que tenía un catre metálico, un pequeño peinador con espejo, adornado con las infaltables fotografías de Pedro Infante y de Jorge Negrete; una silla, y sobre un improvisado taburete un montón de historietas (prohibidas en ese entonces para mí), entre las que tengo muy presente Lágrimas y Risas. Con la mente regreso a aquel espacio que olía a jabón Tepeyac color rosa y a cigarros Faros. Una mezcla poco ortodoxa de recordar a un ser querido, pero que para mí significa una parte entrañable de mi infancia. Lágrimas y Risas hablaba de aquellos amores imposibles, vedados, que sólo la magia de Yolanda Vargas Dulché cristalizaba.

Viene lo anterior para hablar del sustrato emocional que hay detrás de actitudes que consideramos tan comunes, que hasta pasan desapercibidas. Llegamos a una oficina pública o a un comercio y anticipamos que seremos atendidos con cajas destempladas, de manera que el día que sucede lo contrario y nos reciben de manera amable y atenta, hasta nos sorprendemos. Habría que preguntarnos por qué o con quién está enojada aquella persona que nos atiende de malos modos, y por qué actúa como si se dignara hacernos un favor personal.

Ahora que se proponen modificaciones a la educación, algún experto mencionó la materia de Inteligencia Emocional, propuesta que en lo personal aplaudo. Hay que sentar bases emocionales que le permitan al ser humano convertirse en campo fértil para acoger, ver florecer y hacer fructificar aquellos conocimientos que se le impartan.

Ahora bien, la Inteligencia Emocional no es una materia que venga escrita en un libro y que con seguir la guía de estudio logre cumplirse. Se requiere de personas con formación personal en lo que corresponde al área afectiva, capaces de desarrollar unas adecuadas actitudes para percibir, asimilar y poner a trabajar aquello que finalmente habrá de transmitirse a los alumnos.

Vino a mi mente ese título de la revista Lágrimas y Risas por lo siguiente: finalmente, todo aquello que manifestamos en nuestras relaciones interpersonales, viene de nuestra forma de percibir al mundo.

Esa delincuencia que se ha venido dando a tantos niveles, desde el raterillo de barrio hasta los grandes magnates de cuello blanco en paraísos fiscales, tienden a compartir una característica en común: todos ellos van tras lo material buscando con ello sentirse satisfechos dentro de su propia piel. Y aquello se convierte en un círculo vicioso, puesto que lo material no es el satisfactor que podrá lograrlo. Y así continúan, o escalan, o se especializan, siempre con la vista puesta en el dinero, y nuestro país, de esta forma, se ha venido sumiendo más y más en la corrupción y la violación de los derechos humanos. Es tal su avidez, que encuentran justificado cualquier medio.

Para conseguir el cambio que México requiere no basta con instruir al intelecto mediante conocimientos. Habrá que comenzar a cambiar actitudes, expectativas, modos de interacción.

Congruencia es el nombre del cambio.
¿Comenzamos?

20 Enero 2019 04:00:00
Congruencia
Alfonso Cuarón menciona que su cinta “Roma” fue en buena parte inspirada por su nana Libo. Ello me llevó a evocar a la mía -- Mila-- personaje que ha aparecido en varios de mis textos. Salvo escasos ex-abruptos, fue una mujer muy feliz que a su vez me enseñó a serlo. De ella aprendí a hallar la vida divertida, digna de una sonora carcajada. Entre cantos y risas la mujer en sus cincuentas fue muchas veces la cómplice de mis travesuras de niña, De sus labios aprendí canciones de época que a la fecha --a 25 de su muerte-- las escucho y me traen de inmediato su rostro moreno con una gran sonrisa, bajo la corona de rizos negros de “la permanente”, como ella llamaba al tratamiento para enchinarse el cabello.

En la casa paterna no estaba prohibido entrar al cuarto de Mila, pero tampoco era aplaudido por mis padres. De alguna manera --sin embargo-- me daba mis mañas, como hija única que fui por 10 años, para colarme en su habitación que tenía un catre metálico, un pequeño peinador con espejo, adornado con las infaltables fotografías de Pedro Infante y de Jorge Negrete; una silla, y sobre un improvisado taburete un montón de historietas --prohibidas en ese entonces para mí--, entre las que tengo muy presente “Lágrimas y risas”. Con la mente regreso a aquel espacio que olía a jabón Tepeyac color rosa y a cigarros Faros. Una mezcla poco ortodoxa de recordar un ser querido, pero que para mí significa una parte entrañable de mi infancia. “Lágrimas y risas” hablaba de aquellos amores imposibles, vedados, que solo la magia de Yolanda Vargas Dulché cristalizaba.

Viene lo anterior para hablar del sustrato emocional que hay detrás de actitudes que consideramos tan comunes, que hasta pasan desapercibidas. Llegamos a una oficina pública o a un comercio y anticipamos que seremos atendidos con cajas destempladas, de manera que el día que sucede lo contrario y nos reciben de manera amable y atenta, hasta nos sorprendemos. Habría que preguntarnos por qué o con quién está enojada aquella persona que nos atiende de malos modos, y por qué actúa como si se dignara hacernos un favor personal. ¿Es contra nosotros en particular ese disgusto? ¿O son personas enojadas con la vida, contra todos, y finalmente hacia ellas mismas?...

Ahora que se proponen modificaciones a la educación, algún experto mencionó la materia de “Inteligencia Emocional”, propuesta que en lo personal aplaudo. Hay que sentar bases emocionales que le permitan al ser humano convertirse en campo fértil para acoger, ver florecer y hacer fructificar aquellos conocimientos que se le impartan. Ahora bien, la Inteligencia Emocional no es una materia que venga escrita en un libro y que con seguir la guía de estudio logre cumplirse. Se requiere de personas con formación personal en lo que corresponde al área afectiva, capaces de desarrollar unas adecuadas actitudes para percibir, asimilar y poner a trabajar aquello que finalmente habrá de transmitirse a los alumnos.

Vino a mi mente ese título de la revista “Lágrimas y Risas” por lo siguiente: Finalmente, todo aquello que manifestamos en nuestras relaciones interpersonales, viene de nuestra forma de percibir al mundo. No podemos desconectar el área cognoscitiva del área afectiva. Por más que en ocasiones queramos hacerle “al valiente” y pretendamos mostrar al mundo una faceta endurecida de nosotros mismos, que nada tuviera que ver con la forma como en realidad nos sentimos, y nuestras expectativas personales frente a otros, esto es, como esperamos ser tratados por los demás.

Esa delincuencia que se ha venido dando a tantos niveles, desde el raterillo de barrio hasta los grandes magnates de cuello blanco en paraísos fiscales, tienden a compartir una característica en común: Todos ellos van tras lo material buscando con ello sentirse satisfechos dentro de su propia piel. Y aquello se convierte en un círculo vicioso, puesto que lo material no es el satisfactor que podrá lograrlo. Y así continúan, o escalan, o se especializan, siempre con la vista puesta en el dinero, y nuestro país --de esta forma-- se ha venido sumiendo más y más en la corrupción y la violación de los derechos humanos. Es tal su avidez, que encuentran justificado cualquier medio.

Para conseguir el cambio que México requiere no basta con instruir al intelecto mediante conocimientos. Habrá que comenzar a cambiar actitudes, expectativas, modos de interacción. Y para hacerlo viene entonces lo más difícil de la fórmula, se requiere hacerlo con el ejemplo. No solo el maestro en el aula o el político en su templete, sino todos los ciudadanos. Y para enumerarlos debo de empezar por mi propia persona.

Congruencia es el nombre del cambio. ¿Comenzamos...?


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13 Enero 2019 04:00:00
Seres de luz
Días atrás platicaba con una colega que ha dedicado su vida profesional a la Educación Médica. Fue una charla sabrosa en la que pasamos de un tema a otro, y de repente ella me preguntó quién había sido mi principal inspiración para estudiar Medicina. Estuvimos mencionando algunos personajes que fueron determinantes en nuestras respectivas vocaciones. La conversación remató con un término suyo que hoy parafraseo; llamó a esos maravillosos personajes que pasan por nuestra vida dejando un gran impacto en la propia “seres de luz”.

Todos nosotros podemos enlistar aquellas figuras cuya presencia tuvo un gran impacto en nuestra formación. Quizá alguna vez hemos tenido oportunidad de hacérselo saber de manera directa, habrá sido una mínima forma de agradecerles lo que hicieron por nosotros. Pero, ¿por qué no hacerlo nuevamente hoy? Invertir un poco de tiempo y atención en hacerlo precisamente hoy, constituirá un hermoso regalo de año nuevo para ellos. Llamarlos, visitarlos, hacernos presentes de alguna manera.

“Aislamiento”, uno de las realidades de la época actual. Por razón de muy diversos factores hemos generado una brecha entre nuestra persona y los demás, de modo tal que las vidas ajenas no alcanzan a tocarnos. Tan simple como esto, no entra en nuestro radio de percepción el individuo que tengo frente a mí, o a un lado, de manera que no me entero de que pueda tener tantas necesidades como las mías propias. Al no quedar en mi campo de percepción tampoco entra en mi esfera de conexión. Y es así como vamos por la vida girando, cada uno sobre su propio eje, pero en un estado de profunda soledad.

La gratitud constituye un par de anteojos que nos hace ver la vida de mejor manera. Reconocer a aquellos que han dado algo de ellos mismos para que nosotros podamos desarrollar hoy un aspecto de la propia vida. Difícilmente nos detenemos a hacerlo, ya porque no nos percatamos, ya porque --soberbios-- nos sentimos merecedores de eso y más, y restamos cualquier mérito a quienes nos han apoyado, como si fuera su obligación hacerlo.

Las grandes cosas son el resultado de la suma de infinidad de pequeñas piezas que, al conjuntarse, integran un todo. Así como sucede en un rompecabezas sucede en la vida social, la mejor pieza que aporta cada uno de nosotros redunda en un conjunto más bello y armónico. Si muestro un gesto amable hacia la persona que me atiende o con la que me cruzo en el camino. Si hoy cedo el paso a un conductor, como ayer alguien lo hizo conmigo. Si soy amable con aquella persona cuyo rictus indica que está pasando dificultades. Si regalo una palabra amable al más sencillo, sin esperar hacerlo solamente con quien --torpemente-- suponemos que la merece. Si decido volverme más cordial con los demás por mi propia salud mental… Si entre todos comenzamos a pulir nuestras piezas personales de ese gran rompecabezas, el resultado será en el mismo tenor. El ambiente en el que nos desenvolvemos día con día, habrá mejorado para todos.

En lo personal hallo muy útil imaginarme como un árbol dentro del tupido bosque llamado “humanidad”, cuyos límites no se alcanzan a ver. La forma como yo actúe va a repercutir en forma directa en el resto de árboles. Simple lógica matemática.

Volviendo a aquellos seres de luz cuyo paso por nuestras vidas representó algo tan positivo, podemos estar seguros de que ellos jamás actuaron como lo hicieron pensando en ser recompensados. Están muy por encima de nosotros --simples mortales-- y seguirán haciendo aquello mismo por la grandeza de su espíritu, al margen de cualquier reconocimiento. Aun así, ¿por qué no sorprenderlos hoy con un gesto que les haga saber la forma como impactaron nuestra existencia? Hacerlo hoy, cuando estamos en condiciones de llevarlo a cabo. Hoy, cuando ese personaje y nosotros respiramos un mismo aire. La vida es impredecible, nadie puede asegurarnos que mañana sigamos todos aquí, vivos y conscientes, unos para dar agradecimiento, otros para recibirlo.

No demos las cosas por hecho. Arranquemos de nuestra piel esa pereza que nos lleva a decir “mañana lo hago”. En ocasiones la vida nos juega bromas crueles, y sería lamentable quedarnos con ese agradecimiento en la punta de la lengua, y su beneficio potencial tirado a la basura.

¡Maravillosas redes sociales! A ratos un espejo, otros más una plataforma de despegue, siempre un puerto del que llegan y parten pensamientos y emociones. Un canal más para agradecer a nuestros seres de luz haber iluminado el camino para nosotros.

Sea este día ocasión de ejercer la gratitud. De hacer un doble regalo, para nosotros mismos y para quien recibe el agradecimiento. ¿Cómo ven? ¿Hacemos la prueba?


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06 Enero 2019 04:03:00
Un buen momento
Hoy es el Día del Personal de Enfermería en nuestro país. En 1931 se conmemoró por vez primera en el Hospital Juárez de México a iniciativa del Dr. José Castro Villagrana. Para el resto del mundo coincide con el natalicio de Florence Nightingale en el mes de mayo.

Con motivo de la celebración, fui invitada a dar una plática al personal del IMSS, dentro del festejo que se les organiza. Elegí hablar sobre los valores de su perfil, y me centré en la compasión, uno de los pilares fundamentales de su quehacer profesional. Dentro de las fuentes consultadas, encontré algunas que en este día me proporcionan material para hablar acerca de la espiritualidad, un tópico, paradójicamente, tan descuidado como necesario en nuestra sociedad.

Desde la época de los grandes filósofos de la Grecia antigua, nació el concepto denominado “ética”. Este partía del pensamiento de que había algo más allá de nosotros mismos, algo que nos contenía como grupo humano y nos llamaba a ser mejores. Que instaba a trabajar todos y cada uno a favor del bienestar del conjunto. Entre los filósofos de aquellos tiempos se desarrollaba una conciencia crítica que normaba el comportamiento humano para conformar esa primera gran disciplina que conocemos como “ética”, entre los siglos 8 y el 5 a.C. Uno de sus grandes maestros fue Sócrates, otro fue Homero a través de sus poemas contenidos en la Ilíada y la Odisea.

Resulta increíble imaginar que hayan transcurrido alrededor de 25 siglos de esos tiempos a los nuestros, en los que el bien común ha formado parte de códigos de comportamiento, leyes y reglamentos, que procuran el bienestar colectivo por encima de todo lo demás. Lo más difícil de entender es que esos conceptos que llaman al desarrollo de una comunidad virtuosa y justa, lejos de pulirse, parecieran ir perdiéndose con el tiempo.

Hoy constituimos una sociedad acostumbrada a que las cosas se den rápido y fácil, somos más bien egoístas. Esto es, no me interesa lo que suceda más allá de mi entorno personal, en la medida en que yo siga obteniendo lo que deseo de manera inmediata. Han quedado muy atrás los tiempos antiguos, dentro de los cuales la paciencia constituía un elemento obligado. Con relación a esas épocas en las que, por lógica, todo tardaba más, esperaríamos que hoy en día el tiempo se aprovechara mejor, pero en realidad no sucede así. Por la tecnología y algunas otras cosas, nos distraemos con facilidad, y los días ya no parecen tener 24 horas sino menos.

Un ejemplo dramático del grado en que los avances tecnológicos nos vuelven menos sensibles, es la contaminación por desechos plásticos. Priva la comodidad por encima de la conciencia, y hasta para un paquete de chicles en la tienda de conveniencia pedimos una bolsa de plástico que, un par de metros más allá de la puerta, termina en el suelo. Así comienza su fatídica jornada de contaminación.

El espíritu, el Todo, el Gran Principio. Dios, Alá, Buda… ese principio absoluto por el que somos y al que vamos, ha ido perdiendo su esencia concienciadora. Tal vez seamos más practicantes de una religión, acudamos con frecuencia al templo, nos ocupemos de orar, o veamos por ayudar a los de nuestra iglesia, y qué bueno. Sin embargo es necesario ampliar ese círculo de compasión a quienes están más allá, a quienes no comulgan con nuestras creencias, a los que, probablemente, actúan de modo opuesto a como quisiéramos, porque no han tenido las mismas oportunidades que nosotros.

Circula un video conmovedor: En alguna provincia oriental se observa dispersa sobre el suelo una media docena de peces recién sacados del agua. Se han formado charcos entre uno y otro de los peces, mismos que boquean con desesperación. Aparece un perro que se ocupa afanosamente de lanzar con su nariz agua de los charcos hacia la cabeza de los peces queriendo salvarlos de morir. Una gran lección sobre compasión que debería ponernos a pensar.




06 Enero 2019 04:00:00
Un buen momento
Hoy es el Día del personal de enfermería en nuestro país. En 1931 se conmemoró por vez primera en el Hospital Juárez de México a iniciativa del Dr. José Castro Villagrana. Para el resto del mundo coincide con el natalicio de Florence Nightingale en el mes de mayo.

Con motivo de la celebración, fui invitada a dar una plática al personal del IMSS, dentro del festejo que se les organiza. Elegí hablar sobre los valores de su perfil, y me centré en la compasión, uno de los pilares fundamentales de su quehacer profesional. Dentro de las fuentes consultadas, encontré algunas que en este día me proporcionan material para hablar acerca de la espiritualidad, un tópico --paradójicamente-- tan descuidado como necesario en nuestra sociedad.

Desde la época de los grandes filósofos de la Grecia antigua, nació el concepto denominado “ética”. Este partía del pensamiento de que había algo más allá de nosotros mismos, algo que nos contenía como grupo humano y nos llamaba a ser mejores. Que instaba a trabajar todos y cada uno a favor del bienestar del conjunto. Entre los filósofos de aquellos tiempos se desarrollaba una conciencia crítica que normaba el comportamiento humano para conformar esa primera gran disciplina que conocemos como “ética”, entre los siglos VIII y el V AC. Uno de sus grandes maestros fue Sócrates, otro fue Homero a través de sus poemas contenidos en la Ilíada y la Odisea.

Resulta increíble imaginar que hayan transcurrido alrededor de 25 siglos de esos tiempos a los nuestros, en los que el bien común ha formado parte de códigos de comportamiento, leyes y reglamentos, que procuran el bienestar colectivo por encima de todo lo demás. Lo más difícil de entender es que esos conceptos que llaman al desarrollo de una comunidad virtuosa y justa, lejos de pulirse, parecieran ir perdiéndose con el tiempo.

Hoy constituimos una sociedad acostumbrada a que las cosas se den rápido y fácil, somos más bien egoístas. Esto es, no me interesa lo que suceda más allá de mi entorno personal, en la medida en que yo siga obteniendo lo que deseo de manera inmediata. Han quedado muy atrás los tiempos antiguos, dentro de los cuales la paciencia constituía un elemento obligado. Con relación a esas épocas en las que --por lógica-- todo tardaba más, esperaríamos que hoy en día el tiempo se aprovechara mejor, pero en realidad no sucede así. Por la tecnología y algunas otras cosas, nos distraemos con facilidad, y los días ya no parecen tener 24 horas sino menos.

Un ejemplo dramático del grado en que los avances tecnológicos nos vuelven menos sensibles, es la contaminación por desechos plásticos. Priva la comodidad por encima de la conciencia, y hasta para un paquete de chicles en la tienda de conveniencia pedimos una bolsa de plástico que, un par de metros más allá de la puerta, termina en el suelo. Así comienza su fatídica jornada de contaminación. Y no se diga con relación a botellas de agua. Muy diversas mediciones, siendo la más reciente que encontré la de IAGUA del 18 de diciembre del 2018, señalan a México como el país que más agua embotellada consume en el mundo. ¿Nos hemos preguntado cuántas botellas de agua compramos cuando andamos fuera de casa?... ¿Y por qué las compramos, si pudiéramos llevarnos un envase reutilizable que llenemos dentro de casa antes de salir?...

El espíritu, el Todo, el Gran Principio. Dios, Alá, Buda… ese principio absoluto por el que somos y al que vamos, ha ido perdiendo su esencia concienciadora. Tal vez seamos más practicantes de una religión, acudamos con frecuencia al templo, nos ocupemos de orar, o veamos por ayudar a los de nuestra iglesia, y qué bueno. Sin embargo es necesario ampliar ese círculo de compasión a quienes están más allá, a quienes no comulgan con nuestras creencias, a los que --probablemente-- actúan de modo opuesto a como quisiéramos, porque no han tenido las mismas oportunidades que nosotros.

La vida en nuestro planeta necesita con urgencia un sentido que la lleve a perseverar y trascender. Los crecientes brotes de violencia son la manifestación más clara de que andamos extraviados en nuestra búsqueda. Atacamos aquello con lo que no nos identificamos, y no nos identificamos puesto que no lo conocemos.

Circula un video conmovedor: En alguna provincia oriental se observa dispersa sobre el suelo una media docena de peces recién sacados del agua. Se han formado charcos entre uno y otro de los peces, mismos que boquean con desesperación. Aparece un perro que se ocupa afanosamente de lanzar con su nariz agua de los charcos hacia la cabeza de los peces queriendo salvarlos de morir. Una gran lección sobre compasión que debería ponernos a pensar.


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30 Diciembre 2018 04:00:00
Un año distinto
Me declaro enemiga de los lugares comunes, tan frecuentes en esta temporada. Las antiguas tarjetas impresas, sustituidas hoy en día por mensajes instantáneos, dan cuenta de los mejores deseos para la Navidad y el Año Nuevo, que en lo personal me resultan meros formulismos de ocasión. Nada hay de nosotros mismos en cada una de esas frases que se repiten de ida y vuelta, en el fin de año.

Los lugares comunes --en este caso-- corresponden a frases dentro de las cuales acomodamos nuestra molicie o nuestra falta de inspiración, para sentir que hemos cumplido con nuestros seres queridos, apreciados o conocidos, por las fiestas. Desde que tengo uso de razón, me ha gustado “salirme del huacal”, por lo que estas fórmulas estereotipadas no van conmigo.

Es de este modo como, para el año que inicia, quiero desear a mis dos lectores algo distinto a lo muy trillado, y aquí va:

Deseo que recobren la mirada de un niño para ver la vida, sabiendo hallar la magia en cada momento, frente a cualquier elemento. Que lo más cotidiano adquiera significado.

Que el entusiasmo se convierta en esa corriente energizante que recorre el torrente sanguíneo desde la cabeza, con su obligada parada mecánica en el corazón, para depuración y balanceo.

Sean los proyectos que emprendan para satisfacer lo propio, unos que no perjudiquen el bienestar de los demás. Si ayudan a otros, bien, y si no, al menos que ellos no salgan afectados en la consecución de nuestros afanes.

Quiero desearles que se propongan metas de excelencia, metas elevadas que impliquen tiempo y esfuerzo, porque en ellas está el modo más seguro de trascender en la vida.

Van mis parabienes para ustedes y los suyos. Que en estas fechas consoliden esos sentimientos que han sabido cultivar a lo largo del año, momento a momento, como brisa suave que --con el tiempo-- termina convertida en dulce arroyo.

Que la música guíe su andar, de modo tal, que hagan de cada paso un evento maravilloso, el cual los conduzca de vuelta hacia el origen de todas las cosas.

Sea el año que inicia muy especial, en que logren asimilar que la vida es como teclado de piano, una secuencia de formas y colores. En los distintos tonos y en su intensidad radica su inconmensurable riqueza.

Que nunca pierdan de vista el propósito final que nos tiene en este mundo. La vida ofrece lecciones cada día, unas envueltas de regalo, otras habrán de llevarnos como el hierro a la fragua. Todas son lecciones que nos llevan a ser mejores personas.

No podría desearles siempre paz. Junto con sus plácidos ratos les deseo también problemas, porque en el fragor de las batallas que habremos de enfrentar, es donde el espíritu crece y se fortifica.

Eso sí, para cada uno de ustedes anhelo con el alma que siempre tengan a su lado al mejor amigo, ese que permanece como sombra con nosotros, dispuesto a acompañarnos a donde vayamos.

Ese mejor amigo se llama “uno mismo”.

Quiero brindar porque en el año que inicia descubran el amor verdadero, ese que empieza con la estima propia y se extiende como un manto verde y fragante, primero entre los seres más cercanos, y sigue avanzando, hasta llegar más allá de donde la vista alcanza.

Hoy van mis deseos por un tiempo cargado de risas, de música y de magia. Trescientos sesenta y cinco amaneceres en los que la vida les sorprenda con sus colores, sus olores, sus melodías.

Trescientos sesenta y cinco ocasiones de dar gracias al cielo por tantas bendiciones, esas que habitualmente damos por sentadas y poco tomamos en cuenta. Trescientos sesenta y cinco noches que nos obliguen a hacer un recuento de lecciones antes de zambullirnos en las suaves aguas del descanso.

En esta vida nada es bueno ni malo. Las cosas son porque sí, en ocasiones como resultado de nuestras propias decisiones; otras más suceden de forma fortuita, pero de igual modo están frente a nosotros, y para seguir el camino habremos de sortearlas.

Les deseo que desarrollen la sabiduría para salir adelante en cada situación, habiendo aprendido algo nuevo, una experiencia que sirva más adelante para salvar otro tramo del camino.

Todos estamos en el proceso de aprender a ser mejores personas. Pido al cielo asimilar las lecciones antes de seguir adelante, cuidando de no ir arrastrando lodo en los zapatos.

Algo similar deseo para cada uno de ustedes: Tiempo, oportunidad y empuje para ser hoy mejores que ayer. Frente a nosotros mismos realistas, al margen de estériles comparaciones con respecto a otros --una forma de autoengaño.

Libres, emprendedores, valientes, auténticos. Positivos, sin complicaciones. Amorosos, divertidos, alegres, resilientes. ¡Feliz 2019!

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23 Diciembre 2018 04:02:00
Contraluz
Todo cambio genera un cimbramiento del sistema. Un cambio de Gobierno no escapa a este principio. Las primeras tres semanas del mandato de López Obrador así lo han demostrado. En mi particular opinión encuentro tan ambicioso su proyecto de nación, que no va a alcanzar ni el tiempo ni el dinero para consolidarlo. Además de que la corrupción, integrada como parte de la estructura que sostiene todo lo demás, no puede cortarse de tajo sin que el sistema completo corra riesgo de caer. Aclaro, soy la primera en catalogar a la corrupción como un mal terrible para México, que, por desgracia, se halla tan arraigado, que no alcanza el qué y el cuándo para lograr que se extinga.

A lo que voy es a hablar del asunto de la inseguridad. El hoy Presidente, estando en campaña aseveró que quitaría al ejército de las calles; ahora parece que siempre no, a causa de la inseguridad. Por otra parte le da un significativo recorte a la cultura, inicialmente fue a la educación superior y a la cultura. Por fortuna dio marcha para atrás con la reducción presupuestal para la educación superior, pero mantiene el recorte al rubro de cultura, y a ello me quiero enfocar hoy.

Diversos países con mayor desarrollo que el nuestro se han ocupado en implementar programas de sensibilización artística, a partir del momento en que un niño ingresa a maternal. El pequeño tiene algunas opciones de disciplinas, como pueden ser música, danza o artes plásticas, por citar algunas. A lo largo del tiempo se han implementado diversos estudios que demuestran que el aprovechamiento general del niño mejora debido a esta intervención. Por tal razón no escatiman en destinar presupuestos significativos para esta preparación extracurricular. Pareciera que en México esos gastos, lejos de ser vistos como una inversión, se asumen como rubros onerosos que pueden eliminarse, para reorientar tales dineros a otros propósitos considerados como más urgentes.

La inseguridad es un problema mayúsculo en México. Recientemente tuve oportunidad de asistir a un foro en el que participaron Sergio Ramírez y Gioconda Belli, quienes dieron cuenta de primera mano de la situación vigente en Nicaragua, a partir de abril de este año cuando las manifestaciones pacíficas organizadas por civiles se tiñeron de sangre. Ellos hablaban de algo así como 146 muertos, una enorme tragedia para un país tan pequeño que no está acostumbrado a conflictos con sangre, al menos no en los últimos 20 años. Alguien del público quiso desdeñar las palabras de los escritores argumentando que eso no era nada en comparación con los 300 mil muertos que ha cobrado en México la mal llamada guerra contra el narcotráfico. Fue una descortesía de quien así lo expresó ante dos figuras extranjeras de ese nivel, pero finalmente hay que reconocerlo, en México la muerte tiene permiso de hacer lo que se le venga en gana.

Es en este escenario dantesco del que sólo la suerte nos salva hasta ahora, todos, como mexicanos, tenemos que preguntarnos si incrementar la presencia de fuerzas militares en las calles realmente va a resolver el problema, cuando a la par, se deja desatendido el origen del mismo.

México vive una crisis de valía. Se carece de elementos que fomenten el desarrollo de la autoestima desde la infancia. Las figuras parentales no son lo fuertes que deberían para que el muchachito crezca sintiéndose reconocido, importante y útil a la sociedad. Por desgracia es muy común que el niño lo haga como plantita silvestre, a la buena de Dios, echando mano de los modelos que tiene próximos a él, generalmente niños de su edad o mayores. La pandilla hace lo propio para cubrir en ese chico el sentido de pertenencia. La necesidad de formar parte de algo superior a su sola persona es tal, que se adhiere al grupo a cualquier precio, sirviendo como carne de cañón para la delincuencia organizada.


Mientras que no rompamos ese círculo vicioso, no va a ocurrir un cambio de raíz en la inseguridad. Quitar recursos a la cultura y sus bondades, es mantener la espiral de violencia en nuestro país. De ese modo no hay elementos que apuesten por la formación de individuos seguros de ellos mismos, que busquen enfocarse en alcanzar la maestría en algún quehacer, y que ese quehacer les haga sentirse valiosos frente a la sociedad. Mientras no entendamos que la paz y la guerra nacen en el corazón del hombre, seguiremos como hasta ahora, “apagando fueguitos” a un costo social y económico insostenible.

La violencia es generada por la contraviolencia, como respuesta a la violencia proveniente de los demás, dice Jean Paul Sartre. Más vale no desestimar sus palabras.


23 Diciembre 2018 04:00:00
El origen de la violencia
Todo cambio genera un cimbramiento del sistema. Un cambio de gobierno no escapa a este principio. Las primeras tres semanas del mandato de López Obrador así lo han demostrado. En mi particular opinión encuentro tan ambicioso su proyecto de nación, que no va a alcanzar ni el tiempo ni el dinero para consolidarlo. Además de que la corrupción, integrada como parte de la estructura que sostiene todo lo demás, no puede cortarse de tajo sin que el sistema completo corra riesgo de caer. Aclaro, soy la primera en catalogar a la corrupción como un mal terrible para México, que --por desgracia-- se halla tan arraigado, que no alcanza el qué y el cuándo para lograr que se extinga.

A lo que voy --sin embargo-- es a hablar del asunto de la inseguridad. El hoy presidente, estando en campaña aseveró que quitaría al Ejército de las calles; ahora parece que siempre no, a causa de la inseguridad. Por otra parte le da un significativo recorte a la cultura, inicialmente fue a la educación superior y a la cultura. Por fortuna dio marcha para atrás con la reducción presupuestal para la educación superior, pero mantiene el recorte al rubro de cultura, y a ello me quiero enfocar hoy.

Diversos países con mayor desarrollo que el nuestro se han ocupado en implementar programas de sensibilización artística, a partir del momento en que un niño ingresa a maternal. El pequeño tiene algunas opciones de disciplinas, como pueden ser música, danza o artes plásticas, por citar algunas. A lo largo del tiempo se han implementado diversos estudios que demuestran que el aprovechamiento general del niño mejora debido a esta intervención. Por tal razón no escatiman en destinar presupuestos significativos para esta preparación extracurricular. En contraste, pareciera que en México esos gastos, lejos de ser vistos como una inversión, se asumen como rubros onerosos que pueden eliminarse, para reorientar tales dineros a otros propósitos considerados como más urgentes.

La inseguridad es un problema mayúsculo en México. Recientemente tuve oportunidad de asistir a un foro en el que participaron Sergio Ramírez y Gioconda Belli, quienes dieron cuenta de primera mano de la situación vigente en Nicaragua, a partir de abril de este año cuando las manifestaciones pacíficas organizadas por civiles se tiñeron de sangre. Ellos hablaban de algo así como 146 muertos, una enorme tragedia para un país tan pequeño que no está acostumbrado a conflictos con sangre, al menos no en los últimos 20 años. Alguien del público quiso desdeñar las palabras de los escritores argumentando que eso no era nada en comparación con los 300,000 muertos que ha cobrado en México la mal llamada guerra contra el narcotráfico. Fue una descortesía de quien así lo expresó ante dos figuras extranjeras de ese nivel, pero finalmente hay que reconocerlo, en México la muerte tiene permiso de hacer lo que se le venga en gana.

Es en este escenario dantesco del que sólo la suerte nos salva hasta ahora, todos, como mexicanos, tenemos que preguntarnos si incrementar la presencia de fuerzas militares en las calles realmente va a resolver el problema, cuando a la par, se deja desatendido el origen del mismo.

México vive una crisis de valía. Se carece de elementos que fomenten el desarrollo de la autoestima desde la infancia. Las figuras parentales no son lo fuertes que deberían para que el muchachito crezca sintiéndose reconocido, importante y útil a la sociedad. Por desgracia es muy común que el niño lo haga como plantita silvestre, a la buena de Dios, echando mano de los modelos que tiene próximos a él, generalmente niños de su edad o mayores. La pandilla hace lo propio para cubrir en ese chico el sentido de pertenencia. La necesidad de formar parte de algo superior a su sola persona es tal, que se adhiere al grupo a cualquier precio, sirviendo --por desgracia-- como carne de cañón para la delincuencia organizada.

Mientras que no rompamos ese círculo vicioso, no va a ocurrir un cambio de raíz en la inseguridad. Quitar recursos a la cultura y sus bondades, es mantener la espiral de violencia en nuestro país. De ese modo no hay elementos que apuesten por la formación de individuos seguros de ellos mismos, que busquen enfocarse en alcanzar la maestría en algún quehacer, y que ese quehacer les haga sentirse valiosos frente a la sociedad. Mientras no entendamos que la paz y la guerra nacen en el corazón del hombre, seguiremos como hasta ahora, “apagando fueguitos” a un costo social y económico insostenible.
La violencia es generada por la contraviolencia, como respuesta a la violencia proveniente de los demás, dice Jean Paul Sartre. Más vale no desestimar sus palabras.

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16 Diciembre 2018 04:00:00
Tras el vendaval
Nuestra condición humana es maravillosa. Tanto así, que solemos olvidarnos de que más allá de nuestro buen funcionamiento, somos muy vulnerables. La vida nos presenta situaciones en las que, como madre amorosa, nos da un estirón de orejas para recordarnos que no somos invencibles, como tan fácilmente solemos suponer.

Una de tales condiciones --que en lo personal me ha provisto de grandes lecciones-- es la enfermedad. Un día estamos bien y al siguiente aquel fino equilibrio del que ni siquiera estábamos conscientes, se ha perdido. Llega el quebranto de salud con su cohorte de malestares y fallas, y entonces cobramos conocimiento de lo frágil que es nuestra carne. Entendemos también que ni todo el dinero ni todo el poder pueden comprar un gramo de vida cuando esta ha terminado.

La enfermedad es un recurso de gran valor que nos da la existencia, para trascender a un plano por encima del material. La crisis familiar que provoca el mal físico de uno de sus miembros, comienza a seguir un proceso de maduración. Surge aceptación, fortaleza, solidaridad, y finalmente cohesión en torno a quien requiere apoyo del resto.

Otra condición que nos planta en la tierra de un solo golpe, es la aparición de fenómenos naturales. Este puerto fronterizo coahuilense amaneció el jueves 13 alegre y aún cantarino, después de las tradicionales fiestas de Guadalupe. Quiero imaginar que los matachines habrán caído en sus camas como “piedra en pozo”, dejando los trajes de sonoros carrizos así nada más, en cualquier lugar.

Los devotos guadalupanos, quienes iniciaron su jornada antes del alba del día 12, con las mañanitas a la Virgen Morena, deben haberse hartado de comer tamales y champurrado, y habrán ido a dormir como benditos.

La mañana iniciaba como cualquier otra. A aquello de las 11 comenzaron a soplar los vientos, según lo anunciado por los distintos servicios meteorológicos de ambos lados de la frontera. A pesar de la advertencia no dejamos de sorprendernos por la fuerza del ventarrón. Mi imaginación --la mejor compañera de esos ratos de solitud-- me hacía percibir las crecientes ráfagas como emanadas de la garganta de un moderno Eolo para controlarnos a nosotros, pobres mortales. Conforme pasaron las horas pudimos atestiguar los daños provocados por la fuerza del viento. Jóvenes árboles se partieron por la mitad; algunos viejos fresnos fueron arrancados de raíz, así como las techumbres estilo americano de diversas residencias. Las emergencias comenzaron a reportarse a través de redes sociales; la energía eléctrica se vio interrumpida en buena parte de la ciudad, y con ello sobrevino una escasez de agua potable en casi todos los hogares.

De los eventos que más me han impresionado como consecuencia de feroces meteoros como este, es el daño que llegan a provocar sobre estructuras metálicas firmes, que el hombre ha colocado con la certeza de que son inamovibles. Fue el caso de algunas armazones que sostenían anuncios comerciales en distintos puntos de la mancha urbana. Por su parte el techo de lámina de la pista de hielo --recién inaugurada-- quedó replegado sobre sí mismo, cual si un gigante lo hubiera tomado entre sus manos para doblarlo en dos, como un pedazo de papel. Los adornos del pino navideño instalado hace unos días en la Macroplaza, volaron por los aires como hojas que lleva el viento.

Hasta donde tengo conocimiento, los daños se limitan a lo material. No hay pérdidas humanas que lamentar. Cierto, cada uno de los ciudadanos afectados en su patrimonio, no la estará pasando nada fácil esta Navidad.

Unas horas después de que los fuertes vientos azotaran la ciudad, hice un recorrido por el primer cuadro. Resultaba imponente observar todo aquel verdor que unas horas antes eran vivos penachos de tantos árboles, disperso sobre las banquetas a lo largo de varias cuadras. Tal vez en lo personal fue lo más significativo, tener frente a mí una evidencia tan clara de cómo la naturaleza se impone por encima de las construcciones humanas y de todo lo demás, para decir “yo soy”.

El contacto con el entorno natural nos provee de grandes lecciones. Nuestra capacidad de asombro es la clave para abrir las páginas de ese maravilloso libro. Sacudirnos la costumbre de dar las cosas por sentadas y seguir de largo, y ahora mirar cada elemento natural que nos rodea, con los ojos de un niño pequeño, provista la curiosidad de un sinfín de “porqués”. Sirva ello para alejar nuestra vista de la pantalla y entrar en diálogo con la vida en sus diversas manifestaciones, de modo de ubicarnos, dentro del cosmos, en nuestra verdadera dimensión.

El vendaval deja historias a su paso. Cada quien decide cuáles conserva.

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09 Diciembre 2018 04:04:00
La gran lección
La vida está hecha de diversos caminos. Cada cosa puede ocurrir de una forma y también de otra. Así comienza la novela testimonial de Rafael Pérez Gay, titulada Perseguir la Noche. A lo largo de la misma el escritor conjuga magistralmente dotes literarias, (como investigador y creador), con vastos conocimientos de exploración histórica, para plantar su personal proceso de duelo frente a la enfermedad. Lejos de una relación de pesares, con toda la experiencia narrativa coloca ante nuestros ojos su dolor físico y la forma de exorcizar ese sufrimiento que le acomete. Nos conduce al borde de sus miedos para decirnos que sentirlos está bien. Además de que nos lleva de la mano a través de su pasado personal y citadino, para sentarnos cualquier noche a departir con algunos de los grandes personajes de la Literatura en los albores del siglo 20.

Es muy probable que su relato me toque a mí más que al resto de los lectores, por varias razones: Constituye una narrativa testimonial frente a un proceso como el cáncer, situación que el autor y yo compartimos en nuestras respectivas historias. Otra razón: Tuve ocasión de asistir a la presentación del libro, en el marco de la FIL Guadalajara 2018, para identificar los satélites que rodearon la vida de Pérez Gay y que más adelante, en uno de esos veloces giros, se incorporaron muy dentro de su ser para dar lugar a la obra que ahora pone en nuestras manos. El autor, acompañado de su amigo y presentador, el doctor Arnoldo Kraus (a la vez su médico de cabecera), nos obsequiaron una velada amena, salpicada de anécdotas singulares, pero sobre todo muy humana.

La última razón por la que este libro es de ya muy querido para mí es la siguiente: al momento de solicitar su autógrafo en el ejemplar recién adquirido, acogió con singular entusiasmo uno de mi novela testimonial (de temática similar). Compartimos impresiones acerca de nuestros personales procesos y de lo que cada cual había escrito, y “chocamos libros”, como copas, en una celebración por la vida.

Quiero creer que iniciativas como las de Ferias del Libro grandes y pequeñas; salas de lectura, y cuentacuentos, favorecen la creación de públicos lectores. Lanzan la propuesta de que leer, lejos de un proceso tedioso y difícil, puede convertirse en un viaje enriquecedor, mediante el cual es posible conocer otros universos. El tiempo, la geografía y la distancia entre individuos se zanja a través de una buena lectura, de modo tal que podemos descubrir motivos nuevos y distintos para amar la vida.

No deja de sorprender la creciente tasa de suicidios entre jovencitos. Como pediatra y como madre, considero que dentro de sus causas, una de enorme importancia corresponde a cierta sensación de inadecuación. El joven no halla su lugar en la vida, puesto que no conoce esta última. Falla en identificar dentro de su persona elementos que vuelvan divertida la convivencia “de mí-conmigo”, y su autoestima se queda en embrión. Espera que el exterior le provea de estímulos, cuando es desde su interior de donde la auténtica motivación debe de provenir.

Gracias, Rafael Pérez Gay por esta gran lección. Por enseñarnos que cada vivencia es crecimiento, y que al final del día, todo habrá valido la pena.

09 Diciembre 2018 04:00:00
La gran lección
La vida está hecha de diversos caminos. Cada cosa puede ocurrir de una forma y también de otra. Así comienza la novela testimonial de Rafael Pérez Gay, intitulada Perseguir la noche. A lo largo de la misma el escritor conjuga magistralmente dotes literarias, --como investigador y creador--, con vastos conocimientos de exploración histórica, para plantar su personal proceso de duelo frente a la enfermedad. Lejos de una relación de pesares, con toda la experiencia narrativa coloca ante nuestros ojos su dolor físico y la forma de exorcizar ese sufrimiento que le acomete. Nos conduce al borde de sus miedos para decirnos que sentirlos está bien. Además de que nos lleva de la mano a través de su pasado personal y citadino, para sentarnos cualquier noche a departir con algunos de los grandes personajes de la Literatura en los albores del siglo veinte, y --como testigos subrepticios-- permitirnos conocer la parte oscura de la historia oficial, que vuelve a esos personajes icónicos más humanos, y por ende entrañables.

Es muy probable que su relato me toque a mí más que al resto de los lectores, por varias razones: Constituye una narrativa testimonial frente a un proceso como el cáncer, situación que el autor y yo compartimos en nuestras respectivas historias. Otra razón: Tuve ocasión de asistir a la presentación del libro, en el marco de la FIL Guadalajara 2018, para identificar los satélites que rodearon la vida de Pérez Gay y que más adelante, en uno de esos veloces giros, se incorporaron muy dentro de su ser para dar lugar a la obra que ahora pone en nuestras manos. El autor, acompañado de su amigo y presentador, el doctor Arnoldo Kraus --a la vez su médico de cabecera--, nos obsequiaron una velada amena, salpicada de anécdotas singulares, pero sobre todo muy humana. Además del disfrute de la interacción espontánea de Héctor de Mauleón y Héctor Aguilar Camín, quienes formaban parte del público, y desde sus asientos no dejaron de enriquecer el coloquio entre autor y presentador. La última razón por la que este libro es de ya muy querido para mí es la siguiente: Al momento de solicitar su autógrafo en el ejemplar recién adquirido, acogió con singular entusiasmo uno de mi novela testimonial --de temática similar--. Compartimos impresiones acerca de nuestros personales procesos y de lo que cada cual había escrito, y “chocamos libros”, como copas, en una celebración por la vida.

Cada página y cada historia me dejan un agradable sabor de boca. Recorro junto con el autor las calles del centro histórico de la ciudad de México y de algunas de sus colonias, como la Condesa y la Roma. Su diestra narrativa hace un alto para mostrarme aquel sitio donde estuvo un célebre edificio que ya no existe. Me invita a entrar a su hogar a conocer a cada uno de los miembros de su familia, y entender ahora más, ese inacabable dolor por la pérdida de su hermano José María.

Venturosa combinación de conocimiento y oficio; de dolor y sanación; de creación y generosa entrega a cada uno de sus lectores. Maravilloso libro escrito, no por un sobreviviente de cáncer sino por un triunfador en el arte de vivir. Un peregrino que sale a recorrer calles para evadirse del dolor que le roe las entrañas, en cuyo proceso nos enseña a amar lo que somos y tenemos. Pero sobre todo, por encima de lo expresado, Rafael Pérez Gay es el ser humano sensible y cálido que no duda en brindar un gran abrazo a quien se acerca a él a través de sus letras.

Quiero creer que iniciativas como las de Ferias del Libro grandes y pequeñas; salas de lectura, y cuentacuentos, favorecen la creación de públicos lectores. Lanzan la propuesta de que leer, lejos de un proceso tedioso y difícil, puede convertirse en un viaje enriquecedor, mediante el cual es posible conocer otros universos. El tiempo, la geografía y la distancia entre individuos se zanja a través de una buena lectura, de modo tal que podemos descubrir motivos nuevos y distintos para amar la vida.

No deja de sorprender la creciente tasa de suicidios entre jovencitos. Como pediatra y como madre, considero que dentro de sus causas, una de enorme importancia corresponde a cierta sensación de inadecuación. El joven no halla su lugar en la vida, puesto que no conoce esta última. Falla en identificar dentro de su persona elementos que vuelvan divertida la convivencia “de mí-conmigo”, y su autoestima se queda en embrión. Espera que el exterior le provea de estímulos, cuando es desde su interior de donde la auténtica motivación debe de provenir.

Gracias, Rafael Pérez Gay por esta gran lección. Por enseñarnos que cada vivencia es crecimiento, y que al final del día, todo habrá valido la pena.

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02 Diciembre 2018 04:03:00
Letras con rumbo
A todos aquellos que hemos sentido el llamado a escribir, hacerlo se convierte en una necesidad vital, como comer o respirar. Comunicar los estados internos y conectarnos con el lector, para establecer una comunidad de ideas o de sentimientos, llega a ser una consigna que termina sólo con la muerte.

Tuve oportunidad de asistir a la Feria Internacional de Libro Guadalajara 2018, considerada como una de las más importantes del mundo. Recorrer aquellos pasillos interminables, a lo largo de los cuales se distribuyen editoriales de todos los confines del planeta, es la fiesta de la palabra escrita. Tener además la oportunidad de asistir a presentaciones de libros y conferencias sobre diversos temas, y conocer de viva voz de los autores, opiniones sobre aquello que les apasiona, lleva a volver más entrañable la lectura, a contagiarnos de ese entusiasmo y apropiarlo para nuestras vidas.

Me hallo como el viajero que en un corto tiempo ha visitado diversos lugares maravillosos. No sé por dónde empezar. Son momentos, charlas, impresiones visuales, fraternidad con otros lectores que convergen en un mismo punto por sus afanes similares. Hay vivencias que se quedan para instalarse como los huéspedes incómodos, que estarán sacudiendo nuestro confort anodino para dar otra lectura a la vida, para plantearnos preguntas cuya respuesta habremos de salir a buscar.

Cuando comenzamos a escribir lo hacemos expresando lo propio. Tras de observar algo que nos genera un momento de reflexión, volcamos nuestro punto de vista muy personal (habitualmente nuestra inconformidad) con un “a mí me parece” coloquial. Conforme se aprende el oficio nos vamos obligando a trocar esa expresión subjetiva por un “yo opino” informado. Esto es, con base en la información que se va adquiriendo, pasamos de sentir a comprender; de expresar estados de ánimo a conformar un razonamiento estructurado. Ahora bien, acudir a un foro en el cual todo ese proceso creativo individual se convierte en una gala maravillosa de expresión, es un viaje inagotable a través del pensamiento humano.

En la presentación de un libro acerca de las relaciones internacionales y el cine, se abordó la manera como películas muy taquilleras están fundamentadas en modelos matemáticos que explican la forma en que llegan a interactuar dos naciones frente a un conflicto. Un concepto que hallé muy iluminador es el que señala que los contenidos que entran a la conciencia a través de una pantalla, suelen hacerlo sin filtro, de manera que el receptor asume como una verdad aquello que percibe. Fenómeno muy común en nuestro país, del cual sacan partido diversos intereses creados. De momento vienen a mi mente personajes de la vida pública que proclaman posturas personales como verdades absolutas, a sabiendas de que difícilmente habrá quién los rebata con bases documentadas. En el caso de la pantalla chica, el televidente toma como algo cierto lo que ve, y algo similar sucede frente a la pantalla grande. Así se explica que elementos que de entrada resultan hasta casuales, como sería la erotización de contenidos, puedan obedecer a intereses mucho más allá de la simple producción cinematográfica.

Retomando los conceptos con que inicié. Quienes escribimos tenemos una enorme responsabilidad ciudadana. Estamos obligados a ser claros, precisos y objetivos en nuestro fuero interno, para después expresarnos. Pasar del “me parece” tan personal a una opinión que se sustente como tal, porque nace de un proceso mental que inicia con la percepción propia, pero se tamiza a través de la lectura informada. Aun si soy poeta, mi poesía no debe limitarse a ser catártica y desparpajada, sino atender a un orden en las ideas que buscan expresarse, para hacerlo de la mejor manera. Asentar lo propio por escrito nos obliga a hacerlo con pulcritud y seriedad, como un legado personal que habrá de trascendernos.

Escribir es un ejercicio de reflexión personal y responsabilidad cívica. La primera debe avanzar más allá del confín personal al círculo virtuoso de nuestras lecturas. La segunda se espera que sea el motor que impulse cada línea, cada página, seduciendo al lector, hacia la conformación de un mundo mejor para todos.


02 Diciembre 2018 04:00:00
Letras con rumbo
A todos aquellos que hemos sentido el llamado a escribir, hacerlo se convierte en una necesidad vital, como comer o respirar. Comunicar los estados internos y conectarnos con el lector, para establecer una comunidad de ideas o de sentimientos, llega a ser una consigna que termina solo con la muerte.

Tuve oportunidad de asistir a la Feria Internacional de Libro Guadalajara 2018, considerada como una de las más importantes del mundo. Recorrer aquellos pasillos interminables, a lo largo de los cuales se distribuyen editoriales de todos los confines del planeta, es la fiesta de la palabra escrita. Tener además la oportunidad de asistir a presentaciones de libros y conferencias sobre diversos temas, y conocer de viva voz de los autores, opiniones sobre aquello que les apasiona, lleva a volver más entrañable la lectura, a contagiarnos de ese entusiasmo y apropiarlo para nuestras vidas.

Me hallo como el viajero que en un corto tiempo ha visitado diversos lugares maravillosos. No sé por dónde empezar. Son momentos, charlas, impresiones visuales, fraternidad con otros lectores que convergen en un mismo punto por sus afanes similares. Hay –por supuesto—vivencias que se quedan para instalarse como los huéspedes incómodos, que estarán sacudiendo nuestro confort anodino para dar otra lectura a la vida, para plantearnos preguntas cuya respuesta habremos de salir a buscar.

Cuando comenzamos a escribir lo hacemos expresando lo propio. Tras de observar algo que nos genera un momento de reflexión, volcamos nuestro punto de vista muy personal –habitualmente nuestra inconformidad—con un “a mí me parece” coloquial. Conforme se aprende el oficio nos vamos obligando a trocar esa expresión subjetiva por un “yo opino” informado. Esto es, con base en la información que se va adquiriendo, pasamos de sentir a comprender; de expresar estados de ánimo a conformar un razonamiento estructurado. Ahora bien, acudir a un foro en el cual todo ese proceso creativo individual se convierte en una gala maravillosa de expresión, es un viaje inagotable a través del pensamiento humano.

En la presentación de un libro acerca de las relaciones internacionales y el cine, se abordó la manera como películas muy taquilleras están fundamentadas en modelos matemáticos que explican la forma en que llegan a interactuar dos naciones frente a un conflicto. Un concepto que hallé muy iluminador es el que señala que los contenidos que entran a la conciencia a través de una pantalla, suelen hacerlo sin filtro, de manera que el receptor asume como una verdad aquello que percibe. Fenómeno muy común en nuestro país, del cual sacan partido diversos intereses creados. De momento vienen a mi mente personajes de la vida pública que proclaman posturas personales como verdades absolutas, a sabiendas de que difícilmente habrá quién los rebata con bases documentadas. En el caso de la pantalla chica, el televidente toma como algo cierto lo que ve, y algo similar sucede frente a la pantalla grande. Así se explica que elementos que de entrada resultan hasta casuales, como sería la erotización de contenidos, puedan obedecer a intereses mucho más allá de la simple producción cinematográfica.

Sobre el mismo tema, un concepto muy lúcido que tiene que ver con la teoría pacifista de Mahatma Gandhi: Parte del concepto de que el autocontrol personal lleva al autogobierno, y de este a la paz de los pueblos. Frente a dicha teoría, como si fuera un espejo, me pregunto qué tan autocontrolados estamos los mexicanos, cuando actuamos como ciudadanía con muy poco autogobierno, que requiere cada vez una mayor coerción externa para tratar de lograr un orden.

Retomando los conceptos con que inicié. Quienes escribimos tenemos una enorme responsabilidad ciudadana. Estamos obligados a ser claros, precisos y objetivos en nuestro fuero interno, para después expresarnos. Pasar del “me parece” tan personal a una opinión que se sustente como tal, porque nace de un proceso mental que inicia con la percepción propia, pero se tamiza a través de la lectura informada. Aun si soy poeta, mi poesía no debe limitarse a ser catártica y desparpajada, sino atender a un orden en las ideas que buscan expresarse, para hacerlo de la mejor manera. Asentar lo propio por escrito nos obliga a hacerlo con pulcritud y seriedad, como un legado personal que habrá de trascendernos.

Escribir es un ejercicio de reflexión personal y responsabilidad cívica. La primera debe avanzar más allá del confín personal al círculo virtuoso de nuestras lecturas. La segunda se espera que sea el motor que impulse cada línea, cada página, --seduciendo al lector-- hacia la conformación de un mundo mejor para todos.

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25 Noviembre 2018 04:00:00
¿Y como qué compramos?
Me encuentro parada en un momento histórico muy singular en tiempo y espacio. Habito en una zona aledaña a la nación norteamericana, a la cual en estos días se aproximan diversos grupos de centroamericanos para cruzar la frontera de cualquier manera.

La norteamericana es una nación multicultural que acaba de celebrar el Día de Acción de Gracias, en conmemoración de la primera cena que llevaron a cabo en el nuevo continente. A la mañana siguiente a la celebración se lleva a cabo en aquel país lo que se conoce como “viernes negro”, en el cual grandes volúmenes de mercancía se ofrecen a precio de remate, algo similar a los “soldés” franceses, que permiten a los comercios deshacerse de mercancías de temporada, ofreciéndola a precio de costo. En nuestro país, para no desentonar, desde hace algunos años se lleva a cabo la campaña denominada “El buen fin”, que intenta imitar a su contraparte norteamericana. Simultáneamente a toda esta ebullición comercial, inicia la FIL Guadalajara, una de las ferias del Libro más importantes del mundo.

Como Perseidas llega a mi mente infinidad de ideas. La primera que logro atrapar y revisar, es la que tiene que ver con nuestra actitud como consumidores, para preguntar cuántos de esos objetos que ahora se compran con particular fruición, en un par de meses habrán pasado a formar parte de la legión de objetos abandonados en algún rincón de la casa. Y para dentro de un año, habremos olvidado que alguna vez existieron, o saldrán dentro de una caja rumbo a un bazar de beneficencia.

Mis hijos no han tenido la mamá más organizada en lo económico, aun así, no soy proclive a caer bajo la seducción de las baratas. Hay asuntos que debí haber manejado con más inteligencia o más arrojo y no lo hice, pese a ello hemos sobrevivido y aquí estamos, sin que nos haya faltado nada de lo esencial para salir adelante. Ahora bien, caer bajo los influjos de una etiqueta que dice “medio precio”, y comprar algo que simplemente no se necesita, es dañar la economía familiar de manera irracional.

El caso más paradigmático de los viernes negros lo conocí de labios de una valiente persona que se lanzó a una tienda de autoservicio norteamericana en una ocasión como esta. Halló a una señora vaciando todo el anaquel de muñecas Barbie en su carrito de compras. Cuando la persona que acompañaba a dicha dama le preguntó qué pensaba hacer con tanta muñeca, su respuesta fue “pues quién sabe, pero es que están muy baratas”.

Con relación a la FIL viene una reflexión muy personal. Andar entre aquellos pasillos y ver la cantidad de visitantes que atienden la invitación a leer, es más que estimulante. La lectura se cuela entre muchas otras formas de entretenimiento para decir “aquí estoy”, lo que renueva la esperanza que muchos albergamos, de conformar una ciudadanía capaz de informarse antes de tomar las decisiones más importantes para México.

Vayamos, pues, tras aquellos libros que representen un reto de crecimiento. Las lecturas que nos dan todo resuelto difícilmente permiten a la imaginación volar y a la creatividad expandirse. Necesitamos aproximarnos a los autores iluminadores, o sea, no los que nos dicen por dónde irnos, sino aquellos que nos muestran la multiplicidad de caminos sí, pero sobre todo los que nos enseñan los alcances de nuestro andar.

Vayamos tras el libro que nos sorprende. Así aprenderemos a volar. Echemos mano de esas lecturas que nos obligan a revisar dónde estamos y hacia dónde vamos.

Un buen libro es como una seda tersa que acaricia, sobre la cual pasamos nuestros dedos sin problemas. Un libro escrito de manera descuidada en su sintaxis y en su ortografía es, en cambio, como un tejido burdo cuyos accidentes no nos permiten atrapar el sentido último de lo que el autor quiso decir.

Hagamos de nuestras compras una herramienta de crecimiento inteligente. Que el dinero destinado constituya una inversión en nuestra vida. Que aquello que vamos a adquirir responda afirmativamente a la pregunta: ¿Lo necesito? Y así respecto a los libros, se vale actuar por corazonada, sí, pero atender la orientación de algún experto puede facilitarnos conseguir la mejor lectura.

Es un reto hacer buenas compras. Ojalá que cada peso gastado sea un peso invertido, y que a través de la lectura se invierta de la mejor manera.
25 Noviembre 2018 04:00:00
¿Y como qué compramos?
Me encuentro parada en un momento histórico muy singular en tiempo y espacio. Habito en una zona aledaña a la nación norteamericana, a la cual en estos días se aproximan diversos grupos de centroamericanos propuestos a cruzar la frontera de cualquier manera.

La norteamericana es una nación multicultural que acaba de celebrar con una cena el Día de Acción de Gracias, en conmemoración de la primera cena que llevaron a cabo en el nuevo continente, colonos venidos de Inglaterra. A la mañana siguiente a la celebración se lleva a cabo en aquel país lo que se conoce como “viernes negro”, en el cual grandes volúmenes de mercancía se ofrecen a precio de remate, algo similar a los “soldés” franceses, que permiten a los comercios deshacerse de mercancías de temporada, ofreciéndola a precio de costo. En nuestro país, para no desentonar, desde hace algunos años se lleva a cabo la campaña denominada “El buen fin”, que intenta imitar a su contraparte norteamericana. Simultáneamente a todo esta ebullición comercial, inicia la FIL Guadalajara, una de las Ferias del Libro más importantes del mundo.

llegaN a mi mente infinidad de ideas. La primera que logro atrapar y revisar, es la que tiene que ver con nuestra actitud como consumidores, para preguntar cuántos de esos objetos que ahora se compran con particular fruición, en un par de meses habrán pasado a formar parte de la legión de objetos abandonados en algún rincón de la casa. Y para dentro de un año, habremos olvidado que alguna vez existieron, o saldrán dentro de una caja rumbo a un bazar de beneficencia.

Mis hijos no han tenido la mamá más organizada en lo económico, aun así, no soy proclive a caer bajo la seducción de las baratas. Hay asuntos que debí haber manejado con más inteligencia o más arrojo y no lo hice, pese a ello hemos sobrevivido y aquí estamos, sin que nos haya faltado nada de lo esencial para salir adelante. Ahora bien, caer bajo los influjos de una etiqueta que dice “medio precio”, y comprar algo que simplemente no se necesita, es dañar la economía familiar de manera irracional.

El caso más paradigmático de los viernes negros lo conocí de labios de una valiente persona que se lanzó a una tienda de autoservicio norteamericana en una ocasión como esta. Halló a una señora vaciando todo el anaquel de muñecas Barbie en su carrito de compras. Cuando la persona que acompañaba a dicha dama le preguntó qué pensaba hacer con tanta muñeca, su respuesta fue “pues quién sabe, pero es que están muy baratas”.

Con relación a la FIL Guadalajara viene una reflexión muy personal. Andar entre aquellos pasillos que a ratos se antojan interminables, y ver la cantidad de visitantes de todas edades y condiciones sociales que atienden la invitación a leer, es más que estimulante. La lectura se cuela entre muchas otras formas de entretenimiento para decir “aquí estoy”, lo que renueva la esperanza que muchos albergamos, de conformar una ciudadanía capaz de informarse antes de tomar las decisiones más importantes para México.

Vayamos, pues, tras aquellos libros que representen un reto de crecimiento. Las lecturas que nos dan todo resuelto difícilmente permiten a la imaginación volar y a la creatividad expandirse. Necesitamos aproximarnos a los autores iluminadores, o sea, no los que nos dicen por dónde irnos, sino aquellos que nos muestran la multiplicidad de caminos sí, pero sobre todo los que nos enseñan los alcances de nuestro andar.

Vayamos tras el libro que nos sorprende. Tras el que nos saca de nuestra zona de confort para lanzarnos al vacío, de modo que tengamos que abrir las alas para no estrellarnos. Así aprenderemos a volar. Echemos mano de esas lecturas que nos obligan a revisar dónde estamos y hacia dónde vamos, en el escenario que el autor ha montado para nuestros ojos.

Un buen libro es como una seda tersa que acaricia, sobre la cual pasamos nuestros dedos suavemente, sin problemas. Un libro escrito de manera descuidada en su sintaxis y en su ortografía es, en cambio, como un tejido burdo cuyos accidentes no nos permiten atrapar el sentido último de lo que el autor quiso decir.

Hagamos de nuestras compras una herramienta de crecimiento inteligente. Que el dinero destinado constituya una inversión en nuestra vida. Que aquello que vamos a adquirir responda afirmativamente a la pregunta: ¿Lo necesito? Y así respecto a los libros, se vale actuar por corazonada, sí, pero atender la orientación de algún experto puede facilitarnos conseguir la mejor lectura.

Es un reto hacer buenas compras. Ojalá que cada peso gastado sea un peso invertido, y que a través de la lectura se invierta de la mejor manera.


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18 Noviembre 2018 04:00:00
Nosotros y los otros
Dolia Estévez, reconocida periodista mexicana, sigue el juicio emprendido en contra de Joaquín El Chapo Guzmán. Dentro de su crónica del proceso, destaca el juego de palabras que utiliza el abogado de Guzmán, al llamarlo en corte “personaje mítico”. Amén del factor subliminal de estas palabras hacia el jurado, el calificativo de ‘mítico’ da pie a una reflexión acerca de los elementos que descuellan en nuestra sociedad. La capacidad de producir dinero es uno de ellos, tanto así que nos inclinamos por ignorar o justificar su origen, hasta convertir a ciertos personajes en héroes al estilo de Robin Hood.

Me sorprendo sorprendiéndome (valga por favor, la redundancia), al descubrir que está por iniciar la cuarta temporada de una serie televisiva acerca del narcotráfico. Me sorprendo sorprendida, porque eso mismo expresé cuando estaba por comenzar la tercera temporada. Y si continúa, es porque genera una derrama económica, y si genera una derrama económica, es porque tiene un público televidente que la compra.

Dentro de los comentarios que he escuchado en temporadas anteriores, hay uno que señala que así, ´’se aprende’ acerca del narcotráfico, un fenómeno delincuencial que ha provocado daños tan graves a nuestro país, +acotación mía.

En este milenio han surgido jóvenes escritores en particular en el norte del país, que tratan temas de la delincuencia organizada. Ejemplos de tal corriente son creadores como Carlos Velázquez, César Silva o Liliana Blum, por mencionar algunos. Sus textos obedecen a una mirada profunda y documentada, de modo que a pesar de su crudeza, brindan al lector un conocimiento sustentado del problema, que da pie a un análisis crítico del asunto planteado. Por su parte el formato para televisión enfrenta dos problemas, el primero es que se presenta ante un público acostumbrado a recibir las cosas como le son entregadas, sin mayor análisis de contenidos. En pocas palabras, si la “tele”, o en su caso, la Internet, dicen que las manzanas son azules, hay que creerlo y punto. El receptor no tiene mayores elementos para hacer una lectura crítica de la serie, y termina asumiendo que las cosas son tal y como las presenta la producción de la obra.

Regresando al asunto de El Chapo, el hecho de que un personaje multimillonario aporte recursos para obras benéficas, no lo convierte en santo. Dentro de la delincuencia organizada no podemos editar la imagen para dejar fuera la cuota de sangre que ha pagado la sociedad, y quedarnos solo con “lo bonito” de la foto. Lo hacemos así, quizá por falta de elementos de juicio para abarcar el escenario completo y no solo una parte, o tal vez obedezca a la perversa tolerancia en que hemos caído, acostumbrados como estamos a la violencia.

Nosotros y los otros: Ni los políticos ni las fuerzas armadas están logrando contener lo que sucede allá afuera. Se necesita un cambio de raíz, de corte científico. Con poner un policía en cada esquina nada se resuelve. Todo eso que ocurre después del umbral de nuestra casa, difícilmente está a nuestro alcance modificar. Lo que sí está en nuestra capacidad llevar a cabo, es administrar el impacto que los elementos de fuera tienen dentro del hogar. Aún en el venturoso caso de que los padres opten por no ver la citada serie, resultaría poco menos que imposible que, con prohibir a los menores que la vean, ellos lo acaten. Sería de más utilidad desarticular su interés, acercándose junto con ellos a fuentes documentadas que expliquen los orígenes y alcances de la delincuencia organizada, como una forma de entender el fenómeno, sus causas e impacto.

Nosotros y los otros: Ahorremos energía. Vamos a ocuparnos de ejercer acciones que generen resultados tangibles. El señalamiento y la quejumbre no llevan a nada.

Frente a los hijos, más que sancionar y prohibir, vamos a dialogar, entender e informarnos.

Actuemos convencidos de que el único camino para un cambio verdadero está en la educación. Proceso que inicia en las cuatro paredes del hogar, con el ejemplo.

Una de las grandes fallas de nuestras instituciones ha sido la falta de congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. No caigamos en lo mismo como jefes de familia.

Nosotros y los otros: Dejemos de perder el tiempo en acusaciones ociosas y comencemos por revisarnos a nosotros mismos y todo aquello de nuestra competencia. Más que héroes fantásticos con súperpoderes de origen oscuro, nuestros hijos aspiran para su desarrollo, a crecer bajo la sombra de robles firmes y seguros, y a contar con la presencia real y constante de unos padres que les enseñen que, aun con el viento en contra, es posible sostener muy en alto la cometa de nuestros sueños.

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11 Noviembre 2018 04:00:00
No solo para la foto
Hoy en particular viene a mi mente aquel fragmento de Facundo Cabral que reza “No estás deprimido, estás distraído”. Lo parafraseo para ejemplificar de qué manera vivimos de sensación en sensación, sin mucha oportunidad para una reflexión personal que abarque ese conjunto de estados de ánimo como una materia prima con la cual ir recreando nuestra estructura personal, nuestra propia historia.

Por todos es sabido el terrible incidente ocurrido en la Cámara de Senadores, al momento cuando una legisladora a media sesión se entera de la muerte violenta de su hija. Las reacciones de sus compañeros de bancada estuvieron muy a la altura de la gravedad que el caso implicaba, incluso se suspendió la sesión. Lo que hallo fuera de toda consideración, es que de inmediato al menos una docena de personajes ahí presentes hayan echado mano de sus teléfonos celulares y para comenzar a grabar aquel cuadro desgarrador que da cuenta del dolor de una madre.

Dichas escenas las visualicé una sola vez, pero eso fue suficiente para ponerme a tratar de devanar las actitudes de quienes grababan de forma continua. Dar con la motivación que llevó a dichos legisladores a seguir el terrible incidente a través de las pantallas de sus teléfonos, como una transmisión en tiempo real de tantas otras que se ven en los distintos medios de comunicación.

Una cuestión es evidente, actuaron sin detenerse a reflexionar en el dolor de su compañera, o a pensar que en su lugar, cualquiera de ellos habría buscado cierta privacidad para expresar los sentimientos que en aquel momento apabullarían al más bragado. No tanto insensibilidad es esta intrusión, sino un acto irreflexivo, una ausencia de pensamiento crítico para entender que aquello no era ninguna tragedia montada con fines de entretenimiento.

En gran medida esa necesidad de ir de emoción en emoción, de sobresalto en sobresalto, explica tantas otras cosas que suceden en nuestro mundo. Acaba de iniciarse un nuevo reto en redes sociales, el de que un jovencito se oculte sin avisar a nadie donde se encuentra, para reaparecer 48 horas después como si nada. La diversión es poner en jaque a la familia, a los amigos y a las autoridades civiles. Es actuar, nuevamente con total irreflexión, partiendo solamente de la emoción de hacerlo, muy al margen de la terrible zozobra que puede ocasionar a los suyos. Tratando de poner en palabras su actuación, sería como decir que es una emoción que no pueden perderse de sentir alguna vez, de coleccionar como si fueran cornamentas de venado, en una total miopía mental con relación a la condición en que llegan a poner a su familia. Aventurándonos un poco más en nuestras apreciaciones, algo que los expertos podrían confirmarnos, se atisba una forma de chantaje, cuyo mensaje implícito seria, “no quieres que vuelva a hacer lo mismo, pues no me des motivos.”

Retomo al gran Facundo Cabral para recordar de cuantas cosas nos estamos perdiendo cuando vivimos de emoción en emoción, de sobresalto en sobresalto, considerando que lo que cuenta en nuestra vida es el destino y no el sendero. De esta manera nos vamos perdiendo la belleza del paisaje y la riqueza de la compañía. Cuando son los sentidos y nada más, nuestros motores de búsqueda en el día a día, estaremos dejando de lado experiencias maravillosas que no se viven a través de los ojos ni de la piel. Hay sentimientos que florecen muy dentro, nos ponen en contacto y hasta nos hermanan con otros seres humanos, en la medida en que nos detengamos a asimilar la esencia profunda de las cosas.

Ante aquello que sucede y no nos parece, hay mucho que hacer. El primer paso para un cambio real está en la punta de nuestros pies y continúa en nuestro entorno inmediato. El deporte de señalar con dedo de fuego lo que nos parece mal, no conduce a cambios sustanciales, pues siempre adjudicaremos a los demás la raíz del problema y por ende la solución. Cuando comencemos a preguntarnos en qué medida yo soy responsable de aquello que está ocurriendo, y qué puedo hacer para modificarlo, será cuando los cambios tangibles empiecen a ocurrir.

Sirva la escena en la Cámara de Senadores para darnos cuenta de que fácil es caer en la irreflexión, en no detenernos a pensar las cosas antes de actuar, y en no darnos cuenta que la más pequeña acción que cada uno de nosotros emprende, es como una minúscula pieza de un rompecabezas gigante, en nuestro caso, llamado México.

Descanse en paz Valeria. Que su familia halle consuelo a ese dolor inabarcable. Y que comencemos a vivir una vida menos distraída, para valorarla, entenderla y amarla con todo lo que somos, no solo para la foto.


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04 Noviembre 2018 04:00:00
TRASCENDENCIA
Los ejemplos se multiplican a lo largo y ancho del planeta. Dentro de las redes sociales tenemos, desde selfies en ubicaciones de alto riesgo que terminan en la muerte del fotografiado, hasta lo que acaba de surgir en días pasados, la grabación de peleas cuerpo a cuerpo entre niños de un kinder norteamericano, organizadas por las educadoras. Fuera de redes sociales, también encontramos maneras de cómo se busca trascender en tiempo y geografía, ya sea emprendiendo acciones extraordinarias; inmortalizando una receta de cocina, o escribiendo una canción. El común denominador es el deseo de dejar huella para más delante.

Vienen a mi mente las necesidades de Maslow, que inician con las básicas para la subsistencia hasta las más elevadas, de autorealización. Después de superadas las elementales como la comida y la seguridad, comienzan a aparecer otras de tipo emocional, dentro de las que están la afiliación y el reconocimiento. En esta franja estamos entrampados en la urgente necesidad de ser reconocidos.

Como integrantes de un grupo humano, el reconocimiento es una de las necesidades más sentidas y, paradójicamente, una de las que menos tenemos en la esfera consciente. Se desatiende esta necesidad en los niños pequeños. Quizá se carece del proceso de pensamiento para tomar en cuenta el desarrollo que el pequeño requiere satisfacer, llegando al extremo de considerar a esos chiquitos como parte del escenario y nada más.

La toma de fotografías con celular da pauta para entender en buena medida esta necesidad de trascendencia. Sentimos la urgencia de que obre constancia de lo que hacemos, como una forma de validarnos frente a los demás. No es de extrañar entonces, que de un mismo evento se publiquen en redes sociales infinidad de fotografías similares, cuando una sola de ellas pudo haber dado cuenta de lo ocurrido.

Mucho me sorprende, quizá más que al resto de los humanos, este asunto de las fotografías con celular. Me parece un comportamiento que lleva a reflexionar sobre lo que puede haber detrás de esos notorios afanes fotográficos tan de moda, y que tienen un trasfondo poco apreciado:

El mensaje que ofrece la sociedad al niño, y con el que finalmente él crece, es que para tener valor necesita demostrarle al mundo quién es. O sea, él entiende que el valor de su persona viene desde fuera, y es proporcional a la calificación que el grupo social le concede. Es así como él se esfuerza de una u otra manera para merecer esa estima por parte de los demás, y no cejará en sus empeños. Ello da cuenta de que el individuo no ha asimilado que la autoestima está dada por el concepto que de sí misma tiene la persona, y no por lo que los demás opinen.

Los adultos debemos coadyuvar en los niños el descubrimiento de aquello que a cada uno lo hace diferente del resto del grupo, para apoyar el fomento de su propia autoestima. Cuando un niño descubre que él es único en el planeta por determinada característica que lo distingue, y que no necesita copiar a nadie más, lo estaremos colocando en la ruta que conduce a la autoestima. Si él se siente satisfecho con lo que sabe que es, estará dispuesto a respetar lo que cada uno de sus compañeros sea, entendiendo que la humanidad se asemeja a una playa al amanecer, cada guijarro es único, distinto a los otros, pero no por ello menos valioso.

Las redes sociales son un magnífico foro en el cual se despliegan las más diversas conductas de los grupos sociales. Cualquier tendencia de moda tiene una lectura profunda que habla del ser humano detrás de la misma, de sus necesidades más profundas y de sus mayores aspiraciones. Pone de manifiesto ese deseo de trascendencia al que nuestra condición nos lleva como seres mortales que somos. El grupo humano resulta enriquecido cuando cada individuo explota su potencial personal al máximo, para beneficio propio y de los demás. Más allá de la selfie mortal, estaremos esculpiendo con ingenio y trabajo, nuestra mejor obra.
04 Noviembre 2018 04:00:00
Trascendencia
Los ejemplos se multiplican a lo largo y ancho del planeta. Dentro de las redes sociales tenemos, desde “selfies” en ubicaciones de alto riesgo que terminan en la muerte del fotografiado, hasta lo que acaba de surgir en días pasados, la grabación de peleas cuerpo a cuerpo entre niños de un kinder norteamericano, organizadas por las educadoras. Fuera de redes sociales, también encontramos maneras de cómo se busca trascender en tiempo y geografía, ya sea emprendiendo acciones extraordinarias; inmortalizando una receta de cocina, o escribiendo una canción. El común denominador es el deseo de dejar huella para más delante.

Vienen a mi mente las necesidades de Maslow, que inician con las básicas para la subsistencia hasta las más elevadas, de auto-realización. Después de superadas las elementales como la comida y la seguridad, comienzan a aparecer otras de tipo emocional, dentro de las que están la afiliación y el reconocimiento. En esta franja estamos entrampados, en la urgente necesidad –insatisfecha la mayoría de las veces—de ser reconocidos por los demás.

Como integrantes de un grupo humano, el reconocimiento es una de las necesidades más sentidas y –paradójicamente—una de las que menos tenemos en la esfera consciente. Se desatiende esta necesidad en los niños pequeños. Quizá se carece del proceso de pensamiento para tomar en cuenta el desarrollo que el pequeño requiere satisfacer, llegando al extremo de considerar a esos chiquitos como parte del escenario y nada más. En ocasiones el reconocimiento de los pequeños dentro de la familia es escaso, y esas necesidades emocionales quedan desatendidas hasta la edad adulta, cuando, de alguna manera, buscarán expresarse y ser satisfechas.

La toma de fotografías con celular da pauta para entender en buena medida esta necesidad de trascendencia. Sentimos la urgencia de que obre constancia de lo que hacemos, como una forma de validarnos frente a los demás. No es de extrañar entonces, que de un mismo evento se publiquen en redes sociales infinidad de fotografías similares, cuando una sola de ellas pudo haber dado cuenta de lo ocurrido. De este modo saturamos los “chats”, con cuatro o cinco versiones de una misma toma; lo hace el niño travieso que llevamos dentro, que nos impele a dejar nuestro sello de identidad propia, para decir al mundo “aquí estoy, este soy yo”.

Mucho me sorprende, quizá más que al resto de los humanos, este asunto de las fotografías con celular. Me parece un comportamiento que lleva a reflexionar sobre lo que puede haber detrás de esos notorios afanes fotográficos tan de moda, y que tienen un trasfondo poco apreciado:

El mensaje que ofrece la sociedad al niño, y con el que finalmente él crece, es que para tener valor necesita demostrarle al mundo quién es. O sea, él entiende que el valor de su persona viene desde fuera, y es proporcional a la calificación que el grupo social le concede. Es así como él se esfuerza de una u otra manera para merecer esa estima por parte de los demás, y no cejará en sus empeños. Ello da cuenta de que el individuo no ha asimilado que la autoestima está dada por el concepto que de sí misma tiene la persona, y no por lo que los demás opinen. Desde la infancia existen esos huecos de percepción en el pequeño, y difícilmente alcanzará a entender entonces, que la mirada más importante de todo el planeta es la que encuentra cada quien frente al espejo.

Los adultos debemos coadyuvar en los niños el descubrimiento de aquello que a cada uno lo hace diferente del resto del grupo, para apoyar el fomento de su propia autoestima. Cuando un niño descubre que él es único en el planeta por determinada característica que lo distingue, y que no necesita copiar a nadie más, lo estaremos colocando en la ruta que conduce a la autoestima. Si él se siente satisfecho con lo que sabe que es, estará dispuesto a respetar lo que cada uno de sus compañeros sea, entendiendo que la humanidad se asemeja a una playa al amanecer, cada guijarro es único, distinto a los otros, pero no por ello menos valioso.

Las redes sociales son un magnífico foro en el cual se despliegan las más diversas conductas de los grupos sociales. Cualquier tendencia de moda tiene una lectura profunda que habla del ser humano detrás de la misma, de sus necesidades más profundas y de sus mayores aspiraciones. Pone de manifiesto ese deseo de trascendencia al que nuestra condición nos lleva como seres mortales que somos. El grupo humano resulta enriquecido cuando cada individuo explota su potencial personal al máximo, para beneficio propio y de los demás. Más allá de la “selfie” mortal, estaremos esculpiendo con ingenio y trabajo, nuestra mejor obra.

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28 Octubre 2018 04:00:00
Enriquecer el camino
Una mañana cualquiera bajo un puente de acero y concreto, semejante a tantos otros puentes. Un hombre simple, enfundado en camiseta blanca, pantalón de color indefinido y una cachucha cuyas características mi mente omitió registrar, atrapada por la mirada del individuo. Se halla hallo ocupado en tomar algo de una bolsa de plástico que tiene en el suelo, frotarlo entre sus manos y lanzarlo al aire. De inicio un grueso poste de concreto obstaculiza la visibilidad completa, y no es sino hasta que avanzo hacia adelante cuando entiendo en qué se ocupa: Ofrece granos frescos a las palomas, y conforme repite la operación, estas últimas se van acercando en cantidades cada vez mayores. Lo que más me captura de aquella escena, a pesar de observarla a la distancia, es el brillo en los ojos del hombre.

El elevado costo que nos cobra la modernidad es la prisa, y junto con ella la agitación. No alcanzamos a hacernos tiempo para disfrutar la vida. Circulamos sobre calles y avenidas imprimiendo una gran velocidad a nuestros vehículos, en el afán de alcanzar la luz verde o de llegar un par de minutos antes de lo previsto. Ello nos vuelve proclives a accidentes, que finalmente podrían condicionar que querer ganar aquel par de minutos termine –al colisionar-- en un retraso de horas o en lesiones para toda la vida.

Dentro de las enfermedades de actualidad está el estrés con su cohorte de daños colaterales. En gran medida es una tensión emocional provocada por falta de planificación en nuestras diarias actividades. Los tiempos y movimientos no están coordinados y terminamos precipitándonos para cumplir con un compromiso en un tiempo menor al necesario, pues nos entretuvimos de más en la actividad previa a ello. En lo personal encuentro que dicha falta de organización es también resultado de esa forma precipitada de hacer las cosas. Con frecuencia, cuando en mi diario quehacer me quiere ganar la impaciencia, recuerdo las sabias palabras del doctor Rodrigo Andalón: “El tonto trabaja dos veces”, refiriéndose a que, cuando llevamos a cabo una acción de manera precipitada y nos sale mal, habremos de repetirla desde el principio, lo que consume el doble del tiempo de lo que hubiera tomado si actuamos con calma de entrada.

La vida es como un gran viaje en el cual habrá que disfrutarse no solamente el destino sino el trayecto de cada día. Y así de igual manera en lo pequeño, cuando nos mentalizamos a gozar paso a paso las actividades que nos llevarán a la meta que nos hemos trazado, la satisfacción será mucho mayor.

El hombre de las palomas me dio una gran lección. Cualquier sitio y todo momento son los adecuados para llevar a cabo aquello que satisface, y si esa actividad genera beneficio a otros seres vivos, produce un gozo aún mayor. Él no necesita del reconocimiento de otros para sentirse satisfecho por lo que hace; difícilmente alguien lo subirá a redes sociales como personaje que inspira, pero él tiene en sus ojos un brillo único que transmite gozo, y que contagia a otros para hacer lo propio. Puedo decir que al menos a mí, sí me dio un motivo para escribir y compartir ese momento mágico.

Qué complicado se ha vuelto en estos tiempos acercarse a la naturaleza. Quienes hoy somos adultos tuvimos ocasión de tener contacto con los diversos elementos de la misma. Parques, lagos y jardines nos proveyeron de oportunidades únicas de relación con distintos seres vivos, lo que nos permitió desarrollar la capacidad de asombro ante tanta maravilla. Yo me recuerdo de 9 o 10 años viviendo en la ciudad de Durango donde podía visitar con relativa frecuencia el Parque Guadiana, que a la fecha conserva importantes rincones naturales, donde un niño de hoy puede descubrir grandes cosas. Fundamental hoy en día, sobre todo considerando que las casas-habitación actuales se acompañan de poco o nada de elementos vegetales. ¡Cuántos beneficios se asocian al acercamiento a la vida natural! Permite al niño ubicarse dentro del cosmos para asimilar la relación entre los seres humanos, y de estos con la naturaleza, y así entender que él no es el ombligo del mundo. Este conocimiento le facilitará integrarse más delante al grupo social y acatar las reglas para una sana convivencia.

A partir del hecho de considerar que soy parte del cosmos, aprendo a interactuar con el entorno; soy capaz de desarrollar empatía por el resto de seres vivos, y puedo ocuparme de proveer para ellos un beneficio, lo que redundará en una satisfacción personal única. De este modo rompo los cinchos de mi ego y me descubro como parte de un todo maravilloso, por el que vale la pena poner el mayor entusiasmo cada día, para enriquecer el camino que iré dejando atrás.

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21 Octubre 2018 04:04:00
Pitágoras tenía razón
En nuestro país la delincuencia ha rebasado todo lo imaginable. La narrativa de Usigli o de Bernal se quedan cortas en relación con los acontecimientos que estamos viviendo hoy en día. Un caso espeluznante, el de los feminicidios que ocurren en la Megalópolis, particularmente el Estado de México y Puebla, y muy en particular en contra de jovencitas embarazadas a las que llevan con engaños para asesinarlas y robar al nonato de su vientre. Las crónicas recuerdan al famoso tabloide Alarma, extinto hace años, pero esta vez distribuidas mediante redes sociales.

El entramado mental que llevo a cabo semanalmente, y que desemboca en una colaboración periodística, es un ejercicio en solitario. Algún evento ocurrido en el curso de la semana despierta esa cascada de preguntas en busca de respuesta, exploración que suelo emprender sola. En esta ocasión tuve oportunidad de compartir dicho proceso con mi hijo, quien ha venido de visita.

Revisábamos juntos si es posible que a un individuo que ha tenido una formación familiar sólida, el medio ambiente llegue a cambiarlo de manera extrema. Ambos coincidimos en que no es congruente que un adulto proveniente de una familia integrada, que contó con oportunidades de educación, sea el autor de conductas al extremo inaceptables.

De esta manera no estamos hablando de no hacer el mal por miedo al castigo, sino de no hacer el mal por un elemental sentido de ética, parte de la formación individual de una persona. Lo resumió mi hijo de un modo muy sencillo: a esos delincuentes siendo niños no les enseñaron a obrar mal, simplemente no les enseñaron que había que obrar bien, amén de las circunstancias.

En la educación de los menores, si fallamos en indicarle al niño de un modo claro qué es lo que no debe de hacer, o no lo sensibilizamos sobre las consecuencias últimas de sus actos… Si lo dejamos actuar a libre voluntad o partimos del criterio cómodo de “qué tanto es tantito”… Si justificamos su mal obrar calificándolo como “cosas de niños”… Si lo alentamos a exigir sus derechos, pero nunca lo instruimos a asumir sus responsabilidades, enseñándole que todo derecho tiene como contraparte una obligación… Entonces estamos ante un proyecto de adulto que va a actuar tomando en cuenta su interés, antes que el bien común; un ser humano carente de contención, que se dejará llevar por lo primero que le viene a la mente.

De alguna manera esos niños poco orientados llegan a ser adultos necesitados de poder. Harán todo lo posible por defender lo que consideran sus derechos, aún a costa de atropellar los de los demás. En gran medida esta actitud da pie a corruptelas de las cuales nuestro país es campeón.

Un ejemplo quede entrada pareciera no tener relación con lo que ocurre en México, acaba de suceder hace una semana en la Península Ibérica, específicamente en la población de Mejorada del Campo, donde la cría de toros de lidia es importante. En un encierro tradicional un toro asustado intentó saltar una valla, durante lo cual se fracturó ambas patas traseras, y de ese modo herido tuvo que continuar corriendo, perseguido por la turba. No consigo asimilar cómo los seres humanos no midieron el dolor y la angustia del animal, y lejos de darle una tregua lo acosaron hasta verlo morir. ¿Es esta la clase de diversión que el ser humano necesita para sentirse vivo? ¿Son los mugidos de dolor del animal los sonidos que estimulan su sensación de poder?...

La conciencia crítica se define como un sentimiento interior por el cual el ser humano es capaz de precisar su propio valor y de reconocerlo en los demás. El desarrollo de dicha conciencia es parte del proceso educativo desde la primera infancia, lo que permite a la persona adquirir una noción real de sí mismo y de los demás, en el debido contexto, concediendo un valor equivalente a la propia persona como a los otros. A falta de una conciencia crítica actuamos de manera asimétrica, concediendo un mayor valor a lo propio frente a lo ajeno, y de este modo se generan muy diversos problemas sociales que, por desgracia, ante un sistema carente de los mecanismos adecuados para poner orden, llegan a alcanzar niveles terribles de violencia.

“Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”: ¡Sabias palabras de Pitágoras, con absoluta vigencia!

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21 Octubre 2018 04:00:00
Pitágoras tenía razón
En nuestro país la delincuencia ha rebasado todo lo imaginable: La narrativa de Usigli o de Bernal se quedan cortas con relación a los acontecimientos que estamos viviendo hoy en día. Un caso espeluznante, el de los feminicidios que ocurren en la Megalópolis, particularmente el estado de México y Puebla, y muy en particular en contra de jovencitas embarazadas a las que llevan con engaños para asesinarlas y robar al nonato de su vientre. Las crónicas recuerdan al famoso tabloide “Alarma”, extinto hace años, pero esta vez distribuidas mediante redes sociales.

La pregunta que me ha dado vueltas esta semana es la siguiente: ¿Suceden hechos así de bizarros por huecos en la legislación, por fallas en la aplicación de la ley, o porque existe una causa subyacente? Lo que equivale a preguntar si la ausencia de leyes genera criminales que llegan a alcanzar estos grados de abyecta perversidad.

El entramado mental que llevo a cabo semanalmente, y que desemboca en una colaboración periodística, es un ejercicio en solitario. Algún evento ocurrido en el curso de la semana despierta esa cascada de preguntas en busca de respuesta, exploración que suelo emprender sola. En esta ocasión tuve oportunidad de compartir dicho proceso con mi hijo, quien ha venido de visita.

Revisábamos juntos si es posible que a un individuo que ha tenido una formación familiar sólida, el medio ambiente llegue a cambiarlo de manera extrema. Ambos coincidimos en que no es congruente que un adulto proveniente de una familia integrada, que contó con oportunidades de educación, sea el autor de conductas al extremo inaceptables.

De esta manera no estamos hablando de no hacer el mal por miedo al castigo, sino de no hacer el mal por un elemental sentido de ética, parte de la formación individual de una persona. Lo resumió mi hijo de un modo muy sencillo: A esos delincuentes siendo niños no les enseñaron a obrar mal, simplemente no les enseñaron que había que obrar bien, amén de las circunstancias.

En la educación de los menores, si fallamos en indicarle al niño de un modo claro qué es lo que no debe de hacer, o no lo sensibilizamos sobre las consecuencias últimas de sus actos… Si lo dejamos actuar a libre voluntad, o partimos del criterio cómodo de “qué tanto es tantito”… Si justificamos su mal obrar calificándolo como “cosas de niños”… Si lo alentamos a exigir sus derechos, pero nunca lo instruimos a asumir sus responsabilidades, enseñándole que todo derecho tiene como contraparte una obligación… Entonces estamos ante un proyecto de adulto que va a actuar tomando en cuenta su interés, antes que el bien común; un ser humano carente de contención, que se dejará llevar por lo primero que le viene a la mente, sin que medie juicio crítico alguno.

De alguna manera esos niños poco orientados llegan a ser adultos necesitados de poder. Harán todo lo posible por defender lo que consideran sus derechos, aún a costa de atropellar los de los demás. En gran medida esta actitud da pie a corruptelas de las cuales nuestro país –por desgracia—es campeón.

Un ejemplo que de entrada pareciera no tener relación con lo que ocurre en México, acaba de suceder hace una semana en la Península Ibérica,
específicamente en la población de Mejorada del Campo, donde la cría de toros de lidia es importante. En un encierro tradicional un toro asustado intentó saltar una valla, durante lo cual se fracturó ambas patas traseras, y de ese modo herido tuvo que continuar corriendo, perseguido por la turba. No consigo asimilar cómo los seres humanos no midieron el dolor y la angustia del animal, y lejos de darle una tregua lo acosaron hasta verlo morir. ¿Es esta la clase de diversión que el ser humano necesita para sentirse vivo? ¿Son los mugidos de dolor del animal los sonidos que estimulan su sensación de poder?...

La conciencia crítica se define como un sentimiento interior por el cual el ser humano es capaz de precisar su propio valor y de reconocerlo en los demás. El desarrollo de dicha conciencia es parte del proceso educativo desde la primera infancia, lo que permite a la persona adquirir una noción real de sí mismo y de los demás, en el debido contexto, concediendo un valor equivalente a la propia persona como a los otros. A falta de una conciencia crítica actuamos de manera asimétrica, concediendo un mayor valor a lo propio frente a lo ajeno, y de este modo se generan muy diversos problemas sociales que –por desgracia—ante un sistema carente de los mecanismos adecuados para poner orden, llegan a alcanzar niveles terribles de violencia.

“Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”: ¡Sabias palabras de Pitágoras, con absoluta
vigencia!

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14 Octubre 2018 04:00:00
El alto costo de la impunidad
En la trama de cualquier película norteamericana que trate sobre delincuentes, en el momento en que los protagonistas buscan escapar de la ley, planean huir hacia México. Nuestro amado país es el puerto al que acceden sin mayor problema, o en caso de que hubiere algún obstáculo, siempre hallarán la manera de sortearlo. El sistema nos ha llevado a proyectar al mundo la idea de que en México “todo se puede”.

Con tristeza debo reconocer que este concepto no está tan alejado de la realidad. La impunidad es el gancho al hígado que nos recetamos los mexicanos en el día a día, cada vez que nos topamos con noticias que anuncian que “por faltas al debido proceso” no se somete a juicio a un homicida confeso, o se deja en libertad a un gran estafador.

Alguna vez preguntaba a una abogada, que por mucho tiempo trabajó dentro del Poder Judicial, si aquello de proteger la identidad de los presuntos delincuentes obedece a una regulación de ley. Ella me indicaba que no (al menos para Coahuila) lo que vuelve absurdo entonces, que al delincuente se le cubran los ojos y no se publique su apellido, en tanto los datos de la víctima se exponen con sobrada abundancia: Fulanito de tal, que vive en las calles de tal esquina con tal, en la colonia tal… y además se publica la fotografía del afectado, incluso (en ocasiones) aun cuando este sea menor de edad.

Ante conductas así, los ciudadanos nos preguntamos de qué lado está la justicia en nuestro país, si acaso actúa para cobijar delincuentes a costa de someter a un riesgo aún mayor a las víctimas.

En Monterrey se colapsó una gran estructura, cobrando la vida de siete obreros de la construcción, conforme a lo registrado hasta el momento cuando esto escribo. Luego de ocurrido el accidente se puso al descubierto que esta constructora no tenía permiso para emprender la obra, que en un par de ocasiones se le había negado, pero aun así, seguía trabajando. Asombroso, habiendo casos en los que un ciudadano decide erigir una barda dentro de su propiedad, y antes de que acabe de levantar el primer castillo le cae la autoridad para verificar permisos de todo orden. En casos como el de Monterrey pareciera que comienza el “juego de la bolita”. Las autoridades dirán que los constructores actuaron sin acatar la suspensión decretada, suspicaces como somos, llegamos a suponer que haya existido un arreglo “en lo oscurito” entre autoridad y dueños de la constructora. Claro, ambas partes lo negarán. Y más delante aparecerán los presuntos responsables amparados (si es que aparecen, ahí tenemos el caso del Rebsamen). Y en que la bolita sube y baja, pasa el tiempo y se consolida la impunidad.

Queremos creer que el Gobierno de López Obrador busca mostrar una cara humana y que tendrá la sensibilidad para acercarse al ciudadano que cuenta con menos voz. Sin embargo hay momentos cuando yo en lo particular lo dudo, ya sucedió en el estado de San Luis Potosí, el rechazo que la ciudadanía mostró por el delegado estatal que AMLO pretende imponer, fue acallado con un “no me importa” por parte del presidente electo.

Cerramos con lo que ya hemos comentado en ocasiones previas. Resulta ocioso señalar con dedo flamígero irregularidades que ocurren más allá de nuestro entorno personal, si dicho señalamiento no se acompaña de acciones propias en la esfera inmediata. Cuando soborno a la autoridad; cuando consigo mediante un arreglo económico aquello que por norma no se puede. Cuando actúo anteponiendo mi beneficio personal a la aplicación general de la ley, sin tomar en cuenta las potenciales consecuencias, nada mejora.

El alto costo de la impunidad no sólo se mide en términos de pesos y centavos, sino en cuanto a respeto, dignidad y justicia social. Ahí está el cambio que queremos empezar a ver.
14 Octubre 2018 04:00:00
El alto costo de la impunidad
En la trama de cualquier película norteamericana que trate sobre delincuentes, en el momento en que los protagonistas buscan escapar de la ley, planean huir hacia México. Nuestro amado país es el puerto al que acceden sin mayor problema, o en caso de que hubiere algún obstáculo, siempre hallarán la manera de sortearlo. El sistema nos ha llevado a proyectar al mundo la idea de que en México “todo se puede”.

Con tristeza debo reconocer que este concepto no está tan alejado de la realidad. La impunidad es el gancho al hígado que nos recetamos los mexicanos en el día a día, cada vez que nos topamos con noticias que anuncian que “por faltas al debido proceso” no se somete a juicio a un homicida confeso, o se deja en libertad a un gran estafador. En la esfera moral la impunidad resulta un elemento desesperanzador. Alguna vez preguntaba a una abogada, que por mucho tiempo trabajó dentro del Poder Judicial, si aquello de proteger la identidad de los presuntos delincuentes obedece a una regulación de ley. Ella me indicaba que no –al menos para Coahuila-- lo que vuelve absurdo entonces, que al delincuente se le cubran los ojos y no se publique su apellido, en tanto los datos de la víctima se exponen con sobrada abundancia: Fulanito de tal, que vive en las calles de tal esquina con tal, en la colonia tal… y además se publica la fotografía del afectado, incluso –en ocasiones—aun cuando este sea menor de edad.

Ante conductas así, los ciudadanos nos preguntamos de qué lado está la justicia en nuestro país, si acaso actúa para cobijar delincuentes a costa de someter a un riesgo aún mayor a las víctimas. Nos provoca malestar saber que nuestros impuestos se apliquen de esta manera; nos enoja que los encargados de una detención sigan sin conocer el debido proceso, de manera que un juez termine por declarar inválida la misma. Hallamos terrible imaginar que los participantes en los procedimientos de aplicación de justicia tengan un precio, por cierto, no tan elevado como supondríamos… De manera colateral hay otra faceta que no se evidencia a primera vista, pero que resulta igual de dolorosa.

En la ciudad de Monterrey se colapsó una gran estructura, cobrando la vida de siete obreros de la construcción, conforme a lo registrado hasta el momento cuando esto escribo. Luego de ocurrido el accidente se puso al descubierto que esta constructora no tenía permiso para emprender la obra; que en un par de ocasiones se le había negado, pero aun así, seguía trabajando. Asombroso, habiendo casos en los que un ciudadano decide erigir una barda dentro de su propiedad, y antes de que acabe de levantar el primer castillo le cae la autoridad para verificar permisos de todo orden. En casos como el de Monterrey pareciera que comienza el “juego de la bolita”. Las autoridades dirán que los constructores actuaron sin acatar la suspensión decretada, suspicaces como somos, llegamos a suponer que haya existido un arreglo “en lo oscurito” entre autoridad y dueños de la constructora. Claro, ambas partes lo negarán. Y más delante aparecerán los presuntos responsables amparados (si es que aparecen, ahí tenemos el caso del Rébsamen). Y en que la bolita sube y baja, pasa el tiempo y se consolida la impunidad. Cuando mucho, tal vez opten por encarcelar al “maistro” de obra, para evitar que se diga que no actuaron.

Hay al menos siete familias desechas en lo moral y probablemente en lo económico, pues –otra vez la maldita suspicacia mía--, si la constructora actuaba al margen de la ley, ¿cómo podría tener a los trabajadores inscritos en el Seguro Social?...

Queremos creer que el gobierno de López Obrador busca mostrar una cara humana y que tendrá la sensibilidad para acercarse al ciudadano que cuenta con menos voz.

Sin embargo hay momentos cuando yo en lo particular lo dudo, ya sucedió en el estado de San Luis Potosí, el rechazo que la ciudadanía mostró por el delegado estatal que AMLO pretende imponer, fue acallado con un “no me importa” por parte del presidente electo.

Cerramos con lo que ya hemos comentado en ocasiones previas. Resulta ocioso señalar con dedo flamígero irregularidades que ocurren más allá de nuestro entorno personal, si dicho señalamiento no se acompaña de acciones propias en la esfera inmediata. Cuando soborno a la autoridad; cuando consigo mediante un arreglo económico aquello que por norma no se puede. Cuando actúo anteponiendo mi beneficio personal a la aplicación general de la ley, sin tomar en cuenta las potenciales consecuencias, nada mejora.

El alto costo de la impunidad no solo se mide en términos de pesos y centavos, sino en cuanto a respeto, dignidad y justicia social. Ahí está el cambio que queremos empezar a ver.
https://contraluzcoah.blogspot.com/
07 Octubre 2018 04:00:00
LO QUE NO SE VALE
La nota de la semana ha sido la boda de César Yáñez, cercano colaborador del presidente electo Andrés Manuel López Obrador. Fastuoso evento del cual obra detallada crónica en la revista española Hola, muy al estilo de los agasajos de personajes del PRIAN, que en otras circunstancias los propios integrantes de Morena habrían criticado hasta el cansancio.

Quienes saben del asunto calculan que se gastaron aproximadamente 10 millones de pesos, que en teoría habrán salido del bolsillo de un funcionario que en nómina cotiza poco menos de 40 mil pesos al mes. La novia desciende de familias adineradas, y tal vez fue ella la que corrió con los gastos del evento. Aun así es una fiesta que choca de frente con la austeridad que se ha anunciado como distintivo de Morena. Al ser cuestionado, AMLO dijo que no fue él quien se casó, y tiene razón. Sin embargo hay que señalar que hubo falta de prudencia por parte del novio, o corta visión del partido, para vislumbrar que un evento así, constituiría un autogol.

En nuestros tiempos hay valores que peligran frente al alto oleaje de las conveniencias personales, valores que de repente acaban por sucumbir. Uno de ellos, que vemos poco entre figuras públicas, se denomina “congruencia”. Se pasa por alto que todo aquel que, por su posición o por su oficio, se halla expuesto ante la mirada de los demás, adquiere un compromiso frente a ellos, el de ser congruente entre lo que dice y lo que hace; entre lo que predica y lo que asume como conducta personal. Vemos con tristeza que son cada vez menos las figuras públicas ejemplares que practican esta congruencia en cada momento de su existencia.

A lo largo de nuestra vida podremos contar con los dedos de una mano aquellos seres humanos que constituyen verdaderos paradigmas de los cuales aprender el delicado arte de vivir. En mi caso particular (dentro del periodismo) mi maestro por excelencia es don Jorge Villegas (+). No recuerdo haber conocido a alguien más convencido de tatuarse sus propias palabras para vivirlas en el día a día, sin dobleces ni falsas posturas. Un ser humano que obraría igual estando a la vista de todos que en la total soledad del desierto. Sé que fue un maestro que nos marcó a muchos de sus seguidores, tanto, que al menos cada ocho días, cuando planeo mi colaboración semanal, siento su presencia buena y sabia a mi lado.

Volviendo a la política, aquellos que ahora se dicen dispuestos a emprender un cambio de raíz en nuestro México, necesitan cuidar cada paso que dan. Hoy más que nunca requieren ser congruentes siempre y con todo. Que los subalternos le cuiden las espaldas al de arriba, y que haya una planeación estratégica para evitar episodios tan desafortunados como este. Además, hay que decirlo, nosotros los ciudadanos, y muy en particular quienes no votamos por AMLO, estaremos vigilando el desarrollo del cambio anunciado. Queremos otorgar el beneficio de la duda a ese proyecto de nación tan novedoso, y vamos a demandar que cumplan lo que prometieron.

Si por mi ocupación me corresponde estar como autoridad frente a un grupo, adquiero lo que debería ser entendido como una misión sagrada frente a ellos. Sea como padre, maestro; sacerdote, ministro; o bien como político. Yo debo de ser el primero en cumplir al cien por ciento aquello que pienso exigir a los demás, y de ninguna manera cobijarme bajo el manto de la autoridad para eximirme de dicho cumplimiento. Los demás están depositando su confianza en mí, y no se vale traicionarlos. Por último, para evitar malentendidos, habría que aplicar la regla elemental que señala “no hacer cosas buenas que parezcan malas”.

Cada palabra, cada acto me comprometen frente a los demás. Si por mi actividad soy figura pública, el radio que abarcan mis palabras y mis actos se amplía, y con ello crece mi responsabilidad. No se valen descuidos ni improvisaciones frente a un pueblo tan dolido como el nuestro.
07 Octubre 2018 04:00:00
Lo que no se vale
La nota de la semana ha sido la boda de César Yáñez, cercano colaborador del presidente electo Andrés Manuel López Obrador. Fastuoso evento del cual obra detallada crónica en la revista española “HOLA”, muy al estilo de los agasajos de personajes del PRIAN, que en otras circunstancias los propios integrantes de MORENA habrían criticado hasta el cansancio.

Quienes saben del asunto calculan que se gastaron aproximadamente 10 millones de pesos, que en teoría habrán salido del bolsillo de un funcionario que en nómina cotiza poco menos de $40,000 pesos al mes. La novia desciende de familias adineradas, y tal vez fue ella la que corrió con los gastos del evento. Aún así es una fiesta que choca de frente con la austeridad que se ha anunciado como distintivo de MORENA. Al ser cuestionado, AMLO dijo que no fue él quien se casó, y tiene razón. Sin embargo hay que señalar que hubo falta de prudencia por parte del novio, o corta visión del partido, para vislumbrar que un evento así, constituiría un autogol.

En nuestros tiempos hay valores que peligran frente al alto oleaje de las conveniencias personales, valores que de repente acaban por sucumbir. Uno de ellos, que vemos poco entre figuras públicas, se denomina “congruencia”. Se pasa por alto que todo aquel que, por su posición o por su oficio, se halla expuesto ante la mirada de los demás, adquiere un compromiso frente a ellos, el de ser congruente entre lo que dice y lo que hace; entre lo que predica y lo que asume como conducta personal. Vemos con tristeza que son cada vez menos las figuras públicas ejemplares que practican esta congruencia en cada momento de su existencia.

A lo largo de nuestra vida podremos contar con los dedos de una mano aquellos seres humanos que constituyen verdaderos paradigmas de los cuales aprender el delicado arte de vivir. En mi caso particular –dentro del periodismo—mi maestro por excelencia es Don Jorge Villegas (+). No recuerdo haber conocido alguien más convencido de tatuarse sus propias palabras para vivirlas en el día a día, sin dobleces ni falsas posturas. Un ser humano que obraría igual estando a la vista de todos que en la total soledad del desierto. Sé que fue un maestro que nos marcó a muchos de sus seguidores, tanto, que al menos cada ocho días, cuando planeo mi colaboración semanal, siento su presencia buena y sabia a mi lado. Don Jorge, quien –por su trayectoria intachable—constituirá de igual manera y por siempre un gran ejemplo para sus hijos y nietos.

Volviendo a la política, aquellos que ahora se dicen dispuestos a emprender un cambio de raíz en nuestro México, necesitan cuidar cada paso que dan. Hoy más que nunca requieren ser congruentes siempre y con todo. Que los subalternos le cuiden las espaldas al de arriba, y que haya una planeación estratégica para evitar episodios tan desafortunados como este. Además, hay que decirlo, nosotros los ciudadanos, y muy en particular quienes no votamos por AMLO, estaremos vigilando el desarrollo del cambio anunciado. Queremos otorgar el beneficio de la duda a ese proyecto de nación tan novedoso, y vamos a demandar que cumplan lo que prometieron.

A ratos pienso que la carrera de un político comienza en la peluquería, con el sastre y en un curso de dicción. Se prepara su imagen pública, se pule lo primitivo que pueda traer de fábrica, y se le coloca a la altura de quienes ya están dentro del sistema y aparecerán con él en la foto. Todo lo anterior para que no desentone. Pero aspectos como la ética y la sensibilidad ciudadana no parecen entrar en la fórmula, y para dar cuenta de ello tenemos una cantidad vergonzosa de políticos de todos los partidos, --eso sí, con ropa y calzado de importación--, que han saqueado a la nación de todas las formas posibles.

Vuelvo a ello, si por mi ocupación me corresponde estar como autoridad frente a un grupo, adquiero lo que debería ser entendido como una misión sagrada frente a ellos. Sea como padre, maestro; sacerdote, ministro; o bien como político. Yo debo de ser el primero en cumplir al cien por ciento aquello que pienso exigir a los demás, y de ninguna manera cobijarme bajo el manto de la autoridad para eximirme de dicho cumplimiento. Los demás están depositando su confianza en mí, y no se vale traicionarlos. Por último, para evitar malentendidos, habría que aplicar la regla elemental que señala “no hacer cosas buenas que parezcan malas”.

Cada palabra, cada acto me comprometen frente a los demás. Si por mi actividad soy figura pública, el radio que abarcan mis palabras y mis actos se amplía, y con ello crece mi responsabilidad. No se valen descuidos ni improvisaciones frente a un pueblo tan dolido como el nuestro.
https://contraluzcoah.blogspot.com/
30 Septiembre 2018 04:00:00
La afición: radiografía social
Esta vez fue en Monterrey, en las horas previas al Clásico entre Tigres y Rayados. El conductor de un vehículo arremete contra un grupo de aficionados del equipo contrario y se arma la trifulca. Un individuo es golpeado y lesionado de muerte con un “fondo de botella”.

Sucede en otras partes del mundo, sí. Pero que suceda aquí, es asunto nuestro. Para desgracia de todos los mexicanos, muy diversas actividades se han contaminado con esa violencia epidémica que da al traste con iniciativas de sano esparcimiento. Dentro del deporte, que en su origen era de corte familiar, se van infiltrando afanes perversos que lo corrompen. En ocasiones son sustancias tóxicas las que disparan esas conductas beligerantes, pero igual las vemos en individuos que no las han consumido. Pareciera que es la necesidad de liberar neuroquímicos que disparen las conductas antisociales (con la “emoción” que conllevan), es suficiente en este caso, para que los ataques entre jóvenes aficionados se sigan dando.

La familia ha sido el ideal que mueve a la civilización. Desde una residencia hasta una aspiradora; desde un viaje a la playa hasta un refrigerador, todo está inspirado en el bienestar familiar. Sin embargo este ideal se ha quedado en muchas ocasiones limitado a la esfera comercial. No ha regresado a su significado original, que es la búsqueda de una satisfacción global del núcleo familiar.

A pesar de mi poca afición a los partidos de futbol, no dejo de encontrar gratificante observar los grupos familiares que acuden al partido del domingo en apoyo a su afición. Muchos de ellos lo hacen uniformados con la playera de su equipo, desde el abuelo hasta el bebé de brazos. En torno a este ideal se va tejiendo toda una constelación de productos y servicios para exaltar el concepto de “diversión familiar” que el deporte del balompié debe representar. Sin embargo algo se rompe, o bien, no en todos los casos el deporte constituye un ideal familiar a desarrollar.

Como diría mi abuela Luz, para tener caldo de pollo, primero hay que tener el pollo. Esto es quizá el ideal de familia en torno al cual se teje la parafernalia comercial y mediática, simplemente no existe. La afición se compone de individuos provenientes de familias desintegradas o disfuncionales, que más que visualizar el deporte como una actividad cohesionadora, lo enfocan como un campo de batalla a donde ir a buscar esas emociones fuertes, que les hacen sentirse vivos. Más que el entusiasmo por apoyar sanamente a un equipo, tal vez estén generando acciones tribales de ataque contra aquel que no se identifica con su causa.

La enfermedad de México se manifiesta de muchas maneras. Cuando lo hace detrás de las puertas de la casa, quizá no nos enteremos. Cuando lo hace de manera pública es el momento para abordar el problema, no como un asunto de inseguridad que se combate con armas y sometimiento, sino como una cuestión social que debe resolverse desde sus orígenes.

Las dificultades económicas de una familia son un elemento que detona la disfunción. En tanto el dinero que ingresa al hogar no sea suficiente para cubrir las necesidades básicas de sus integrantes, va a haber problemas. En la medida en que la figura de los padres (por causas laborales) no se haga presente como debiera, los niños crecerán con necesidades no resueltas. Mientras no se entienda que el desarrollo de un niño va más allá de los aspectos físicos estaremos conformando sociedades insatisfechas. En tanto no midamos a las personas conforme a su valor intrínseco, seguiremos sintiendo la necesidad de acumular y enriquecernos para valer ante los demás.

no se trata de contar cuántos muertos llevamos y sentarnos a llorar. Se trata de volver la vista a lo nuestro, lo que hay dentro de las cuatro paredes del hogar, como los jueces más críticos. Así de sencillo.
30 Septiembre 2018 04:00:00
La afición: Radiografía social
Esta vez fue en Monterrey, en las horas previas al clásico entre Tigres y Rayados. El conductor de un vehículo arremete contra un grupo de aficionados del equipo contrario, y se arma la trifulca. Un individuo es golpeado y lesionado de muerte con un “fondo de botella”.

Sucede en otras partes del mundo, sí. Pero que suceda aquí, es asunto nuestro. Para desgracia de todos los mexicanos, muy diversas actividades se han contaminado con esa violencia epidémica que da al traste con iniciativas de sano esparcimiento. Dentro del deporte, que en su origen era de corte familiar, se van infiltrando afanes perversos que lo corrompen. En ocasiones son sustancias tóxicas las que disparan esas conductas beligerantes, pero igual las vemos en individuos que no las han consumido. Pareciera que es la necesidad de liberar neuroquímicos que disparen las conductas antisociales --con la “emoción” que conllevan--, es suficiente en este caso, para que los ataques entre jóvenes aficionados se sigan dando.

La familia ha sido el ideal que mueve a la civilización. Desde una residencia hasta una aspiradora; desde un viaje a la playa hasta un refrigerador, todo está inspirado en el bienestar familiar. Sin embargo este ideal se ha quedado en muchas ocasiones limitado a la esfera comercial. No ha regresado a su significado original, que es la búsqueda de una satisfacción global del núcleo familiar.

A pesar de mi poca afición a los partidos de futbol, no dejó de encontrar gratificante observar los grupos familiares que acuden al partido del domingo en apoyo a su afición. Muchos de ellos lo hacen uniformados con la playera de su equipo, desde el abuelo hasta el bebé de brazos. En torno a este ideal se va tejiendo toda una constelación de productos y servicios para exaltar el concepto de “diversión familiar” que el deporte del balompié debe representar. Sin embargo algo se rompe, o bien, no en todos los casos el deporte constituye un ideal familiar a desarrollar.

Como diría mi abuela Luz, para tener caldo de pollo, primero hay que tener el pollo. Esto es, quizá el ideal de familia en torno al cual se teje la parafernalia comercial y mediática, simplemente no existe. La afición se compone de individuos provenientes de familias desintegradas o disfuncionales, que más que visualizar el deporte como una actividad cohesionadora, lo enfocan como un campo de batalla a donde ir a buscar esas emociones fuertes, que les hacen sentirse vivos. Más que el entusiasmo por apoyar sanamente a un equipo, tal vez estén generando acciones tribales de ataque contra aquel que no se identifica con su causa.

En Pediatría es muy común encontrar que el niño pequeño que se deprime, se torna violento. Dado lo anterior, para resolver el problema no se trata de aplacar el enojo sino de tratar la depresión. Algo parecido puede estar ocurriendo con buena parte de esos individuos violentos, que andan buscando pleito, simplemente para salir por un rato de su abatimiento y sentir que existen. Además, otro mecanismo fundamental, esa identificación con el grupo satisface por un rato su empobrecido sentido de pertenencia. Como haría una pandilla de niños, unirse en la “travesura” de atacar a los contrarios y hacer valer su postura, les concede valía frente a la vida.

La enfermedad de México se manifiesta de muchas maneras. Cuando lo hace detrás de las puertas de la casa, quizá no nos enteremos. Cuando lo hace de manera pública es el momento para abordar el problema, no como un asunto de inseguridad que se combate con armas y sometimiento, sino como una cuestión social que debe resolverse desde sus orígenes.

Las dificultades económicas de una familia son un elemento que detona la disfunción familiar. En tanto el dinero que ingresa al hogar no sea suficiente para cubrir las necesidades básicas de sus integrantes, va a haber problemas.

En la medida en que la figura de los padres –por causas laborales-- no se haga presente como debiera, los niños crecerán con necesidades no resueltas. Mientras no se entienda que el desarrollo de un niño va más allá de los aspectos físicos, y que hay esferas que deben de abordarse con suficiente cuidado y oportunidad, estaremos conformando sociedades insatisfechas, constituidas por individuos que salen a buscar emociones fuertes para sentir que valen. En tanto no midamos a las personas conforme a su valor intrínseco, seguiremos sintiendo la necesidad de acumular y enriquecernos para valer ante los demás.

Finalmente, no se trata de contar cuántos muertos llevamos y sentarnos a llorar.

Se trata de volver la vista a lo nuestro, lo que hay dentro de las cuatro paredes del hogar, como los jueces más críticos. Así de sencillo.

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23 Septiembre 2018 04:00:00
Con alas de albatros
Hace algunos días, durante una tormenta se fue la energía eléctrica en casa, y de golpe me percaté hasta qué punto los seres humanos del siglo 21 nos hemos vuelto dependientes de ella. Ya caía la tarde, y de momento me hallé sin mucho que hacer dentro de casa, con calor (por la falta de aire acondicionado), con las ideas flotando en la nada, sin poder concretarlas por escrito, y sin cómo leer, salvo que lo hiciera bajo la titilante llama de una vela. Fue entonces cuando caí en cuenta de qué tanto nos hemos despegado de los paradigmas de hace poco más de 100 años, cuando la caída de la tarde era ocasión para explorar el universo y entablar una comunicación humana enriquecedora.

Esos mismos avances tecnológicos han generado cambios en nuestra forma de ser y de relacionarnos con los demás, los que no siempre garantiza una mejor convivencia. Muchos de los dispositivos electrónicos tienden a aislarnos en mundos artificiales que nos roban mucho tiempo.

Pareciera que los adultos le tenemos mucho miedo a no saber manejar a los pequeños. Intentamos a toda costa llenar sus vidas con elementos que los mantengan ocupados, como si nos angustiara el que puedan reclamarnos por su tedio. Se nos olvida que cuando nosotros éramos pequeños, nuestros padres jamás tuvieron que mantener una función continua, no había fastidio, pues siempre hallábamos en qué ocupar nuestro tiempo. Llegaban la fantasía y la creatividad al rescate, y de alguna manera nuestros espacios se llenaban con elementos de la imaginación.

¿En qué momento se coló el sentimiento de culpa en nuestras vidas, ese que nos lleva a sentirnos en obligación de entretener a nuestros niños de manera constante? Como si fuéramos incapaces de estimularlos a crear sus mundos propios. Siendo que de esos mundos propios de la infancia se generan grandes habilidades en el ser humano, en particular las que tienen que ver con la creatividad. ¡Vaya! Cuando leemos biografías de diversos artistas nos hallamos con un sustrato que pocas veces falla. Suelen mencionar sus inicios en el arte a partir de experiencias de su infancia temprana.

Por citar algunos, está Carlos Fuentes en las reuniones de artistas e intelectuales en su casa paterna, mismas que despertaron su gusto por conocer y su refinamiento estilístico. Las tardes que pasó Gabriel García Márquez de pequeño en casa de los abuelos Gabriel y Tranquilina, rodeado de historias y fábulas que despertaron su imaginación. O bien los recorridos en tren que emprendió Pablo Neruda de niño a través de las riberas del río Cautín, en su natal Chile. Si todos ellos, de niños, hubieran tenido en las manos un teléfono celular que los mantuviera absortos, con seguridad nos habríamos perdido de grandes obras literarias.

Un rasgo distintivo de los niños y jóvenes actuales, es su baja tolerancia a la frustración. Nuestra forma de crianza ha generado chicos que no saben ser pacientes, y que esperan ver cualquier problema resuelto a la primera y justo como ellos lo desean.

Buscando la forma de entender esta problemática se antojan diversas causas. Lo primero sería que como cada hijo (al menos en teoría), obedece a un embarazo planeado y deseado, nos sentimos en obligación de rendir pleitesía al vástago que trajimos al mundo con pleno conocimiento de causa. Otra razón sería que como las familias de hoy en día son pequeñas, los niños tienen menos hermanos con quienes jugar, y se nos carga la culpa. Cualquiera que sea la razón, la verdad es que estamos cortándoles las alas a nuestros críos, cuando ellos tienen todo el derecho a volar con alas de albatros.

Dejemos de ver al niño como el pendiente de este instante, y comencemos a enfocarlo como el proyecto de ser humano para el que vino al mundo. Evitemos hallar en él ese asunto temporal por apaciguar, y visualicémoslo desde pequeño como esa persona que va a dejar huella de su paso, a través de su propio ingenio creativo, desde hoy y para siempre.
23 Septiembre 2018 04:00:00
Con alas de albatros
Hace algunos días, durante una tormenta se fue la energía eléctrica en casa, y de golpe me percaté hasta que punto los seres humanos del siglo veintiuno nos hemos vuelto dependientes de ella para nuestro diario actuar. Ya caía la tarde, y de momento me hallé sin mucho que hacer dentro de casa, con calor (por la falta de aire acondicionado), con las ideas flotando en la nada, sin poder concretarlas por escrito, y sin cómo leer, salvo que lo hiciera bajo la titilante llama de una vela. Fue entonces cuando caí en cuenta que tanto nos hemos despegado de los paradigmas de hace poco más de cien años, cuando la caída de la tarde era ocasión para explorar el universo y entablar una comunicación humana enriquecedora.

Esos mismos avances tecnológicos han generado cambios en nuestra forma de ser y de relacionarnos con los demás, los que no siempre garantiza una mejor convivencia. Muchos de los dispositivos electrónicos tienden a aislarnos en mundos artificiales que nos roban mucho de nuestro tiempo y de nuestro entendimiento.

Pareciera que los adultos le tenemos mucho miedo a no saber manejar a los pequeños. Intentamos a toda costa llenar sus vidas con elementos que los mantengan ocupados, como si nos angustiara el que puedan reclamarnos por su tedio. Se nos olvida que cuando nosotros éramos pequeños, nuestros padres jamás tuvieron que mantener una función continua, no había fastidio, pues siempre hallábamos en qué ocupar nuestro tiempo. Llegaban la fantasía y la creatividad al rescate, y de alguna manera nuestros espacios se llenaban con elementos de la imaginación. Los objetos triviales adquirían formas y funciones mágicas, y armábamos historias entretenidas que nos daban para rato.

¿En qué momento se coló el sentimiento de culpa en nuestras vidas, ese que nos lleva a sentirnos en obligación de entretener a nuestros niños de manera constante? Como si fuéramos incapaces de estimularlos a crear sus mundos propios. Siendo que de esos mundos propios de la infancia se generan grandes habilidades en el ser humano, en particular las que tienen que ver con la creatividad. !Vaya! Cuando leemos biografías de diversos artistas nos hallamos con un sustrato que pocas veces falla. Suelen mencionar sus inicios en el arte a partir de experiencias de su infancia temprana. Por citar algunos, está Carlos Fuentes en las reuniones de artistas e intelectuales en su casa paterna, mismas que despertaron su gusto por conocer y su refinamiento estilístico. Las tardes que pasó Gabriel García Márquez de pequeño en casa de los abuelos Gabriel y Tranquilina, rodeado de historias y fábulas que despertaron su imaginación. O bien los recorridos en tren que emprendió Pablo Neruda de niño a través de las riberas del río Cautín, en su natal Chile. Si todos ellos, de niños, hubieran tenido en las manos un teléfono celular que los mantuviera absortos, con seguridad nos habríamos perdido de grandes obras literarias.

Un rasgo distintivo de los niños y jóvenes actuales, es su baja tolerancia a la frustración. Nuestra forma de crianza ha generado chicos que no saben ser pacientes, y que esperan ver cualquier problema resuelto a la primera y justo como ellos lo desean. Los adultos a ratos parecemos empeñados en allanarles el camino antes de que coloquen el pie sobre el mismo, como si quisiéramos evitarles hasta el mínimo contratiempo. Corremos a resolverles cualquier problema que se les presente, apagando con ello creatividad y tolerancia, dos elementos que les harán mucha falta en su vida futura, cuando los papás ya no estemos para llevarlos entre sedas.

Buscando la forma de entender esta problemática se antojan diversas causas. Lo primero sería que como cada hijo --al menos en teoría--, obedece a un embarazo planeado y deseado, nos sentimos en obligación de rendir pleitesía al vástago que trajimos al mundo con pleno conocimiento de causa. Otra razón sería que como las familias de hoy en día son pequeñas, los niños tienen menos hermanos con quienes jugar, y se nos carga la culpa. Una más es que no queramos dejarlos ir cuando crezcan, y de manera inconsciente los educamos para que sigan dependiendo de nosotros por siempre jamás. Cualquiera que sea la razón, la verdad es que estamos cortándoles las alas a nuestros críos, cuando ellos tienen todo el derecho a volar con alas de albatros.

Dejemos de ver al niño como el pendiente de este instante, y comencemos a enfocarlo como el proyecto de ser humano para el que vino al mundo. Evitemos hallar en él ese asunto temporal por apaciguar, y visualicémoslo desde pequeño como esa persona que va a dejar huella de su paso, a través de su propio ingenio creativo, desde hoy y para siempre
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16 Septiembre 2018 04:00:00
Vivir México
“La narrativa debe de ser provocación, seducción y violencia”. Propuesta del escritor Eduardo Antonio Parra, autor del libro: Norte: Una Antología, durante la sesión acerca de Narrativa del Norte, dentro de los trabajos del Diplomado de Literatura del siglo XX. Él se refirió a la literatura publicada en lo que va del presente siglo, por escritores del norte del país que iniciaron publicando desde sus respectivos estados, y han dado el salto para hacerlo con reconocidas casas editoriales.

No dejó de sorprenderme reparar en que la literatura en boga está cargada de violencia. Y como el mismo Parra mencionara, es lo que más se lee por ser lo que prevalece en el ambiente. Interpreté sus palabras como diciendo: leer sobre la violencia pudiera ser una forma de tratar de entenderla.

La invitación que hace el maestro a los narradores es muy simple: generar literatura que ponga en entredicho el mundo de valores del lector. Que le genere sacudidas a la moral, que lo saque de su zona de confort para llevarlo a repensar su realidad.

En verdad que vivimos en una época en la cual priva la violencia de todos los tipos y grados posibles. Violencia contra la propia persona: elevación en tasa de adicciones y de suicidios, sobre todo en adolescentes. Violencia en la pareja, ya sea de tipo físico o sicológico, que lleva a un aumento en el índice de divorcios en los dos primeros años de casados. Violencia ciudadana, para ejemplo los grupos de choque, los linchamientos y los ataques directos en contra de personajes y sus familiares, incluyendo niños pequeños. La violencia se impone de manera ciega, de suerte que para cada uno de nosotros, llegar al final del día sin haber perecido, es de por sí todo un logro.

Otro elemento que contribuye a hacer del nuestro un ambiente hostil: nos hemos vuelto desconfiados, recelamos de todo y de todos. Actuamos partiendo del principio que señala “Piensa mal y acertarás”, de modo que vamos generando un ambiente agrio y tóxico en el que se vuelve poco grato convivir. Las actividades del día a día llevan una dosis de hostilidad, como si esta fuera un sello propio de la época.

A ratos volteamos a preguntarnos qué podemos hacer para cambiar el estado de cosas, y por lo general nos quedamos con la gran interrogante sin ser contestada. No parece haber manera de poner una solución a la forma precipitada de actuar que priva en gran parte de las actividades humanas. Habrá que decir entonces, que nos toca mirarnos al espejo para entender que el único cambio está en esa persona que se mira reflejada. En la medida en que comencemos a ver las cosas de otra manera, podrá darse el cambio que buscamos.

Alguien utiliza maneras poco amables hacia nosotros. Tenemos dos opciones, manejar modos igual de poco amables o peores todavía, o bien romper ese círculo tomando las cosas con filosofía, entendiendo que de mí depende que ese trato hostil me afecte o no. Aún más, podemos corresponder a esa falta de gentileza con un gesto amable. De seguro no va a tener impacto inmediato en la otra persona, pero sí acumulativo. En la medida en que sea más numeroso el grupo de quienes corresponden a sus groserías con una actitud distinta, el hostil va a captar el mensaje.

Otra forma es hacer grupos de apoyo moral. Rodearnos de personas que saben ser amables y alegres, y que encuentran cómo destacar lo bueno de cada situación. Esos núcleos de amigos constituirán un maravilloso espacio a donde encontrarnos para reforzarnos y enriquecernos.

Cierto, vivir en México no es fácil. Necesitamos mantener las antenas en alerta para detectar cualquier elemento dañino en potencia. Además, de modo constante, habremos de realizar un ejercicio de análisis en cada situación, frente a distintos personajes; una forma de autodefensa que (en quienes hemos vivido toda una vida en este país), se practica de forma automática, sin acaso percatarnos de ello. Triste decirlo, es una realidad de la que no podemos deshacernos de un solo golpe. Mas no permitamos que la misma nos impida disfrutar todo lo que da a nuestra patria su esencia.

Quizá la violencia siga siendo materia prima para la narrativa, una forma de tratar de entender aquello que nos rodea. Cuidemos de que esta misma violencia no intoxique los estados de ánimo, las relaciones interpersonales o la consecución de nuestros proyectos de vida. Sea –pues-- como el chile, ese elemento que llevado con moderación exalta los sabores de nuestra cocina regional, cuidando de no caer en el exceso que apaga con su fuego la sazón típica. ¡Y a vivir México!
15 Septiembre 2018 04:00:00
Vivir méxico
“La narrativa debe de ser provocación, seducción y violencia”. Propuesta del escritor Eduardo Antonio Parra, autor del libro: “Norte: Una Antología”, durante la sesión acerca de Narrativa del Norte, dentro de los trabajos del Diplomado de Literatura del siglo XX. Él se refirió fundamentalmente a la literatura publicada en lo que va del presente siglo, por escritores del norte del país que iniciaron publicando desde sus respectivos estados, y han dado el salto para hacerlo con reconocidas casas editoriales.

No dejó de sorprenderme reparar en que –efectivamente—la literatura en boga está cargada de violencia. Y como el mismo Parra mencionara, es lo que más se lee por ser lo que prevalece en el ambiente. Interpreté sus palabras como diciendo: Leer sobre la violencia pudiera ser una forma de tratar de entenderla.

La invitación que hace el maestro a los narradores es muy simple: Generar literatura que ponga en entredicho el mundo de valores del lector. Que le genere sacudidas a la moral, que lo saque de su zona de confort para llevarlo a repensar su realidad.

En verdad que vivimos en una época en la cual priva la violencia de todos los tipos y grados posibles. Violencia contra la propia persona: Elevación en tasa de adicciones y de suicidios, sobre todo en adolescentes. Violencia en la pareja, ya de tipo físico o sicológico, que lleva a un aumento en el índice de divorcios en los dos primeros años de casados. Violencia ciudadana, para ejemplo los grupos de choque, los linchamientos y los ataques directos en contra de personajes y sus familiares, incluyendo niños pequeños. La violencia se impone de manera ciega, de suerte que para cada uno de nosotros, llegar al final del día sin haber perecido, es de por sí todo un logro.

Otro elemento que contribuye a hacer del nuestro un ambiente hostil: Nos hemos vuelto desconfiados, recelamos de todo y de todos. Actuamos partiendo del principio que señala “Piensa mal y acertarás”, de modo que vamos generando un ambiente agrio y tóxico en el que se vuelve poco grato convivir. Las actividades del día a día llevan una dosis de hostilidad, como si esta fuera un sello propio de la época.

A ratos volteamos a preguntarnos qué podemos hacer para cambiar el estado de cosas, y por lo general nos quedamos con la gran interrogante sin ser contestada. No parece haber manera de poner una solución a la forma precipitada de actuar que priva en gran parte de las actividades humanas. Habrá que decir entonces, que nos toca mirarnos al espejo para entender que el único cambio está en esa persona que se mira reflejada. En la medida en que comencemos a ver las cosas de otra manera, podrá darse el cambio que buscamos.

Alguien utiliza maneras poco amables hacia nosotros. Tenemos dos opciones, manejar modos igual de poco amables o peores todavía, o bien romper ese círculo tomando las cosas con filosofía, entendiendo que de mí depende que ese trato hostil me afecte o no. Aún más, podemos corresponder a esa falta de gentileza con un gesto amable. De seguro no va a tener impacto inmediato en la otra persona, pero sí acumulativo. En la medida en que sea más numeroso el grupo de quienes corresponden a sus groserías con una actitud distinta, el hostil va a captar el mensaje. Recordemos que el río alisa las piedras de tanto pasar con sus aguas sobre ellas.

Otra forma es hacer grupos de apoyo moral. Rodearnos de personas que saben ser amables y alegres, y que encuentran cómo destacar lo bueno de cada situación. Esos núcleos de amigos constituirán un maravilloso espacio a donde encontrarnos para reforzarnos y enriquecernos.

Cierto, vivir en México no es fácil. Necesitamos mantener las antenas en alerta para detectar cualquier elemento dañino en potencia. Además, de modo constante, habremos de realizar un ejercicio de análisis en cada situación, frente a distintos personajes; una forma de autodefensa que --en quienes hemos vivido toda una vida en este país--, se practica de forma automática, sin acaso percatarnos de ello. Triste decirlo, es una realidad de la que no podemos deshacernos de un solo golpe. Mas no permitamos que la misma nos impida disfrutar todo lo que da a nuestra patria su esencia tan particular.

Quizá la violencia siga siendo materia prima para la narrativa, una forma de tratar de entender aquello que nos rodea. Cuidemos de que esta misma violencia no intoxique los estados de ánimo, las relaciones interpersonales o la consecución de nuestros proyectos de vida. Sea –pues-- como el chile, ese elemento que llevado con moderación exalta los sabores de nuestra cocina regional, cuidando de no caer en el exceso que apaga con su fuego la sazón típica. ¡Y a vivir México!

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09 Septiembre 2018 04:00:00
En el espejo o por el trabajo
Los eventos de la semana bien podían ser partes de una novela negra. Así –en este tono—parece escribirse la historia de México en los últimos tiempos.

“Los diablitos”, pre-adolescentes asaltantes profesionales en la ciudad de México no pueden ser procesados. Ni siquiera se contempla llamar la atención a sus padres, quienes califican los delitos de sus hijos como “travesuras”.

En las instalaciones de la UNAM los porros atacan a estudiantes que se manifestaban pacíficamente. Durante 50 años –al menos—estos agitadores han hecho de las suyas. Nadie parece poder contenerlos, de modo que su coto de poder aumenta. Un caso notable es la toma del Auditorio Justo Sierra, de la Facultad de Filosofía y Letras, que desde el 2000 –tras su toma—cambia de nombre a “Ernesto Che Guevara”, para convertirse en centro de operaciones de grupos facciosos. Circula un video en el cual uno de estos grupos somete a un contingente estudiantil a choques eléctricos dentro de un cuerpo de agua. Lo increíble es que los vigilantes de la propia universidad –según las imágenes—lejos de actuar para controlar la violencia, alientan y protegen a los delincuentes. Ahora el rector Enrique Graue destituyó al coordinador operativo de la UNAM. Esperemos que sea el inicio de la desarticulación de una mafia maligna como hidra.

En el estado de Veracruz descubren una nueva fosa, con 166 cráneos humanos. A ratos siento que por estas masacres y enterramientos masivos estamos superando los genocidios nazis. La imaginación me lleva a visualizar cómo habrán asesinado seres humanos, luego cargaron los cuerpos en cajas de vehículos motorizados, para finalmente descargarlos en fosas clandestinas del demonio, como si todos esos seres humanos jamás hubieran existido.

El elemento que prevalece en los tres casos mencionados es el vacío de autoridad. Maquillado como proteccionismo, paternalismo o supina ignorancia, pero en el fondo es una incapacidad para ejercer la autoridad, trabajo por el que cobran un sueldo.

Los mexicanos somos muy dados a la complicidad. Vemos a alguien cometiendo un ilícito y actuamos, desde fingir que no nos damos cuenta, hasta la sonrisa socarrona de complicidad, con el mensaje: “Bien por ti”. Sucede en sitios públicos, sucede en los aparatos de gobierno, en el sistema escolarizado y demás. La voz crítica que surge señalando aquella falta será acallada, o al menos marginada, reprochándole su rigidez y falta de solidaridad
El Dr. Ángel Martínez Maldonado (+), delegado del IMSS en Coahuila, mi jefe años atrás, ponía un ejemplo muy simple: “Si el de arriba permite que los de abajo roben, es porque está involucrado”. Frase que tiene aplicación en muy diversos campos del quehacer humano. Tal vez, por otorgar el beneficio de la duda a algunos, diríamos, “O roba, o es incapaz de ejercer el mando.” Y como –por desgracia—muchos puestos se otorgan por factores ajenos a la capacidad de un individuo para ejercerlos, el problema está lejos de controlarse.

Apoyar a los padres de los “traviesos” que asaltan en lugar de terminar la primaria, es una forma de perpetuar el problema, de englobarlo en eufemismos, de actuar en contra de la justicia social. Los chicos seguirán delinquiendo, los padres fingiendo, la sociedad padeciendo, y lejos de cambiar, el asunto se habrá agravado.

¿Se requerirá blindar el hermoso campus de la UNAM para desterrar porros? ¿Qué no habrá manera de vigilar el movimiento humano dentro de las instalaciones; detectar elementos ajenos al estudio, y ejercer las acciones necesarias para retirarlos? Pero sobre todo, llegar al núcleo del asunto. Si estos facciosos están ahí, no es por convicciones doctrinarias sino por beneficios económicos.

Entonces habrá que investigar quién los subvenciona, con cuál dinero y por qué razón.

Muy doloroso concluir que en ciertas regiones del país hay sembrados más huesos que granos de maíz, y que pese a ello no hay una sistematización científica competente para agilizar los trámites forenses de identificación. Miles de familias peregrinan en busca de sus muertos y desaparecidos, y no hay manera de responder a sus terribles interrogantes. Como si fueran dolientes de segunda o de tercera, sin derecho a cerrar círculos y llorar a sus muertos de forma digna.

Los economistas podrán señalar al Neoliberalismo. Los profesionales de la salud mental al narcisismo. Los tecnólogos a las redes sociales. Yo –simple humana-- pienso que los afanes de poseer y de figurar nos han vuelto crueles en nuestra indiferencia hacia las causas ajenas. Como la madrastra de Blanca Nieves, ocupamos la vida en hacer preguntas huecas al espejo, en lugar de trabajar por un México mejor para todos.
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02 Septiembre 2018 04:00:00
La decisión de jamel
Algo no está funcionando bien. La vida avanza a un paso más acelerado que nosotros los humanos, y de repente nos hallamos desfasados, pudiera decirse que hasta perdidos en el vórtice del tiempo.

Jamel Myles, de 9 años oriundo de Denver, Colorado concluye que es “gay”, su familia lo apoya, él se siente orgulloso de su condición, y lo comunica a sus compañeros de clase quienes lo acosan, hasta que finalmente se suicida. Veo un pequeño que todavía no termina de mudar sus dientes de leche, tomando decisiones por sí mismo, frente a un mundo poco empático. Un niño que aprendió a leer hace 3 o 4 años decidiendo que se quita la vida, y todo un sistema que falló en estar ahí para evitarlo.

En estos días recibo información sobre un libro que –debo decirlo—me apena descubrir que no conocía, pues tiene al menos un par de años circulando. Es de la colección de Disney, se intitula “Gravity Falls, Diario 3”, está escrito para niños mayores de 9 años –justo la edad de Jamel-- y en uno de sus párrafos, dice a la letra: “Nota a mí mismo: Poseer a las personas es lo más divertido. Existen miles de sensaciones que me he perdido durante todo este tiempo: quemarme, apuñalarme, ahogarme. ¡Es como una barra libre de diversión!”

Algo está fallando en nuestra sociedad. Cuando cargamos a un niño con responsabilidades de adulto. Cuando no detectamos cómo está interactuando con su medio, con la oportunidad necesaria para evitar una tragedia. Cuando le regalamos un libro de ficción entre cuyas líneas se detectan mensajes poco sanos para un pequeño lector. Así resulte que los chicos saben más de computación que nosotros, no podemos descargar nuestra responsabilidad de vigilancia en ellos mismos. Todos los contenidos están en línea, a un clic de distancia, y si no cuidamos aquello a lo que los niños acceden, estamos pecando de irresponsables.

Ahora bien, con relación a la homosexualidad, viene a mi mente el reciente caso del conductor Mauricio Clark, que ha proclamado a los cuatro vientos que siempre no es gay, y que la homosexualidad es una moda, como podría ser traer el pelo pintado o las cejas gruesas. Su testimonio da cuenta de algo elemental, la sexualidad es algo serio, y los devaneos que pueden ocurrir en la adolescencia con uno u otro sexo, no son definitorios de una identidad sexual. Una sociedad que apoya la diversidad de género desde que el niño está en la cuna, por supuesto que se inclinará a aceptar sin problema que si el muchachito de 11 años decide someterse a tratamiento hormonal o quirúrgico para modificar sus genitales, pueda hacerlo.

Hay que decirlo, estamos construyendo una sociedad demasiado enfocada en lo sexual, un universo dentro del cual se concede una carga desmedida a los contenidos eróticos, de manera que el niño está más preocupado por definir si se siente “hétero” o gay, que por explorar qué disciplinas le gustan, o qué quiere ser cuando crezca. En este contexto se vuelve primordial para él (o ella) explorar cómo se siente entre los niños o entre las niñas, si le gusta usar tutú y moños en la cabeza, o vestir como carbonero. En un mundo en el que priva la imagen, saber cómo se luce frente al mundo, o cuidar lo que otros ven en su persona, termina siendo la prioridad para el niño o la niña, y es finalmente lo que termina por definirlo como ser humano.

Algo está fallando cuando presentamos a los chicos un panorama tan desolador, que les lleva a concluir que la salida ante cualquier problema que se vislumbra difícil, es la muerte, ya sea la propia o la de aquel que nos está generando dificultades. La vida ha perdido su trascendencia, es moneda de cambio en cualquier esquina. El comportamiento de muchos grupos de población indica que el recurso más a la mano, para terminar con un problema es matar o morir, así de simple.

Acaba de suceder, primero en el estado de Puebla y ahora en el de Hidalgo. Una turba toma la ley por propia mano, para atacar y matar con salvajismo a aquellos que “alguien” –no sabemos quién—vociferó señalando como culpables. Peor que circo romano, porque en este caso no era admisible votar a favor de la vida, la consigna era matar con violencia desmedida. Todos los presentes en aquella turba son culpables, la realidad que no quiere asumirse. Nadie es culpable, la cómoda salida que invita a seguir haciéndolo, y que además permite a quienes participaron en el linchamiento, dormir con la conciencia tranquila y comulgar el domingo.

Algo no está bien. El vacío de poder genera un caos incontenible. La poca cercanía con nuestros niños los confunde en sus decisiones. Se consumen analizando aspectos que el propio tiempo definirá. Lo que no se vale es hacernos los desentendidos.

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26 Agosto 2018 04:00:00
La propuesta de Tolstoi
Acuérdate de que el tiempo más oportuno es el único inmediato, y es el más importante, porque es solamente en tal momento cuando somos los amos de nosotros mismos, y el hombre más necesario es aquel a quien se encuentra en este momento. Y la obra más importante es la de hacer el bien.

Este es el modo como concluye un cuento de León Tolstoi intitulado “Tres preguntas”, y que da pie a la presente colaboración.

Admiro la suerte de esas personas carismáticas, que consiguen nuevas oportunidades a lo largo del camino y que triunfan por ello. Pero más admiro a aquellas que no dependen de otra cosa más allá de su propia voluntad, y que después de la caída se levantan, recogen los pedazos del suelo y se reconstruyen, para volver a empezar.

La vida es para todos una sucesión de montes y valles. Tal vez suceda que cuando estamos en la cúspide del monte dejamos de percibirlo, y cuando toca que nos hallemos en el fondo de un valle, sentimos la urgente necesidad de salir de ahí, pero a veces no sabemos cómo hacerlo. Sin embargo así son las cosas, montes y valles son mutuamente necesarios, para mantener en nosotros una dimensión de lo que es vivir.

No deja de sorprenderme la velocidad a la que muchas personas pretenden conducirse por la vida, en particular cuando van sobre sus vehículos motorizados. Pareciera que avanzan enojados con todo y con todos, o partiendo de la idea de que sus prioridades personales se imponen sobre las de los demás, como hace un niño caprichoso en su patio de juegos. Otra posibilidad --al mirar a estas ráfagas humanas--, sería que actúan de este modo pues quisieran deshacerse del momento presente a la brevedad.

Para cualquier lugar donde observemos, hallaremos que cada cual va librando su propia batalla. Algunos lo hacen frente a actitudes personales que han de superar; otros enfrentan situaciones familiares difíciles, hacia las cuales habrán de mantenerse atentos. Hay quienes tienen frente a ellos problemas del exterior, cambiantes, novedosos, pero que requieren –todos ellos—aplicarse en resolver.

Mentiría quien dijera estar libre de problemas. O tal vez no se conoce lo suficiente como para entender que la necesidad de renovarse es permanente en nosotros, y que de igual modo como los árboles se desprenden del follaje viejo para volver a nacer en primavera, así nosotros habremos de sacudir nuestras ramas y deshacernos de lo caduco para comenzar a escribir una nueva página de nuestra historia personal, en la medida en que el paso del tiempo nos mantenga en el planeta.

Cabe señalar que la literatura de Tolstoi sufre un cambio importante, a partir de una profunda transformación espiritual suya como autor. Tanto cambia y a tal grado comienza a sentir la necesidad de hacer el bien, que incluso –próximo a su muerte-- intenta donar para la caridad su patrimonio familiar, algo que finalmente su esposa evita. De algún modo a lo largo de su extensa obra se va percibiendo ese cambio que lo lleva a morir ligero de apegos, en pleno invierno, en la estación de tren de Astápovo, algo muy simbólico, pues sería como el que parte a un nuevo destino, dejando atrás su vida anterior.

Uno de los males modernos para el alma, es perdernos en sufrimientos virtuales. Por los niños de Siria o los que padecen una orfandad impuesta en la frontera con los Estados Unidos, sollozamos, señalamos, proferimos, pero ahí nos quedamos. Nuestro tiempo se cicla alrededor de nuestro aparato electrónico, sin ir más allá, sin extender la mano para ayudar al huérfano o al pobre que tenemos cerca, en la colonia marginal, por las calles de la ciudad, en el exterior de los sitios públicos a donde vamos a divertirnos.

La propuesta de Tolstoi no es en absoluto la de privarnos de nuestras cosas para darlas a los más necesitados. Yo entiendo su exhortación como la de abrir la sensibilidad que llevamos encerrada en nuestro pecho, para emprender una actitud compasiva hacia quienes han sido menos afortunados que nosotros. Para de este modo, si ahora estamos en el monte de la buena fortuna, no dejemos de ver hacia abajo para socorrer a quienes sufren en un valle, ya por cuestiones emocionales, económicas o de salud. Salir de nuestra burbuja para voltear a ver alrededor y entender que está en nosotros la posibilidad de dar un poco de lo propio a favor de los demás. Que no se trata de anunciarlo ni de esperar agradecimiento, es un simple ejercicio de justicia social frente al cual tenemos oportunidad de crecer.

El momento de cada uno de nosotros va cambiando. Cuando puedas, no dudes en ayudar a hacer de este mundo algo mejor a través de acciones reales, inmediatas y tácitas, antes de que el tren llame a partir cuando llegue el invierno.

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19 Agosto 2018 04:00:00
¿Cuál es tu marca?
La vida es una sucesión interminable de satisfacciones y desaguisados. Vamos muriendo y renaciendo un poco cada vez, como dijera Amado Nervo, a manera de arquitectos de nuestro propio destino.

La anterior reflexión está dada por un chicle y una revisión de mis libros de Medicina. El paralelismo entre ambos, más que una coincidencia, es una razón para hacer un alto, reflexionar, y valorar más la vida.

En días pasados acudí con un par de amigas a una sala de cine de franquicia, a ver una simpática película de producción nacional. Me agrada el cine que se hace hoy en día, ya superada la época de ficheras y matones. Todo fue muy agradable hasta que –ya en casa—descubrí un chicle pegado en mi ropa que –me acabo de enterar-- también se adhirió al asiento que yo ocupé en el vehículo de mi amiga. Me sentí apenada por el daño que el pegote pudo haber provocado a la tapicería.

Quiero contrastar este incidente desagradable con lo que me sucedió la mañana siguiente. Estoy reorganizando mi biblioteca, y ahora tocó el turno a un librero que albergó por mucho tiempo los libros que utilicé durante mi carrera universitaria. Dado el poco uso que tienen en la era de la Internet, decidí donarlos para una buena causa. Fue una sensación única, colocarlos frente a mí, luego ir tomando uno por uno entre las manos, platicar con ellos como tantas veces lo habré hecho, pero esta vez para explicarles su nueva misión. Surgieron sentimientos encontrados al sopesarlos, hojearlos, olerlos, y fijar la vista en alguna de sus páginas haciendo que llegaran a mi memoria instantes que creía olvidados, y que –como por magia—fueron apareciendo. Aquello resultó una sesión de remembranzas, sonrisas y dulces evocaciones. Recordé maestros, compañeros de aula, anécdotas, y por supuesto el sacrificio que tuvieron que hacer mis padres para comprar cada uno de aquellos libros. En ese momento pude ver de qué manera tan distinta cada ser humano va dejando su propia marca en la vida, dando algo de sí mismo durante cada etapa.

Esos gestos de agresión velada, como sería el pegar intencionalmente un chicle en la butaquería de un cine, tal vez con la anticipación gozosa de imaginar lo que alguien va a sufrir, son signos claros de enojo con la vida. No se trata de una violencia directa contra alguien en específico por algo particular, sino que es una violencia anónima y perversa, un desfogue, hacer el mal por hacerlo.

En esta vida no actuamos para ser reconocidos, pero qué agradable es –como el caso de mis maestros, la mayoría de ellos fallecidos—recordar a un ser humano sintiendo la mayor gratitud hacia su persona, de modo que evocarlo nos permite esbozar una dulce sonrisa. Recuerdo que los emolumentos de nuestros maestros eran simbólicos, si ellos estaban allí cumpliendo era por amor al arte, sembrando en los alumnos el amor a la Medicina. Cada día que asistían a dar su clase, cada vez que nos estimulaban a aprender las materias, cada vez que se alegraban con nuestros logros, ellos emprendían un acto de amor por la vida. Hoy los recordamos con cariño, y conservamos sus muchas enseñanzas en el corazón.

Cualquiera es buen momento para hacer un alto y preguntarnos cuál es la marca que vamos dejando a nuestro paso. Medir cómo utilizamos el tiempo, qué proyecto de vida nos hemos trazado, y si lo vamos cumpliendo. Cuestionarnos con sinceridad cómo o para qué utilizamos la palabra, de qué modo nos relacionamos con los demás, o –siendo sinceros-- cuántas veces echamos mano de nuestros recursos de comunicación para actividades tan ociosas como atacar o murmurar.

Hoy en día, cuando el acceso a las redes sociales se ha generalizado, habría que preguntarnos de qué modo hacemos uso de ellas, o cuántos de los mensajes que reenviamos tienen un propósito y un sentido, o si estamos reenviando indiscriminadamente todo lo que nos llega.

En la medida en que el ser humano se considera auténtico y único, es como generará acciones de valor, que le permitan ir dejando huella de su paso por la vida. Tendrá la capacidad de definirse por sí mismo, por lo que él decida hacer, y no por lo que los demás le señalen. Además contará con la fortaleza para mantenerse por la ruta que se ha marcado, aun cuando pueda tener el viento en contra. Aprovechará su tiempo en acciones que sean de beneficio, tanto para él como para los demás.

Suponer que porque urdiste un plan para dañar a otros eres un campeón, es tenerte en muy poco. Ocupar tu tiempo en cosas como esa, es un absurdo desperdicio que a nada lleva. Por ese camino puedes estar seguro de que nunca habrá alguien que te recuerde con cariño y agradecimiento, como hoy recuerdo a mis maestros, esos grandes triunfadores.


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12 Agosto 2018 04:00:00
Desde el corazón
Los hechos bizarros se multiplican, o tal vez tenemos más noticias de ellos, hasta un punto apabullante. Los delitos sexuales, en particular contra menores han proliferado; la violencia se dispara, y el suicidio se convierte en la puerta de emergencia ante situaciones que no se supieron manejar. Esta semana fue el ataque aéreo de Arabia Saudita en contra de un camión escolar en Yemen, que arroja un total de 29 niños muertos y 30 heridos. Estos niños, en su mayoría menores de 10 años, participaban en un paseo escolar. La búsqueda de una causa que explique estos hechos, nos remite al corazón.

la educación se ha orientado al área cognitiva, sin tomar muy en cuenta el área afectiva del ser humano. Desde el hogar hasta las instituciones de enseñanza superior, los objetivos se enfocan a adquirir conocimientos y aprender habilidades, muy por encima de aquellas esferas relacionadas con la inteligencia emocional. Parece que el sistema educativo no acaba de convencerse de esto: La cimentación para construir ese ciudadano capaz de transformar su medio no se apoya en la mente sino en el corazón de los niños.

Un niño deseado es aquel para el cual su familia se prepara con esmero. No necesariamente mediante cosas materiales, sino con una disposición de acogida, aceptación y apoyo. Son aquellos padres que establecen como prioridad el atento cuidado del pequeño, quien (lejos de una carga), es visto como el dulce compromiso de modelar una vida, trabajando para hacer de aquel ser humano la mejor versión de sí mismo.

¿En qué punto el erotismo de un individuo se distorsiona y toma el tortuoso camino de la pedofilia o la pornografía infantil? ¿Qué parte de la ecuación falló? Sin el mínimo deseo de justificar estas conductas, sí hay que reconocer que el alejamiento de una sexualidad sana indica un trastorno grave. El desechar la satisfacción que proporciona la relación amorosa entre adultos, a favor de una situación asimétrica, que además provoca un daño irreversible a un menor, no puede considerarse normal. Algún desajuste emocional severo es el que desencadena estos patrones bizarros, no puede ser de otra manera.

Por su parte el fanatismo es una actitud con una exagerada carga emocional, frente a una causa en la cual se cree firmemente. Tenemos casos de fanatismo en diversas ramas del quehacer humano, desde las religiosas hasta las deportivas. Comparten la creencia de que la propia afiliación a un grupo otorga superioridad frente a los que no pertenecen al mismo. Dentro de esto caben muchas conductas, de las cuales un ejemplo de gran crudeza se ve en las guerras. Atacar un camión de escolares como venganza por un ataque anterior contra militares, sin tocarse el corazón frente a esas criaturas, habla de una total enajenación emocional.

En días pasados recibí un video que describe la nueva técnica para defenderse de los asaltantes mientras se conduce: Aceleras tu vehículo para aplastar al asaltante contra el vehículo del carril contiguo, hasta hacerlo papilla. La situación económica del país ha provocado un incremento en la delincuencia organizada. El asaltante callejero parte de la idea de que los demás tienen lo que él no posee, lo que le concede el derecho de asaltarlos. Y si las víctimas potenciales no traen pertenencias para robar, el asaltante está en todo su derecho de matarlas por el mal rato que le ocasionan. Y es así como vemos escenarios de lo más abigarrado en torno a los asaltos comunes que antes terminaban con la escapada del asaltante, y hoy lo hacen con el homicidio del asaltado.

Los males del mundo nacen desde el corazón, y a este hay que orientarnos. Hacerlo desde que los niños son pequeños, dentro del hogar, para luego continuar con una vigilancia cuidadosa conforme van creciendo. En los latidos de ese corazón se encierra el ritmo del mundo.
12 Agosto 2018 04:00:00
Desde el corazón
Los hechos bizarros se multiplican, o tal vez tenemos más noticia de ellos, hasta un punto apabullante. Los delitos sexuales, en particular contra menores han proliferado; la violencia se dispara, y el suicidio se convierte en la puerta de emergencia ante situaciones que no se supieron manejar. Esta semana fue el ataque aéreo de Arabia Saudita en contra de un camión escolar en Yemen, que arroja un total de 29 niños muertos y 30 heridos. Estos niños, en su mayoría menores de 10 años, participaban en un paseo escolar. La búsqueda de una causa que explique estos hechos, nos remite al corazón.

Tradicionalmente la educación se ha orientado al área cognitiva, sin tomar muy en cuenta el área afectiva del ser humano. Desde el hogar hasta las instituciones de enseñanza superior, los objetivos se enfocan a adquirir conocimientos y aprender habilidades, muy por encima de aquellas esferas relacionadas con la inteligencia emocional. Parece que el sistema educativo no acaba de convencerse de esto: La cimentación para construir ese ciudadano capaz de transformar su medio no se apoya en la mente sino en el corazón de los niños.

La gestión empresarial exige del aspirante una serie de capacidades ejecutivas que lo sitúen como pieza clave en aquella estructura tridimensional de los recursos humanos. Con ello en mente el sistema educativo prepara individuos capaces de salir airosos en los desafíos para lograrlo. Pero de esta eficiencia tecnológica al desarrollo de una sociedad comprometida con las causas de bienestar y justicia social, hay un enorme trecho.

Un niño deseado es aquel para el cual su familia se prepara con esmero. No necesariamente mediante cosas materiales, sino con una disposición de acogida, aceptación y apoyo extraordinario. Son aquellos padres que establecen como prioridad el atento cuidado del pequeño, quien --lejos de una carga--, es visto como el dulce compromiso de modelar una vida, trabajando para hacer de aquel ser humano la mejor versión de sí mismo. Por un buen rato las prioridades personales de los adultos pasan a segundo plano frente a aquella tarea –demandante, sí, pero siempre satisfactoria—de contribuir en la tarea de apuntalar la formación de un ser humano.

¿En qué punto el erotismo de un individuo se distorsiona y toma el tortuoso camino de la pedofilia o la pornografía infantil? ¿Qué parte de la ecuación falló? Sin el mínimo deseo de justificar estas conductas, sí hay que reconocer que el alejamiento de una sexualidad sana indica un trastorno grave. El desechar la satisfacción que proporciona la relación amorosa entre adultos, a favor de una situación asimétrica, que además provoca un daño irreversible a un menor, no puede considerarse normal. Algún desajuste emocional severo es el que desencadena estos patrones bizarros, no puede ser de otra manera.

Por su parte el fanatismo es una actitud con una exagerada carga emocional, frente a una causa en la cual se cree firmemente. Tenemos casos de fanatismo en diversas ramas del quehacer humano, desde las religiosas hasta las deportivas. Comparten la creencia de que la propia afiliación a un grupo otorga superioridad frente a los que no pertenecen al mismo. Dentro de esto caben muchas conductas, de las cuales un ejemplo de gran crudeza se ve en las guerras. Atacar un camión de escolares como venganza por un ataque anterior contra militares, sin tocarse el corazón frente a esas criaturas, habla de una total enajenación emocional.

En días pasados recibí un video que describe la nueva técnica para defenderse de los asaltantes mientras se conduce: Aceleras tu vehículo para aplastar al asaltante contra el vehículo del carril contiguo, hasta hacerlo papilla. La situación económica del país ha provocado un incremento en la delincuencia organizada. El asaltante callejero parte de la idea de que los demás tienen lo que él no posee, lo que le concede el derecho de asaltarlos. Y si las víctimas potenciales no traen pertenencias para robar, el asaltante está en todo su derecho de matarlas por el mal rato que le ocasionan. Y es así como vemos escenarios de lo más abigarrado en torno a los asaltos comunes que antes terminaban con la escapada del asaltante, y hoy lo hacen con el homicidio del asaltado.

Los males del mundo nacen desde el corazón, y a este hay que orientarnos. Hacerlo desde que los niños son pequeños, dentro del hogar, para luego continuar con una vigilancia cuidadosa conforme van creciendo: ¿Cómo piensa el hijo? ¿Qué hace? ¿Con quiénes se junta? ¿Cuáles son sus ídolos? Ganarnos su confianza, conocer sus sueños, acallar sus miedos e inseguridades. En los latidos de ese corazón se encierra el ritmo del mundo.


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05 Agosto 2018 04:00:00
De transas y otros males
Extraño la velocidad con que antaño se difundían las noticias. Cuando algo ocurría, el primer medio que lo daba a conocer era el radio, y de ahí se iba desplegando la información a otros medios, y al paso de dos o tres días, la noticia había dado la vuelta al mundo. En la actualidad esos lapsos se han fraccionado a milisegundos, de hecho hay una especie de competición implícita para ver quién difunde primero una noticia inédita, a través de redes sociales. Para ejemplo tenemos el avionazo ocurrido en el curso de esta semana en Durango. Los primeros reporteros fueron algunos de los propios pasajeros que se hallaban tomando video durante el despegue y ulterior desplome de la nave.

La hiperinformación se asocia a estados depresivos. En mi caso particular encuentro que muchos de los contenidos indican el grado de descomposición que hemos alcanzado como sociedad. Al ser tantos, hallo que el sueño de llegar a conformar una sociedad justa y equitativa, es una quimera.

Hace un par de semanas en Ciudad Juárez, se dio la siguiente situación: Una tienda departamental –por error—etiquetó unos televisores a $3.29, y por supuesto en cuanto el primer cliente se percató de aquello y se apresuró a tomar uno o más televisores, comenzó una revolución dentro de la tienda, entre los presentes y los convocados por ellos. Hubo quienes intentaron comprar 10 televisores al mismo tiempo. El establecimiento cerró sus puertas para contener la avalancha humana, y después de 15 horas de negociaciones –mediadas por la PROFECO—cada familia salió con un televisor a ese precio, y la tienda tuvo que absorber, aparte de la diferencia de precio de los electrónicos, los daños provocados por el consumo libre de alimentos y de cargadores para celular que hicieron los clientes cautivos.

Hace poco conocí el concepto de cultura valorativa distorsionada del humanista Juan Martín López Calva. Este indica que la corrupción como tal se ha venido infiltrando dentro de todos los sectores de nuestra sociedad, ya no es una respuesta frente a situaciones de desventaja económica, sino una actitud de sacar provecho, siempre que sea posible. De modo que, aunque yo no necesite aquello, habrá que aprovechar la ocasión.

En un mundo ideal, el primer cliente que detecta la errata en la etiqueta avisa al responsable del departamento para corregirla, y punto. Problema abortado. Sin embargo en el mundo real actuamos de modo contrario bajo varias premisas: Si yo no logro sacar ventaja, el de atrás lo hará. / En fin, estos empresarios extranjeros son muy ricos y nunca pierden. / ¡Total, qué tanto es tantito!

El filósofo Bernard Lonergan se refiere a la corrupción como la forma en que percibimos, entendemos, juzgamos y valoramos la realidad. Y en consecuencia así decidimos y actuamos. En este escenario se entiende que un individuo aborde a un invidente que vende gelatinas, platique con él mientras mide el grado de limitación que tiene por su discapacidad, y acto seguido le robe su dinero y sus gelatinas. O justifica la actuación de aquel agente de bienes raíces que vende 5 veces un mismo terreno. Ambos delincuentes parten de esa forma de pensamiento, aprovechar la oportunidad, antes de que otro lo haga.

En un extraordinario estudio sobre la corrupción, Enrique Romero refiere que el “gandalla” hace rato que salió del barrio… para indicar que el sinvergüenza de barriada del que hablara Miguel de Cervantes a través de sus personajes Rinconete y Cortadillo, se sitúa ahora entre los ladrones de cuello blanco y los practicantes del “gandallismo político”, que no dudan un minuto en traicionar compromisos o ideologías partidistas, con tal de seguir como beneficiarios del sistema.

“El que no transa, no avanza”. En el fondo de esta actitud la gran pregunta: ¿Qué mecanismo emocional nos lleva a actuar así, como si la vida nos debiera algo que buscamos cobrarnos una y otra vez? Querer comprar 10 televisores por una cantidad menor a cuarenta pesos no es otra cosa que hacer el gran negocio con ganancias de muchos miles. Seguramente a costa del despido de un empleado, un jefe de departamento y tal vez el gerente de la tienda. Pero claro, el “gandalla” excluye este posible escenario de su mente, no lo piensa, luego no existe.

Va siendo hora de revisar a profundidad nuestra costumbre de pasar por encima de la ley para obtener un beneficio particular. Entender sus mecanismos. Descubrir qué carencias emocionales primitivas desencadenan la cultura del ventajismo y el “agandalle”. Desentrañar ese lastre mental de actuar chueco, que tanto nos ancla. Hasta pasar a la historia como una sociedad de primer mundo, que no duda en sumar esfuerzos a favor del bien colectivo.

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29 Julio 2018 04:00:00
¿A DÓNDE FLUYEN LOS RÍOS?
Cada quien observa al mundo desde su propia realidad particular; es así como se desarrolla la capacidad creativa a partir de una visión individual. Por este camino el mundo cuenta con interminables expresiones de ingenio en ciencias, artes y tecnología. Si damos un vistazo a nuestro entorno, descubriremos todo cuanto se está creando, para darnos cuenta entonces hacia dónde fluyen los ríos de creatividad.

Hay elementos de la infancia que nos marcan. Y en el caso de los adultos, no es sólo la propia, sino también la de los hijos. Desde muy pequeña mi hija tenía un particular gusto por crear con las manos. Cualquier superficie era su lienzo (incluyendo muebles, paredes y su hermano menor). Mi esposo y yo, animados por el encanto que nos provocaba esa desbordante creatividad, la inscribimos en un curso de pintura. Tras la segunda clase ella se resistía a asistir, de modo que mi esposo se infiltró “como no queriendo” para tratar de dilucidar cuál era el problema. En media hora lo supo. El tema del día era “pintar un árbol”. Cuando tienes 4 o 5 años un árbol puede tener un follaje descomunal, como cabellera de rockero, o un tronco azul celeste… Y si tienes la creatividad de una niña como la mía, será poco menos que la regla. Entonces, forzarla a pintar un árbol idéntico al modelo que les ponía la maestra, con follaje tipo nubecita, de color verde, y tronco café, era colocarle un cincho a la imaginación. Más le inquietó a mi esposo el argumento de la maestra “todos los árboles deben de ser así.” Obvio, mi hija nunca regresó a ese curso.

Esta semana que termina he participado en un reto en redes sociales. Publicar diariamente durante 10 días portadas de libros que me han marcado. Dio pie a repasar mis lecturas de otros tiempos, como una suerte de espejo autobiográfico interesante y divertido. Contemporáneos a este son algunos retos más, como el que inició bajo la etiqueta #InMyFeelings, y que consiste en que el conductor desciende de su vehículo en marcha para bailar, mientras la máquina avanza. Ya surgió uno más que es bailar en la oficina, quiero suponer que los participantes ganan puntos entre más gruñón sea el jefe. Y siguen otros retos como el de la soga, que consiste en pretender ahorcarse (y en un descuido lograrlo), o el de ingerir cápsulas de detergente para lavadora, que ya ha cobrado su cuota de muerte.

Lo primero que debemos reconocer a todas luces, es que sobra creatividad, y que a diferencia de mi hija que no tenía permitido pintar árboles azules, los jóvenes de hoy son poseedores de una gran libertad para expresarse como lo deseen. Es un ejercicio de identidad y una caricia (peligrosa, pero al fin caricia) para la autoestima. Conseguir muchos “me gusta” es un modo de sentirse tomados en cuenta por el grupo de pares.

Frente a lo anterior los padres, abuelos o maestros nos asombramos, a ratos nos acongojamos, para finalmente pasar a otro asunto con el clásico pensamiento de que son cosas de chicos. En lo personal, después de asombrarme y a ratos preocuparme, en seguida me asalta una pregunta: ¿Qué acaso no cabe la posibilidad de encauzar todos esos ríos de creatividad de otro modo? Generar versiones que aparte de divertir a los jóvenes, resulten benéficas para los demás. No se trata de restar ingenio creativo a lo que se hace, sino de sumar una razón humanitaria, un “plus” a favor de causas que lo requieren, y que finalmente permiten trascender más allá de la propia persona. Hay iniciativas por demás encomiables, acabo de conocer una bajo la etiqueta #BoardingPaz, mediante la cual un grupo de jóvenes se expresa, y a la vez recauda fondos para apoyar a los migrantes venezolanos que llegan a un país de acogida. De diversas formas los artistas que se van sumando a esta iniciativa tienen ocasión de manifestar su creatividad.

Somos un mundo con múltiples necesidades de todo orden. Problemática que mucho puede aliviar el entusiasmo y la imaginación de los jóvenes. Ello se conseguirá cuando entre ellos mismos se difunda la idea de divertirse sí, de inventar cosas novedosas también, pero con un sentido social. Que esa manera de pasarla entre amigos y de generar nuevas amistades, resulte en modos de apoyar a quienes más lo requieren. Así, nuestra juventud canalizará sus ríos de creatividad hacia un molino de agua, cuyo potente movimiento sea capaz de transformar al mundo.
29 Julio 2018 04:00:00
¿A dónde fluyen los ríos?
Cada quien observa al mundo desde su propia realidad particular; es así como se desarrolla la capacidad creativa a partir de una visión individual. Por este camino el mundo cuenta con interminables expresiones de ingenio en ciencias, artes y tecnología. Si damos un vistazo a nuestro entorno, descubriremos todo cuanto se está creando, para darnos cuenta entonces hacia dónde fluyen los ríos de creatividad.

Hay elementos de la infancia que nos marcan. Y en el caso de los adultos, no es solo la propia, sino también la de los hijos. Desde muy pequeña mi hija tenía un particular gusto por crear con las manos. Cualquier superficie era su lienzo (incluyendo muebles, paredes y su hermano menor). Mi esposo y yo, animados por el encanto que nos provocaba esa desbordante creatividad, la inscribimos en un curso de pintura. Tras la segunda clase ella se resistía a asistir, de modo que mi esposo se infiltró “como no queriendo” para tratar de dilucidar cuál era el problema. En media hora lo supo. El tema del día era “pintar un árbol”. Cuando tienes 4 o 5 años un árbol puede tener un follaje descomunal, como cabellera de rockero, o un tronco azul celeste… Y si tienes la creatividad de una niña como la mía, será poco menos que la regla. Entonces, forzarla a pintar un árbol idéntico al modelo que les ponía la maestra, con follaje tipo nubecita, de color verde, y tronco café, era colocarle un cincho a la imaginación. Más le inquietó a mi esposo el argumento de la maestra “todos los árboles deben de ser así”.

Obvio, mi hija nunca regresó a ese curso.

La semana que termina he participado en un reto en redes sociales. Publicar diariamente durante 10 días portadas de libros que me han marcado. Dio pie a repasar mis lecturas de otros tiempos, como una suerte de espejo autobiográfico interesante y divertido. Contemporáneos a este son algunos retos más, como el que inició bajo la etiqueta #InMyFeelings, y que consiste en que el conductor desciende de su vehículo en marcha para bailar, mientras la máquina avanza. Ya surgió uno más que es bailar en la oficina, quiero suponer que los participantes ganan puntos entre más gruñón sea el jefe. Y siguen otros retos como el de la soga, que consiste en pretender ahorcarse –y en un descuido lograrlo--, o el de ingerir cápsulas de detergente para lavadora, que ya ha cobrado su cuota de muerte.

Lo primero que debemos reconocer a todas luces, es que sobra creatividad, y que a diferencia de mi hija que no tenía permitido pintar árboles azules, los jóvenes de hoy son poseedores de una gran libertad para expresarse como lo deseen. Es un ejercicio de identidad y una caricia –peligrosa, pero al fin caricia—para la autoestima. Conseguir muchos “me gusta” es un modo de sentirse tomados en cuenta por el grupo de pares.

Frente a lo anterior los padres, abuelos o maestros nos asombramos, a ratos nos acongojamos, para finalmente pasar a otro asunto con el clásico pensamiento de que son cosas de chicos. En lo personal, después de asombrarme y a ratos preocuparme, en seguida me asalta una pregunta: ¿Qué acaso no cabe la posibilidad de encauzar todos esos ríos de creatividad de otro modo? Generar versiones que aparte de divertir a los jóvenes, resulten benéficas para los demás. No se trata de restar ingenio creativo a lo que se hace, sino de sumar una razón humanitaria, un “plus” a favor de causas que lo requieren, y que finalmente permiten trascender más allá de la propia persona. Hay iniciativas por demás encomiables, acabo de conocer una bajo la etiqueta #BoardingPaz, mediante la cual un grupo de jóvenes se expresa, y a la vez recauda fondos para apoyar a los migrantes venezolanos que llegan a un país de acogida. De diversas formas los artistas que se van sumando a esta iniciativa tienen ocasión de manifestar su creatividad. El contenido original de la propuesta crece en la medida en que se da a conocer, y se agregan nuevos contenidos. Un aporte reciente, de la pluma de Vanessa Marcano, dice: “Migrar es tocar tierra y a la vez desapegarse sin dejar de amar y agradecer por lo vivido. Es también una oportunidad para renacer y reinventarse”.

Somos un mundo con múltiples necesidades de todo orden. Problemática que mucho puede aliviar el entusiasmo y la imaginación de los jóvenes. Ello se conseguirá cuando entre ellos mismos se difunda la idea de divertirse sí, de inventar cosas novedosas también, pero con un sentido social. Que esa manera de pasarla entre amigos y de generar nuevas amistades, resulte en modos de apoyar a quienes más lo requieren. Así, nuestra juventud canalizará sus ríos de creatividad hacia un molino de agua, cuyo potente movimiento sea capaz de transformar al mundo.

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22 Julio 2018 04:00:00
Humanos en un mundo de redes
Comienzo con una confesión: No soy fan de AMLO ni voté por él. Como su elección es resultado de un proceso democrático me alineo y le otorgo el beneficio de la duda. La figura de su esposa Beatriz Gutiérrez me agrada, mujer preparada, nada acartonada, que viene a romper con el paradigma de “primera dama”. En redes sociales ella expresó su entusiasmo por la conmemoración del natalicio de Nelson Mandela. Humana que es, confundió natalicio con aniversario luctuoso, y de ahí comenzó un alud incontenible de críticas y descalificaciones.

La apropiación de la Internet ha condicionado una serie de fenómenos sicosociales, que dentro de 100 años aparecerán como un capítulo más en la historia de la humanidad. Frente a su equipo electrónico el individuo adopta una conducta muy distinta a la que tiene en la vida real. Como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, se transforma en algo que lejos de la pantalla no es. Ahora nos cuesta entenderlo; seguramente dentro de una centuria figurará en los tratados de historia.

Comencé a leer un libro de filosofía muy interesante, “Elogio de la duda”, de la española Victoria Camps. Inicia con un fragmento que me cayó de perlas para esta colaboración: “…las redes sociales brindan la ocasión de apretar el gatillo contra cualquiera cuyo comportamiento o mera presencia incomoda…” Su obra habla sobre la duda como una conducta recomendable dentro de la sociedad, un modo de razonar las cosas antes de precipitarse a juzgar y atacar.

Al inicio de este milenio los seres humanos compartimos una condición común, nos sentimos aislados en un mundo donde prevalece la tecnología. Caemos en la orfandad digital de la que habla Armando Novoa, especialista en seguridad en redes. Esa sensación de abandono es en buena medida, producto del aislamiento físico respecto a otros seres humanos, cada uno metido en su pantalla. Hemos olvidado los elementales principios de la comunicación cara a cara, y como toda habilidad que no se practica, se va perdiendo. Intentar comunicarnos de manera presencial cuesta trabajo, y para los nativos digitales dicha dificultad es aún más acentuada. Ellos nacieron con el gadget en la mano.

La comunicación cara a cara no se da tan fácilmente como la digital, pero aun así hay situaciones en las que hemos de interactuar con otros seres humanos. Dos casos obligados son la familia y la escuela. En ambos es de rigor hacerlo, aun así nos cuesta trabajo convivir, aceptarnos unos a otros, ser asertivos, esto es, manifestar nuestra postura con firmeza, sin violentarnos. Nuestra falta de práctica en el arte de compartir nos lleva con frecuencia a ser imprudentes e irascibles. En cambio frente a nuestro equipo nos movemos como peces en el agua.
Frágiles, vulnerables, así nos sentimos entre el grupo humano que a ratos parece asfixiarnos. Ello explica por qué nos tornamos violentos en la convivencia, “de mecha corta”, como dice la expresión popular. La función que cumplía la palomilla para el adolescente de antaño, la abastecen hoy en día las redes sociales. Se vuelven la cancha en donde practicar el deporte de hacer trizas al otro. Lo que alguien expresa en redes tiene de inmediato simpatizantes y detractores, si se trata de una figura pública, la polarización es mayor. Las críticas a favor o en contra de una postura, pronto escalan de manera ociosa a descalificar a la persona, o sea que se convierten en expresiones violentas y nada más. Volviendo a lo expresado por Victoria Camps: Están apretando el gatillo contra un comportamiento o una presencia que incomoda, y surge entonces la pregunta: ¿Por qué nos incomoda?

La frustración genera violencia. Habrá que ver entonces por qué nos sentimos frustrados, a tal grado incómodos, que actuamos ejerciendo la violencia en redes. Atacamos desde el cómodo anonimato, y si no hay motivo para agredir, buscamos generarlo. El foro se convierte en esa pandilla de niños maldosos que atacan sin venir al caso, por el simple gusto perverso de hacerlo.

Beatriz Gutiérrez se equivocó, es humana, igual que todos nosotros que también nos equivocamos. Entonces: ¿Por qué esa carga de violencia verbal contra ella? No sé si somos tan intolerantes por tratarse de una figura pública, o movidos por el hartazgo ciudadano que traemos dentro. O sea la expresión de una conducta paranoica de nuestra parte.

El mundo vive una crisis de valores en todos los ámbitos. Darnos cuenta de ello nos obliga a actuar para resolverla. Nos hace falta ser más humanos en redes sociales, más sabios, sin precipitarnos en nuestros juicios. No sea que los hijos de nuestros nietos, cuando lean en 100 años sobre nosotros, lo hagan en los tratados de siquiatría.
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