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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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18 Mayo 2019 03:59:00
El león cree…
La conciencia que nos permite trascender nuestras limitaciones es un acto de voluntad, esencial al alma. El ego no la tiene; actúa por impulsos de corto o largo alcance, según explotemos o nos obcequemos.

Hay diversas acepciones de la palabra conciencia que describen un acto cognitivo superficial, como: sentido moral o ético que permite enjuiciar; conocimiento espontáneo y más o menos vago de una realidad, o actividad mental que lleva a sentirse presente en el mundo y en la realidad.

Digo que estos significados son superficiales, porque para adquirir esa clase de conciencia no necesitamos otra cosa que el piloto mental automático. Apenas hay que poner atención para interiorizar una moral o percibir lo que nos rodea.

En cambio, la conciencia como conocimiento claro y reflexivo de la realidad, es producto de la atención sostenida en una observación neutral, es decir, sin juicios ni reacción emocional. Y por supuesto que se puede. Hay sencillas técnicas milenarias y modernas de meditación para lograrlo.

En tanto no aprendamos a desarrollar esta conciencia, todo aquello que creemos que sabemos no es más que una proyección de nosotros mismos, particularmente de lo que pensamos que somos, de acuerdo con lo que nos dijeron o hicieron sentir nuestros padres.

Vivimos, pues, guiados por voces ajenas, tan hechas propias, que no oímos la que es verdaderamente nuestra. Esto se debe a que nuestros padres y los demás adultos se proyectaron y proyectan en nosotros, e igual hacemos, sin excepción (hasta que no lo corrijamos), con nuestros hijos, parejas, amigos, jefes, empleados y hasta desconocidos, incluidas las mascotas y, en cuestiones políticas y sociales, los diversos grupos y segmentos de la población. En resumen “el león cree que todo mundo es de su condición”.

No podemos ver con los ojos de nadie más ni percibir con la experiencia de otro, si no nos lo proponemos. Y casi nadie lo hace. Lo que pretendemos es que los demás sean nosotros. Este egocentrismo puede manifestarse colectivamente. Hay que recordar la resistencia que hubo a creer que la tierra gira alrededor del sol.

Salir de nosotros mismos para abrir la mente, y conocer otra realidad más allá de la que suponemos única, es un ejercicio de observación neutral, que empieza por uno mismo; fácil, pero incómodo para quienes temen conocerse y aterrador para quienes se rechazan con odio, lo sepan o no. Los primeros porque tienen miedo de lo que podrían encontrar, los segundos porque ya saben qué encontrarán.

Por eso vivimos proyectándonos, es decir, viéndonos fuera de nosotros mismos. Es lo cómodo. Vemos lo que queremos ver, oímos lo que queremos oír. Unas veces es lo que anhelamos, otras lo que necesitamos, siempre lo que nos gusta y disgusta de nosotros mismos y, por supuesto, lo que se supone que debiéramos.

Así, podemos vivir años creyendo que conocemos profundamente a una persona, hasta que nos da una sorpresa. Podemos creer que todo mundo querrá lo que queremos, amará lo que proponemos, apoyará nuestros proyectos, respaldará nuestra manera de hacer las cosas, será compatible con nuestro pensamiento y sentimiento. Y nos obcecamos en llevarlo a cabo. Se vuelve una obsesión. No nos explicamos por qué alguien preferiría otra cosa. La justificación es que lo hacemos por el bien de los demás. Pero cuando la realidad nos planta oposición, es tan grande la terquedad, que preferimos negarla. Únicamente aceptamos esa pequeña porción de mundo que se ajusta a nuestra obsesión. Imagínese qué tan grave puede ser esto cuando estamos en una posición en la que otras personas, pocas o millones, dependen de nosotros.

Como la proyección es –además de una forma de percibir el mundo con el piloto mental en automático–, un mecanismo de defensa, reaccionaremos agresiva o cínicamente a lo que se nos oponga.

Cuánta capacidad de hacer daño, justificando que hacemos bien, tenemos los seres humanos.
11 Mayo 2019 03:10:00
Amará el resultado
Si no cumples con el momento presente, te olvidas de tu cita con la vida. Thich Nhat Hanh

Todo lo que se dispersa se debilita. La mente no es la excepción. Ningún humano queda fuera de esta regla. Tal debilidad es la causa de la búsqueda común y constante de amor, aceptación, reconocimiento, justicia, seguridad, felicidad, tranquilidad.

En tanto más ávida la búsqueda, más débil la mente, pero más poderosa la locura y la obsesión que pueden llevar a alguien a arruinar su vida y la de unos cuantos, o decenas, cientos, miles o millones, según el rango de su influencia, que será resultado del grado de identificación con otras personas dentro del mismo nivel de dispersión. Y toda ellas afectarán necesariamente a quienes han ido ganando conciencia y claridad, porque unos dependemos irremisiblemente de otros, aunque solo en nuestras condiciones externas de vida. Al interior podemos, en cambio, crecer ante la adversidad.

A esa dispersión le llamamos hoy en día insatisfacción e infelicidad. Y no es otra cosa que “dejarnos llevar” por el estímulo, externo o interno, sin aplicar
apenas nuestra voluntad en cosas que no tengan que ver con nuestras necesidades básicas, pla-ceres y apetitos de moda.

El proceso de la infelicidad, y por tanto de todo declive, individual o colectivo, es el siguiente: la mente indomada o dispersa salta todo el tiempo de idea en idea, guiada por el cerebro reptil, que es el encargado de la sobrevivencia, de manera que está alertándonos constantemente con imágenes catastróficas, malos recuerdos, fantasías perversas y toda clase de ocurr-encias perniciosas, mientras en paralelo las vamos etiquetando y clasificando, lo que equivale a someterlas a juicio, imbuidos como estamos por la moral colectiva. A este esquema se unen las emociones, esas reacciones bioquímicas, algunas básicas, otras más complejas, que se adhieren a cada pensamiento dándonos el impulso no solo para sobrevivir, sino prevalecer sobre otros, desde el miedo. Luego se suma el ego, necesitado de convertirse en cada idea-emoción que capta para saber quién es, pues se trata de una construcción personal que tiene el objetivo de darnos una identidad para coexistir con nuestros semejantes. Así, suponemos ser lo que experimentamos y creemos, cada pensamiento-emoción que tenemos, cada juicio que emitimos. Y vivimos extraviados, justificando con un torpe uso del raciocinio nuestra derrota o grandeza; falsas en cualquier caso, pero peligrosa la segunda, pues nos creemos inteligentes, poseedores de las soluciones y agentes del cambio radical; diferentes, únicos y superiores; por tanto, autorizados para pasar sobre los demás.

Hay salida de esto, accesible para todos. El grado de dificultad radicará en la actitud con que emprendamos la tarea. Como en toda solución, la información es la base. Vamos a los tres estados en que la mente puede estar: la dispersión, que tiene su utilidad, claro; la concentración y la observación.

La dispersión, en su función normal y benévola, nos permite descansar la mente, hacer cone-xiones mentales espontáneas, tener ideas imprevistas, ser creativos. No obstante, abandonados a ella, solo podemos sufrir, sentirnos ansiosos y debilitados.

Por otra parte, está la concentración, que es anclar la atención por el tiempo que se requiera, única y exclusivamente, en eso que estamos haciendo en el momento. Esta es la función cerebral que nos hace posible disciplinar y por tanto dominar la mente. Nos fortalece, da claridad y visión penetrante.

Finalmente, nos encontramos con el estado mental que realmente amplía nuestra conciencia y debiera prevalecer en nosotros: la atención plena, la cual no será posible sin haber desarrollado la capacidad de
concentración.

Es una forma milenaria de meditación, cuya técnica más reciente es el mindfulness. Se trata de mirarnos en panorámica con la mente, mientras estamos activos. Comenzamos por la respiración, seguimos con el cuerpo y luego los sentidos. Sin juicios. Dejamos ir cualquier pensamiento o emoción que se presenten. No somos ellos, van y vienen. Son efímeros e intrascendentes.

Pruebe. Calma es el
resultado.


04 Mayo 2019 03:55:00
Nosotros
La cultura occidental ha incumplido sus promesas de seguridad, bienestar y felicidad. Ni la democracia, ni el materialista sueño americano ni las revoluciones han dado resultado alguno para garantizar la presencia y permanencia de estos tres titanes de la necesidad humana.

Millones han alcanzado ciertamente el status económico y social que debiera cumplir tales promesas; otros tantos, más incluso, se encuentran muy lejos de ello; pero ambos grupos están desilusionados. Los primeros porque ya se dieron cuenta de la mentira en que vivimos: una espiral de tener y tener que nos aleja de la seguridad, el bienestar y la felicidad. Los segundos, porque todavía creen en la falacia.

Filósofos y psicólogos nos han dicho, a lo largo de la historia, que el camino es otro, pero la humanidad decidió tomar como única posibilidad la opción fácil, tangible y controlable: la ciencia positiva, de la que obtuvimos tres paradigmas que hasta hoy rigen nuestra cultura: individualismo, separación mente-materia y la demostración experimental, reproducible y cuantificable como condición esencial para comprobar que algo existe y, por tanto, es fiable.

De ahí que la seguridad, el bienestar y la felicidad tengan que ser, antes que nada, un patrimonio individual –yo primero que los otros–; y que deban provenir de las posesiones materiales, pues son lo único fiable, por reproducible y cuantificable.

El mundo está cambiando, eso es inevitable, solo que hay dos fuerzas en pugna: la versión ultra materialista, que sigue basada en la competencia y la inmediatez, pero que ahora deposita la solución en la tecnología, aunque esté demostrado de antemano su fracaso, y la sabiduría acumulada en la historia de la humanidad que nos muestra que la individualidad solo es funcional cuando aporta a la seguridad, el bienestar y la felicidad colectivas; que la posesión material es solo una condición, ni siquiera indispensable, que nos permite avanzar en nuestras ocupaciones espirituales, y que la existencia es vasta y maravillosa, infinitamente superior a lo que en nuestra ignorancia podemos demostrar que existe, y no solo es fiable, sino literalmente milagrosa.

Si la columna vertebral de la vida que se nos está cayendo a pedazos es “yo”, la de aquella en la que sí podemos encontrar lo que hemos venido buscando es “nosotros”. De hecho, no podríamos existir sin un nosotros. La propuesta es uno diferente al que hoy en día concebimos, en el que nos segregamos por conjuntos de egos y además tratamos de sobresalir entre los de nuestro grupo.

Se trata, pues, de un “nosotros” compuesto por almas. Esos son los nosotros solidarios, amorosos, responsables, comprometidos. De esos vamos a obtener nuestra seguridad, bienestar y felicidad, porque siempre estaremos apoyados y seremos amados y respetados.

No hay un yo soy sin un somos primero. Pero hay, además, un primer somos, ese al que todos pertenecemos por el solo hecho de existir. Usted y yo en la cultura occidental, en México, en nuestro estado, ciudad, comunidad, trabajo.

La meta es construir un somos posterior, en la misma cultura, país, estado, municipio y colonia, pero desde otra dimensión personal de existencia, que efectivamente solo es posible mediante lo que llamamos el autoconocimiento, pero no dirigido a una iluminación personal, sino a una aportación a la colectividad, desde un “yo soy los otros”.

Nada fácil, porque mire, lo primero que hay que hacer es derribar todas las mentiras, es decir, todas las creencias que hoy juramos son nuestra verdad. Decía Jean Paul Sartre, uno de los mejores filósofos contemporáneos, que “sólo nos convertimos en lo que somos a partir del rechazo total y profundo de aquello que los otros han hecho de nosotros”. Destruimos para volver a construir, desaprendemos para volver a aprender. He ahí la verdadera vía.

Los humanos nos educamos y nos realizamos en comunión entre nosotros. Esa comunión solo es posible para las almas. Las almas siempre están en la luz.
27 Abril 2019 03:28:00
¡Pare ya!
Huyendo del malestar, estamos casi siempre ausentes de nuestras propias vidas. Nos fugamos mentalmente, pensando en lo que nos gustaría que hubiese sido o fuera nuestra realidad, sin saber verdaderamente cómo es ahora y aquí mismo. Luego creamos, a partir del miedo, dramas mentales que nos echan a perder todos nuestros buenos escenarios, planes y deseos.

Y así vamos por la vida, deseando, anhelando, y saboteando eso con temores; es decir, torturándonos, causándonos angustia al límite de lo insoportable. Todo para evitar el malestar que tendríamos si vivimos la vida un día a la vez, el hoy, y dentro de él, el aquí y el ahora, que es cuando se puede resolver algo.

Lo peor de esta vida en fuga es que sí estamos creando lo que será, pero a partir de los temores de lo que podría no salir bien, que a su vez provienen de lo que alguna vez salió mal y de lo que consideramos que en el presente no está saliendo como debería.

Todos los días, en modo “automático”, simplemente transcurrimos, en lugar de vivir, porque no sabemos cómo están funcionando cuerpo, mente y emociones. Es decir, no somos conscientes de nosotros mismos. No vaya a ser que encontremos algo que no nos guste.

Actuamos acicateados por un acelerado ritmo interior: rápido, rápido, rápido, aunque nos sobre el tiempo. En consecuencia: ¡olvidé las llaves!, ¡no traje el cargador del celular!, etc., circunstancias que producen una crispación emocional de censura y rechazo, o sea malestar.

Y aquí está la clave de la infelicidad: radicamos nuestro bienestar emocional en lo que hemos etiquetado como bueno y deseable, y nuestro malestar en lo que reprobamos por malo e indeseable.

Realizamos esta operación bioquímica por dos motivos: el primero es que la función “automático” en que vivimos la mayor parte del tiempo consiste, además de controlar coordinadamente nuestro cuerpo, en asociar emociones a pensamientos, y viceversa; el segundo es que este proceso nos permite tener un sistema de creencias compartido con otros y aprobado conjuntamente, del cual depende a su vez la satisfacción de una de las necesidades primordiales del ser humano: pertenecer. El sentido de pertenencia es el ancla de la cordura.

Así pues, podemos identificar en esta descripción una poderosísima herramienta conceptual que, como en muchos otros casos, utilizamos mal: el juicio.

Clasificar, calificar y elaborar una creencia –lo cual deriva necesariamente en una sentencia, o sea, un juicio–, sobre lo que experimentamos en la vida, nos permite crear nuestra realidad. Si lo hiciéramos reflexiva y analíticamente, dicha realidad correspondería exactamente a lo que deseamos (¡cuidado con lo que deseamos!), pero si le dejamos la tarea al piloto automático, este hará asociaciones, si no indiscriminadas, sí programadas por alguien más que no somos nosotros, desde un ancestro que tuvo pánico a las tormentas, hasta un padre o una madre que le temieron a quedarse encerrados en un elevador. El piloto automático siempre privilegia lo que vibra con mayor fuerza, la señal más intensa, y esa es el miedo.

Entonces, si pudiésemos, que podemos, parar intencionalmente, varias veces al día, la operación de pensar-sentir-enjuiciar-resentir-repensar, en términos de bueno o malo, admisible e inadmisible, podríamos simple y llanamente aceptarnos tal cual somos, porque no experimentaríamos el malestar de sentirnos imperfectos, inmerecedores, insatisfactorios, ignorados o humillados; no “deberíamos” ni “tendríamos” que emprender la estresante cruzada por cumplir las expectativas de los demás para ser aceptados, amados y pertenecer.

El camino es, pues, convertirnos en un observador neutral de nosotros mismos, de lo que pensamos y sentimos. Esto puede lograrse practicando la milenaria meditación de conciencia plena en nuestro aquí y ahora, hoy accesible para todos gracias a las sencillas técnicas de mind-fullness.

No se case con sus juicios. No se castigue a partir de ellos. Son solo ideas, la mayoría ajenas. Regrese a su vida.
20 Abril 2019 03:10:00
Cuestión de práctica
La resolución de cualquier problema en la vida comienza por su aceptación. El problema real, claro, no el que usted cree que tiene, que es por cierto parte de la negación del otro.

Con estos tres renglones acabo de revelarle una de las más grandes trampas que nos ponemos los seres humanos: inventar problemas en los cuales entretenernos para no afrontar los verdaderos. Autoboicot, le dicen.

En la vida moderna, llenos como estamos de actividades interminables, bienes materiales que acumular, compromisos que cubrir, expectativas ajenas y propias que cumplir, el problema real de todos es el estrés, y la letal ansiedad derivada.

La ansiedad está cimentada sobre el miedo, ese consejero traidor que trabaja solo para sus intereses. El miedo –siempre a que pase lo peor que puede pasar–, nos vuelve controladores, y no hay mayor inductor de estrés que la pretensión de controlarlo todo. Vivimos forzando situaciones bajo el argumento de que perseguimos nuestros sueños, y presionando personas con la justificación de que “es por su bien”.

Por el contrario, hay que dejar que la vida suceda y que la gente sea, ideas inconcebibles hoy en día, bajo la premisa mal entendida de que somos arquitectos del propio destino… y con ello del ajeno, tan relacionado con el nuestro.

Soltar el control es la solución. Es el comienzo de la vida que ha de vivirse, no solo transcurrirse. Hablo de la vida en modo zen o slowlife, un estado permanente de calma, en el que ya nada se problematiza ni se dramatiza. Todo se mantiene sencillo y se discierne claramente entre lo prioritario, lo urgente y lo importante; ha desaparecido lo baladí. Vida en la que se privilegia lo profundo sobre lo intenso, y se rompe el “enganche” emocional con cualquier cosa que produzca malestar, para abordarla objetivamente. Vida ecuánime, en la que todas las cosas buenas, como la tranquilidad, la paz, la seguridad, la alegría y la felicidad, vienen de adentro.

Como cualquier cosa, esta vida tiene su técnica. Por tanto, solo es cuestión de práctica:

Detecte sus ámbitos de tensión: familia, trabajo, amor, salud, dinero, amistad, desarrollo profesional, convivencia social, ocio, imagen de sí mismo, etc.

Cierre frentes innecesarios de estrés. Por ejemplo, no se exija tanto, deje de competir y abandone las amistades enjuiciadoras.

Despreocúpese de la opinión ajena. Todo aquel que lo descalifica se ha descalificado antes a sí mismo. O sea, tiene un problema.

Delegue y acepte el error, es la materia prima del aprendizaje.

Gústese, para que se disfrute en soledad. Decía Blaise Pascal que las miserias de todos los hombres se derivan de no poder sentarse tranquilos en una habitación estando solos.

No apueste todo por sus creencias. No sea vehemente. No se fanatice. Mañana habrá cambiado de opinión. Es lo sano y lo correcto, de lo contrario nos

estancamos.

Evite la multitarea y hágase un espacio durante el día para no hacer nada: solo cierre los ojos y escuche música clásica. Su claridad mental y creatividad se abrirán paso de manera impresionante.

Hasta que no termine una tarea, no pase a la siguiente.

No tenga prisa. Todo en el universo se sincroniza.

No programe actividades una tras otra. Dese momentos libres para entrar en sí mismo, es decir, explorar cómo se siente. Aprenderá mucho.

No se preocupe. O sea, no pronostique las catástrofes.

Ritualice sus actividades cotidianas. Lo que significa poner plena conciencia en ellas. Eso es el aquí y el ahora, que libera de toda preocupación, por tanto, de todo estrés y toda ansiedad.

Elimine lo innecesario de su vida en todos los ámbitos: bienes materiales, amistades, actividades, compromisos, expectativas.

Sirva a otros con una sonrisa.

Bendiga a quien lo perturba.

Viva el momento en forma sencilla.

Si parece difícil, piense que ya hace todo lo contrario de forma muy natural y fluida, porque lo practica diario.
13 Abril 2019 04:01:00
La incómoda calma
El estrés, esa tensión física, mental y emocional que necesitamos para sobrevivir y resolver problemas, nos arruina la vida si no sabemos cómo y cuándo desactivarlo. El estrés es el responsable de la más nociva enfermedad de hoy en día: la ansiedad, que no es otra cosa que intranquilidad continua y sin motivo aparente, enloquecedora como la tortura. Nos enferma y llega incluso a matarnos.

Resistimos ambos hasta las últimas consecuencias porque no conocemos otra forma de sentirnos, y porque nos inundan frecuentemente con la adictiva adrenalina, sustancia que nos da una intensísima sensación de “estar vivos” y ser poderosos, al grado de nublar la razón.

La mayoría de la gente considera que la alta tensión con la que vive es normal e inclusive correcta, y que la calma solo es para los budistas, los campesinos que viven alejados de la civilización, los hippies o alguno que otro loco urbano.

Pocos quieren bajarse del estrés, pero todos anhelan vivir lo mejor posible. Y así, imposible, porque la vida comienza realmente cuando aprendemos a disfrutar la incómoda calma y a bucear en sus profundidades, que son las del alma.

La vida, para ser vida, debe ser zen, término que significa en su origen meditación o estado de calma. La meditación no es otra cosa que ir interiormente hacia nuestro centro, donde está el alma esperando para abrazarnos, contenernos y amarnos, sin tiempo y sin espacio, en el infinito. Un instante ahí jamás se olvida. Siempre se vuelve a buscar. Cambia la vida, abre la conciencia. Ese es el
objetivo de meditar.

No haremos contacto nunca con nuestra alma si no aprendemos a estar en calma, y la calma no viene de afuera, sino de adentro, incluso en medio de la tormenta. Si no establecemos esa relación, habremos vivido en la superficie; esto es, en la imitación del amor, la seguridad, la felicidad; en el engaño. Nos habremos conformado con ser solo un reflejo de lo que realmente somos.

Y todo por el estrés desproporcionado. Así de invasivo y poderoso es. Pero una vez comprendido esto, lo más importante es entender cómo funciona para saber cómo desactivarlo.

El estrés fuera de proporción, es decir, el que va más allá de sus funciones esenciales, es producto del miedo, que a su vez es resultado del pensamiento negativo, en modo “y si”: me dejan de querer, sufro un accidente, no me pagan, me agreden, me lo niegan o me ignoran. En resumen, si algo sale mal y me duele.

Ese miedo nos lleva a reaccionar defensivamente a lo que nos rodea, aun cuando no sea hostil. A esto hay que sumarle que nuestro ego se lo toma todo a personal porque “somos el centro del
universo”.

Reaccionar consiste principalmente darle el control a esa loca o loco que tenemos todos en la cabeza, que solo escucha al miedo y que, en consecuencia, se la vive tratando de controlar mentalmente lo que considera perturbador, preocupándose constantemente, haciéndose la víctima, creando o apropiándose dramas, discutiendo imaginariamente con personas ausentes, sintiéndose como pez en el agua en la grilla, en un ambiente incierto u hostil de trabajo y un entorno social banalizado, entre otras situaciones.

La buena noticia es que esa loca, ese loco, no son usted. Son su computadora biológica invadida por los virus, porque la ha estado operando mal su ego maniaco. Para llegar a donde está el verdadero usted, el programador, hay que cambiar radicalmente de creencias, abandonar la
inflexibilidad y fluir.

Hay que ponerse en modo zen. El primer paso es admitir que vivimos equivocados. Aterra, ¿no?, porque vulnera en extremo… pero solo al ego. Tome el mando y dígale que no se asuste, que sobrevivirá y hasta se divertirá. La semana que viene le platico cómo desactivar el estrés para que su ego se sienta
seguro y suelte el control.

06 Abril 2019 04:05:00
El hubiera sí existe
Uno de los motivos por los cuales la humanidad no aprende de sus errores es que prefiere cancelar todo aquello que no puede manejar, en lugar de aprender a dominarlo.

Leyes, instituciones, objetos, actitudes, conductas, ideas y hasta personas son dese-chadas, ignoradas o abandonadas; en esencia, incomprendidas y, consecuentemente, desaprovechadas, por no ser lo que pretendemos que sean.

El proceso de civilización nos ha hecho olvidar que la adaptación es de dos vías: de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera.

Cuando se trata de afuera hacia adentro somos unos transformadores implacables; todo en nuestro entorno tiene que marchar a nuestro capricho. En sentido contrario, nos morimos de miedo.

En el polo opuesto del dese-chamiento irreflexivo, no somos capaces de renunciar a una sola de las cosas que sí nos funcionan para permanecer en una falsa estabilidad y una precaria
seguridad.

Y en este proceso de negación al aprendizaje, al cambio y, por tanto, a la evolución de la conciencia, nos hemos atrevido a asegurar y, peor, a creer a pie juntillas, que el “hubiera no existe”, porque en lugar de sacarle partido, nos torturamos con él, lo convertimos en sufrimiento.

Descalificar la utilidad del hubiera no desaparece el proceso mental. Ahí está, omnipresente, para hacernos la vida de cuadritos, aunque decidamos no verlo. No existe un solo ser humano que no tenga al menos un hubiera al día.

Si no se ha dado cuenta de ello, es que no está observando lo que piensa. Ya sabe usted que las personas somos realmente diestras en ignorar cuestiones y asuntos, externos e internos, que se convertirán más adelante en verdaderas tormentas porque nos negamos a afrontarlos a tiempo.

Si atendemos hoy nuestros hubiera, de verdad que la vida puede cambiar. En primera instancia, nos sirven para producir pensamientos positivos y emociones ídem, como la gratitud, que cambian nuestra química cerebral, y por tanto celular.

Sanamos mental y físicamente cuando pensamos en las cosas acertadas que hicimos en nuestro pasado y que construyeron lo bueno que
tenemos en el presente.

Este tipo de ejercicio mental lo elaboramos generalmente en términos de “qué tal si no hubiera ido a esa escuela, no hubiera conocido a mi amigo”, “qué tal si no hubiera hecho aquella llamada telefónica con la que conseguí este trabajo” o “qué tal si no hubiera hecho ese viaje en el que encontré a mi pareja”.

Este tipo de hubiera es el “hacedor de milagros”. Nos muestra cuán afortunados somos en la vida y cómo todo se fue sincronizando para que así fuera.

Hay, no obstante, otros hubieras dolorosos, aquellos ligados a nuestras malas decisiones y acciones.

Estos son el plomo que habremos de convertir en oro en la alquimia interior, a través, primeramente, del perdón, pero como este es un proceso y no un suceso, acostumbrados como estamos a la inmediatez interior, la volubilidad de pensamiento y sentimiento, decidimos pasar de largo, creyendo que el malestar emocional desaparecerá, pero no lo hace, solo se deposita en otras cuestiones y asuntos personales a los que contamina, pues no
son su origen.

Tras estos hubiera vamos a encontrar sentimientos negativos que tendremos que transmutar: culpa, frustración, miedo, rechazo, desprecio a nosotros mismos, entre otros.

Algunos hubieras se reducen solo al ámbito de una neurosis de perfeccionismo por desvalorización infantil.

No nos permitimos habernos equivocado, y no ser las personas “merecedoras” de la aceptación de papá y mamá. Otros nos llenan de culpa por lo irremediable, que de acuerdo con nuestra cultura merece castigo, no perdón; así que nos lo proporcionamos con singular generosidad.

En última instancia, un hubiera bien manejado es una guía de lo que está bien hecho y lo que no lo está, desde nuestra perspectiva personal.

Nos muestra quiénes somos realmente, más allá de
quiénes creemos ser.

El hubiera sí existe. Aprovéchelo.
30 Marzo 2019 04:00:00
Dígale no a los edulcorantes
La vida se vive de adentro hacia afuera. Exactamente al revés de como lo hemos venido haciendo. Esto quiere decir que en lugar de buscar algo o alguien que nos ame, valore, respete, apoye y dé seguridad, lo único que realmente funciona es que lo hagamos nosotros mismos por nosotros mismos.

Le sonará redundante este último renglón, pero no, es exactamente lo que hay que hacer, porque básicamente la gente está buscando de nosotros todo eso, pero no podemos dar lo que no tenemos. Si ellos no lo tienen, igual que nosotros, tampoco podrán dárnoslo.

No obstante, establecemos una promesa de intercambio, con los amigos, las parejas, las personas de nuestro trabajo y hasta los padres y los hijos. Ponemos todas nuestras expectativas en lo que queremos recibir, no solo de ellos, sino de la vida misma, y quienes se relacionan con nosotros hacen lo mismo. Evidentemente, les fallaremos y nos fallarán.

Ahora, si esta “rutina” fuera tan sencilla, ya nos habríamos dado cuenta de lo inútil que es exigirle a la vida y a los demás que nos den lo que nos falta. ¡Ah no! Hay que complicarlo, como solemos hacer con todo. Lo cual, por otra parte, es normal e incluso deseable hasta cierto límite, pues aprender a desentrañar estos enredos, para simplificar las cosas, es uno de los misterios y grandes secretos de la vida. Es el hilo conductor hacia el crecimiento y, evidentemente, hacia la felicidad.

Lo que hacemos, pues, para no darnos cuenta de que no nos damos cuenta, es creer que tenemos aquello de lo que carecemos. Así de absurdo. Y que lo que realmente estamos pretendiendo de otro es reciprocidad. Damos por hecho, entonces, que ese otro también lo tiene, pero no nos lo quiere dar.

Para demostrarlo, recurrimos a edulcorantes emocionales y conductuales socialmente estimulados. Es decir, a malas imitaciones de todo aquello que queremos que nos den, para hacer creer que lo damos, y que por tanto tenemos derecho de exigirlo de regreso. Ejemplos: celamos, poseemos y controlamos para asegurar que amamos; “echamos porras” para que se entienda que valoramos y apoyamos; decimos “no llores, no vale la pena”, “déjalo, no es tan importante”, para que se crea que calmamos y consolamos; proveemos materialmente afirmando que de ello proviene la seguridad, etc.

Sin embargo, cuando los demás nos dan exactamente eso mismo, no es suficiente para nosotros, fundamentalmente porque no es los que buscamos, sino un grotesco edulcorante.

Ahora bien, todo este enredo con el que nos relacionamos los seres humanos no es más que un punto de vista de la vida. Una forma de educarnos unos a otros. Un rasgo cultural. Así de simple. Creemos estar atrapados en una realidad, cuando solo estamos entrampados por las ideas.

Otra cosa sería de la humanidad si desde pequeños nos hubieran enseñado que dentro de cada uno nace la felicidad si elegimos poner énfasis en lo positivo en lugar de lo negativo, ver la belleza que hay en todo en lugar de los escasos puntos de fealdad; que dar satisface más que recibir y que la seguridad, el respeto, el amor, la valoración y la tranquilidad son hábitos, no sentimientos.

Confiar en alguien es un hábito, tanto como celarlo; escucharlo poniéndose en su lugar es un hábito tanto como no hacerlo y recetarle unas cuántas fórmulas calmantes; permitirle a alguien ser quien es, pensar y sentir lo que piensa y siente es un hábito tanto como estarle diciendo lo que tiene que ser, pensar y sentir. Y
continúe la lista.

La diferencia es que los hábitos que nos hacen felices requieren que seamos valientes y tenaces, que pongamos la conciencia en on, y los que nos hacen infelices dependen únicamente de que respiremos, con la conciencia en off.

¿Y usted, vive en on o en off?
23 Marzo 2019 04:00:00
De lo exigible a lo imposible
¿Conoce usted a ese tipo de persona que nunca se rinde, cueste lo que cueste? Son el prototipo del deber ser, el individuo que se supondría destinado a alcanzar todo lo que desee, pero que solo encuentra infelicidad y enfermedad. Esta es la paradoja del estándar del éxito en la vida moderna, porque pone el énfasis en el logro material a costa del deterioro emocional y espiritual. Todo el que intente parecerse a este modelo invariablemente sufrirá, porque se requiere un nivel de autoexigencia cuya meta sea una perfección inalcanzable.

Se trata de personas que no se permiten cometer un error. Cuando lo hacen, tratan de negarlo culpando a los demás, o se autocastigan emocional y físicamente de variadas formas, entre ellas una que nos es muy común a todos: la obsesión, ese darle vueltas y vueltas en la cabeza a un asunto, para encontrar una respuesta que disminuya la angustia, la culpa, la ansiedad o el dolor que estamos padeciendo, generalmente por no obtener lo que creemos necesitar o, en el caso del autoexigente, no dar la talla en relación con nuestras expectativas sobre nosotros mismos.

El autoexigente perfeccionista puede ser, en un extremo, alguien disciplinado, estructurado, muy responsable, que hace su trabajo a conciencia y oportunamente, con la mayor disposición a seguirlo mejorando, porque nunca queda todo lo bien que pudiera quedar. No sabe delegar y, evidentemente, se acarrea una constante sobrecarga de trabajo, con el consecuente estrés, que a la larga producirá graves problemas físicos y
mentales.

En otro extremo puede ser una persona que haga el mínimo esfuerzo en todos los sentidos, por temor a equivocarse si va más allá. Podría incluso cometer errores constante y deliberadamente en cuestiones en que su autoreproche sea aceptable, para no tener que emprender otras responsabilidades que lo llevarán al fracaso en asuntos de imperdonable falla.

Aunque en ambos casos existe un grave problema de autoestima detrás, el ideal de perfección que sobre sí mismos se han planteado, los llevará al otro polo, al narcisismo. Uno será el narcisista insuperable y el otro el hedonista.

Ambos se vuelven tóxicos, pues proyectan su autoexigencia en otros, a quienes hacen sentir que nunca, nada de lo que hagan, será suficiente. Son aquellos que viven señalando los errores ajenos, reclamando, quejándose. Estos últimos rasgos habrán ya aterrizado al autoexigente perfeccionista al nivel de la vida cotidiana, ¿verdad? Haga su lista. Quizá empiece por usted mismo.

El autoexigente perfeccionista es siempre, completa o parcialmente, distante y rígido, pues teme a sus emociones, pero mucho más a la espontaneidad con que estas se presentan, pues su terreno firme es estudiar a priori todas las alternativas ante una situación, real o imaginaria, pero predecible, a diferencia de las reacciones emocionales.

Si temen sus emociones, son por supuesto más que deficientes para ser empáticos. No escuchan a los demás ni les interesan sus sentimientos. Están inmersos en su eterno ruido mental. Todo los lleva al “yo”.

Son, además de los eternos insatisfechos, los perfectos egocéntricos. Muchos de ellos pueden ser figuras públicas y hasta activistas o filántropos; otros, unos verdaderos eremitas, cascarrabias y amargados. Los hace detectables su incapacidad de validar a una persona; al menos no antes de haberla hecho pedazos, a veces muy sutilmente.

Todos podemos y debemos ser autoexigentes en cierta medida; en el trabajo, la escuela o donde se requiera un esfuerzo para ascender. No así en lo familiar y social, donde se supone que debiéramos aceptarnos unos a otros con afecto, sin más. Pero la exigencia es desgraciadamente la medida del amor (lo que creemos erróneamente que es amor): nos lo damos o lo damos a otros solo si somos o son exactamente la persona idealizada. Como esto jamás sucede, la exigencia se convierte en una sed insaciable que no nos deja vivir ni en paz ni felices.

16 Marzo 2019 03:17:00
Ídolos vienen, ídolos van
No son pocas ni sencillas las razones por las cuales un ser humano necesita creer en algo superior a sí mismo, ni escasas las personas y las ocasiones en que tal necesidad adquiere un carácter vehemente, que conduce irremediablemente a la idolatría, es decir, a la adoración de un ídolo como se supone que debiéramos amar a Dios.

De hecho, todos hemos sido idólatras alguna vez. Hemos adorado personas, objetos, símbolos de poder como el dinero, la fama, la belleza física; o ideas sobre Dios transmitidas por las religiones y, en sustitución de ellas, conceptos como la ciencia.

Necesitamos idolatrar por varias razones. Primero, es imprescindible que nos demos una identidad, o sea, un yo. Durante la niñez, nuestro ídolo será el padre o la madre; durante la adolescencia, los amigos, las parejas, o figuras públicas.

Hasta aquí todo normal. Pero… cuando siendo adultos estamos idolatrando, algo anda mal.

Hablamos de adultos inmaduros que en su formación de identidad se quedaron en un yo opuesto al de los demás, necesitado de defenderse, porque evidentemente se cree deficiente. Las razones por las cuales esto pasa son evidentes: falta de atención, de afecto, de reconocimiento y validación durante la infancia. Ausencia de una enseñanza sobre cómo manejar las emociones.

Ciertamente muchas personas aprenden esto en el camino de la vida, pero la verdad es que la mayoría no. Tenemos por eso sociedades enteras infantilizadas, culpando a los demás de lo que sucede, atribuyéndose la razón absoluta, porque eso es lo que hace un idólatra: si el ídolo no puede equivocarse, todos los demás lo están.

El idólatra está en un estado mental de tanto miedo y tanta inseguridad, que le enajena al ídolo su voluntad, su capacidad de razonamiento y hasta sus acciones, con tal de no hacerse responsable de sí mismo. Esto es muy común en política.

El idólatra monta en cólera y reacciona con violencia cuando contradicen o critican a su ídolo, que ciertamente puede ser él mismo. Las redes sociales dan muestra cotidiana de idolatría.

Por otra parte, el ser humano es inconforme por naturaleza, porque no solo actúa para sobrevivir y reproducirse, sino para desarrollarse. Pero ha confundido la inconformidad con descontento. La primera es una actitud ante la vida, el segundo es un malestar que frustra y nos lleva a evadirnos del presente, esperanzados en que el futuro será mejor.

En ese escape de nosotros mismos y nuestras circunstancias es que utilizamos una cualidad espiritual que está destinada a propósitos muy superiores: la fe, la convicción más allá del entendimiento, que debiera servirnos para amar a Dios y no para poner la expectativa en un futuro que nunca, jamás, vendrá, porque cuando llegue será presente, y en nuestro afán de huir siempre de éste, habremos evadido la vida misma.

No obstante, el ídolo es la promesa de ese futuro al que aspiramos, y no porque el presente no sea bueno, sino porque, prendidos al pasado, mezclamos la inconformidad con emociones negativas: frustración, envidia, resentimiento; en resumen, infelicidad.

La vida avanza y el ídolo no cumple con nuestras expectativas, nunca lo hará, y probablemente pasará mucho tiempo antes de que nos demos cuenta de ello, pero invariablemente llegará el momento. El ídolo no resuelve porque no es nosotros.

En lo que nuestra vida concierte, solo nosotros tenemos el poder de cambiar las cosas, y no se trata de tener más dinero, más estudios, más fama, sino de pensar diferente.

Ahora bien, tratándose de personas, el idólatra será siempre menos infeliz que el ídolo. Éste es en realidad el dependiente del binomio. Creyendo tener el control, lo pierde todo de pronto.

Práxedis Guerrero, el periodista, editor, filósofo y poeta mexicano, precursor de la revolución mexicana, dijo: “Es más fácil suplantar un ídolo en la conciencia de los idolatras; no así destruir la idolatría.

Por eso los suplantadores tienen mejor suerte que los reformadores.”
09 Marzo 2019 04:00:00
Ni tan listos
A casi toda persona le gusta sentirse más lista que los demás. Algunas incluso basan toda su autoestima en esa embriagante sensación.

Mientras más explicaciones lógicas tienen para describirse a sí mismos y hacer valer sus decisiones y acciones, o argumentos más contundentes muestran en sus discusiones, más infalibles y superiores se sienten. ¡Ah, su vida vale la pena!

La gloria de convencer y vencer tiene pocos equivalentes en la gama de emociones humanas.

Pero como todas las cosas del ego, tal superioridad es muy frágil, por falsa. No obstante, ésta es la vida de competencia para la que estamos casi todos educados.

Las escuelas hoy en día preparan más para ganar que para colaborar, para saber que para comprender, para exigir que para dar y para racionalizar que para razonar.

En este contexto, lo que importa es el coeficiente intelectual. Pero nadie ha podido hasta ahora dar una mayor utilidad a ese tipo de inteligencia que no sea la de ser una mercancía atractiva para los mercados laboral, amoroso, social, etc.

Esto es porque se ha reducido la función cerebral al simple ejercicio de justificar miedos, prejuicios, creencias erróneas, valores distorsionados, emociones mal vistas; es decir, a racionalizar, en lugar de sostener un ecuánime diálogo interno, o sea, razonar, que solo comenzará cuando se acepte aquello que se rechaza.

He ahí la diferencia entre racionalizar y razonar. Racionalizamos continuamente porque la motivación es ser más listos que otros, pero una vida vivida así es puro estrés, solo competitividad, lo cual no puede llevarnos a otra cosa que a la frustración, la envidia, la auto descalificación, la inseguridad y, obvio, la infelicidad.

Decía la filósofa rusa Ayn Rand, creadora de la corriente conocida como “objetivismo”, y autora de varios libros: “la racionalización es un proceso, no de percibir la realidad, sino de intentar hacer que la realidad se adapte a las emociones de uno”.

Y agregaría: justo a aquellas emociones que rechazamos, de tal manera que con eso las empoderamos, para que secretamente guíen nuestras vidas.

Es decir, tomamos decisiones y actuamos llevados por nuestras emociones, pero lo negamos o lo avalamos con explicaciones lógicas. Y así permanecemos con parejas que nos dañan, porque “en el fondo me quiere”, o “con mi amor podré cambiarlo (a)”.

Nos mantenemos en trabajos insatisfactorios e incluso frustrantes porque “hay gente que ni tiene”, o apoyamos a personas que nos engaña porque “otros son peores”.

El poder de la racionalización se debe a que es un mecanismo de defensa del ser humano, y en ésta época de descarnada competitividad necesitamos defendernos, principalmente del dolor que causa una educación y, por tanto, una experiencia familiar y social lejanas del afecto como valor primordial.

Cuando recibimos afecto en la infancia, adquirimos la capacidad de lidiar con el dolor y la frustración, aceptar lo que sentimos y razonar con ello. Cuando nos atrofian emocionalmente, nos sentiremos insuficientes, defectuosos de origen, y nos aislaremos o nos relacionaremos con esa “mancha”.

Desarrollaremos entonces las emociones negativas que aprendimos de quienes nos dañaron, pero racionalizaremos para “tapar” lo que erróneamente creemos que somos y lo que sentimos debido a esa distorsión, principalmente ante nosotros mismos.

Sí, la racionalización es la vía y la técnica del autoengaño. Somos nosotros los primeros en creer nuestras mentiras. Y con la misma convicción con que las creemos, tratamos de convencer de ellas a los demás. Lo peor es que lo lograremos mientras el nivel de racionalización coincida.

A menor disposición de verse a sí mismo, mayor complicidad entre racionalizadores, disfrazada de lealtad o rayando incluso en el fanatismo.

Cuando la racionalización llega a estos niveles de ceguera, nos estamos traicionando a nosotros mismos, lo que somos y sentimos en realidad.

Y así evadimos la vida y todo aquello que nos ayudará a crecer para estar en aptitud de disfrutarla plenamente.

02 Marzo 2019 03:47:00
Cosas de sabios
A todos y todas quienes se atormentan y se complican la vida: ¡Felicidades! Es un requisito indispensable para la sabiduría útil. Pero sólo el primero de ellos, el que menos trabajo cuesta.

¿Y quién quiere ser un sabio en esta vida moderna? Todos querríamos si comprendiéramos que la sabiduría va de la mano con la paz interior, y que ambas son la fórmula para lograr en la vida cualquier cosa que se quiera.

Sí, cualquier cosa. Son la fuente de la eterna juventud y la piedra filosofal interactuando; el entusiasmo por vivir y el goce garantizado de la vida caminando y conversando juntos y despreocupados, en una perfecta tarde soleada y fresca.

La sabiduría útil no es, pues, un estatus, ni un cúmulo impactante de conocimientos. Es sobre todo una forma de vivir con plenitud. Es, además, gradual. Se va adquiriendo poco a poco, descubrimiento tras descubrimiento en el –y aquí está lo complicado– terrorífico camino del autoconocimiento. No hay otro.

Por eso contados la adquieren o se conforman con poquita, esa que se convierte en el famoso sentido común, o sea, la llamada sabiduría popular, que no es por cierto deleznable, pero sí completamente insuficiente a efectos de mejorar nuestra vida, porque es “cabeza ajena”.

La sabiduría es estrictamente personal, pues no es sólo conocimiento, sino la forma en que lo aplicamos, y tan mal lo hacemos, por lo regular, que una de las más conocidas debilidades del ser humano es no dar ejemplo de lo que pregona.

Todos hemos aprendido dolorosas lecciones alguna vez en nuestras vidas, que hacen posible actuar con sensatez y prudencia a futuro en lo que a ellas concierne, así como aconsejar a otros.

Es probable, incluso, que hayamos construido nuestras propias “máximas” al respecto. Pues esto es sabiduría, una perla en el collar.

Y para obtener esa perla seguramente tuvimos que rendir nuestra soberbia, al menos temporalmente, cuestionar si estábamos en lo correcto, enfrentar el dolor de nuestros errores y experiencias traumáticas, escuchar con atención, darle crédito y razón a otros, comenzar a respetarlos, responderles serenamente y callar en el momento preciso. Es decir, a mostrar humildad ante nosotros mismos y ante el mundo.

Esa es la actitud de sabiduría. Llega cuando la vida nos doblega y nosotros decidimos aprender. ¿Difícil? La verdad es que no. A todos nos ha sucedido alguna vez. Agradable para nada, eso sí. Al ego siempre le duele la sabiduría.

No le gusta el “displacer” y nos aleja constantemente de él, en busca de la eterna y continua gratificación, muy a la mano en un mundo de consumismo y tecnología.

Si el displacer no tiene una utilidad, es decir, no está ligado a deseos, objetivos y logros en la vida, tenderemos a evitarlo en automático. Lo mismo haremos cuando la meta final se vea lejana e incierta y el disgusto consecutivo.

Esto último pasa cuando se pierde de vista la finalidad de las lecciones de la vida, que una tras otra nos van llevando a la transformación personal hasta la autoaceptación plena, es decir, la paz interior, y con ello a la sabiduría, la forma de vivir para conservarla.

Vivir disgustados, distraídos, enojados, ansiosos, gratificándonos constantemente para aminorar el malestar, adictos, soberbios y necesitados, no requiere absolutamente ningún esfuerzo.

Vivir conscientes de nosotros mismos todos los días, de lo que tememos, lo que sentimos, lo que pensamos, y cambiarlo en caso de que nos esté produciendo displacer, es cuestión de voluntad y su refuerzo cotidiano.


La primera opción requiere que nos compliquemos la vida, y eso se nos da espontáneamente, como respirar. La segunda sólo es posible cuando vamos simplificándola, y eso es lo más difícil que cualquiera pueda hacer, porque requiere humildad, desapegos, renuncias, confianza en los demás.

Ya sabe por qué no somos sabios.
23 Febrero 2019 04:00:00
Cosas de chivo en cristalería
Nadie declara la guerra a otro sin estar en guerra consigo mismo. Ninguna nación en realidad ha declarado a otra la guerra; sí los individuos que, representándola, tienen el poder de hacerlo, porque se odian a sí mismos.

La guerra es siempre auto-repudio, desviado hacia otros mediante un fenómeno psicológico conocido como proyección, porque representan lo que rechazamos en nosotros. Proviene de la gran paradoja humana: la intolerancia. Tratamos de homogeneizar caracteres, creencias, estilos, etc., por temor a la inferioridad, la consecuente humillación o el aislamiento, pero a la vez, queremos ser diferentes y únicos, para ser reconocidos individualmente, como superiores, por supuesto.

Al final, sin embargo, predomina nuestra incapacidad de manejar la diferencia. De lo contrario no lucharíamos tanto por la igualdad.

Vivimos reprimiendo lo que realmente somos para complacer a los demás, porque eso es lo que se ha esperado de nosotros desde que nacimos. Eso es lo que hemos confundido con educación desde hace milenios. Homogeneizar ha sido educar.

Ocultamos lo que somos principalmente para nosotros mismos, y nos volvemos por eso nuestros peores enemigos. Nos sentimos constantemente hostiles, pero en nuestra necesidad de alejarnos del horror de mirarnos, apuntamos los cañones hacia objetivos externos, pero equivocados.

Así que quien va por la vida combatiéndola, porque cree que el mundo y los demás están en su contra, no es un verdadero guerrero o guerrera, aunque quiera creerlo para justificarse, sino solo el clásico “chivo en cristalería”.

O el que vive sintiéndose “el más”: más inteligente, más guapo, más rico, más acertado, etc., no es el triunfador o exitoso, sino únicamente el que más presume, es decir, el más inseguro.

Es en estas batallas pírricas donde se queda atorada la mayoría. Y si se les pregunta si desean la paz, lo primero que pensarán es en el “cese de las guerras en el mundo”, pero no en un estado de conciencia personal en el que finalmente han llegado a una relación armoniosa y amorosa consigo mismos.

El verdadero guerrero no es ni el peleonero ni el luchón, sino el que combate contra quien realmente tiene que hacerlo, y el triunfador no es el que aplasta al contrincante, sino quien lo trata con justicia y reconoce su valía.

Solo un genuino guerrero –que identifica al verdadero enemigo, así como el origen de la guerra y cómo terminarla–, es un pacifista, y viceversa. Combate cada vez que es necesario con el único objetivo de alcanzar la paz.

Quien crea que el guerrero vive para guerrear, lo está confundiendo con el chivo en cristalería. Cuando la guerra se emprende contra cualquier otro en realidad se busca destruir lo que nos disgusta de nosotros mismos. Ni siquiera se pretende la paz.

Somos, pues, reales guerreros, cuando reconocemos que nuestro único enemigo somos nosotros mismos y que nuestra misión es triunfar en esa guerra para conocer, reconocer, aceptar, valorar y finalmente amar a ese enemigo, el ser al que no hemos dejado ser.

El guerrero no hace la guerra, hace la paz. Todo lo demás es el chivo en cristalería.

La paz no es el cese de la turbulencia mental y emocional ni parar de sufrir o de tener miedo. Eso es la calma. Tampoco es vivir sosegada y ecuánimemente. Eso es la tranquilidad. La paz se alcanza después, porque es estar con uno mismo, en perfecto reconocimiento y disfrute. Cuando seamos nuestra mejor compañía, habremos alcanzado la paz. Para eso se requiere un manejo experto de la soledad y la meditación, valor para ser vulnerable, sensibilidad, bondad, generosidad y, ante todo, una conexión con lo divino, porque es un estado superior de conciencia que nos lleva a la humildad, es decir, a ocupar nuestro lugar en el universo.

16 Febrero 2019 03:56:00
La mejor actitud
La calma es una condición mental; la tranquilidad, una actitud y la paz, un estado de conciencia. Ninguna de estas tres subvaloradas virtudes llega sola. Nosotros debemos crearlas. Sin excepción. En pensamiento, sentimiento y espíritu.

Son virtudes por ser objetivos de realización espiritual que sólo pueden provenir de una actividad interna que se convierte en hábito. Están muy subvaloradas porque sin ellas es imposible alcanzar y mantener todo aquello que creemos más importante, como la estabilidad.

Todos nos contamos historias acerca de nosotros mismos. Construimos una imagen que confundimos con lo que realmente somos y una inteligencia artificial, llamada ego, que le da vida a ese personaje, con el que vamos por la vida como aliados o enemigos de otros egos.

Pero nuestra conciencia sabe que fingimos. Una sensación de angustia y/o de vacío aterrador nos desestabiliza por momentos.

Para apagarlas, le damos rienda suelta al caos mental: las preocupaciones, los miedos, las críticas, las discusiones con personas ausentes, los juicios, los resentimientos, principales causas del estrés que distorsiona las emociones y nos impide sentir profundo, pues nos arrebata la calma, la capacidad de estar tranquilos y la paz interior.

Y entonces, como no podemos crearlos, por no tener los cimientos adecuados, nos dedicamos a edulcorar el amor, la seguridad, la abundancia, la alegría, la seguridad, la felicidad, etc. Es decir, a sustituirlos por emociones intensas que los imiten o a embellecer falsamente algo malo que sentimos, como la envidia.

Sólo en calma una persona puede hacer contacto consigo misma y encontrar que lo menos importante es autodefinirse. Se es, sencillamente, y eso da una gran plenitud.

Verá que el amor no es una necesidad, sino una tendencia natural, y que la seguridad y la abundancia siempre han estado ahí.

Tras la calma, o sea el cese del caos mental, mediante la realización de diversas actividades en un estado de atención plena (respirar, caminar, oír música, observar), se está en condición de crear tranquilidad. Ésta es el siguiente nivel porque involucra emociones. A todo pensamiento sigue una emoción.

La tranquilidad viene de combatir nuestros miedos, que nos hablan siempre de pérdida y dolor. Por eso nos empujan al apego y al control. Sin renunciar a la necesidad de poseer, de resolverle la vida a los demás y caerle bien a todo mundo, no habrá tranquilidad.

Nadie puede tomarse las cosas con tiempo, sin nerviosismo ni agobios, sin preocuparse de si quedará bien o mal ante los demás; es decir, nadie puede actuar tranquilamente, si lo domina el miedo a la pérdida, al rechazo, a la adversidad, al imprevisto.

Por eso la tranquilidad implica dar un paso en firme dentro de la espiritualidad, mediante la fe: creer con convicción, más allá del entendimiento, que lo mejor está por venir, que todo estará bien. No lo espero. Lo sé.

Para llegar a esa convicción es necesario saltar una barrera: en el momento en que aparece ese miedo, esa punzada de dolor, acostumbramos racionalizar de inmediato, para restarles peso e importancia. Eso los magnifica a la larga.

Hay que oírlos, observarlos, sentirlos, dejarlos fluir. No nos matarán. Entonces nos daremos cuenta de su fragilidad. Nos percataremos de que lo único sobre lo cual podemos tener control, realmente, es sobre la forma en que nos sentimos.

Si la calma es el cese del caos mental, la tranquilidad es el cese de la agitación emocional, no porque todo está bien, sino a pesar de que nada esté bien. Esto no es por supuesto lo mismo que no sentir, pues una cosa es intensidad, cuestión del ego, y otra profundidad, asunto del alma.

A la tranquilidad le sigue todavía algo mejor: la paz interior o completa armonía con uno mismo. Es difícil de lograr porque siempre estamos en guerra con algún aspecto de nosotros, físico, emocional o mental. Pero esto ya es asunto del próximo artículo.
09 Febrero 2019 04:00:00
Vida ficción
Casi nadie sabe lo que quiere ni lo que necesita, aunque crea que sí. Todos, sin excepción, estamos enfocados en un concepto de autorrealización que engloba amor romántico, unidad familiar, salud física e incluso emocional, una situación económica desahogada que elimine preocupaciones y nos permita diversiones y hasta lujos, una profesión u oficio que nos dé éxitos personales y un grupo social que nos valide y nos apoye.

A medida que vamos logrando una u otra meta nos vamos encontrando con que la satisfacción está ausente y la felicidad es un mito. Podemos negar lo que sentimos, en cuyo caso habrá una molestia emocional constante que trataremos de eliminar con placeres que ya no pueden exhibirse o excesos que se convierten en adicciones.

Y la verdadera vida sigue sin comenzar…

Pero no nos damos cuenta… Cuando mucho tenemos una sensación recurrente como de fastidio, de sinsentido. Entonces el ego nos aconseja: “cómprate otro coche”, “viaja”, “busca otra novia”, “necesitas más ropa”, “hazte una liposucción”, “manda un guasap”, “mira qué hay en face”. En resumen: no sientas eso ahora.

Y la verdadera vida sigue sin comenzar…

¿Cuál es el principio de la verdadera vida? Y, por tanto, ¿qué es lo prioritario, sin excepción, para cada uno de nosotros?: calma. Sin ella seremos insaciables y, en consecuencia, eternos insatisfechos.

Sin calma, no nos conformaremos con que nos amen, querremos que se autoanulen por nosotros y/o haremos lo mismo por otros. El dinero y los bienes materiales estarán siempre por debajo de nuestras aspiraciones, nuestro grupo social estará lleno de tontos, las personas que trabajan con nosotros nunca lo harán bien, la familia tendrá demasiados defectos, no nos divertiremos jamás en la medida en que lo necesitamos y los placeres que requeriremos cada vez serán más perversos o destructivos, porque el ego no es un ser viviente, sino una inteligencia artificial que se vale de nuestros pensamientos para crear mundos imaginarios, como los juegos de video. La condición es que sean muy emocionantes, ya estemos del lado de los malos o de los buenos, de las víctimas o los victimarios, porque la adrenalina y el estrés nos mantienen ocupados. Es como vivir en un viaje eterno de montaña rusa.

La calma, en cambio, nos permite escuchar la voz del alma, donde sí está la vida; la presente y la eterna. Todo se ve, se siente y se hace distinto desde el alma. Con la profundidad del Ser, pero sin la intensidad del ego; con satisfacción, con plenitud.

Calma es ese estado mental en que no tenemos conflictos ni inquietudes, en que nada falta ni nada sobra. Según el diccionario de la Real Academia Española se da cuando algo cesa. En este caso, el caos de nuestros pensamientos, que saltan de un asunto a otro, de un deseo a otro, de un pendiente a otro, de un resentimiento a otro, sin que hagamos nada por detenerlos. Por lo general, somos presas del vocerío interno, porque entramos a la discusión.

No dormimos bien porque la cabeza está duro y dale, no ponemos atención en nada, no apreciamos nada, no disfrutamos, no escuchamos a los otros porque preferimos enfocarnos en ese mitote interno, tratando de imponer orden, pero no lo logramos, porque son demasiadas voces con las que no se puede razonar. Hacen como que te creen, pero vuelven a su necia y paniqueante cantaleta a la primera de cambios

Para entrar en calma no necesitamos que se resuelvan los problemas o que todo sea como queremos. La calma no viene. La creamos. Para empezar, respiramos, comemos, caminamos, observamos, nos aseamos, manejamos, etc., completamente atentos a lo que hacemos y, si es posible, concentradamente. Los pensamientos cesarán por completo durante un instante y ocurrirá un milagro. Créame.

Practique. Después vendrá lo mejor: más calma, tranquilidad y paz, para el próximo artículo.
02 Febrero 2019 03:57:00
Admítalo
Hay errores comunes o inauditos, sin consecuencias o caros, de pago inmediato o para toda la vida, e incluso con resultados muy afortunados. Lo bueno es que casi todos son ajenos, ¿verdad? ¡Uff, que alivio!

Desafortunadamente, la ajena es la cara falsa de la equivocación. La verdadera es la propia. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos responde al patrón de inadmisión del error y, éste es uno de los grandes problemas de la humanidad, causante en gran medida de guerras, hambre, discriminación, delincuencia, ecocidio, etc.

Nadie puede evitar equivocarse, en el pensamiento, en las emociones y en los hechos. Pero, como decía el médico español Santiago Ramón y Cajal, Nobel en Medicina en 1906, lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo. Eso es negarlo, lo cual produce o magnifica y prolonga en el tiempo las consecuencias negativas de una equivocación, y anula las positivas, las únicas que le dan sentido a errar.

Así escala la cuestión egótica: en un mundo donde la competencia determina la forma de vida, ser infalible para escalar es indispensable. Esto se debe a que todos creemos que cometer un error nos acarreará la reprobación de los demás, su rechazo y su desprecio, porque ¡así ha sido! Por tanto, no podremos lograr lo que deseamos ni satisfacer nuestras necesidades, cualesquiera que éstas sean, si admitimos habernos equivocado.

La fuerza con que se resiste alguien a admitir el error tiene que ver con la profundidad de sus traumas en la infancia. El rechazo a equivocarse será del mismo tamaño que las descalificaciones, las humillaciones y los desprecios que haya sufrido por parte de sus padres y otros adultos, cuya exigencia irracional provino de los mismos traumas en su propia infancia, y no se dan cuenta que no se dan cuenta.

Mientras más escale social, económica, cultural o políticamente un individuo con dificultades para admitir sus errores, mayor será el daño que haga, puesto que sus simpatizantes, seguidores, adeptos, etc., por un mecanismo de identificación inconsciente, serán aquellos que tengan el mismo problema y crean, por tanto, a “pie juntillas” que poseen la verdad absoluta.

Mientras más férreamente rechace alguien la admisión de sus errores, mayor será la vehemencia con que defienda sus falsedades como verdades. De manera que podremos encontrar entre ellos a los llamados fanáticos.

Así que cuando el error se hace colectivo adquiere, como decía Gustave Le Bon, destacado sociólogo francés del siglo antepasado, la fuerza de una verdad. Sin embargo, y citando a otro personaje ilustre, Mahatma Gandhi, un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él.

Y es así como arribamos al moderno concepto de posverdad: esa mentira colectiva que se sostiene y se defiende como verdad desde la emoción: la ira, el odio, el insulto, la agresión, más allá de la vehemencia.

Es entonces cuando será frecuente encontrarse con las siguientes formas descaradas de inadmisión del error: justificarlo racionalmente, mentir para disfrazarlo, pregonar fortalezas y cualidades para parecer infalible o ser perdonado de antemano; descalificar a cualquier crítico; disculparse hipócritamente porque el otro eligió sentirse ofendido; desviar la atención de los errores propios señalando y hasta magnificando los ajenos, culpar a otros de ser los verdaderos causantes.

Pero como no admitir el error es, más que un rasgo personal, un desorden psicológico, en la medida en que continúa la conducta crece la distorsión. La forma de percibir el mundo se deforma más y más, y se constriñe a un ego que todo se lo toma a personal y reacciona agresivamente. A nivel colectivo, la paz se rompe, porque la culpa siempre la tienen los demás. Son los enemigos.

Si queremos mejorar nuestra vida y al mundo, aprendamos a que no nos duela admitir nuestros errores. Entonces comenzaremos realmente a vivir, a aprender y a disfrutar.
26 Enero 2019 03:59:00
Cuando es mejor pedir que exigir
Nada destruye más rápido y sin remedio un vínculo afectivo que el reclamo constante. Es el Godzilla de las relaciones tóxicas: todo lo aplasta a su paso. Y eso es porque el reclamante crónico no reivindica derechos ni pide respeto o justicia, motivaciones sanas para reclamar, sino exige que las cosas se hagan a su manera.

El reclamante crónico cree genuinamente que logrará lo que quiere y resolverá problemas reclamando. Mientras va aumentando la resistencia y la irritabilidad del reclamado, más reclama y reclama, más impotente se siente, más tóxico se vuelve.

Ahora bien, el reclamado crónico, a su vez, ha ido sintiendo a lo largo de la relación que algo anda mal en él o ella, porque el reclamante es ante todo un manipulador muy hábil. Inicialmente se muestra encantador, comprensivo, accesible, flexible, afín; es decir, lanza una red de seducción, para después ir entretejiendo en ella otra de chantaje, poco a poco, de manera que el reclamado no lo note o, en última instancia, dude de sí mismo, porque nadie tan fantástico puede estar equivocado.

El reclamo crónico produce tanto en el reclamante como en el reclamado un sentimiento absolutamente incompatible con el amor: resentimiento, y otro que desplaza la paz interior, la seguridad, la felicidad: impotencia.

En muchos de los casos de autodevaluación o, como se le conoce hoy en día, baja autoestima, hay detrás una larga historia de reclamos, comenzando en la infancia. Se trata de personas cuyo ego fue siendo enfermado y su espíritu abatido, por padres que les reclamaban todo el tiempo sus errores, sus insuficiencias y torpezas, desde su propia exigencia hacia la vida, por supuesto, creyendo que los impulsarían a mejorar o compensarían de alguna manera las equivocaciones, carencias y frustraciones que ellos no pudieron nunca manejar.

El reclamante crónico es uno de esos victimarios que antes fue necesariamente víctima. No conoce otra forma de relacionarse que atacar, vulnerar, culpar, señalar; pero como el reclamo vacía de amor cualquier relación, se queda tarde que temprano solo o sola, profundamente carente, pues es el dependiente del binomio.

El reclamado, a su vez, enajena su vida por un tiempo, pues trata de dar gusto en todo al reclamante, para no disgustarlo. Se autonulifica en aras de mantenerlo apaciguado, hasta que, evidentemente, se cansa y se aleja, primero en contacto emocional, después físico y al final, quizá, presencialmente, lo que puede liberarlo por completo.

Esta vertiente de las relaciones tóxicas es más común de lo que se piensa y es una de las más devastadoras para cualquier alma, pues deja al reclamante en pie de guerra, listo para asesinar la siguiente relación, y al reclamado emocionalmente adormecido, desconfiado y, paradójicamente, crispado, a la defensiva, ante cualquier posibilidad de recibir un reclamo, venga de quien venga y aunque sea justo.

Así de pernicioso el reclamo crónico, porque es violencia psicológica. El reclamante exige porque no se atreve a pedir humildemente, por dos motivos: 1) siente que no merece y por tanto recibirá una negativa, que 2) no estará en posibilidad de manejar emocionalmente ante la vulnerabilidad que significa solicitar en vez de demandar.


Sin embargo, el mejor camino para obtener una respuesta positiva es expresar abiertamente el deseo, aun con miedo al rechazo. No es lo mismo decirle a alguien: te extraño y quiero verte, que ¡nunca me vienes a ver! Lo primero acerca, lo segundo aleja.

Detrás de todo reclamo hay una necesidad: quiéreme, valórame, respétame, cuídame, no me dejes, demuéstrame que soy importante para ti, etc. La manera de subsanarla es haciéndonos responsables de lo que sentimos, en vez de tratar de obligar a otro a hacernos sentir diferente. Siento que no me valoras, en lugar de la acusación ¡tú no me valoras!

Yo siento es la palabra que nos da el poder de cambiar lo que sentimos.
19 Enero 2019 03:54:00
Rencontrando el dinero
Hetty Green, la Bruja de Wall Street, quien llegó a acumular, a principios del siglo pasado, el equivalente a unos 4 mil millones de dólares de la actualidad, fue considerada la mujer más rica del mundo y, a la par, la persona más tacaña que ha existido.

Sólo tenía un vestido que remendaba ella misma y nunca lavaba; así que, efectivamente, apestaba. Vivía en cuartos de hoteles baratos, mientras rentaba sus mansiones. Por su reiterada negativa a pagar servicios médicos, a su hijo le fue amputada una pierna y ella quedó postrada en una silla de ruedas.

Tal era su apariencia física que algunos transeúntes le ofrecían limosna. Murió a los 81 años tras una rabieta, porque la leche le pareció excesivamente cara. Sus hijos dilapidaron su fortuna.

Este pequeño resumen de la vida de Hetty, pionera en el mundo de las finanzas, es un ejemplo de los más grandes errores en la relación entre los humanos y su creación quizá más importante, el dinero.

En primera instancia, está la equivocación de considerarla la mujer más rica del mundo por la cantidad de dinero que tenía acumulada. La cuestión, por cierto, de su posición entre los multimillonarios de la época, tenía a Hetty sin cuidado. Riqueza, dice el Diccionario de la Real Academia Española, es abundancia, la cual, según la misma fuente, es, más allá de “gran cantidad, copiosamente”, goce del bienestar económico.

En estos términos, Hetty ha sido, en los hechos, una de las mujeres más pobres del mundo. No sólo se negó el acceso a servicios esenciales, como los de salud, sino que jamás disfrutó de un centavo de toda la fortuna que acumuló.

Otro error evidente, por tanto, es la falta de utilidad del dinero en lo que debe ser su verdadero objetivo: atender nuestra salud y la de nuestros seres queridos, vivir confortablemente, educarnos, permitirnos algunos lujos que nos den el placer que todo ser humano requiere para equilibrar su vida emocionalmente.

En el disfrute del dinero está implícita ya una derrama de nuestras bendiciones hacia los demás, aquellos que nos proveen bienes y servicios, pero hay una dimensión de utilidad más allá del bienestar personal: la generosidad. Esta es la energía que atrae la prosperidad, es decir, tener incluso más de lo necesario en el momento preciso. La generosidad es la mejor manera de disfrutar el dinero sin culpa. La culpa obstruye su flujo.

El dinero es un circulante, esa es su naturaleza y su esencia. Respetarla es el secreto para que constantemente fluya. Sin embargo, en ese circular, no debe perderse nunca de vista que rebasar su utilidad de satisfacción personal y subvalorar la de generosidad es abrir un boquete financiero y energético, por el que comenzará a fugarse para no retornar.

Ese fue el error de los hijos de Hetty: despilfarrar, consumir su caudal en lujos que ya no daban ni placer ni satisfacción, sólo compensación por las carencias vividas antes; ni beneficiaban a otros cuya gratitud hubiera sido todavía más poderosa para la prosperidad del que dio, que cualquier buen negocio. Dar sin esperar, por supuesto. De lo contrario se intenta comprar lo que no puede estar en el mercado: afecto. Pero si alguien se conforma con una malentendida lealtad rastrera a prueba de balas, pues está bien. Sólo debe prepararse para una traición con fuerza de misil, la más cara que pueda pagar.

Así pues, cambiar nuestra relación con el dinero equivaldría a impulsar uno de los más grandes, profundos y verdaderos cambios del mundo. Estos son algunos aspectos fundamentales en que debemos reflexionar para hacer los cambios requeridos:

» El dinero llega cuando hay objetivos.

» Llega en el momento correcto.

» Se gasta lo que se tiene, no más. Las tarjetas de crédito no son dinero extra. Así usadas, son una trampa de autoempobrecimiento.
12 Enero 2019 03:59:00
Perdonando al dinero
Hay culturas que aman el dinero y culturas que lo odian; por tanto, hay igualmente personas que lo aman y que lo odian, pero todas, sin excepción, lo desean. ¿A cuál de estos dos tipos de cultura pertenece usted y cuál de estos dos tipos de persona es? Ojo: no tiene por qué haber concordancia.

Estas observaciones y las preguntas derivadas son fundamentales para que cualquiera que tenga problemas con el dinero –y mire usted que es la mayoría de la gente– entienda cuál es la verdadera causa.

Comencemos por analizar el lado negativo de la relación con el dinero, el odio, generado por creencias que ven la pobreza como virtud y consideran que los ricos son necesariamente malvados, corruptos, inescrupulosos e insensibles, aunque hay “algunos buenos”. Son las que polarizan sociedades en “ustedes los ricos” y “nosotros los pobres” y hacen énfasis en que se lave las manos después de recibir dinero, porque está sucio.

No referimos a la cultura que, confundiendo la abundancia con dinero, estigmatiza la buena vida y las comodidades, porque son cosas de ricos sin culpa ni vergüenza ante tanto pobre que hay, pero en el fondo desea más que nada esas condiciones. Hablamos de la cultura de la envidia.

Veamos la lógica de la cultura de la envidia: la vida es una serie de obstáculos para conseguir dinero, que es lo único que seguramente dará felicidad, porque la pobreza, aunque nos haga “buenos”, sólo da el mal equivalente de la resignación. Luego entonces, tener dinero es ser feliz, pero los ricos son malos (como si la felicidad fuera compatible con la maldad). Como el dinero es responsable del mal, de la corrupción, para tenerlo se vale cualquier cosa, incluida la doble moral. Si todavía no he descubierto que lo discurrido hasta aquí es una falsedad, seré siempre pobre o medianamente rico porque soy de los buenos. En este rango de la medianía en la riqueza es donde campea el miedo insostenible a la escasez y, por tanto, la obsesión por el dinero, que nos hace pensar que “es bueno acumular y retener”, para tener siempre. Sin embargo, se esfuma, se va rápido y no viene pronto. El problema es que para las clases medias no tener dinero consiste en no poder gastar en lo que se quiere cuando se quiere, insatisfacción que puede invadir todos los aspectos de la vida, porque a estas alturas el dinero se ha convertido en una finalidad, a veces la principal.

Para las culturas de odio al dinero –como la nuestra, por cierto–, su posesión en cantidades suficientes, y si se puede crecientes, de flujo constante, es la idea de abundancia y seguridad, pero ante la imposibilidad de ello, el miedo a la escasez y, paradójicamente, la culpa de tener, las personas recurren a los famosos decretos del “yo merezco”, “soy un imán para el dinero”, “me llega fácilmente”, etc., para, evidentemente, tratar de convencerse de lo que no cree, sin preguntarse antes que es lo que sí cree y por qué. Hay que vaciar el bote de basura para que deje de apestar, no echarle flores, que terminarán igual de podridas.

Por el contrario, en las culturas que aman el dinero, este es bueno y siempre suficiente para lo que realmente se necesita, y por tanto muchas veces sobra. El dinero es un medio, una herramienta. Se da por hecho que habrá. No se le odia, porque no es causa de la maldad. Es un siervo y no un amo. Tiene que circular, irse para volver, darse para duplicarse. No es la abundancia, sino una parte de ella. Es su utilidad, y no lo que simboliza (poder, felicidad, seguridad), lo que lo multiplica.

Como dijera Lao Tsé, el que está satisfecho con su parte es rico… y tendrá más, añado.

05 Enero 2019 03:55:00
Placeres clandestinos
A diferencia de lo que muchos creen, el morbo agoniza. Las redes sociales lo están matando. La idea generalizada es que campea, porque la mayor parte de los temas e imágenes que se viralizan son objetos de curiosidad malsana y crece el número de personas “captadas” por esta tendencia en todo el mundo.

Es cierto. Por eso el morbo agoniza: por sobre exposición. No está hecho para el trending topic, que va contra su naturaleza. Debe existir en lo oscurito, fuera de las miradas indiscretas, o no sería lo que esencialmente es: un placer clandestino.

Es decir, transgredir las reglas es la fuente de placer, no el objeto, sujeto o acción donde se deposita la curiosidad. Si el ser humano es un animal social, cuya sobrevivencia y, por tanto, existencia dependen de su vínculo con los demás, evidentemente la tendencia contraria, a liberarse de tal relación, romperla, o cambiarla, transformarla, está implícito igualmente en su naturaleza. Todo en el universo es orden y caos a la vez.

El morbo puede ser tan sencillo y divertido como el placer que sentimos al pensar en comernos un bistec cuando somos la oveja negra en una familia de vegetarianos, o tan enfermo como la zoofilia.

Como seres evolutivos, los humanos nos sofocamos con la estrechez mental que implica la obediencia ciega a la moral y los convencionalismos sociales. Así como la rebeldía, el morbo es una de las irresistibles tendencias humanas que crean caos en el orden, para transformarnos individual y colectivamente.

Absurdamente, negamos el morbo personal, no sólo por la vergüenza que implica quedar expuestos en nuestras “debilidades”, sino porque todos sabemos que uno de los más grandes placeres morbosos es escandalizar a los demás, perturbar su alegría y dejarlos en situación de malestar, pero no queremos que nadie se entere que lo disfrutamos.

El morbo crece o mengua con la fuerza de la prohibición. Mientras más prohibido esté algo, mayor será el placer de la transgresión. Pero si esos temas que tanto perturban por el morbo que despiertan, se normalizan a través de las redes sociales, es decir, pierden su calidad de placeres culposos y clandestinos, la intensidad del morbo disminuye y su utilidad también. La vida se vuelve monótona y gris.

La pregunta no es a dónde va la moral social, cada día más abierta. Es evidente que a derrumbar tabúes. La cuestión es hasta dónde llegará la normalización de situaciones antes censuradas.

Se trata entonces de abandonar el terreno de la moral, para entrar en el de la salud mental, a fin de saber los límites del morbo sano. La importancia del tema radica en que muchas de las conductas dañinas de un ser humano provienen de este placer malsano en su fase de imaginación, a la cual nadie, excepto el morboso, tiene acceso. Ahí se han fabricado muchos de los grandes males del mundo, justificados, a veces impecablemente, en la lógica, la razón, las buenas costumbres, las virtudes, las buenas intenciones y hasta el amor.

Tanto si la conducta es la de quien realiza actos socialmente reprobables, como la de quien escandalizado los señala con dedo flamígero, el morboso insano será siempre el indolente, el egoísta, es decir, aquel que hace daño a los demás sin importarle. Puede ser igual de dañino el que abusa de un animal o una persona, que el que ridiculiza y hace sentir a alguien avergonzado. El primero actuando a escondidas o presumiendo en abierto placer por la transgresión, el segundo exhibiendo a los otros para no ser visto.

En el gran escaparate de las redes sociales encontramos algunos de los primeros, que al final resultan muy benéficos, pues el odio que despiertan mantiene lo anormal como anormal. Desafortunadamente hay demasiados de los segundos que, con la enorme atención que atraen mediante burla y escarnio, normalizan lo anormal.
29 Diciembre 2018 04:03:00
Indolencia que niega la vida
¿Quién no aspira en su fuero interno a vivir sin dolor? Incluso quienes lo aceptan como cosa natural y necesaria, instintivamente lo rechazan, hasta que se vuelven conscientes de él y lo procesan.

Todos tratamos de evadir el dolor, en mayor o menor medida, volviéndonos indolentes, palabra proveniente del latín indolentis: el que no siente dolor. Hasta aquí todo bien. No podemos permitir que todo nos duela. Un poco de indolencia es necesaria.

Pero, sin educación emocional, cuya necesidad apenas está reconociendo el mundo, hemos llevado el miedo al dolor al extremo de insensibilizarnos en situaciones en las que se requeriría que fuésemos compasivos, respetuosos, empáticos, responsables e incluso amorosos.

Si nos insensibilizamos en un aspecto, lo estaremos haciendo en otros. Eso es inevitable, lógico y científicamente comprobable. Y cuando la sensibilidad desaparece, la razón empieza a embotarse. No obstante, porfiamos en la indolencia, la verdadera causante de todos los males de la humanidad y del mundo.

La indolencia es inconsciencia, ese pensar, sentir y actuar sin darnos cuenta que no nos damos cuenta de la realidad espiritual que hay detrás de nuestra relación con la vida a través de los sentidos.

Sólo por inconsciencia podemos seguir rechazando el dolor con tanta fuerza que, paradójicamente, nos volvemos destructivos, porque comenzamos a sufrir para evitarlo, y hacemos pagar por ello a otros. No soportamos nuestras emociones fuertes relacionadas con el malestar y buscamos desesperadamente las que nos producen placer, como si pudiésemos hacer una sustitución permanente.

No hemos, pues, entendido de qué se trata la existencia. Rechazando el dolor dejamos de hacer contacto con nuestra alma y, por tanto, de crecer espiritualmente. Nos confinamos en un mundo de apariencias que etiquetamos como realidades, hasta que esa persistente sensación de vacío nos recuerda que algo anda muy mal.

Pensamos que lo único verdadero y real es lo que podemos percibir con los sentidos, pero a la vez, somos indolentes, es decir, inhibimos nuestra sensibilidad cuando ni siquiera hemos desarrollado, afinado y potenciado nuestra capacidad sensorial más allá de lo primitivo. No percibimos la conexión que tenemos con todo y todos. Nos sentimos aislados y a la deriva, amenazados y muertos de miedo.

Por eso es que cuando la desgracia se “normaliza”, sea carencia, violencia, inseguridad, etc., las indolencias personales construyen una indolencia social que impone silencio e indiferencia. Egoísmo colectivo.

Por indolencia un ser humano incurre en las conductas que se consideran más censurables: los delitos. Al delincuente, no le importan los demás, ni el daño que les causa, ya sea porque su sensibilidad está apagada o porque intenta cobrarse todo lo que ha sufrido.

Se trate de nuestros seres queridos, de desconocidos o animales, maltratar es indolencia, abandonar es indolencia, desentenderse es indolencia, tirar basura en la calle es indolencia, no dar a quien lo necesita es indolencia, no asistir a quien pide auxilio cuando podemos hacerlo es indolencia, aficionarse con morbo o indignación a las imágenes trágicas que involucran sufrimiento en las redes sociales, y compartirlas, es indolencia, juzgar a la ligera es indolencia, repartir culpas es indolencia.

Cuando nos dejan de importar los otros, especialmente los que no conocemos, vivimos a medias o al mínimo, sin responsabilidad, siendo cómplices pero no amigos, confundiendo la intensidad con profundidad y los estímulos con sentimientos; pensando sin reflexionar, enamorándonos sin amar. Y por eso hacemos tanto mal.

Sin dolor no hay crecimiento ni contacto genuino con otros ni viaje al alma ni espiritualidad ni Dios ni verdadera vida. Se puede y se debe aspirar a vivir sin dolor, pero se logra trascendiéndolo, no evitándolo.

De lo contrario, la vida se queda en la superficie, nunca va al fondo, porque el dolor es cosa del alma, libera y es siempre pasajero; en tanto el sufrimiento --incesante, creciente y mediocrizante-- es del ego.
22 Diciembre 2018 04:06:00
Por dónde empieza el cambio
La forma en que percibimos el mundo, individual o colectivamente, es nuestra realidad, ya sea que tengamos conciencia sobre nuestras percepciones, o que simplemente nos quedemos con lo que nos han dicho y hecho creer siempre. En el primer caso, estaremos en control de nuestra vida, en el segundo seremos marionetas.

De la percepción parte el sistema de creencias y de éste depende la calidad de vida. Quien perciba el mundo como algo amenazante estará asustado y actuará en consecuencia: envidiará, odiará, agredirá e incitará a la agresión, mentirá, maltratará, se excederá, traicionará y pasará sobre los demás egoístamente, así predique justicia y amor, que para eso existen lo que se llama autoengaño y simulación.

Así pues, cómo decía el físico austriaco Fritjof Capra, experto en teoría de sistemas, refiriéndose a la percepción: “cuando cambias la forma de ver las cosas, la forma de las cosas cambia”. Esto puede no ser un misterio para nadie en la era de la ciencia espiritualizada o de la espiritualidad “cientifizada”, pero le aseguro que el verdadero significado de la percepción, y cómo opera, sí lo es, porque en general los seres humanos damos por hecho que sabemos muchas cosas en las que estamos equivocados, las convertimos en nuestras verdades y, por ego y miedo, las defendemos férreamente, con lo que nos alejamos de la posibilidad de reconocer el error y, obvio, corregirlo.

Entre los significados erróneos más extendidos de percepción están los que la equiparan con una creencia y/o una opinión, es decir, con un concepto elaborado de las cosas que podemos compartir con otros y externar en privado o en público.

Pero la percepción es previa y primigenia en el proceso de pensamiento, aunque con una observación aguda puede ser descubierta en la base de una creencia y/o una opinión, una actitud, una conducta, una emoción.

Es tan importante en nuestra vida, que de la calidad de la percepción dependen la alegría, la seguridad, el amor, o todo lo contrario. Si queremos cambiar nuestras vidas para mejorarlas o solo para dejar de pasarla mal, tenemos que comenzar por la forma en que percibimos las cosas, pero antes, indispensablemente, por nuestro entendimiento de lo que es la percepción, que no es otra cosa que la famosísima primera impresión. Así de fácil.

La primera impresión que tenemos sobre algo siempre involucra, sucesivamente, una sensación corporal, en no pocas ocasiones una reacción emocional, una clasificación mental espontánea y un pensamiento inicial inadvertido –digamos que una conclusión primaria–, en ese orden. A partir de este proceso es que formamos nuestras creencias, opiniones y formas de sentir. Y pues bueno, nuestras vidas pueden convertirse en un desastre si no nos damos cuenta de que una percepción negativa determinará toda nuestra visión, actitud, comportamiento y forma de sentir.

La clave de todo este asunto, es que la primera impresión negativa no depende en realidad de las circunstancias, sino de cómo las interpretamos, y nuestra interpretación está determinada a su vez por lo que creemos y sentimos acerca de las cosas. Es decir, percepción y creencias se retroalimentan, pero también pueden ser opuestas, de ahí que entremos en conflicto en algunos aspectos de nuestras vidas.

Indicadores de ese conflicto son la culpa y la vergüenza tóxicas. Por ejemplo, la culpa por comer puede deberse a que nos percibimos gordos, lo cual, además, nos hará sentir avergonzados, aunque nuestro peso sea normal, y dicha percepción, a su vez, deriva del concepto general sobre la belleza física.

La forma en que uno se percibe a sí mismo es el fundamento de la autoestima.

La buena noticia es que la forma en que percibimos puede ser cambiada. Sólo hay que tener conciencia de ella, para mantener un diálogo. Ninguna percepción errónea soporta la prueba de la buena lógica ni la mirada del perdón y el amor.
15 Diciembre 2018 04:07:00
Cruel paradoja
En sociedad, los seres humanos vivimos clamando por igualdad, pero en la vida personal nadie quiere ser igual a los otros. Cruel paradoja. La mayoría intenta ser mejor y tener más, porque desea en secreto la envidia ajena. Por tanto, quiere que los demás sean y tengan menos. Es decir, a su vez, envidia.

La envidia es uno de los defectos más inconfesables, porque el envidioso acepta que se siente menos que los demás. Y, sin embargo, no hay ser humano que no haya sentido o sienta envidia, al menos en algún ámbito de su vida, porque es natural, pero muy vergonzosa y, por eso, sumamente corrosiva.

No la admitimos individualmente, y por tanto, no la vemos en su manifestación colectiva, pero si hay una disfunción social divisionista, destructiva y retrógrada, es la que actúa con base en la envidia.

¿Cómo detectarla? Es esa que incita rencorosa al escarnio, queriendo igualdad a partir del despojo y justicia predominantemente castigadora, o sea, precariedad generalizada y venganza, porque ambas producen la euforia que necesita el ego para sentir que ha triunfado; mal sustituto del resarcimiento al alma.

La envidia es, además del resentimiento, la única emoción que no tiene en absoluto un viso positivo. En su manifestación menos negativa nos hace querer lo que tienen los demás, principalmente aquello que los hace parecer tan felices, seguros y tranquilos a nuestros ojos, y no porque lo sean, sino porque no nos gusta
nuestra vida.

En su faceta más enferma, la envidia nos impulsa a desear e incluso hacer mal a otro, para que pierda lo que tiene. Cuando una persona ha rumiado durante años odio y rencor por sus heridas de infancia, principalmente la de injusticia, termina haciendo cualquier cosa para lograr su propósito de encumbrarse sobre los demás y destruir todo aquello que lo ha venido lastimando, no importa a cuanta gente engañe y perjudique.

Por eso, en todo el mundo grandes próceres de la igualdad y la justicia han sido todavía más grandes, aunque ocultos, envidiosos, y tan buenos mentirosos que nos ha sido difícil distinguirlos de los verdaderos luchadores sociales. Algunos de ellos todavía tienen adeptos.

La fundamental diferencia entre ambos es que uno actúa motivado por amor al servicio, el otro por su gloria personal. Por genuino, el primero jamás presume; por falso, el segundo siempre se exhibe como el bueno.

Mientras el luchador social apela a la razón y el sentimiento, y sólo como último recurso a la fuerza, el envidioso simulado incita antes que nada a la emoción incendiaria, para convertirla en agresión irracional en el momento en que lo necesite. Como dijera Nietzsche en Así Habló Zaratustra: “¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justicia!... Y si se llaman a sí mismos «los buenos y justos», no olvidéis que… para ser fariseos, no les falta nada más que ¡poder!”.

A partir de la envidia perezosa (quiero lo que tú tienes, sin que me cueste lo que te costó y te cuesta) o la “luchona” (no mereces lo que tienes porque yo me esfuerzo más y no lo tengo), un gran envidioso puede hacer estragos incluso a nivel mundial, si es apoyado por suficientes personas que sienten lo mismo.

Ante la envidia, gratitud. Gratitud por lo que hasta ahora somos y nos ha sido dado. Esta virtud será además plena y genuina cuando nos permita bendecir lo que tienen los demás, pedir sin ánimos incendiarios justicia restaurativa, tener disposición a ser verdaderamente iguales y, un clásico, dar sin esperar.

La gratitud es satisfacción, que no conformidad, en tanto la envidia es incapacidad de hacernos responsables de nuestra insatisfacción, hasta desear ser otros o que los otros se sientan tan miserables como nosotros.

Sólo hay aspiraciones y posibilidades reales de mejora cuando hay genuina gratitud y sincero deseo de bienestar para los otros.

08 Diciembre 2018 03:07:00
La era de la ira
La ira es la lanza en ristre del instinto de sobrevivencia. Sin ira estaríamos muertos. Es la emoción primaria que nos da la fuerza para repeler con éxito un ataque y/o someter al enemigo.

Sentirla, pues, es normal, pero si es bueno o malo es cuestión de que nuestra defensa y el ataque que puede conllevar estén o no correctamente justificados. Palabras más, palabras menos, decía Aristóteles que enojarse (el grado más modesto de la ira) es fácil, pero hacerlo en el momento oportuno, con la persona correcta, por motivos reales y en una justa medida, es prácticamente todo un arte. Hay que tener gran dominio sobre uno mismo.

La ira es el combustible más altamente inflamable del planeta y no solo un recurso inagotable, sino en constante aumento. Se propaga con gran facilidad e incendia sociedades enteras, naciones, planetas. Llegada al punto de la colectivización, es siempre destructiva. Lo que destruye tiene mucho menos que ver con la realidad, que con los intereses de los manipuladores sociales que la azuzan.

Eche, si no me cree, un vistazo a las redes sociales, que han hecho de esta, la era de la ira. Encontrará todas sus manifestaciones más cotidianas, variadas y esperadas: indignación, frustración, cólera, odio, resentimiento, fastidio, desprecio y más. Es obvio que mucha gente solo “se conecta” para ver con quién se desquita.

Hablamos de la ira guardada durante años, traspapelada en el fondo del cajón del bloqueo emocional con otros sentimientos molestos, como los que componen la baja autoestima, y el dolor sin procesar de la infancia por la injusticia, la discriminación, el abandono, la traición, etc.

Es la ira que produce deseos de venganza y euforia cuando finalmente se ejecuta. La ira de la prepotencia y la soberbia del que no sabe ganar y la destructividad del que no acepta perder. La ira que polariza, que siempre ve un enemigo y se toma todo a personal. La ira del que se atribuye arrogantemente la razón absoluta y la conducta impoluta; señalando acusadoramente a los demás para ocultar sus vicios a la propia mirada. ¡Qué de ejemplos está lleno el mundo!, en todas las épocas, todas las sociedades y todos los asuntos.

Las personas que padecen esta ira seguramente son explosivas, rígidas, radicales, incapaces de escuchar ni de empatizar con los demás si no es a través del victimismo. Seguramente estarán insultando a otros en las redes sociales y discutiendo con ellos infructuosamente. Indudablemente son infelices, aunque den su mejor cara, y hacen infelices a otros, con intolerancia, malhumor, ofensas verbales, gestos despreciativos, si no agresiones directas.

Si nos estamos identificando, es momento de cambiar. Por nuestro bien y el del mundo. Comenzamos por liberar todo lo que durante años hemos contenido. Poco a poco. Nada fácil, pero muy satisfactorio. En paralelo iremos aprendiendo a manejar la ira. Lo primero a tener en cuenta es que no es lo mismo la ira que la agresión. La ira es una emoción, la agresión una conducta. Uno puede detener la situación en la emoción y canalizarla, para evitar la conducta, que es la que daña a otros y por tanto nuestras relaciones.

He aquí algunas otras sugerencias:

Tratándose de personas, si no estamos en peligro físico, nos alejamos hasta calmarnos, reflexionamos acerca de lo sucedido y tratamos de ponernos en los zapatos del otro. Si la otra persona se ha calmado, la escuchamos primero, expresamos después cómo percibimos las cosas, responsabilizándonos de nuestros sentimientos; si no podemos llegar a un acuerdo, aceptamos las diferencias y las remontamos.

Tratándose de una situación que nos cause frustración, indignación o incluso rabia, respiramos, respiramos y respiramos hasta que se enfríe la cabeza, evaluamos los costos de nuestras decisiones y, sobre todo, dejamos de condicionar nuestro bienestar a los resultados, porque el solo hecho de hacerlo ya los arruina.

Tratándose de Twitter y Facebook: cierre sus cuentas. Seguirá existiendo.




01 Diciembre 2018 04:06:00
El origen de la escasez
Todos crecemos con necesidades insatisfechas de afecto, atención, validación, reconocimiento y seguridad, a las que se suman dos o más heridas profundas. No hay excepciones, solo negaciones.

A partir de esas marcas emocionales, nuestra mente comienza a construir la vida; primero imaginando y deseando; después, haciendo en consecuencia. Pero no construye –porque no le enseñamos– para satisfacer las necesidades y sanar las heridas, sino para compensarlas; es decir, para obtener algo a cambio por ellas.

Sonó fuerte, ¿no? Pero es la verdad, porque satisfacerlas y sanarlas nos lleva a la responsabilidad, a entrar en dominio de nuestra propia vida, a dejar de exigirle a los demás que sustituyan a nuestros papás y que, por tanto, nos den lo que necesitamos o nos restituyan la felicidad perdida ante el dolor que nos ocasionaron.

Y así entramos en contacto con todo los que nos rodea, más profundamente con nuestros semejantes, claro; especialmente con nuestras parejas e hijos. Esto es lo que se llama relacionarse desde la carencia.

Bajo esta estructura mental, sostenida por un andamiaje emocional insano, esperamos no solo que los demás nos den más de lo que pueden, sino que los bienes materiales se conviertan en un contrapeso del malestar que nos ha acompañado durante años, u oculten cuan poca cosa nos sentimos, o incluso funcionen como una indemnización por lo miserable que ha sido la vida con nosotros.

Esta relación con el mundo y con las personas desde la carencia que no puede ser subsanada, sino solo compensada, es el origen de la escasez; es decir, el obstáculo raíz de la abundancia.

Solo cuando no haya carencia, cuando ya no necesitemos nada y por tanto el deseo no responda a un “llenar”, habrá abundancia, que por antonomasia es tener más de lo que se necesita.

Si se vive necesitando, se vive en escasez. Pero ojo, la necesidad siempre es más imaginaria que real. De hecho, la confundimos constantemente con los deseos. Sabemos que podemos prescindir de esa persona o ese objeto “especiales”, pero la avidez con que los deseamos duele. Es como si los necesitáramos, ¿no? He ahí.
Y así deseamos cada vez más, intentando compensar el vacío de vivir, porque donde está la carencia no hay nada.

Por eso es que nos acomodaron tan bien las nuevas teorías económicas que equiparan la pobreza a la escasez, y por tanto la atribuyen a que no hay suficiente para tantos, pero no a la acumulación de bienes materiales en unas cuantas manos, al dominio de los recursos naturales en todavía menos de ellas y por supuesto al derroche cuando hay y al uso irracional cuando sobra.

Mire usted este dato y hablamos de escasez: según la Oxfam, confederación internacional de combate a la pobreza con representación en 90 países, desde el inicio del presente siglo, la mitad más pobre de la población mundial sólo ha recibido el 1% del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50% de esa “nueva riqueza” ha ido a parar a los bolsillos del 1% más rico.

Pero no saque la conclusión de costumbre, porque no es esta situación lo que ocasiona la escasez; sino la idea de que esta campea en el mundo lo que permite tal acumulación, porque este robo en despoblado queda oculto al pensamiento cotidiano si la mayoría de las personas creen que no tienen porque no hay.

Basta con hacer un pequeño ejercicio reflexivo para darnos cuenta de que la escasez y la abundancia son formas de pensar y sentir: revise su día; si concluye que sus necesidades básicas están satisfechas hoy, todo lo aledaño sobra; es decir, abunda. Y como la operación para pasar de un estado a otro solo fue mental, mañana también habrá abundancia, si así lo decide.
25 Noviembre 2018 04:00:00
Circule, siga adelante
Entre tanto maestro espiritual, gurús del éxito y coaches de la prosperidad, es el poeta inglés Walt Whitman quien, desde mi punto de vista, ha revelado la verdadera naturaleza de la tan anhelada abundancia: “Hoy, antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”.

Me preguntará: ¡¡¿qué diablos tiene que ver eso con la abundancia?!! Pues todo, y me explico: Esa sed de conocer, experimentar, expandirse, ir siempre más allá, es la verdadera abundancia.

Vamos a desmenuzarlo: Supongamos que Walt queda fascinado con uno de esos nuevos mundos y decide quedarse un tiempo para extraer toda la sabiduría, el placer y la experiencia que puede proporcionarle. Aunque tenga mucho de todo lo que quiere, en ese momento ha dejado de producir abundancia. Se queda plácidamente en la escasez, es decir, en aquello que se agotará tarde o temprano, aunque ahora no sepa cuándo, hasta que finalmente comienza a escasear.

Ante tal disyuntiva, Whitman tendría dos opciones: quedarse insatisfecho en ese mundo esperando que le dé más de lo que ya le dio, o abandonarlo y emprender una nueva aventura que, aunque incierta, necesariamente le traerá más de lo que ya tiene.

Obvio, cualquiera optaría por la segunda, me dirá. La primera es ilógica. Entonces, ¿por qué casi todos los humanos pretendemos quedarnos permanentemente donde ya no hay nada para nosotros? Un trabajo aburrido, una relación agotada, una profesión que no amamos, un grupo de amigos que nos deja vacíos por dentro, etc.

Porque creemos fielmente en la escasez, el lenguaje del miedo, que nos asegura que más allá de lo que tenemos no está lo que queremos. Pocos seres humanos se arriesgan a soltar lo que tienen sin ver enfrente lo que habrá de sustituirlo. No soportamos la inseguridad y la incertidumbre, pero la abundancia solo puede darse en el terreno de lo desconocido, el de las posibilidades infinitas.

Tememos que no habrá trabajo ni ingresos, no amor ni vocación ni pasión por algo, no amigos ni paz ni seguridad ni felicidad más allá de lo que ahora hay, y en lugar de agradecerlo y disfrutarlo, lo odiamos y lo repudiamos, porque es insuficiente, doloroso, insatisfactorio. Esto es lo que se llama estado mental de escasez, y desde ahí clamamos a Dios y al universo por abundancia.

Esto es como la famosa frase de “buscar trabajo pidiéndole a Dios no encontrarlo”.

Estamos en el lugar interior equivocado y hacemos todo lo opuesto a la naturaleza de la abundancia: tratar de tener para acumular. La confundimos con “mucho”, “muchísimo”, “excesivo”.

Tenemos, retenemos para acrecentar, acumulamos, llegamos incluso a ser ricos, y creemos que tenemos abundancia. Nada más erróneo. Estamos estancados, viviendo en la escasez, porque la idea que nos guía es que no habrá suficiente más en adelante.

Y me dirá usted que es mejor estancarse en la riqueza que en la pobreza. Yo le diré que no. Uno es infeliz allí donde no ve más que una perspectiva material de vida, rico o pobre; y lo es más cuando no agradece ni aprecia lo que tiene, porque la escasez radica en la insatisfacción, no en la carencia en sí misma, mientras que la abundancia proviene de la gratitud. En resumen, ambas son una actitud hacia la vida, una mala y la otra buena, pero no una cantidad, aunque así las veamos.

Abundancia es lo que siempre hay; por tanto, está en constante circulación; a veces o muchas veces sobra, pero nunca falta, y prospera porque permanentemente cambia. Lo que se acumula se estanca. La abundancia es infinita, la acumulación limitada. La acumulación es vivencia de escasez.
17 Noviembre 2018 04:00:00
Con prisa no es rápido… ni mucho menos eficiente
“¡Rápido, rápido, rápido! ¡Ya, ahorita! ¡Apúrate, apúrate!”, es la orden que muchas personas están continuamente dándose a sí mismas o a otros. Y no habría ningún problema si la situación o las circunstancias realmente lo requirieran, pero no es así generalmente. Por lo regular, este sentido de “urgencia” que le imprimimos a nuestras vidas es una especie de aceleramiento interno producto del romance entre el estrés y la ansiedad.

Ha cobrado tantas vidas con accidentes, ataques al corazón y hasta suicidios, que los cardiólogos Meyer Friedman y Ray Rosenman acuñaron el término de “enfermedad de la prisa” (hurry sickness).

Las personas con prisa constante parecen estar todo el tiempo muy ocupadas, ser muy activas, eficientes e indispensables en lo que hacen. La realidad es todo lo contrario: el estrés los lleva a cometer errores, saltarse pasos, olvidar cosas, pasar otras por alto y arribar finalmente a un desastre lleno de “esques” (es que no lo vi, es que no me dijeron, etc.). La ansiedad, por su parte, provoca desa-sosiego, angustia, desesperación y hasta ataques de pánico paralizantes, además de tics nerviosos y enfermedades sicosomáticas, como alergias.

Así pues, las personas con prisa, llamémosle “sin sentido”, no solo fallan constantemente, sino que se enferman frecuentemente. Esperar, incluso 30 ridículos segundos, a que se caliente algo en el microondas, no es para los urgidos por dentro; comienzan a desesperarse, a ver el reloj, a tensarse, y ese “ritmo” que le imprimen a su cuerpo y a su mente los guía todo el día, hasta que sin motivo real terminan agotados, sin energía, pero estresados, de manera que no descansan bien.

Al siguiente día reemprenden la vida con prisa y continúan el círculo vicioso hasta que su mente y su cuerpo, literalmente, “revientan”. La dinámica que siguen es la de ubicar todas sus ocupaciones en el mismo nivel de importancia, como merecedoras de la misma prisa y el mismo esfuerzo, aunque sean nimias, pues de priorizarlas, tendrían que calmarse, y esa no es una opción para quien se está sintiendo profundamente solo, sin vínculos profundos, amorosos o amistosos, sin actividades que le apasionen ni aficiones que lo contenten, porque todo esto es lo que en realidad hay atrás de un enfermo de prisa sin sentido. Tiene, pues, una vida vacía.

Es una persona a la que le cuesta trabajo establecer intimidad con otros y, por supuesto, consigo mismo, de manera que tiende a llenarse de cosas que hacer para evitar la conciencia calmada y observante que implica el “ser”, la vulnerabilidad para disfrutar la presencia de los amigos o la familia, el sosiego que implica pintar, leer, escribir, caminar lento, atento al entorno, y en general las actividades que implican bajar la velocidad.

Cualquiera de nosotros puede tener la enfermedad de la prisa, parcial o totalmente, en uno o en todos los aspectos de nuestras vidas. A más prisa, menos vida. ¡Y cuidado!, es una adicción, y como tal es destructiva, progresiva, invasiva y muchas veces mortal.

Primero nace la prisa mental: los pensamientos están desbocados, van uno a otro a toda velocidad y de asunto en asunto sin resolver nada. La persona no se da cuenta, pero su cuerpo sí: activa el estado de alerta, porque “algo no está bien, ¡hay peligro!”, y se pone en modo “defensa con actividad al máximo”, de manera que todo se hará con prisa, incluso comer, dormir (aunque no lo crea) y relacionarse. Se deja de sentir a la gente, incluso a la cercana, ya no se le aprecia y finalmente se les pierde, y con ello la vida misma.

La solución es por supuesto practicar la calma como una disciplina, empezando por respirar lento y conscientemente todas las mañanas, varias veces. Aunque no lo parezca, todo lo hace más rápido y mejor quien lo hace con calma.
10 Noviembre 2018 03:10:00
El impacto colectivo
En cuestión de relaciones sociales, imágenes públicas, acciones colectivas y posturas políticas, los seres humanos interactuamos con máscaras para que nadie pueda vernos tal cual somos y herirnos. Pueden estar tan perfectamente perfiladas que parezcan el rostro real, el del alma.

Incluso en nuestra dimensión personal las llevamos, pero nos las quitamos para poder establecer relaciones emocionalmente satisfactorias, amorosas o amistosas. Y también hay quien nunca lo hace.

Las máscaras, pues, son necesarias, el problema es que pocas veces somos conscientes de nuestros falsos yos. Y en asuntos colectivos tendemos a creer que las personalidades artificiales son el yo.

Las máscaras son esos artilugios psíquicos que hacen posible la existencia de personajes públicos que en su vida privada son todo lo contrario a lo que pregonan, pero, obviamente, lo esconden. Son capaces de matar o perder la vida antes de que su falso rostro sea descubierto, porque han basado el sentido de su importancia personal en mirarse a sí mismos por encima de los otros, en sentir que los controlan y los dominan. Es decir, en el poder que creen tener.

Hablo de dirigentes que han sometido a sus pueblos a la escasez mientras acumulan grandes fortunas; líderes religiosos que exigen virtud y castidad, cuando son disolutos en su intimidad, y muchos más ejemplos, pero ya sabe usted de qué le hablo.

No todo mundo tomará nuestra máscara por nuestro yo. Lo harán aquellos cuya máscara se parezca a la nuestra y necesiten reafirmación para sus propias personalidades prefabricadas.

Ahora bien, la fuerza con que los seres humanos nos aferremos a nuestras máscaras, como si fueran nuestro yo real, es directamente proporcional al grado en que nos sentimos indignos de amor, y este, a su vez, es resultado de las vueltas que le hemos dado a nuestro círculo vicioso de traumas: escondemos cosas, nimiedades en ocasiones, que nos avergüenzan o nos llenan de culpa; cosas que hemos hecho para compensar profundas heridas de infancia: abandono, traición, injusticia, desvaloración, abuso, maltrato, etc.; o incluso para corroborar la visión catastrofista que tenemos de la vida, porque tales dolores son lo más cercano al indispensable amor de nuestros padres.

El problema es que el círculo vicioso, producto de pensar, sentir y actuar negativamente durante un lapso prolongado, hasta desarrollar incluso una sicopatía, lleva la voz cantante en lo que a nuestra influencia social, económica y política corresponde. La máscara es sólo un “me gustaría”.

Lamentablemente, cuando actuamos como si la máscara fuera la realidad, no nos acercamos a lo que nos gustaría, pero hacemos como que sí; es decir, nos autoengañamos y simulamos; nos mentimos a nosotros mismos para mentirle eficazmente a los otros, les creemos a ellos su mentira para que nos crean o hagan como que nos creen la nuestra, y juntos sostenemos una colectiva.

Hay diversas máscaras colectivas, todas provenientes de la desconfianza. Las más conocidas son la del individualista apático: “para qué hacer algo, si nada va a cambiar”, y la del participativo iracundo: “estoy harto, ya verán…”. Las dos igual de perniciosas; la segunda, además, peligrosa, causante de los linchamientos, públicos o virtuales.

Pero la lucha social es imprescindible para cualquier nación, me dirá. Es cierto, la cuestión es: ¿la lucha desde dónde? ¿Desde la furia, la violencia, la venganza, la irracionalidad, la amargura, el victimismo, la infelicidad y la inseguridad productos de la historia personal y proyectados en hartazgo social?, ¿o desde la responsabilidad, la solidaridad, la empatía, la ecuanimidad, la crítica congruente y la razón? La primera puede llegar a ser violenta, la segunda siempre es pacífica.

El primer tipo de lucha es aquel que derrumba modelos y estructuras desde la sicopatía, es decir, la creencia de que las reglas son para los demás. Esa es la dirigida por personalidades que instaurarán autocracias. El segundo tipo es el de la democracia.
03 Noviembre 2018 03:00:00
Como pienso, existo. El impacto individual.
“Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso”. Confucio

A todo pensamiento sigue una emoción. A todo pensamiento negativo sigue una emoción negativa. A todo pensamiento negativo persistente y dominante sigue un malestar constante. A todo sistema de pensamientos negativos, persistentes y dominantes sigue un conjunto de malestares que conforman trastornos del estado de ánimo: depresión, distimia y bipolaridad. Los problemas psicológicos más diagnosticados en todo el mundo no son algo que nos sucede, sino algo que producimos, aunque no sepamos cómo.

Que estos padecimientos se manifiestan en un desbalance químico en el cerebro, es indudable, pero no es éste la causa, como se ha venido creyendo, sino el indicador. Un hígado graso no se ve igual que uno saludable, por tanto un cerebro deprimido no tiene por qué verse igual que uno sano. El hígado graso no se enfermó solo; el cerebro deprimido tampoco.

Decir que de pronto hay un desbalance químico en el cerebro que nos produce depresión, es como decir que el hígado se puso graso espontáneamente y nos está ocasionando un malfuncionamiento orgánico. Es claro que en ambos casos el origen es el mismo: la chatarra, mental en un caso, alimenticia, en el otro.

Así pues: chatarra mental, de la cual estamos invadidos sin darnos cuenta, porque somos conscientes apenas del 10% de nuestros pensamientos diarios. Si usted pone atención en ese pequeño porcentaje, se encontrará que hay no pocos pensamientos negativos. Siga el hilo emocional de cada uno de ellos y verá a dónde lo lleva. Si, obvio, al malestar emocional.

Si aplicamos la ley de probabilidades, nos horrorizaremos al pensar en la negatividad que hay en el otro 90% de los pensamientos de los cuales no somos conscientes. Hay una noticia peor, todavía: ese es el porcentaje que controla nuestras vidas, no el
pequeño.

Así pues, si una persona ha pensado, sabiéndolo o no, durante la mayor parte de su vida, que el dinero es escaso y difícil de conseguir, que la vida es injusta y dura, que es insuficiente para ser amado, feo o fea, tonto, inútil y/o torpe; que lo bueno que le suceda será cuestión de suerte y que hay que cuidarse de los demás, cómo cree usted que siente: ¿deprimida o feliz?, ¿confiada o desconfiada?, ¿apreciable o despreciable?, ¿valiosa o poca cosa?, ¿poderosa o débil?, ¿capaz o incapaz?

Exacto. Es cuestión lógica básica: en conjunto se siente por lo menos miserable. Por analogía, entonces, a un pensamiento positivo sigue una emoción positiva, a un pensamiento positivo persistente y dominante un bienestar constante y a un sistema positivo de pensamientos dominantes y persistentes, las anheladas tranquilidad, seguridad y felicidad, que no son la ausencia de problemas, sino la convicción de que habremos de resolverlos creativa y satisfactoriamente, de manera que nos quedemos en paz con nosotros mismos, porque sin problemas no hay aprendizaje ni crecimiento.

El que no aprenda de la vida no tendrá la menor posibilidad de encontrarle sentido y, por tanto, de procurarse bienestar. En términos generales, esta idea puede ser entendida de la misma forma por la mayoría de quienes la lean, no así sus componentes: aprender de la vida, encontrarle sentido y procurarse felicidad, significados que podemos dilucidar atando cabos: aprender implica saber qué hay en nuestra mente; cambiarlo para entrar en dominio de nuestras vidas es darle sentido a la existencia, entre cuyos hallazgos está el que todo bienestar es autoprocurado, no “algo que nos sucede”.

La clave de todo está en saber que los pensamientos negativos son nuestro mayor enemigo y que no vienen de fuera: son producto de patrones mentales y anímicos insanos de nuestros progenitores, que interiorizamos de niños como forma de ver el mundo y relacionarnos con los demás, de manera que ya no somos conscientes de ellos.

A la famosa frase de René Descartes de “pienso, luego existo”, hay que ponerle un corolario: “como pienso, existo”.
27 Octubre 2018 04:00:00
El héroe transformado: el camino del héroe 5 (y final)
Siempre con ayuda de sus fieles compañeros, el héroe va superando todas las pruebas hasta llegar al reto final, el que lo transformará sin remisión ni retorno al que antes era. Nunca más.

Ese enfrentamiento le costará, o casi, la vida. Y hablamos por cierto de la vida o un aspecto de vida de ese poderosísimo impedimento que todos tenemos para crecer: el ego. Efectivamente, ese trascendental cambio se siente como una muerte y un renacimiento. Dejamos de ser unos y nos convertimos en otros.

En el camino interior, nuestros compañeros son los instintos, el León, para defendernos cuando es preciso; la intuición o “susurro del alma”, como la describiera Krishnamurti, el Espantapájaros, única y verdadera sabiduría, y la llamada irresistible del amor, el Hombre de Hojalata. También, y muy frecuentemente, podemos ir acompañados en nuestra aventura interior de verdaderos amigos del alma, que se transformarán junto con nosotros.

Algo tiene que morir, algo a lo que le hemos tenido mucho apego en la vida, incluso siendo perjudicial. Ese algo puede haberse manifestado materialmente, pero en su esencia es una fuerte y arraigada emoción creada por un pensamiento dominante, que nos hace adoptar actitudes y conductas dañinas.

El pensamiento continuo y predominante de escasez nos produce miedo a no tener suficiente dinero nunca o en el momento en que más lo necesitaremos, por tanto nos volvemos avaros, codiciosos y envidiosos.

Si pensamos que todos los hombres son infieles o las mujeres caprichosas, nos volveremos desconfiados y recelosos; vivimos a la defensiva en nuestras relaciones y, obviamente, atraemos y aun producimos el resultado temido, porque en él estamos concentrados, así que nos convertimos en parejas agresivas, amargadas y vengativas.

Si nuestra idea es que la vida es injusta y dura, nos sentiremos siempre inseguros y vulnerables; nos volveremos las víctimas eternas, culpando a todo y a todos de nuestra triste situación, la mejor zona de confort para no hacernos responsables de nada, puesto que “nada podemos hacer desde nuestra indefensión”.

Estos son solo ejemplos muy comunes de lo que le sucede a la mayoría de las personas las 24 horas de su día, hasta que… la crisis los empuja a emprender el camino del héroe. Si logran enfrentar a su Malvada Bruja del Oeste interior, su ego será sin duda abatido. De eso se trata la transformación: recorrido tras recorrido, el héroe va derrotando en realidad a su ego. En una de esas, traba amistad con él y lo hace su aliado.

En el camino interior, esas zonas oscuras donde el héroe temía encontrarse con lo desconocido, hallará en su lugar a viejos conocidos: sus monstruos de clóset, todos esos dolores, miedos, culpas, vergüenzas, que creía haber guardado tan bien, que nunca tendría que volver a verlos. Y ¡oh, sorpresa!, en un acto de arrojo y coraje, o de calma y confianza, según sea necesario, deberá arremeter contra ellos para descubrir que con un simple cubo de agua se derriten.

Todo cambia a partir de esta revelación. El héroe triunfante se convierte en el héroe transformado, que emprende el regreso a casa con varios trofeos: expiación, que lo libera de cargas insanas (sin miedo, el León se empodera); sabiduría o la voz del alma para gobernarse (gran talento del Espantapájaros); ecuanimidad o calmada reacción (la de Dorothy al darse cuenta de que el Mago de Oz es un fraude, y que nada es tan terrible como parece); empatía o solidaridad del corazón (la principal cualidad del Hombre de Hojalata); finalmente, experiencia: ahora sabe que desde el principio del recorrido lleva la solución consigo (las zapatillas plateadas).

Pero el resultado final será siempre el mismo: cuando regrese a casa amará más de lo que amaba, y eso lo hará feliz. Lo animará a reemprender el camino cuando la vida así lo decida.
20 Octubre 2018 04:07:00
El héroe triunfante: el camino del héroe (4)
Como parábola del crecimiento interior, en el camino del héroe todo tiene un dentro y un fuera. Nuestros aliados y maestros pueden representar aspectos de nosotros mismos o a otras personas, igual que nuestros obstáculos y enemigos.
Para recorrer el camino con éxito, el héroe necesita un sabio razonamiento, un gran corazón y el ánimo de realizar proezas a pesar del miedo. Esto es, el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león juntos, en torno a un ego armonizado con el alma: Dorothy y Toto. Su unión es la base del crecimiento interior: la congruencia.

Pero la cada vez mayor congruencia de la heroína será puesta a prueba por un gran enemigo: la Malvada Bruja del Oeste. Se acerca el momento cúspide de la aventura, pero Dorothy cree poder evitarlo, y va al encuentro directo del Gran Mago de Oz para resolver lo más rápido posible su problema.

No conozco unsolo ser humano que desee enfrentarse cuanto antes a su Malvada
Bruja del Oeste interior. La evadimos cuanto podemos, hasta que llega el momento de enfrentarla en nuestras creencias obstaculizantes, emociones malencaradas, heridas profundas, dolores intolerables, miedos paralizantes y caos mental.

Entanto eso sucede, creemos ser bondadosos desde la avaricia; honrados desde la inmoralidad; grandes amigos desde la traición y buenas personas sin preocuparnos realmente por los demás.

O, conel ego del que todo debe poderlo, nos llenamos de culpa cuando no somos capaces de resolverle su problema a otros o cuando menos ayudarlos en una situación de apuro.

Solo cuando la culpa nos lleva directo a un acto de arrepentimiento por el mal hecho es sana. La sentida por lo que no somos humanamente capaces de dar o hacer es tóxica.

Pero retomemos el camino. Llega Dorothy
ante el GranMago, quien para ayudarla le pide que derrote al único enemigo que le queda en todo Oz: la Malvada Bruja del Oeste. Siempre deberás dar a cambio de lo que recibes, y de manera equivalente. La reciprocidad es la base de toda relación sana. Dorothy sabe que no tiene otra opción.

Para cada uno de nosotros, la Malvada Bruja del Oeste interior es la herida más profunda recibida en nuestra infancia. Todos la tenemos, aunque nos podamos pasar la vida sin reconocerla. ¿Qué es lo que más desea, aparte de amor:
reconocimiento, admiración, pertenencia, presencia, validación, estímulo? Cualquiera que sea su necesidad, tendrá que ver con aquello que sus padres no le dieron. Cualquiera que sea su dolor, tendrá que ver con aquello que le infligieron.

La Malvada Bruja del Oeste es tan poderosa que parece estar a punto de derrotar a Dorothy. Ya ha desmembrado al espantapájaros y esparcido su paja: o sea, casi perdemos la cordura; ha dejado abollado y abandonado al hombre de hojalata: es decir, malherido el corazón, y encarcelado al león, por lo cual somos presas del miedo.

Parece que será esclava por siempre. Llámele también a la bruja adicción, codependencia, consumismo, o cualquier conducta que nos impida ir con libertad por aquello que deseamos. Podemos permanecer ahí poco o mucho tiempo. Unas semanas, unos meses, años o toda nuestra vida.

Unimpulso nacido del instinto de autoconservación permite a Drorothy acabar con la bruja. Le echa encima un balde de agua que la derrite, furiosa porque le ha quitado una de sus zapatillas. Y ahí, nuestra heroína experimenta la gran revelación: el enemigo, interno y externo, es más frágil mientras más poderoso parece. Solo hay que conocer a qué le tiene miedo y qué emoción lo derrota (pues emociones es lo que representa el elemento agua).

¡No me arrebatarás mi felicidad, mi seguridad, mi paz interior!, es lo que hay que decirle al enemigo, interno o externo, que constantemente nos quieren hacer flaquear, con el coraje con el que Dorothy se enfrentó a la malvada bruja.


13 Octubre 2018 04:00:00
El héroe resuelto: el camino del héroe (3)
‘La cabeza es el órgano que tuerce la conciencia’.
Joseph Campbell


El héroe no pretende madurar o ampliar su conciencia. Quiere salirse con la suya, resolver un problema o realizar una proeza para ser admirado. Aunque, gracias a Dios, no pocos realizan actos heroicos por satisfacción personal en la vida cotidiana. En este caso, sin embargo, hablamos de esas zagas heroicas que son parábolas del crecimiento interior.

En esta tercera entrega, el héroe finalmente está a punto de atravesar el umbral que lo llevará a comenzar una transformación profunda, generalmente sin darse cuenta hasta que haya sucedido.

Puede haber un guardián en el umbral. Quizá una esfinge que nos recete un acertijo para dejarnos continuar. En el caso de Dorothy, en camino a la Ciudad Esmeralda, este punto del camino fue la casa del amable Boq, la última antes de salir del territorio Munchkin.

Su anfitrión, al conocer su propósito, le advierte de los peligros que pueden esperarla en el camino. A pesar de su temor, Dorothy toma la valiente resolución de no volverse atrás, a la hospitalidad de los Munchkins, pues sólo el Gran Oz podrá ayudarla a regresar a Kansas.

El héroe, resuelto, está dando ya su primer paso hacia lo desconocido. Lo impulsa una gran necesidad, como a Dorothy, o un gran sufrimiento. En nuestra vida interior esto representa enfrentarnos por primera vez a la realidad de que somos los responsables de nuestra triste situación. Culpar a los demás ya no nos convence ni a nosotros mismos.

Esto es un golpe demoledor al ego. Tenemos que sentir que nos quedamos sin aire, se nos enchina la piel y se estremece el cuerpo. Hay una punzada intensa de dolor. De eso se trata.

Este dolor es el guardián del umbral interior. Si pasamos la prueba, podremos seguir el recorrido. Muchos, no obstante, retroceden horrorizados, se regresan a su zona de confort y hacen como si nunca hubieran salido de ahí, pero, ¡oh sorpresa!, su malestar de vivir irá aumentando, porque algo en su interior despertó y ahora grita pidiendo atención. Más tarde o más temprano, tendrán que reemprender el camino.

Ya en terreno desconocido, es frecuente que el héroe encuentre ayudantes, acompañantes y/o mentores. Dorothy se topa primero con el espantapájaros, que busca un cerebro sin darse cuenta de que ya piensa; luego, con el hombre de hojalata, que desea un corazón sin percatarse de que sí siente, y finalmente con el león, que anhela valor porque cree que es el remedio para el miedo.

Todos estos personajes nos dicen algo del ser humano: en principio, que ya somos todo aquello que quisiéramos y pudiéramos ser; solo hay que hacer el recorrido interior que nos lleve a encontrar cada aspecto que deseamos o rechazamos en los demás, para desarrollarlo o dominarlo en nosotros. Las primeras veces será el camino del héroe. Después se convertirá en la exploración del iniciado.

La diferencia es que el héroe, inocente, va desprevenido junto con sus fieles compañeros, sacando valor ante lo desconocido; el iniciado, en cambio, con calma y solitario, sabe ya hacia dónde se dirige, porque ha hecho muchas veces el camino, pero nunca está completamente preparado para lo que encontrará. Así es este asunto de la conciencia, siempre novedoso.

Ahora bien, la conciencia no está en la cabeza. Ampliarla requiere más corazón y estómago que cerebro, más sentir que pensar. Dice Joseph Campbell, autor de la teoría del camino del héroe, que hay conciencia en todo el cuerpo: “todo el mundo viviente está informado por la conciencia”.

Bajar la vida de la cabeza al resto del cuerpo es la primera experiencia transformadora del héroe. A partir de aquí, el camino nos llevará sin remedio hacia nuestra zona oscura: necesidad de aceptación, miedo al abandono, resentimientos por viejas heridas, como traiciones, abusos, injusticias, y amarguras por expectativas incumplidas.

Y ahí va Dorothy, desprevenida, a encontrarse con la Malvada Bruja del Oeste.


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06 Octubre 2018 03:00:00
El héroe despierto: El camino del héroe (2)
Sólo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo
Séneca

Ningún héroe nace, se hace, y no por gusto, ciertamente. Eso nos queda muy claro en las parábolas; por ejemplo, cuando Dorothy, arrancada de Kansas por un tornado, aterriza con todo y casa en Oz, matando con ello a la Bruja Mala del Este.

Aquí comienza una fascinante aventura, durante la cual encontrará compañeros entrañables de viaje, retos, tentaciones y ayuda para enfrentarse y derrotar a la Malvada Bruja del Oeste. Tendrá experiencias que la harán cambiar y al final, en su encuentro con el mago de Oz en la Ciudad Esmeralda, una revelación que la transformará definitivamente. Luego retornará al punto de partida, Kansas. Su vida ya no será la misma.

He citado a Dorothy, porque El Mago de Oz es uno de los relatos más conocidos y modernos que representa el llamado monomito del héroe; es decir, el mismo recorrido o periplo con diferentes protagonistas, situaciones, lugares, épocas, personajes, etc. Así lo es, también, Alicia en el País de las Maravillas. Pero los héroes y heroínas más representativos, y antiguos, son Inana, Ulises, Odiseo, Eneas, Perséfone, entre otros.

El monomito del héroe no es otra cosa que el camino interior de crecimiento, la ruta del despertar de la conciencia, que nos llevará siempre al punto del que partimos, pero un escalón de conciencia más arriba. La vida se vive en espiral. Se supone que cada vuelta dejemos de ser los mismos.

Sin embargo, tratándose de nosotros y la vida real, lo común es que ese recorrido no se vea más que como una molestia que hay que darse para resolver problemas, con el propósito de volver a quedarnos sin ellos, tranquilos, seguros, a salvo y confortables, pero chiquitos, limitados, sin otro recurso que el autoengaño, pues dejamos pasar nuestra gran oportunidad de que existir se convierta en una maravillosa aventura.

Si rechazamos la aventura, experimentarla paso a paso, alertas y bien dispuestos, nunca tendremos esa experiencia espiritual que, justo por desconocida, será tan fascinante que querremos volver a dejar Kansas.

Así que pongámonos en el caso de que aceptamos el llamado a la aventura. El héroe despierta y va en pos de lo que le depare el destino, alegre y osado, pero atento, prudente. Hemos dado el primer paso. Pocos lo hacen. No obstante, estamos apenas en el principio y nuestra convicción es frágil. Antes de pasar el primer umbral de cambio podemos sucumbir al temor.

Parte el héroe en muchas ocasiones acompañado de un fiel paje o una inseparable mascota, que representan en la realidad a nuestra alma. Sin ella no habrá ni viaje ni aprendizaje, solo disgusto, porque sin su dirección el ego es mentalmente lerdo y sedentario.

La confusión es el estado mental dominante en esta etapa. El héroe conversa y expresa sus dudas y temores a su leal acompañante, ante la incertidumbre de lo que habrá después si continúa. Tiene frente a sí el umbral de lo desconocido. Del otro lado está el principio de la transformación.

Aquí, el héroe o heroína recibe siempre ayuda oportuna y muchas veces sobrenatural, que la anima a continuar el periplo. A Dorothy la encuentra la Bruja buena del Norte, Locasta, que le entrega las invaluables zapatillas que la llevarán de regreso a casa, rojas en la película, de plata en el relato, así como un beso para protegerla. Está lista para atravesar el umbral.

Me gustaría continuar el recorrido sin interrupciones, pero desafortunadamente, muchos héroes despiertos dejan de serlo aquí. No soportan ni la confusión ni la incertidumbre, y se regresan a sus zonas de confort a echar una siestecita.

En nuestra vida real, en este punto, está la primera renuncia: hay que acabar con esa relación, irse de ese trabajo, vender ese bien, dejar esa adicción. ¿Cuántas veces no hemos podido? Pero no se preocupe, la oportunidad de iniciar la odisea interior es eterna.


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29 Septiembre 2018 04:00:00
El héroe dormido: El camino del héroe 1
Tal cual la parábola del ángel caído representa la maldad de que somos capaces los seres humanos, el relato arquetípico del héroe o la heroína ilustra la grandeza de alma y el crecimiento espiritual de cada individuo. Ambos, maldad y heroísmo, son actos sociales. Pueden llevarse a cabo en solitario, pero siempre van dirigidos a los otros.

Podemos ser héroes esporádicos e impulsivos, es decir, actuar sin pensar en favor de otros cuando una situación de peligro o desastre así nos lo imponga o quedarnos paralizados. Podemos elegir una profesión que nos permita actuar heroicamente con frecuencia, como policía, bombero, rescatista, etc. u optar por otra que nos mantenga alejados y a salvo de cualquier riesgo de heroicidad.

Pero en ninguno de estos polos seremos más o menos héroes sino en la medida en que las circunstancias nos lo exijan o nos lo permitan. Y esto no tendría problema si no es porque nuestra especie y el mundo nos requieren, para preservarse y evolucionar, una heroicidad periódica, que nos llevará necesariamente a emprender un viaje interior hacia nuestro infierno personal, donde nos enfrentaremos a la mismísima o mismísimo gobernante de nuestra oscuridad: el miedo, que todo lo controla si no lo vemos a la cara.

Pero vayamos al periplo en orden. Empecemos por el principio. No tema, puede decidir en cualquier etapa del camino abandonar y retornar al punto de partida para quedarse tal como empezó. El recorrido debe hacerse completo (múltiples veces) para avanzar en conciencia y conexión con nosotros mismos, o sea, alcanzar la paz y la tranquilidad, y con ellas y por ellas, la seguridad y la felicidad.

Hay una llamada a la aventura, una oportunidad, un nuevo amor, otro trabajo, o se presenta un problema, cualquier tipo de adversidad, una emergencia, una pérdida. Usted puede decidir –y generalmente no sabe que lo hace--, emprender el viaje del aprendizaje accidentado o permanecer en su zona de confort, para lo cual se auto boicoteará y culpará a los demás.

Aquí se queda la mayoría. Ni siquiera comienza. Tiene miedo al compromiso y huye o es infiel; teme el éxito porque no quiere responsabilidades y entra en conflicto con sus compañeros de trabajo; encuentra siempre obstáculos para emprender negocios, viajes, estudios, proyectos o nuevas actividades en general.

Si ha identificado a alguien así (y lo habrá hecho porque, como he dicho, se trata de la mayoría) está frente a una persona que vive solamente impulsado por el piloto automático. No sabe en realidad quién es ni quiere saberlo. Toma etiquetas convencionales y se las coloca para darse una falsa identidad que, por supuesto, cree que es la verdadera. En esa etiqueta verá usted una lista de cualidades y las instrucciones para prevenir un daño, pero el producto se comportará de forma diferente, puede ser que incluso totalmente opuesta. Esto se llama incongruencia y es resultado de negarse a emprender el camino del crecimiento.

Si descubrir esto en otros le choca, es que le checa, en cuyo caso revísese. Cualquier momento de la vida es bueno y oportuno para comenzar a crecer, sin importar cuántos errores hemos cometido, cuántas culpas cargamos y qué tan “imperdonable” sea lo que hemos hecho. La mano divina siempre está para tomarnos y llevarnos por donde forzosamente habremos de pasar para comprenderla y merecerla cada vez más, y eso incluirá, por supuesto, pagar los costos de nuestras decisiones y acciones, lo cual no será tan terrible como pensamos; antes bien, liberador.

Lo primero, pues, es identificar el llamado del héroe, que generalmente consiste en aceptar que no tenemos más remedio que emprender el camino, porque la primera vez que se hace no se elige.

Lo llevaré semana a semana por ese camino, si me lo permite. Iremos a Oz.
22 Septiembre 2018 04:00:00
El síndrome del ángel caído (3)
La maldad nos acecha; los malos están entre nosotros. Y hay una noticia peor: no son los otros, esos que planean con placer y minuciosamente sus crueldades, tan comunes en series y películas. No. Esos son solo estereotipos que nos permiten sentirnos buenos.

Sin embargo, hacemos daño, a veces mucho y durante mucho tiempo, sin razón, solo con un pretexto o por impulso, y luego nos justificamos porque nos provocaron o, en el peor de los casos, cometimos un error, por el cual acostumbramos pedir un perdón prematuro para no pagar las consecuencias de nuestras acciones.

Hay, y no son pocos, quienes golpean a su pareja y a sus hijos, los humillan, descalifican, insultan, abandonan física, emocional y/o económicamente. Dígame usted, si esto no es maldad, qué es.

Recordemos la definición de Phil Zimbardo, organizador y operador del Experimento Stanford: “La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre”.

Esta visión de la maldad responde muy bien a la violencia intrafamiliar, que está produciendo tanto víctimas como victimarios del bullying, más allá incluso del ámbito escolar, en un contexto generalizado de agresión, que se ve muy claramente en las redes sociales.

El bullying, en su sentido más estricto, es el maltrato deliberado, psicológico, físico o verbal que recibe un niño por parte de sus compañeros de clase, juego o actividades, en ocasiones en forma de bromas pesadas. ¿Son los victimarios en estos casos inconscientes de su intención de dañar? No. Pueden no saber la magnitud del daño que causan, ya que el propio está tan normalizado en sus vidas, que se vuelven insensibles en cierta medida, pero disciernen entre el bien y el mal.

La maldad radica en la intención, en la deliberación, no en la magnitud del daño causado. El bullying y aquello que lo causa, un entorno familiar violento, son entonces las formas de maldad más cotidianas, extendidas y… aceptadas, de tal forma que ni siquiera las vemos como maldad.

Son distorsiones sicológicas, males de nuestro tiempo, etc., etc. Ciertamente, pero no por ello dejan de ser maldad, y no por estar lejos de las manifestaciones más extremas y/o escandalosas, pueden ser excusadas. Qué hay más malvado que provocar un daño profundo y cotidiano a una persona hasta volverla una villana u orillarla al suicidio, o someter a otros a explotación inhumana en la mendicidad o la prostitución. Tan familiares son ya estas formas de maldad que nos hemos vuelto, como el niño maltratado, insensibles a ellas, y con ello les hemos quitado su esencia maligna.

Para conocer la maldad necesitamos ver películas de terror, programas de homicidios, reales o dramatizados, noticias y el día a día en las redes sociales, pero no volteamos a mirarnos, a ver nuestro entorno y la forma en que lo impactamos, porque descubrir que, aunque sea un poquito, somos malvados, nos obligaría a salir de nuestra zona de confort, ver la negra noche en que hemos sumido a nuestra alma dándole el control de nuestras vidas a un ego que de todo se defiende, en consecuencia cambiar, asumir nuestras responsabilidades, afrontar nuestro dolor y crecer a través de él y con su ayuda. ¿Quién querría hacer esto antes de que la vida lo obligue?

Y eso es solo en la dimensión de lo personal, lo interno. Es todavía mucho peor tomar conciencia del daño que le hemos causado a otros. Ese es como un puñal en el corazón. Una herida insoportable.

Lo cierto es que, como decía León Tolstoi, todos los males del mundo provienen de que el hombre cree que puede tratar a sus semejantes sin amor. Si hay alguien que crea que está amando a aquel que daña deliberadamente, está absolutamente equivocado.
15 Septiembre 2018 04:00:00
El síndrome del ángel caído (2)
Detrás de toda guerra, conflicto civil, linchamiento, batalla personal o contienda política hay un fabricante de enemigos: alguien que te hace creer que quien piensa diferente a ti amenaza tu identidad, tu patrimonio, a tus seres queridos y/o aun tu vida. Del tamaño del miedo que desarrolles será tu odio, tu capacidad de ser malvado y, por supuesto, de justificarte.

Ese fabricante de enemigos puede ser un experto “amarranavajas”, tu mejor amigo, cualquiera que esté suficientemente asustado o tú mismo, esa voz interna que te llena de temores, dudas, inseguridades, hasta ponerte paranoico y ordenarte acabar con aquellos que te arrebatarían todo lo que tienes si te descuidas, e incluso torturarlos cruelmente, porque es lo que desearían hacerte si pudieran.

En ese momento de miedo incontrolable se derrumba la razón y, por tanto, las consideraciones éticas y los valores morales desaparecen: el enemigo ya no es humano, alguien como nosotros pero con otra opinión, otras circunstancias, otros dolores y otras desesperaciones. Ahora es diabólico; hay que combatirlo con furia incontenida.

Todos, absolutamente todos podemos llegar a ese extremo. No hace falta más que la mezcla exacta de factores.

Para ilustrar, cito al reconocido escritor y filósofo Umberto Eco: “Véase qué le sucedió a Estados Unidos cuando desapareció el imperio del mal y se disolvió el gran enemigo soviético: peligraba su identidad, hasta que Bin Laden, acordándose de los beneficios recibidos cuando lo ayudaban contra la Unión Soviética, tendió hacia Estados Unidos su mano misericordiosa, y le proporcionó… la oportunidad de crear nuevos enemigos, reforzando el sentimiento de identidad nacional y su poder”.

Hay quien, como Eco, entiende el origen y propósito de esta clase de confrontaciones, pero en general la gente ve solo al enemigo. Sumemos las paranoias individuales que se van generando, con o sin manipulación, y se contagiará ese pánico y esa furia que nos pueden llevar a cometer verdaderas atrocidades.

El capítulo quizá más vergonzante y aterrante de maldad en la historia de la humanidad es la cruzada de la Inquisición contra los herejes, y particularmente contra las brujas y los brujos, instrumentos de Satanás para corromper al mundo. Las herramientas y las formas de tortura desarrolladas (algunas de las cuales aún se utilizan en cárceles del mundo, según Phil Zimbardo, creador y operador del Experimento Stanford) no tienen igual en ningún episodio de crueldad humana que pueda rememorarse, individual o colectiva.

El enemigo, sin embargo, es alguien que en otras circunstancias podría llegar a ser incluso nuestro amigo. Es un igual, pero en condiciones de vida diferentes, con percepciones diferentes, que nosotros mismos desarrollaríamos de estar en su lugar.

Parafraseando de nuevo a Eco, cuando intentamos ponernos en lugar de nuestro enemigo para entenderlo, surge la instancia ética, renacen los valores, porque establecemos un vínculo de empatía que reduce al máximo el miedo.

Es cuando nos damos cuenta de que ese “monstruo” no es más que una creación de la mente, una mentira. La maldad, entonces, es producto de la mentira, de una visión deformada de la realidad.

Hay ciertamente malvados incomprensibles aun para quienes estudian la psicología de la maldad, pero en la mayoría de los casos ésta es producto de una ilusión aterradora: no solo un enemigo imaginario, sino uno que es avasallador, porque como es “solo nuestro”, individualizado, aunque sea común, conoce nuestras debilidades, de manera que estamos ante él indefensos. Y con el fuego con que lo atacamos nos autoinmolamos.

Si usted analiza las redes sociales hoy en día, en México particularmente, es una pena observar el conflicto que existe entre mexicanos que tienen diferente posición política. Se insultan constantemente, en ocasiones con maldad, desahogando sus tensiones personales y abonando al caldo de cultivo de los odios entre compatriotas. Una tristeza para un país que necesita un pueblo solidario y cooperativo.
08 Septiembre 2018 04:10:00
El síndrome del ángel caído
“No hagáis el mal y no existirá”. León Tolstoi

Dividir al mundo en buenos y malos es la peor ocurrencia que ha tenido la humanidad, porque tan tajante división permite justificar la maldad de los buenos, culpando a las circunstancias que nos obligaron, las personas que nos hirieron, la genética que nos determinó o el sistema que nos orilló, y eliminando así la responsabilidad por la decisión que tomamos y, por tanto, las consecuencias de nuestros actos.

Quienes se han dedicado a estudiar la maldad humana tienen diversas posturas respecto de sus detonantes: la disposición psicológica y/o genética del individuo, el sistema socio-cultural al que pertenece, los hechos que afronta, el grupo con el que se identifica, etc.

La religión tiene sus propias explicaciones. Recordemos la más familiar para nosotros, la católica: el ángel favorito de Dios cae de su gracia por traicionarlo, a causa de su ambición por convertirse en ÉL. Cuando Luzbel es confinado al infierno y se convierte en Satanás, decide corromper lo más preciado de la creación: el ser humano, y así encarna la maldad.

Pero, ojo –y esta por supuesto es mi opinión–: esa ambición fue creada por el propio Dios. Nada existe fuera del creador y su creación. Todos podemos ser el ángel caído. El mal viene de origen. De lo contrario no existiría el bien. La dualidad es el punto de partida de la evolución; su equilibrio, el propósito.

Independientemente de los inevitables factores externos e internos que nos conducen hacia el mal (y sin restarles importancia), es necesario reflexionar sobre lo que pasa dentro de nosotros en ese momento crucial en que determinamos hacia dónde inclinarnos.

Es importante, antes, distinguir la verdadera maldad, el extremo, de un acto inmoral, uno irracional o uno ilegal. Dice Phil Zimbardo, quien llevara a cabo el famoso Experimento Stanford: “La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre”.

Cuando alguien nos hace una cosa así, nosotros se la hacemos a otro o a nosotros mismos, el alma sufre una gran herida. El dolor la obliga a replegarse un tiempo, para sanar y transformarse. Digamos que como las orugas construye una crisálida de la que saldrá mariposa.

Entonces toma el control el ego, que junto con el cuerpo es la parte mortal del individuo. Debido a su carácter “artificial” (no tiene vida propia), no siente ni la herida ni el dolor del alma, pero si humillación, indignación, cólera, deseos de venganza y odio.

Efectivamente, no podemos odiar con el alma. Ella solo ama, no necesita pertenecer a ningún grupo, espiritual o delictivo, porque ya está conectada con el todo. No necesita una identidad porque ya sabe quién es.

Es pues elego al que vamos construyendo toda la vida, pero la personalidad es el resultado de la interacción entre éste y el alma. Si la ignoramos, si no nos acercamos ni compartimos su dolor ni la abrazamos; si no compatibilizamos al ego con ella, nos convertiremos en una de las dos clases de malvados que hay: el que lo es abiertamente, porque su miedo le dice que ya no hay marcha atrás, a riesgo de ser vilipendiado, aislado y “morir”, o el que creyéndose de los buenos siente cierto placer morboso en presenciar actos de violencia, lujuria, crueldad y excesos, cometidos por quienes “no son” como él, ya sea en el cine, internet, la televisión o las calles de su ciudad, sin hacer nada por alejarse o suprimirlos, y creyendo que pueden ser una forma de desahogo de sus impulsos.

Yentonces llegamos a lo que decía Albert Einstein: “El mundo no está en peligro por las malas personas, sino por aquellas que permiten la maldad”.
01 Septiembre 2018 04:00:00
Exponiendo a la mentirosa
Solo hay dos clases de víctimas: la establecida y la fortuita; es decir, la voluntaria y la involuntaria. A nadie le gusta ser esta última. Que un desconocido nos asalte o un conocido nos hiera produce dolor, miedo e inseguridad, pero sobre todo un sentimiento de impotencia insostenible, del que debemos movernos lo más rápido posible. Generalmente transitamos hacia la ira, en la que podemos, malsanamente, instalarnos bastante tiempo.

La otra clase de víctima, en cambio, la establecida, es la favorita de chicos y grandes. Instalados en ella, sufrimos cómodamente, o sea, hasta donde nos es tolerable, mientras obtenemos lo que deseamos: atención, quizá afecto o un heroico rescate. Incluso el paquete completo.

La víctima establecida, como todos bien sabemos, es esa persona que vive contando sus desgracias, renegando de su situación, sintiéndose ofendida, incomprendida, maltratada y traicionada. El victimismo puede restringirse a un solo aspecto de su vida; la pareja, por ejemplo: “es que no tengo suerte en el amor”; o la economía: “es que soy pobre”.

Como evidencian estos ejemplos, el victimismo establecido no es solo una forma de llamar la atención para lograr incluso que un rescatador se haga cargo de nosotros; constituye ante todo un conjunto de creencias limitantes: no puedo, nadie me quiere, nada me sale bien, todos me odian, la vida conspira contra mí, por qué Dios permite estas cosas. Es, pues, la más frecuente forma de mediocridad.

Prácticamente todos podemos detectar una víctima… y también serlo, casi siempre sin advertirlo, por imitación. Muchos nos enganchamos con ella, porque históricamente es la parte inocente, la buena, la luchona, la sufridora, la que merece reivindicación, justicia y bendiciones. Recuerde el estereotipo de Pepe el Toro. Pero la realidad es que la víctima es egocéntrica y manipuladora.

Se cree el centro del universo y desde ahí acusa a todos de ocasionar sus desgracias: al gobierno por su situación económica, su desempleo y su falta de perspectivas; a sus parejas o exparejas por su soledad e infelicidad, a Dios o a la vida porque las cosas no son como desea, etc.

Lo que la víctima rehúye más que al cáncer, es la responsabilidad, porque la confunde con culpa y porque implica hacerse cargo de sí misma, de sus carencias, sus condiciones de vida, su rol en la familia y en la sociedad, lo cual conlleva cometer errores y, por tanto, “cargar con las culpas”.

Hay, pues, un rechazo al error. Todo error que cometa una víctima es ocasionado por otro. La víctima es perfecta. Exacto: aquello que adora el ego. Si teníamos la idea de que una persona egótica era aquella que se imponía abusando de su poder, su dinero, su conocimiento, etc., pues hoy es un buen día para que nos caiga el 20: al ego le gusta más la víctima que el victimario. Este último es un papel muy arriesgado. Los egos agresivos son abatidos rápidamente.

Para saber si somos víctimas inadvertidas, aunque sea en un solo aspecto de nuestra vida, hay que ver cuándo rehuimos la responsabilidad, cuándo señalamos culpables y de qué nos quejamos. Si vivimos permanentemente insatisfechos, también estamos sintiéndonos víctimas de la vida.

Pues hay que moverse de ahí, porque desde ese lugar generamos todo aquello de lo que nos quejamos; nuestros pensamientos y nuestras emociones atraen nuestras desgracias, nos imponen limitaciones.

Pero no se trata de repudiar a su pobre víctima, se trata de que le dé lo que está buscando de los demás, para que pueda trascenderla. Dese amor, respeto, seguridad. La víctima es real: hay un estado de dolor, miedo e indefensión interna producto de experiencias específicas, que trasladamos por conveniencia a otros aspectos de nuestras vidas. Hay que abrazarla y comprenderla. Lo que no hay que hacer es creerle, porque es la voz del ego, que ha estado utilizándola.
25 Agosto 2018 04:00:00
Cambia la idea y cambiará la vida
Hay un poder superior: el arquetipo del creador. De lo contrario no podría ser imaginado ni nombrado. Hasta ahora es una idea, efectivamente. No podemos verlo ni tocarlo, pero sí sentirlo, y la manera en que lo hagamos determinará nuestra cercanía o nuestra lejanía de él, y con ello nuestra calidad de vida.

Llamémoslo con su nombre más conocido: Dios. Si es iracundo, le temeremos; si es amoroso, lo buscaremos; si es ambas cosas, seremos hipócritas, esconderemos nuestros defectos para que no nos castigue y cacarearemos nuestras virtudes para que nos premie, o definitivamente lo negaremos.

La mayoría de los seres humanos, estemos o no conscientes de ello, actuamos acordes a la idea de un creador dual, y entramos en conflicto con él. Por eso nos negamos a sentirlo en esa otra parte donde está siempre: nuestro cuerpo.

Muchos seres humanos han descubierto a su poder superior dentro de sí mismos, y su idea del creador ha cambiado radicalmente, pues han encontrado algo muy distinto a las descripciones religiosas, sobre todo aquellas que nos enseñan a temer a Dios.

Ese contacto es prácticamente indescriptible y absolutamente transformador. Lo primero que comprendemos es que lo más importante en la vida es la paz interior.

Pero casi nadie tiene a Dios presente, todos los días, en el cuerpo, no piensa que cuando disfruta la comida y el sexo con amor, permite que él lo haga también, que si mata se aleja de él y por tanto de sí mismo, que si se odia lo odia a él y que si envidia se siente completamente separado de él. La envidia es particularmente la emoción que más nos aleja del creador, porque nos hace creer que nos ama menos que a los demás.

Retornando al cuerpo, existe una idea que sería estupendo adoptar en occidente, ahora que vivimos en una era de destrucción y construcción acelerada de paradigmas, gracias al internet: Dios nos creó para experimentarse a sí mismo físicamente, en una dimensión de sensualidad: el ámbito material.

No es nueva. Los cabalistas la ilustran muy bien en su árbol de la vida: en Keter, la Corona, Dios se ha desdoblado para derramar su esencia hasta llegar a El Reino, la tercera dimensión.

A estas alturas, ya entenderá que es muchos menos importante saber quién es Dios en realidad, que conocer la idea que tenemos de él. Si bien la ciencia desacredita su existencia, es ella misma la que ha comprobado que lo que pensamos y sentimos determina no solo la calidad de nuestra vida en la famosa rueda del karma y el dharma, sino que modifica nuestras células y, con ello, nuestros cuerpos. La idea de Dios es Dios.

Si en lugar de avergonzarnos por nuestras funciones corporales primarias las concibiéramos como una forma de permitirle a Dios experimentarse, puesto que él está en cada molécula de nuestros cuerpos, habría por supuesto mucho menos desórdenes alimenticios, sexuales y en general psicológicos y conductuales.

Si en lugar de sentirnos mal porque no tenemos ni la cara ni el cuerpo que los estereotipos de nuestro tiempo pautan como belleza, nos aceptáramos y nos amáramos tal como somos, nos acercaríamos a ese amor de Dios que tanto deseamos todos.

Si tuviéramos la mayor parte del tiempo presente que Dios está en los cuerpos que se aman, en las manos que se estrechan, los abrazos francos y las carcajadas, nuestra vida cambiaría radicalmente. Siendo los portadores del creador, nos procuraríamos lo mejor, con respeto, placer divino y ternura, sin excesos. No usaríamos la risa par ofender a otros ni los golpes para someterlos.

Dice Deepak Chopra: “Si quieres cambiar tu cuerpo, cambia primero tu conciencia. Todo lo que te ocurre es resultado de cómo te ves a ti mismo”.

Si quieres cambiar tu conciencia, cambia tus paradigmas. Dios no está fuera de su creación. Es su creación.
18 Agosto 2018 04:00:00
¡¡¡¿Por qué a mí, Dios mío?!!!
Le llamamos destino a los resultados de decisiones, actitudes y acciones que tomamos sin darnos cuenta de nuestras verdaderas motivaciones, es decir, los pensamientos y emociones que las guiaron, ni mucho menos de las consecuencias que acarrearían. Y Luego, ante no pocos problemas, nos ponemos a gritar, aunque sea internamente: ¡¡¡¿por qué a mí, Dios mío?!!!

La mayor parte de la vida de cada individuo se compone de causas y efectos. Sobre las primeras se puede, es más se debe, tener el control, sobre los segundos, no. Solo se asumen o no: responsabilidad o irresponsabilidad.

Ese control sobre las causas es lo que se llama libre albedrío. Hay quien opina que siempre se tiene y por eso somos arquitectos al 100% de nuestro destino, hay quien cree que es solo una ilusión y por tanto no tenemos influencia sobre lo que nos sucede, y hay quien piensa que ambos coexisten.

La tercera opción es, por supuesto, la más lógica, pero no es tan simple. Personalmente, creo que hay dos tipos de destino, según su fuente: exotérico (ajeno a nuestra voluntad) y esotérico (producto de nuestras elecciones inconscientes). Este último predomina en nuestras vidas bajo la denominación de locura de Einstein: seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

El libre albedrío es, por su parte, autodeterminación consciente, por eso en realidad no se tiene hasta que el individuo toma decisiones basadas en un profundo conocimiento de sí mismo y asumiendo de antemano cualquier resultado de las mismas.

En tanto no conozcamos aquello que nos motiva a tomar decisiones, generalmente emociones rechazadas y pensamientos ignorados, no podremos tomar el control de nuestras actitudes y nuestras acciones. No somos internamente libres. Solo reaccionamos, aun cuando nos encontremos en una disyuntiva que parezca requerir una elección y por ello creamos estar decidiendo.

Dos ejemplos: nuestra vida cambia cuando sufrimos una gran pérdida. La mayor es generalmente la del padre, la madre o un hijo. En el orden natural de las cosas no es algo que provocamos y, desafortunadamente, tampoco algo que nos permita hacer uso de una buena dosis de libre albedrío para que duela menos, sino solo para resistir, aceptar el consuelo y dejar que el tiempo pase. Este tipo de acontecimientos y los encuentros que tenemos con personas significativas en nuestras vidas son cuestión del destino exotérico. Vivencias que suceden hagamos lo que hagamos.

No así cuando decidimos la forma en que llevamos nuestras relaciones y cuándo terminan. En estos casos podemos, y debemos, decidir conscientemente nuestra actitud, analizar expectativas, ponderar el grado de participación e involucramiento y finalmente determinar si la relación es buena o no para nosotros. Otra cosa es que no estemos acostumbrados a hacerlo, que solo seamos reactivos a la forma de ser y de desenvolverse del otro, que creamos que no hay alternativa más que soportar o controlar, que nos sintamos obligados a cumplir paradigmas como el de hacer feliz a otro, ser suficiente para otro, mantener a otro, ser admirable, etc.

Esto no es más que ignorancia sobre nuestra naturaleza, poder, carga de libertad, capacidad de elección, potencial de amor propio, posibilidades de salud mental y emocional e importancia de la paz interior.

La forma en que nos sentimos determinará todo aquello que atraeremos a nuestras vidas y cómo nos relacionamos, y está estrechamente relacionada con la forma en que pensamos. El manejo de ambas, con conciencia de cada una, es el libre albedrío.

En otras palabras, no existe el libre albedrío cuando decidimos guiados por una emoción intelectualmente justificada, sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo. O sea, no existe el libre albedrío en la mayor parte de la vida de la mayor parte de las personas.

La libertad requiere conciencia, de lo contrario no es más que una elección producto de un impulso.
11 Agosto 2018 04:00:00
Detrás del cinismo
Hace miles de años, en el siglo 5 antes de Cristo, nació un grupo de jóvenes rebeldes –comandados por el irreverente filósofo Antístenes–, que se dedicaron a rechazar los convencionalismos sociales y la moral comúnmente admitida en la época. Se llamaban a sí mismos “cínicos”.

Estos muchachos, en particular, no se quedaron en un grupúsculo revoltoso; no. Representaron toda una doctrina filosófica. El significado atribuido a la palabra cínico es el de “perro”, porque aspiraban a vivir con la sencillez y desfachatez de los cánidos. El humor y la ironía eran sus mordidas.

Si bien el movimiento no trascendió más allá de su época, sí su denominación: cinismo, porque definió un tipo de rebeldía muy específico, aquel con base en el cual se conforman, época tras época, grupos sociales específicos de contracultura.

Estos grupos son siempre, por la propia naturaleza evolutiva del hombre, conformados por jóvenes, y la motivación de fondo, se justifique como se justifique, es ese desprecio que sienten por la autoridad, en su búsqueda de identidad, desde un ego muy poco pulido, más bien en bruto, tendiente a desarrollar una soberbia que otorga la razón absoluta y una arrogancia que justifica en el fuero íntimo cualquier abuso.

Hay de hecho para este tipo de conducta generacional un cuentecito muy ilustrativo, el del joven que se refiere a su padre como un viejo tonto mientras está vivo, y como un sabio cuando él ha madurado y el otro ha muerto.

Pero como la naturaleza humana es contradictoria, aquel que se rebeló para que las cosas cambiaran, ahora ya no quiere que cambie lo que logró. Se aferra. Deja de adaptarse, de crecer, y es muy probable, por tanto, que su personalidad y sus actos permanezcan arraigados en ese desprecio por sus semejantes que lo impele a la burla (o la fina ironía si hay condición educativa), al “trepadurismo”, la falta de respeto, el abuso descarado, la simulación y la doble moral de quien antepone sus intereses personales a los de los demás, ya sea que lo haga desde una actitud de abierto reto, o una de pretendida pertenencia.

Esto es tan común que se ha convertido ya en el significado extendido del término cínico. Pero no cualquiera puede ser un cínico redondo. La moral lo impide. Así pues, claramente uno de los rasgos psicológicos del cínico es la inmoralidad o bien la amoralidad.

Todos los seres humanos podemos actuar alguno de los aspectos del comportamiento entendido como cinismo. El de rechazar los convencionalismos, por ejemplo. De hecho, deberíamos ser cínicos en ocasiones, para repeler los intentos de manipulación emocional de personas que quieren controlarnos. En esos casos tenemos que afirmar nuestra posición, incluso estando equivocada, porque de lo contrario terminaremos pensando o haciendo lo que otro quiera. El arma más afilada para esta batalla es la ironía.

Hay, sin embargo, personas cuyo estilo de vida es el cinismo, y tienen por supuesto conductas reiterativas muy especiales:

1.- Sostienen mentiras evidentes con una cara dura que anonada al más templado.

2.- Defienden acciones y conductas condenables con argumentos justificativos que pretenden hacerlas pasar como necesarias.

3.- Simulan que no hacen lo que hacen.

4.- Responden con desvergüenza y descaro cuando son descubiertos haciendo de las suyas.

5.- Son capaces de pasar sobre cualquiera para lograr sus fines.

6.- Interactúan con una gran dosis de humor negro (el cual por supuesto no es privativo del cínico, pero sí una de sus actitudes favoritas).

Ahora bien, las características psicológicas de la gente que desarrolla este patrón son, entre las más destacadas:

1.- Narcisismo.

2.- Lejanía emocional respecto de sí mismo.

3.- Grandes carencias emocionales ignoradas.

4.- Ambiciones desmedidas de poder y riquezas para subsanarlas.

5.- Mucha rabia acumulada.

Y bueno, no le ponga nombres. Mejor no señale. Acuérdese de que lo que le choca le checa.
04 Agosto 2018 04:00:00
Las trampas de la espiritualidad (2)
El mayor obstáculo para la espiritualidad es nuestra creencia sobre lo que es ser espiritual. Algunos desprecian lo místico, porque no hay pruebas de su existencia, como si Dios tuviera la obligación de responder a nuestro arrogante reto demostrando que ahí está. Otros lo aceptan, pero prefieren no acercarse mucho, porque significaría una serie de renuncias que no están dispuestos a hacer.

Algunos más se acercan ávidamente a la espiritualidad para calmar sus tormentos mentales y emocionales, aliviar su dolor y encontrar respuestas a sus angustiosas preguntas, pero fracasan.

Esto es porque hemos creado estereotipos de espiritualidad inalcanzables. Creemos que ser espirituales es un asunto de sacrificio y privación, de ser un Cristo sufriente; o bien un estado de cómoda insensibilidad y superioridad, mala imitación de Buda iluminado.

Pero no tomamos en cuenta que tanto Buda como Cristo disfrutaron también de la vida material ¡sin culpas! Comieron y bebieron con placer y en su justa medida, erraron, dudaron e incluso desesperaron, para finalmente aprender y entregarse con humildad a su poder superior, en un acto de completa fe; es decir, de confianza más allá del entendimiento. No le pidieron ni a Dios ni al nirvana que les demostrara su existencia para hacerlo ni negociaron sus renuncias.

Así pues, el problema para abordar nuestra espiritualidad es que sólo vemos el lado ideal del arquetipo; o sea, el estereotipo, y este implica perfección mediante la privación y la virtud pura. Creemos que la parte donde no somos generosos, agradecidos, amorosos, solidarios, compasivos, ecuánimes, tolerantes, etc., no es espiritual.

Y nada más equivocado. Esa es la orilla espiritual de la que partimos para llegar a la otra. Y este recorrido interior, llamado espiritualidad, no hará que desaparezca la faceta en que somos superficiales, hipócritas, envidiosos, rencorosos, soberbios, ególatras, codiciosos, etc. Sólo nos permitirá desarrollar nuevas emociones positivas, para que no actuemos las negativas; adquirir técnicas para poner en consonancia nuestros pensamientos, y arribar así a una zona de nuevas realidades casi milagrosas, creadas por nosotros mismos, en el territorio de los sentimientos profundos, que es el que habita el alma.

Ahí está su alma, todo el tiempo, acompañándolo, atada a usted en ese cuerpo, la reconozca o no, la sienta o no. Cuando hace algo que ama hacer, diga lo que diga quien lo diga, está poniendo el alma. Está enriqueciéndose espiritualmente. Si no lo hace, porque para los demás es poco relevante o inútil o sin mérito, se está alejando de su alma, por tanto se está empobreciendo espiritualmente. Pobre o rico, pero en ningún caso deja de ser espíritu ni, por tanto, espiritual.

Así pues, tanto el que huye del camino espiritual porque no hay evidencias sólidas de la existencia de Dios, del alma, etc., o no está dispuesto a renunciar a nada, como el que ya se siente más allá del bien y del mal, emocionalmente hablando, y considera que ha trascendido sus miedos y defectos, sin haber hecho el recorrido arquetípico, no evaden otra cosa que su realidad.

Pero entendamos pues a la espiritualidad como comúnmente lo hacemos: una opción de vida, un camino interior voluntario que nos lleva a desarrollar nuestro máximo potencial místico. ¿Nos premiaría Dios por elegirlo, o nos castigaría por no hacerlo? Ninguna de las dos. Ese Dios es una de las trampas de la espiritualidad.

Dios nos ama tanto, a todos, que respeta nuestro libre albedrío para pensar, sentir y hacer tanto el mal como el bien. Nos mira con el mismo amor cuando no nos damos cuenta de que no nos damos cuenta y cuando ya lo hacemos.

Dios no actúa, para eso nos creó a nosotros. Sólo ama. Y no, no hay evidencia contundente de que Dios nos creó, pero eso al final no tiene la menor importancia.
28 Julio 2018 04:00:00
Las trampas de la espiritualidad (1)
La mayor inclinación espiritual que existe es la búsqueda de la felicidad. Todos queremos ser felices, por tanto, todos somos espirituales. Todos, además, necesitamos amar y ser amados, perdonar y ser perdonados, dar y recibir bondad, seguridad, comprensión, gentileza, apoyo, atención, respeto y una larga lista de satisfactores emocionales que no son otra cosa que manifestaciones muy claras del mundo espiritual.

Sin embargo, lo opuesto a todo ello también es espiritual: adoptar el papel de la víctima o del victimario, maltratar y dejarnos maltratar, odiar, envidiar, ser egoísta, etc. Todo ello es parte del camino interno que, ineludiblemente, hay que recorrer. Si no en esta, en otra vida, pero será.

Crecer espiritualmente es otra cosa, y por cierto no tiene nada que ver con ser perfecto, desapasionado, meditativo, creyente, desinteresado en el mundo material, envuelto en un halo de misterio, enfocado en lo esotérico y otras posturas, actitudes y paradigmas por el estilo.

Crecer espiritualmente es transitar por una serie de despertares de la conciencia que pueden ser bastante turbulentos. Todos comenzamos identificados con el mundo material (lo cual puede durar toda una vida), para después concebirnos como seres espirituales, multidimensionales y progresivos, de manera que empezamos, lenta y torpemente primero, rápida y hábilmente después, a trabajar con nosotros mismos, a crecer y gozar nuestras profundidades.

En todo caso, crecer no es cuestión de mejorar, sino de conectar. Quien crece espiritualmente bucea profundo en sí mismo, enfrenta día a día sus emociones, explora sus miedos, se permite sentir su negatividad, acepta sus creencias erróneas, se emociona con el autoconocimiento y la alquimia interior; es transparente, empatiza con otros, hace conexiones genuinas, en completa confianza y vulnerabilidad, es servicial y solidario con sus semejantes, mira como igual a cualquiera. Hay ejemplos. Piense en Teresa de Calcuta.

Sin embargo, la creencia común es que espirituales son aquellos a los que les están prohibidas la sensualidad, el placer, el enamoramiento, el interés material y la comodidad. Con esta lista, quién querría ser espiritual.

Quítese de la cabeza esta idea equivocada. Sepa que un ser espiritual comete muchos errores, cede no pocas veces a sus apetitos y es, sobre todo, dual: es decir, tan defectuoso como virtuoso. Lo que lo distingue es que lo sabe y lo acepta; lo aprovecha para elegir pensar y actuar lo mejor que hay en él. Es aquí, justo en las elecciones que tenemos que hacer en nuestra vida cotidiana, donde está el milagro del libre albedrío. Hoy podemos elegir entre estar enojados o perdonar, entre sentirnos deprimirnos o ponernos alegres. Tan fácil, tan accesible y tan elemental es la espiritualidad. Piénselo.

Quienes quieren convertirse en su idea de perfección con unas cuántas meditaciones o saltar directamente a la parte de arriba de la escalera espiritual, militando furiosamente en alguna religión o culto, e incluso consumiendo sustancias como la ayahuasca, lo que en realidad están haciendo es evadir lo que tienen que enfrentar: sus emociones.

Sin embargo, es imprescindible el desarrollo psicológico, paso a paso; esto es, la gestión psicoemocional o alquimia interior, tropiezo tras tropiezo, pues el camino es bastante empedrado, pero no tan horroroso como uno se imagina. De hecho, puede volverse emocionante, estimulante y, sobre todo, muy muy satisfactorio.

No existen los atajos espirituales. No hay caminos despejados ni GPS interior. El verdadero trabajo espiritual se parece más al de un respetable pepenador que al de un aséptico médico de bata blanca. Así es como debe ser.

El recorrido nos lleva directo hacia aquello que no queremos sentir ni ver, no para analizarlo ni combatirlo ni mucho menos identificarnos con ello, sino para amarlo, abrazarlo, transitarlo y trascenderlo. Nuestras emociones no pueden determinarnos si no se los permitimos. No son indelebles. Solos nos habitan por un corto tiempo, vienen y se van.

Siempre habrá dolor e incomodidad. Acéptelo y supérelo.
21 Julio 2018 04:00:00
Evadiendo el dolor se evade la vida
Podremos negarlo cuanto queramos, pero todos los seres humanos tenemos siempre cubierta, con una cortina de negación, al menos una parte de la realidad, para protegernos de dolores que no estamos preparados para afrontar.

Esto es normal. En todas las etapas de la vida. Evita la locura. ¿Qué niño puede, por ejemplo –aun con la ayuda adecuada en el momento oportuno–, afrontar correctamente el abandono, el maltrato y/o el abuso? Tenderá a ocultar para sí mismo, a suavizar, justificar o hasta cambiar imaginariamente la porción de realidad que le duela más.

Quien no recibió ayuda adecuada en el momento oportuno es probable que tarde mucho más en digerir emocionalmente sus realidades, pasadas y presentes; o que nunca lo haga. Este es, desafortunadamente, el común denominador. La mayoría no somos, en nuestro potencial dañino como adultos, más que niños asustados y enojados, haciendo berrinche para salirnos con la nuestra, y por tanto adultos inseguros, coléricos, insatisfechos y miedosos, evadiendo la vida.

En estas circunstancias, emocionalmente infantiles, nos resistimos más de lo necesario al dolor, que por tanto crece, todo lo invade sin que nos demos cuenta, hasta que se “normaliza”, porque, claro, lo negamos. Para mejorar este mundo, concretar la justicia social que deseamos y la felicidad personal que sin excepción buscamos, tenemos que educarnos para el desarrollo psicoemocional sano y la colectividad responsable, en las escuelas y las familias.

Las emociones son como los músculos: es necesario fortalecerlas, desarrollarlas, poco a poco, para que puedan cargar con el peso de nuestras mentes, que a su vez deben ser ejercitadas para ser creativas. Es imposible vivir afrontándolo todo tal cual viene en el momento en que viene. El crecimiento es un proceso, no un suceso.

Resistirse a procesar el dolor ayuda momentáneamente, pero no resuelve nada. Eventualmente habrá que hacerlo. Mientras más rápido mejor, o perderemos cada vez más contacto con nuestra realidad, de manera que viviremos inconscientes en la mentira de que los otros pueden y deben llenar nuestras carencias, y que lo harán en la medida en que seamos guapos, ricos, inteligentes y/o carismáticos, populares y/o poderosos; atributos en los que erróneamente hemos depositado nuestra identidad, de manera que si no los poseemos no somos nadie y si los perdemos dejamos de existir.

Por eso es que perder riquezas, estatus, poder, notoriedad y dominio es la muerte para quien solo ve eso en su persona; es decir, para quien deposita en esos elementos paradigmáticos su importancia personal, el sentido de su propia vida.

Ser más que eso; simplemente ser, sin autodefinirse, es puramente cuestión de comprender el proceso del dolor, no como una prueba de la vida ni como un inconveniente, una perturbación o algo indeseado, sino como un síntoma.

El objetivo no es enfrentar el dolor por sí mismo y salir airoso, sino ir a su fuente. El dolor es solo un indicador de que algo no anda bien, está enfermo o herido. Eso es lo que hay que atender.

Lo primordial para encarar el dolor e ir a su fuente, es aceptar que en este preciso momento hay algún aspecto de su vida, un suceso, una emoción generalmente, una situación, que usted está negando, y que esto es normal. Y es que el poder de la negación radica en que puede negarse a sí misma, de manera que se vuelve invisible.

El manejo del dolor sólo es posible mediante una habilidad que se llama templanza, que se va adquiriendo con la resolución de las crisis internas, si no le da por negarlas. Tenemos que salir de estos procesos críticos suficientemente duros y a la vez flexibles, como para enfrentar retos cada vez mayores sin quebrarnos, pero adaptándonos. Adaptación es la forja de la madurez.

Ah, y algo muy importante: el miedo al dolor se vence sintiendo dolor.
14 Julio 2018 04:00:00
Es real la irrealidad
La mente humana es arquetípica: solo puede conocer, aprender y crear a partir de representaciones imaginarias. La comunicación, por el medio que sea, únicamente es posible mediante la transmisión y recepción de modelos compartidos.

Los arquetipos son los unos y los ceros, o sea, el lenguaje binario, con el que se programa el pensamiento, pero –¡ojo!– no la conciencia, puesto que pueden experimentarse estados del “ser” en los que no hay representación imaginaria, sino un “saber” inexpresable; estados arquetípicamente crísticos o búdicos.

Un día todos habremos de experimentarlos, en esta o en otra de las vidas de nuestra infinita existencia, y sólo podremos expresar –tratando de explicar nuestras sensaciones (arquetipos: paz, plenitud, felicidad, etc.)– una millonésima porción de la experiencia y, en ese momento, como decía Krishnamurti, habrá perdido su calidad de realidad y verdad; será simplemente una proyección. De ahí que no esté tan descabellada la nueva teoría científica según la cual nuestra experiencia de vida es sólo un holograma de la verdadera realidad.

Estamos hablando del término arquetipo, por supuesto, como lo concibiera Carl Jung: esa representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad, o incluso como lo entiende la religión: tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad humanos.

Tenemos arquetipos omnicomprensivos, como Dios; primigenios, como madre; modernos, como industria; de existencia concreta, como perro; de carácter imaginario, como dragón. Todo aquello en lo que se pueda pensar proviene de un arquetipo, toda manera de autodefinirse también.

Cada arquetipo tiene, por supuesto, sus características particulares y muchas variantes según las regiones, religiones, culturas, épocas e individualidades humanas. Están arraigados en nuestro inconsciente y, los tengamos o no presentes, los vivimos, los protagonizamos, somos sus avatares.

“Es esencial insistir que no son meros conceptos filosóficos. Son pedazos de la vida misma, imágenes que están integralmente conectadas al individuo a través del puente de las emociones”. Carl Jung.

A través de los arquetipos podemos conocernos a nosotros mismos y, aún mejor, construirnos. Constituyen el universo de todo lo que podemos ser, de polo a polo: de principio a fin, de malo a bueno, de oscuro a luminoso, etc. En nuestro contacto con lo que nos rodea, material o etéreo, vamos modificándolos, dándoles más matices, facetas, formas y significados.

Son la guía intergaláctica hacia las profundidades de nuestra alma. De ahí la importancia de conocerlos. El hombre ha creado muchos métodos para sistematizarlos y convertirlos en un camino iniciático. Uno de ellos es, por ejemplo, el Tarot.

Sin embargo, también podemos utilizarlos para esclavizarnos unos a otros, empequeñecernos, estancarnos. Y, claro, eso es lo que comúnmente hacemos. El sistema que usamos para hacer esto se llama “estereotipar”. Ya estamos en terreno más que conocido, ¿verdad?

Revestimos un arquetipo de características limitadas, fijas y “expandibles”, es decir, aceptables e incluso deseables por una mayoría, de acuerdo a las exigencias de la época y la cultura, y le imponemos el sello “deber ser”. Y esta es, estimados lectores, la razón de existir de la publicidad y la mercadotecnia: marcar tendencias a partir de estereotipos.

¿Cómo se vive usted respecto de su “deber ser”? ¿Es suficientemente delgado o delgada?, ¿posee el coche, la casa y la ropa de marca que lo destacarían?, ¿se dedica a lo que en su entorno le reporta reconocimiento?, ¿tiene las mujeres que lo harían héroe entre sus amigos o los pretendientes que sus amigas envidiarían?

Si sus respuestas son más “no”, es usted afortunado o afortunada, porque está a tiempo liberarse sin tanto dolor de la prisión de la mediocridad, para explorar todas sus potencialidades. Sólo debe renunciar a la idea de que obtendrá todo lo que desea y necesita si, y solo si, encaja en eso que los demás dicen que hay que ser.
07 Julio 2018 04:00:00
La inevitable crisis (2)
Los cambios se llaman crisis cuando una situación insostenible, producto de una persistente resistencia, desemboca en derrumbe de la certeza y la seguridad, más por la evidente inutilidad de una forma de pensar, que por las pérdidas materiales.

Esa resistencia tiene su sustento en el miedo, individual o colectivo, sea en la forma frágil de un temor o en el monstruo devorador del pánico; y no importa cuán bien racionalizado, argumentado y justificado esté, el miedo no deja de ser una de las emociones más dominantes cuando le permitimos salir a la superficie de la conciencia.

Una vez revelada la verdadera naturaleza de la crisis, no es difícil inferir que: 1) vivirla es inevitable, porque el cambio casi siempre asusta; 2) transcurrirla lo menos dolorosamente posible equivale a dominar el miedo o a impedirle simplemente que modifique nuestras convicciones o nos paralice y 3) superarla requiere enfocarnos en las soluciones, que casi siempre son una forma de adaptación, posible sólo mediante la aceptación de nuestras nuevas circunstancias.

El más apto no es el que más domina a otros, por la violencia o la manipulación, sino el que mejor se adapta al cambio, porque es el que evoluciona.

Desafortunadamente, los seres humanos somos bastante porfiados en eso de someter la realidad a nuestra voluntad antes de admitirla tal cual, por eso tendemos a empeorar las crisis antes de afrontarlas.

Dígame si no: 1) Lo que no está de acuerdo con nuestra forma de pensar, está mal; hay que repelerlo, alejarlo o destruirlo; 2) si no sabemos cómo resultará algo, seguramente nos decantaremos por el peor escenario posible, dominados por el miedo; 3) si el cambio nos produce incertidumbre, intentaremos controlarlo, forzarlo hacia cierto rumbo, apresurarlo; 4) Si no soportamos la inseguridad, nos refugiaremos en una creencia, una actividad, una persona o una adicción, para no ver ni sentir; 5) si las nuevas circunstancias se perfilan distintas a lo que esperamos, nos sentiremos víctimas de la injusticia o unos perdedores; de manera que no asumiremos responsabilidades, pues nada de lo que hagamos resultará bien; 6) si el cambio nos perjudica, culparemos a otros, para desquitarnos un buen tiempo.

Estas son solo algunas de las actitudes y conductas que acostumbramos adoptar frente a una crisis. En términos generales, el resultado es que nos paralizamos, nos estancamos en situaciones, relaciones y pensamientos obstaculizantes, durante semanas, meses, años o toda la vida.

Como todo lo que es individual se vuelve colectivo con la sencilla operación matemática de la suma, y después se reproduce con la no tan complicada fórmula de la multiplicación, pues eso que creemos confinado a lo personal, a lo íntimo, se extiende impensablemente para volverse una realidad social, nacional, mundial incluso.

Por eso en el mundo, si sabemos observar con atención, encontramos en todo los ámbitos de la vida en sociedad del ser

humano, y por tanto en su fuero interno, oleadas de resistencia y oleadas de empuje al cambio, a veces indistinguibles; es decir, muchas crisis, desde las naturales, hasta las intencionalmente provocadas, desde las locales, hasta las regionales y las mundiales.

Lo que tienen en común es que todas son producto de la percepción humana. Lo que para usted puede ser una crisis, no lo es para otro. Lo que hoy le aqueja fuertemente, mañana le producirá risa.

Por eso el mayor secreto para remontar una crisis es la paciencia. Ya pasará. No desespere, no se estrese. Viva el día a día. Todo se resuelve en el hoy. Por qué preocuparse del mañana, si un día será hoy.

Algunas crisis pueden ser incluso evitadas, sobre todo aquellas que son repeticiones. Detecte las situaciones que lo ponen en riesgo innecesario y aprenda a darle un nuevo significado a la pérdida y la adversidad.

No hay crisis que no resulte para bien.
30 Junio 2018 04:00:00
La inevitable crisis (1)
Aquello que más aterra a los seres humanos es el cambio, el cual, paradójicamente, viven esperando... siempre y cuando sea en su favor, porque nadie desea ese otro, el que requiere “un salto de fe” hacia lo desconocido, proeza que pocos logran porque la mayoría no confiamos en la vida ni en la red que infaliblemente tiende bajo nuestras acrobacias ni en que los mejores días están siempre por venir.

Del primer tipo de cambios hay pocos, del segundo está llena la vida, pero no por azar, sino por terquedad. Tan sencillo como esto: nos negamos a abandonar el lastre, y en vez de salir a flote nos vamos a pique.

Las crisis son como un naufragio, no hay mejor analogía. El oleaje que abata nuestra embarcación será del tamaño de las decisiones, acciones, responsabilidades y aceptaciones que hemos evadido, a veces durante años; y/o de las negligencias, indiferencias, malas conductas y opciones erróneas que hemos ido acumulando. Podrá tratarse de una buena sacudida o del tsunami de nuestras vidas. En todo caso, es uno quien determina la cantidad y la fuerza de sus crisis.

Porfiar en lo que creemos que nos define, pero ya no nos funciona, aunque no nos demos cuenta, hace inevitable una crisis, esa catástrofe personal o colectiva más dolorosa en la medida en que más nos aferramos al mástil de la embarcación semihundida, con pánico porque no avistamos tierra.

La crisis podría definirse, entonces, como esos lapsos de confusión, miedo, estrés y sufrimiento que hay cuando algo o todo se ha derrumbado y nada ha sido aún construido. Lo que la caracteriza es la turbulencia, no el hecho mismo del cambio.

La causa es la resistencia a deshacernos de todas las emociones, creencias, patrones mentales y pensamientos que nos han venido poniendo en jaque, hasta hacer inminente el mate, si no cambiamos la estrategia.

Tendremos menos crisis y más leves en la medida en que fluyamos con la vida, cuya constante es el cambio. ¡Pero puede ser para peor!, me dirá usted. Sí, fíjese que sí, pero no sólo no podrá evitarlo, incluso agravará la situación si se pone terco en quedarse donde está. Aprenda la lección que tiene que aprender y transitará cuanto antes hacia el siguiente cambio, que lo llevará a una situación mejor, sin duda alguna, en la medida en que usted así lo determine. Determinación es la actitud.

El cambio está lleno de pérdidas y, en la misma medida, o aún más, de ganancias. Puede ser que tenga menos dinero, aunque más tranquilidad y libertad, puede ser que alguien se vaya de su vida, pero lleguen importantes personas, o aprenda a relacionarse mejor con usted mismo. El cambio nunca es injusto, a menos que usted venda demasiado caro lo que debe soltar.

La crisis es indispensable para el crecimiento personal, para adquirir habilidades que nos facilitarán la vida y nos permitirán ir sintiéndonos cada vez más en dominio de nosotros mismos y, por tanto, de nuestras reacciones ante todo lo que nos ocurra. Pero si queremos, por comodidad, que la vida sea sólo eso que nos sucede azarosamente, pues echemos esto en saco roto.

El gran secreto para manejar las crisis es dominar el miedo a la pérdida, porque es inevitable, tanto el miedo, como la pérdida. Para eso requerimos desarrollar la habilidad emocional del desapego, que no significa perder interés en las cosas o afecto en las personas, sino dejarlas ir y lidiar con su ausencia, porque todo tiene un ciclo de vida.

Sin embargo, antes que nada, debemos aprender a distinguir una crisis de una zona de confort acolchada de problemas. La primera siempre trae un cambio al que, en mayor o menor medida, nos resistiremos. La segunda se pregona para obtener la atención que creemos necesitar.
23 Junio 2018 04:00:00
¡El placer es mío!
2/2

Si usas el placer para alejar el malestar y evitar el dolor, te volverás su esclavo. El intento de incrementar su frecuencia y su intensidad consumirá tu cordura y el vacío que tras esto queda te arrebatará la energía vital.

Según el grado de tu malestar cotidiano será la intensidad de placer que necesites, y de acuerdo con la cantidad del dolor acumulado en tu vida y a la vergüenza que te produzcan tus deseos será la perversión del mismo.

Se puede vivir así, ciertamente, pero es la manera más segura de alejar aquello que se busca. El placer sano, liso y llano, sin esa punzada de dolor que da la mala conciencia, sólo es posible a través de la intimidad con otro en completa vulnerabilidad, y como resultado de un equilibrio con la responsabilidad, el compromiso y el esfuerzo. De lo contrario se va diluyendo hasta ser únicamente dolor.

Entre las deformidades del placer, aparte de su uso analgésico, está el alivio de la descarga irresistible de una perversión. Cuando hemos sufrido abusos humillantes y profundamente traumatizantes en nuestra infancia, como los de tipo sexual, quedamos marcados, con cierta incapacidad para establecer relaciones del alma, debido a la rabia, la vergüenza y el dolor guardados, acumulados y muchas veces muy ocultos. Esa parte de nosotros que no queremos que alguien vea será un factor de “inmerecimiento” hasta que no hayamos expiado las turbulentas emociones que produce el recuerdo del hecho. En la mayoría de los casos, la única manera de despresurizar el trauma es reproduciendo la conducta del abusador, tanto para comprender su acto, como para compensar nuestra indefensión ante él.

El abuso sexual es uno de los placeres más enfermos y vergonzantes, para quien lo comete y para quien lo sufre. Desafortunadamente, como nos lo han revelado las redes sociales, es también de los más comunes.

Hoy en día existen diversos hashtags para las valientes víctimas, pero ninguno para los victimarios, porque eso da todavía más vergüenza. Según los últimos estudios, alrededor de cinco de cada 10 personas han sufrido abuso infantil. Con cuántos #yosoyundepredadorsexual convivimos diariamente sin darnos cuenta.

Esto es importante porque podría parecer que el placer perverso es solo de psicópatas, pero no. Desafortunadamente una sola distorsión tan grave como esta entre la gente común y corriente, va enfermando sociedades poco a poco, mientras crece silenciosa.

En cualquier caso, una vida basada en la creencia de que el placer viene y se va a su gusto, nunca a nuestra satisfacción, es una vida trivial. Pensar que es un asunto personal, simplemente una cuestión de lo que me gusta y no, de cómo me hace sentir esto o aquello, de estar bien o estar mal, es desperdiciar el enorme potencial del placer no solo para establecer genuinas y profundas relaciones, sino para crecer espiritualmente. Dice el escritor y maestro de yoga español Ramiro Antonio Calle Capilla: “el placer embota e incluso embrutece a algunos, pero si se sabe tomarlo como trampolín, ayuda a elevar la conciencia”.

Administrar el placer, esa es la clave. Y se puede.

Hay que tener conciencia de su naturaleza conectiva. El placer es antes que nada el vehículo del amor. Es pues, la única forma de establecer una relación genuina, profunda y satisfactoria, con otros, con nosotros mismos, con la naturaleza, con otras especies, con Dios.

En nuestra relación con nosotros mismos, el placer debe ser producto de la postergación. Quien sabe recompensarse, que no compensarse, después de merecerlo, siente el placer en la justa y satisfactoria medida en que lo ha estado esperando. Quien sin ganárselo trata de sentirlo, tendrá una experiencia efímera y vaciante.

El buen placer, aquel cuya satisfacción nos dura y su recuerdo lo reactiva, es nuestro, siempre que nos lo hayamos ganado. El placer es, pues, de quien lo trabaja.
16 Junio 2018 04:00:00
¡El placer es mío! 1/2
Todo placer languidece cuando no se disfruta en compañía.
David Hume

–¡Un placer!

–¡El placer es mío!

Este viejo intercambio de palabras para las ocasiones en que conocemos a alguien –desafortunadamente ya casi en desuso–, contiene un gran arcano: el secreto de la existencia humana.

Solo hay humanidad a través de la conexión entre individuos de la especie. Puede ser destructiva o constructiva, superficial o profunda, equitativa o utilitarista o, por supuesto, una amplia gama de grises entre esos polos.

Como quiera que se dé, esa conexión es lo que sustenta la vida humana. Una persona que cierra su interior a los demás fenece pronto o se quita la vida. La conexión es la verdadera energía vital.

La fuerza y la calidad de una conexión estarán determinadas por el tamaño de nuestro ego y el contenido de nuestras emociones. A más egoísmo, más exangüe el enlace, y a mayor negatividad emocional, mayor destructividad. En el otro extremo, a un ego sano, una relación profunda, y a emociones positivas, más felicidad. Estar en uno o en otro extremo, o en algún otro estatus intermedio, no es más que parte del aprendizaje necesario para evolucionar como individuo y como especie.

En cualquiera caso, aquello que nos permite la conexión, el lazo o energía de mutualidad, es única y exclusivamente el placer, sano o perverso. Ese fenómeno espiritual y bioquímico que se presenta de manera natural e inevitable, tan común y tan incomprendido a la vez, tiene su principal razón de ser en su función conectiva más allá de lo sensorial, de lo que podemos experimentar superficialmente a través de los cinco sentidos.

Todo huele, sabe, se toca, se oye y se ve mucho mejor, incluso de formas sublimes, cuando se comparte el placer con otro, en cualquier tipo de relación. Es, sin embargo, en el sexo, aplicando esos cinco sentidos al unísono y siempre que logremos derrumbar las barreras del ego, para que las almas se unan, cuando podemos alcanzar niveles e éxtasis.
Lo más frecuente, no obstante, es que el placer compartido de comer, beber, jugar, reír y otras actividades agradables, sea más común entre amigos que entre parejas, pues la lucha de egos es menor o inexistente en la amistad.

El placer es, pues, esa cualidad innata que cada uno de nosotros tiene para entablar relaciones e incluso “ser uno” con otro y con lo que nos rodea. Quién no siente placer cuando, sin preocupaciones, puede observar tranquilo un hermoso paisaje, acariciar a su gato o jugar con su perro, practicar algún arte, cultivar algo o salir a dar un paseo sin rumbo fijo, ocasiones en que además de compartir el alma con lo que “es”, sin clasificarlo, se da placer a una de las mejores compañías que existe: uno mismo, pero como producto de nuestras relaciones satisfactorias con otros y no del aislamiento interior.

La conexión es la esencia de la vida y el placer compartido es lo único que nos la permite, pero ¡ojo!, tanto como nuestras emociones y deseos, el placer también se enferma. Hay placer en la idea de venganza que nos produce el odio, en la imagen mental de desgracia ajena a que nos incita la envidia o en el desahogo de la crueldad, es decir, en la sensación de descarga que nos da lastimar seres vulnerables porque no podemos, por momentos, contener el dolor de haber sido a nuestra vez maltratados psíquica y física cuando estábamos indefensos, generalmente en nuestra niñez.

El placer es nuestro. No es algo que nos viene de fuera, sino que producimos conforme percibimos el mundo. Podemos hacer de su búsqueda un culto hedonista, evitar los sentimientos profundos y dejar la vida en las sensaciones, aunque intensas, de puro alivio; o compartirlo con otros en amor genuino, generosidad, experiencias sibaríticas, buen humor, largas charlas sin escudo, suave y cálidamente.

Aduéñese de su placer, porque es suyo.


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09 Junio 2018 04:00:00
La depresión empobrece
Zygmunt Bauman, uno de los sociólogos más destacados y respetados del mundo, dijo alguna vez: “En la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto”.

Nos hemos mimetizado con las marcas. Valemos tanto como nuestro coche o la chamarra que traemos puesta. Siempre podemos, además, aspirar a mejorar en estos términos, de manera relativamente fácil, gracias a un pequeño pedazo de plástico llamado tarjeta de crédito, que nos permite estar “in”, sentirnos envidiados y adulados como remedos de reconocidos y amados.

Si usted debe pagar mensualmente a su tarjeta más de lo que gana o si sale “tablas” e incluso con un mínimo margen que le impediría hacer frente a un imprevisto, ha pasado a formar parte de la nueva, creciente y hoy la más numerosa masa de pobres, que no se han dado cuenta que lo son: los esclavos del sistema financiero, el cual es culpable en la medida en que ellos son irresponsables.

Esto es porque atrás de la pobreza new age no hay sólo un mundo que nos induce a depositar la felicidad donde no tiene cabida: el objeto de consumo; hay también una masa gigantesca de individuos deprimidos que ni siquiera saben que lo están, pero que se sienten muy aliviados o empoderados al comprar.

De acuerdo con los especialistas, la ansiedad, el estrés y la depresión son las enfermedades sicológicas más comunes hoy en día. Están relacionadas no solamente con nuestras historias personales, sino con una modernidad en la que el único y verdadero objetivo del esfuerzo laboral y de la realización personal es alcanzar un estatus definido por el nivel de riqueza. Y aunque en el fondo no lo creamos así, actuamos como si fuera una verdad incuestionable.

En su libro: Hacia una terapia fenomenológica mundana, la reconocida sicóloga Virginia Moreira le llama neurosis contemporánea a la conducta del paciente que “nunca tiene tiempo, es cada vez menos capaz de expresar sentimientos, sufre por su rigidez, es esclavo del trabajo, del estatus, del consumismo, la tecnología y la soledad que acompaña a la globalización. Quiere vivir en un mundo exacto, concreto, donde se sienta seguro”. Así que si no estaba deprimido, invariablemente lo estará.

Se trata de ese tipo de personas que no creen que puedan hacer algo para mejorar la situación de su país, no consideran que su comportamiento personal y su ejemplo sea de utilidad, ni están dispuestos a cambiar si no ven cambios en otros. Se procuran a sí mismos en un mundo donde sólo adquieren existencia y relevancia a través de lo que puedan adquirir y, por supuesto, de los likes que puedan obtener.

Ahora bien, no estar deprimidos, tener una autoestima bien puesta, estatus interior, autoaprecio, objetividad y ecuanimidad, nos daría inmediata claridad de cuán valiosos somos, para nuestros semejantes y para el mundo, cada uno de nosotros, actuando en nuestro ámbito personal, con absoluta honestidad para con nosotros mismos.

La sociedad no es más que un reflejo de la suma de sus individuos y la forma en que se relacionan entre sí. No le gusta la suya, cambie usted primero: busque el origen de su depresión, que generalmente está en la falta de manifestaciones claras de aprecio y valía durante su infancia o incluso en descalificaciones y maltratos.

La próxima vez que tenga ganas de comprarse algo que realmente no necesita, y sienta malestar por no poder hacerlo o ansiedad por concretarlo a la de ya, pregúntese qué sensación desagradable está sintiendo, que está tratando de tapar.

Todo en la vida está ligado con la forma en que usted se siente respecto de sí mismo. Un mundo que lo rechaza es producto del autorechazo. Gente que lo agrede se siente atraída por su energía de agresión. Igual que la gente que lo ama.
02 Junio 2018 04:00:00
Hipócrates relowded
Somos emocionalmente responsables de cualquier disfunción o enfermedad de nuestro cuerpo. Si después de leer esto prefiere no continuar, lo entiendo. Pocas ideas nos causan más rechazo que ésta, porque ubica la sanación en un terreno desconocido y aterrador: la aceptación, procesamiento y liberación del dolor psíquico.

La forma en que no queremos sentirnos cobra vida en el cuerpo, porque la energía del dolor emocional no desaparece, sólo se transforma en enfermedad si tratamos de evadirlo. A mayor represión del sentimiento, mayor el padecimiento corporal.

Pero entrarle a eso de saber qué estamos sintiendo y viajar interiormente a momentos dolorosos de la vida para después perdonar, abrazar, comprender, y así sanar emocional y corporalmente, no es nada atractivo, ni fácil ni elegible frente a una cirugía, una píldora o una vida de cirugías y píldoras.

Nada personal tengo por supuesto en contra de la medicina. Nos ha ayudado a alargar nuestras vidas y mejorar nuestros cuerpos en todos sentidos. Pero sólo nosotros podemos transformar nuestras células, para bien o para mal, fortalecer o debilitar nuestro sistema inmunológico; por tanto, sanar o enfermar.

La medicina es un coadyuvante de la verdadera sanación, holística por cierto, pues desde el cuerpo, respirando, durmiendo, caminando y comiendo bien, podemos incidir en el estado de ánimo, produciendo las hormonas necesarias para sentir bienestar, lo que nos facilita cambiar nuestras emociones de negativa a positivas; pero, ojo, sólo momentáneamente. La sanación definitiva es un trabajo psicoterapéutico, lo hagamos con un profesional o con un acompañante idóneo. Es un buceo interior, hacia aguas profundas; atemorizante al principio, emocionante y apasionante después, mientras más se avanza y más hondo se llega.

Pero comencemos el enfoque holístico con padecimientos muy comunes, para los cuales la medicina tiene pocas respuestas y menos opciones. Hablemos de alergias.

La ciencia psicobiologista ha llegado a la conclusión de que la mayoría de las alergias (algunos sostienen que incluso el 90%) se deben a impactos emocionales que sufrimos a lo largo de nuestras vidas, de los cuales estamos huyendo. Percibidos como un peligro de vida o muerte –es decir, literalmente sentimos que el dolor puede matarnos–, tratamos de enterrarlos en lo más profundo de nosotros, ahí donde nunca vamos.

Este es el proceso: vivencia traumática>asociación simbólica subconsciente de la emoción no procesada con algún estímulo sensorial presente (olfativo, auditivo, gustativo, táctil, visual), producido por un elemento físico que se convierte en el alérgeno (polen, pelo de gato, polvo, etc.)> respuesta fisiológica en sucesivas ocasiones, con el fin de mantenernos alejados de la amenaza, tanto física, como psicológica.

Sin embargo, funciona al revés: la reacción física nos acerca al dolor emocional cada vez que aquello que convertimos en un alérgeno hace efecto en nosotros, pero a la vez nos impide hacer contacto con la experiencia traumática, ocupados como estamos en las molestias de la crisis alérgica.

Ahora bien, la pequeña porción de alergias que no se deben a traumas psicológicos propios obedecen a otros dos factores más o menos similares: eventos traumáticos de familia (transgeneracional) e impactos emocionales de la madre durante el embarazo (gestacional). Así pues, los elementos externos a los cuales culpamos son sólo coyunturales.

Hay incluso amplias clasificaciones sobre el significado de cada alergia. La rinitis, por ejemplo, es consecuencia de un deseo de echar a un intruso de nuestro espacio de seguridad o libertad. Si se trata de una persona, es generalmente alguien de quien, paradójicamente, queremos aprobación.

En fin, tome esto con las reservas que guste, pero la próxima vez que tenga una crisis alérgica, pregúntese qué es lo que no quiere sentir, qué dolor y qué miedo ocultos lo atenazan. Escuche, sienta. No morirá, no se desmoronará.

Si lo hace bien, verá curada su alergia y de su médico oirá: “bueno, es que así como vienen se van”.
26 Mayo 2018 04:00:00
Buenas noches, mejores mañanas
Dormir es una más de las cosas vitales que erróneamente creemos saber hacer, como respirar, comer y amar. Pero en la era de las satisfacciones inmediatas, la intolerancia a la frustración, la adicción a la tecnología, el estrés de la competitividad y la ansiedad resultante de todo ello, dormir mal es ya una constante en nuestras vidas.

Vemos esta situación como algo que nos pasa y no como algo que nos hacemos, así que intentamos múltiples remedios externos: somníferos, sintéticos o naturales, un baño caliente, cena ligera, horario fijo, lectura con luz cálida, té, leche tibia.

Debido a que la solución común al problema no lo remedia, terminamos desatendiendo este fundamental aspecto de nuestras vidas, sin tener en cuenta que la falta de descanso envejece, debilita el sistema inmunológico y está asociada con diversas enfermedades crónicas como hipertensión y diabetes, e incluso se considera que incrementa la posibilidad de cáncer, particularmente de mama.

Dormir mal no sólo enferma físicamente. También nos vuelve irascibles, menos empáticos, impacientes, intolerantes y merma nuestras capacidades de aprendizaje, razonamiento, concentración y toma de decisiones. El problema es que tanto acostumbramos a dormir mal, que ya no nos damos cuenta de que estamos en un estado mental y emocionalmente malsano.

Ciertamente, el sedentarismo, la mala alimentación y el exceso de horas pasadas frente a una computadora, una tableta o un teléfono móvil, entre otros hábitos poco sanos, nos dificultan dormir y, cuando lo hemos logrado, nos impiden descansar, pero el principal impedimento es una mente caótica. Hay que bajar la velocidad de nuestras ondas cerebrales, de lo contrario dormiremos hasta que nos venza el agotamiento, lo cual implica mal descanso.

Todos queremos de adultos volver a dormir como un bebé: suficiente, continuo y profundo, sin preocupaciones, culpas o autorreproches; es decir, sin esos pensamientos y emociones que nos mantienen en un estado vibratorio de vigilia. Sin embargo, nadie nos dice cómo se supone que debemos dejar de pensar y sentir para dormir, y hacerlo bien.

Podemos, por supuesto, meditar, concentrarnos en nuestra respiración y relajarnos, lo cual quizá ya intentamos sin éxito, así que aquí va un truco: a pensamientos caóticos, oponga solo uno, que acalle el “mitote” y neutralice o transforme las emociones. Repítalo una y otra vez estando en la cama, hasta quedar dormido. Por ejemplo: “tendré un descanso profundo y reparador”. Orar es otra alternativa: eleve su corazón a su poder superior pidiéndole ese estado interior en que se duerme como bebé.

¿Le ha pasado que ya para dormirse fija usted mentalmente una hora para despertarse, tenga o no despertador, y al día siguiente abre los ojos exactamente a esa hora o incluso un poco antes?

Si le parece intrascendente, piense: está usted programando alguna parte de su cerebro que no es su consciente, pues ese es el que se va a desconectar. Si puede hacerlo para algo tan trivial, podría hacerlo para algo un poco más ambicioso, y cuando lo logre, para algo más aún, y así, paso por paso, cambiar su forma de pensar y sentir casi sin esfuerzo, pero sí con mucha disciplina: todas las noches háblese antes de dormir, aprenda qué es lo que su cerebro sí escucha y ejecuta y qué rechaza. Estará descubriendo cómo autoprogramarse.

Le voy a decir por qué y cómo funciona: llega un momento mientras repite su pensamiento elegido en que comienza a entrar en un estado de sueño Theta, dentro del cual el caos mental y emocional se calma y desaparecen los juicios y dudas con que se autolimita. Es entonces cuando el subconsciente toma lo que está decretando como verdad, y todo el universo a partir de aquí se confabula para materializarlo, porque usted lo cree firmemente. El decreto debe ser simple y conciso, para ser inmediatamente incorporado.

Imagínese lo que puede hacer con su vida.
19 Mayo 2018 04:00:00
A darle, que es mole de olla
Puede ser nueva para muchos la idea de que no sabemos hacer correctamente las cosas más elementales para nuestras vidas, como caminar, respirar, dormir, sonreír, abrazar e incluso amar, pero ya no es noticia para nadie que no comemos bien.

Debido a los evidentes estragos que están haciendo en nuestra salud los alimentos superprocesados y las bebidas hiperazucaradas, surgió, creció y se universalizó la contracorriente alimenticia que nos invita a comer correctamente.

Son diversos los enfoques de lo que es comer bien y son variados los motivos de quienes lo recomiendan. Están los que se preocupan únicamente por la estética y/o por la salud corporal, los que practican un código de ética y los que tienen una visión holística entre cuerpo y alma. Entre estos últimos hay dos visiones que son aplicables a cualquier tipo de alimentación que se elija, y si bien no tendrán efectos dramáticos a corto plazo, sí cambiarán su vida. Una está dirigida al cuidado del cuerpo como un regalo divino, como vehículo sagrado de manifestación material del alma, idea que necesariamente nos llevaría a amarlo; el otro, al acto mismo de comer con plena atención en el proceso, con conciencia de su significado trascendental, es decir, superior al aspecto metabólico.

Si hacemos confluir estas dos visiones habremos descubierto un secreto para adquirir en cualquier aspecto de nuestra vida el poder de sentirnos bien y en control, cuando queramos y determinemos hacerlo, sean cuales sean nuestras circunstancias: conciencia de lo que somos y acción con amor.

La dificultad, que siempre la hay, estriba en ese asunto de amar nuestro cuerpo, cuando todo a nuestro alrededor, durante milenios, nos ha hecho sentir incómodos respecto a él. Todo nos indica que es imperfecto, incluso feo, sucio y hasta pecaminoso. No puede ser el templo de un alma. Y así nos escindimos psíquicamente de él. Entonces le atribuimos sus disfunciones y enfermedades a factores puramente externos y le dejamos la cura a la intervención foránea. Los resultados, por supuesto, han sido muy limitados, pero ese es otro tema.

La plena atención, en cambio, es mucho más fácil. Sólo es cuestión de voluntad, que evidentemente fluirá de manera natural impulsada por la sensación de bienestar que da aceptar el propio cuerpo, aunque todavía no lo amemos. Bastará, así, con apapacharlo, que es muy diferente que a calmarlo o colmarlo.

Amar el cuerpo es tarea titánica si lo que pretendemos es comenzar a alimentarnos correctamente. La sugerencia es entonces que se coma con amor, más que amor a la comida, al propio acto de comer.

Mire, comer para algunos es un milagro. Nosotros no sólo lo damos por hecho, sino que en occidente millones se mueren justo por comer, sin haber disfrutado realmente del ritual sagrado de la comida, sino sólo de la placidez que produce la saciedad.

Si el secreto de una buena comida es el amor con el que fue hecha (el de nuestra madre, abuela o tía, que nos duran para siempre en el paladar y en el alma), la clave para sentir ese amor es el gusto consciente que pongamos en el acto mismo de comer, saboreando no sólo el alimento, sino su significado: la bendición. Poner atención en cada bocado, dando las gracias, exaltará cualquier sabor. Nuestro cuerpo se inundará de bienestar, nuestra química cerebral cambiará, con ella nuestra actitud y así nuestra vida. Aun mejor: compartir este evento magnifica la experiencia, porque hace circular el amor.

De que se puede, se puede; de hecho lo hacemos naturalmente de niños. Por algo de jóvenes y adultos nos da por sustituir el amor con la comida. Y lo mismo pasará cuando caminemos, respiremos, sonriamos, durmamos, abracemos y amemos bien: con conciencia de la bendición que significa cada una de esas cosas.

Si somos lo que comemos, cuando menos procuremos no ser rápidos, fáciles, tóxicos, indigestos, adictivos, chatarra y artificiales.
12 Mayo 2018 04:00:00
¿De veras ya respiró hoy?
Si usted cree que respirar sólo sirve para no morirse, está desaprovechando la vida. Imagínese que Buda se iluminó respirando. Incluso hay una disciplina yóguica llamada pranayama, prácticamente una ciencia empírica, para experimentar todos los misterios de la existencia a través de la respiración.

Pero si no aspira a tanto no importa. Basta con sentirse bien todos los días, saludable, alerta, pero relajado, creativo, lleno de energía, optimista, alegre, seguro, confiado. Esto, aunque le parezca exagerado, está al alcance de su nariz.

El prestigiado psicoterapeuta Alexander Lowen, decía: “Cuando respiramos profundamente, es fácil sentir lo bueno que es el mundo, lo justo y lo hermoso. Estamos inspirados. Qué trágico es, entonces, que tan pocas personas respiren libremente y bien”.

La respiración y la forma en que nos sentimos se determinan una a la otra, para bien o para mal. Si aprendemos a manejar correctamente la parte del binomio que está por completo bajo nuestro control de manera inmediata, que es inhalar y exhalar, podremos cambiar el mucho más complejo y mediato factor de las emociones.

Dicho de otra manera: aquel que no mejora su estado de ánimo, por tanto sus actitudes y, en consecuencia, su vida, a través de la respiración –casi todos–, ni sabe respirar ni se ha dado cuenta de ello.

La dificultad no está en aprender a respirar correctamente, y a partir de ahí conocer técnicas para sacar el mejor provecho a la respiración y a la vida, sino en adquirir la disciplina autoimpuesta de inhalar y exhalar consciente, lenta y profundamente, primero unas cuantas veces por la mañana, después todo lo que se pueda durante el día.

Difícil porque puede parecer no sólo antinatural, sino perturbador, ya que estamos habituados a respirar superficial, rápida y entrecortadamente. Este tipo de respiración no sólo es muestra de la forma en que nos sentimos: a su vez, nos empequeñece el alma y encoge el cuerpo; angustia, envilece y enferma. Nos hacemos chiquitos ante los acontecimientos, los retos y los propósitos del día; egoístas, porque estamos incapacitados para dar; sólo absorbemos.

Fíjese en estos síntomas que he descrito, y vea cómo son exactamente los que produce el miedo. Ahora ya sabe de dónde proviene originalmente la respiración entrecortada y superficial. Los dos, miedo y mala respiración, se convierten después en un hábito invisible en nuestras vidas.

Mala respiración o respiración pectoral es aquella que solo se queda en las partes más altas de todo nuestro sistema respiratorio, y es la que consideramos normal.

Buena respiración o respiración diafragmática es la que produce movimiento en las costillas inferiores y la parte superior del abdomen.

Andrew Weil, pionero en el campo de la medicina integral, tras asegurar que consumir más oxígeno puede ayudar a sanar muchísimas enfermedades, dijo: “Si tuviera que dar un solo consejo sobre cómo vivir mejor, sería aprender a respirar correctamente”.

A principios del siglo pasado, en 1931, Otto Warburg recibió el Premio Nobel en medicina por demostrar que el cáncer es anaeróbico, es decir, se da en ausencia de oxígeno libre.

Hay muchos ejercicios para respirar bien. El que proporciono a continuación es solo uno de ellos: parado o sentado cómodamente, con la espalda erguida, aspire lentamente, levantando los brazos hasta la altura de los hombros, para llevar más aire: primero, al abdomen; vea como se infla (si se siente “panzón(a)” y le molesta, ya está viendo uno de sus motivos para respirar mal), luego sea consciente de cómo se expanden las costillas, más arriba los pulmones y con ellos toda su caja torácica; sostenga la respiración 2 o 3 segundos y expire lentamente, por la nariz o por la boca, según se sienta cómodo, mientras va bajando los brazos. Haga nueve de estas respiraciones durante unas 10 veces al día. Para mejorar el efecto, sonría levemente mientras respira.

Ya me dirá si estoy equivocado.
05 Mayo 2018 04:00:00
El poder de la carita feliz
Y ahí estuvo todo el tiempo, literalmente bajo nuestras narices, la tan anhelada fuente de la juventud: levante las comisuras de la boca junto con las mejillas, enseñando los dientes, hasta formar arrugas alrededor de los ojos. Sostenga este gesto el mayor tiempo que pueda y repítalo el máximo de veces posible durante el día, y así todos los días de su vida hasta morir, joven, por supuesto.

No me diga que es difícil hacerlo, si así es como nacemos: sonriendo (está científicamente comprobado).

Quizá no con la sonrisa descrita en el párrafo anterior, considerada la más espontánea y genuina que hay, pero sí con una muy leve, de esas que nos dirigimos más a nosotros mismos, y cuyo efecto no es menos poderoso.

La sonrisa no es sólo uno de los medios de expresión y comunicación más poderosos del ser humano; es, de hecho, uno de los más naturales y potentes métodos de sanación con que contamos, tanto como dormir, comer, amar, orar.

El problema de la eterna juventud nunca fue encontrar la fuente, sino entender qué había en ella. Creer que es posible detener indefinidamente el envejecimiento físico es no solo iluso, sino un intento de preservar un yo inflado que no es más que una ínfima porción de nuestra existencia.

Tan mal entendemos la juventud, que cuando creemos resistirnos a envejecer, en realidad estamos rechazando la posibilidad de que nuestro cuerpo renuncie a aquellos apetitos cuya satisfacción, nos dice nuestro ego con euforia, es la más pura expresión del poder de la juventud.

Sin embargo, la verdadera juventud, la que se lleva dentro, consiste en mantener la mente curiosa y abierta, la herramienta del intelecto siempre en uso, el corazón amante y el alma libre y alegre, todo lo cual puede lograrse con una sonrisa en la boca.

Si cree que no tiene motivos para sonreír, seguramente se siente estresado, incluso abrumado, lo que, por cierto, produce visión de túnel, es decir, sólo ve aquello que lo hace sentir de esa manera. Sonreír, en cambio, le ayuda a abrir la mente y encontrar soluciones a sus problemas. Le da el valor de detener su loca carrera por cumplir las expectativas ajenas.

Busque gente sonriente, porque la sonrisa se contagia. Si no la encuentra, lo cual no sería raro, sonría aunque sienta el gesto ridículo y forzado; mientras más practique más fácil será lograrlo con naturalidad. Comience con una leve sonrisa, de Mona Lisa. Esa es más fácil de mantener durante un tiempo prolongado. Verá el efecto que produce.

De hecho, este tipo de sonrisa, que consiste en levantar ligeramente las comisuras de la boca, sin plegarlas realmente, hasta sentirse cómodo, es una práctica milenaria del Tao de la Transformación, disciplina china que nos permite regular la energía de nuestro cuerpo, tranquilizar la mente y sanar los órganos.

No es poca cosa sonreír. Hay gente que lo hace tan poco en su vida, que este simple ejercicio de la leve sonrisa es un suplicio. La sonrisa es algo natural, pero a veces muy difícil de dar y de obtener, porque no sólo es una reacción a lo que nos sucede, sino un arte que hay que dominar para generar todas las hormonas que nos proporcionan bienestar emocional.

Nosotros podemos cambiar nuestra química cerebral, llevarla de la nube que nos oscurece el ánimo a la claridad que nos alegra. La sonrisa es la runa, el secreto.

Si sonríe para sí le será más fácil aceptarse como es y fluir con la vida; si sonríe a otro es seguro que obtendrá su aprecio y confianza; si le sonríe a su hígado, pulmones, corazón, riñones o cualquier otra parte del cuerpo que esté afectada, sanará. Está científicamente comprobado, por la medicina cuántica, que las emociones enferman o sanan células. Así que ponga más sonrisas en su cara y menos en el WhatsApp.
28 Abril 2018 04:00:00
Quién es yo
Hay múltiples formas de describir al ego, todas alegóricas, por estar referidas a la forma intangible en que los seres humanos nos individuamos e individualizamos todo cuanto creemos que existe.

Una de las mejores alegorías que he encontrado es la de Jorge Lomar, reconocido conferencista en temas de autorrealización: “El ego es ese programa genérico de la mente que rige no sólo a la humanidad, sino todas las percepciones desde el inconsciente colectivo. Es algo así como un sistema operativo, el Windows que opera por defecto mientras la comprensión no sea elegida”.

Partiendo de esta descripción, podemos inferir varias cosas sobre el ego. La primera es que esa persona que creemos que somos no es más que una proyección de nuestra mente, uno de los planos de nuestra multidimensionalidad, el más plano de todos, por cierto.

Lo segundo es que el ego sólo es personal en la medida en que, inadvertidamente por supuesto, nos hemos apropiado o nos han instalado las creencias, sentencias, paradigmas y advertencias de una mente colectiva intangible que determina nuestro engañoso libre albedrío.

Lo tercero es que el ego toma el control cuando estamos absolutamente identificados con él, vaciándonos de verdadera vida. Entonces surge una opresión en el pecho, como si no pudiéramos respirar bien o como si nos estuvieran estrujando el corazón, que se convierte en una persistente sensación de que algo nos falta o de sinsentido de la existencia.

Hay quien dice que el ego es un falso yo. Claro que no: el ego es el yo. Más allá de él somos uno con todo, nos fundimos existencialmente con la creación. Por eso no se puede vivir sin ego.

Una de sus funciones principales, además, es la de ser nuestro guardián, el más irracional con que pueda usted contar, porque de acuerdo con su autopercepción como centro del universo, todo gira a su alrededor para asistirlo o para atacarlo.

Esa es la naturaleza del ego, porque es la única forma que tiene una persona para decir “yo existo” y para conocer todo lo que cree que existe como una forma separada, como un “no yo”. Los progresos, los errores, las calamidades y las bondades de la humanidad, así como el desarrollo personal, el sufrimiento, la felicidad y el amor, tal como los conocemos, son posibles únicamente a través de la existencia del ego y su relación “yo-no yo”.

Pero, nuevamente, el ego es solo una proyección de la verdadera y profunda existencia, que no puede pensarse ni por tanto expresarse, clasificarse o conocerse racionalmente, sino sólo experimentarse, sentirse.

La verdadera existencia es ahí donde se va el vacío, donde una presencia nuestra que no puede llamarse yo está observando al yo, ese que piensa siempre en términos de “lo mío”, “lo que soy”, “lo que hago”, “lo que logro”, “lo que tengo”, “lo que debo hacer”, “lo que espero de los demás”, “lo que ellos esperan de mí”. La lista, en fin, es muy larga.

El ejercicio mental que debemos aprender a desarrollar para vivir siendo el proyector y no la proyección, es decir, la persona que construye un ego sano, se llama autoconciencia.

Un ego sano es aquel que obedece a esa presencia observadora, despojada de las emociones desbocadas y generalmente negativas en que se monta el yo para “defendernos”, agrediendo a los demás, pasándoles por encima y alegrándonos de su desgracia, por supuesto.

No se requiere más que una disciplina de meditación –algo que todos sabemos hacer por naturaleza, pero buscamos aprender por fuera–, para retornar constantemente a nuestro centro, a la entidad sin individuación, donde la vida se resuelve sola.

De lo contrario, como señala la escritora española Gema Martíz, “si nos pasamos el día perdidos en el laberinto del ego, la personalidad se hace egoísta, egotista, egocéntrica y ególatra”.
21 Abril 2018 04:00:00
¿Se aburre?¡Qué fortuna!
“El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento”.
Erasmo de Rotterdam

En esta maniquea visión del mundo y de la existencia que tenemos los seres humanos, origen de nuestras insatisfactorias vidas, hemos convertido en enemigo a uno de los más poderosos detonadores de creatividad, progreso y evolución espiritual: el aburrimiento.

Se le ha considerado como al peor enemigo, en voz de Voltaire, o una enfermedad, según el militar francés Caballero de Lévis, o causante de atrocidades, de acuerdo al filósofo español Fernando Savater.

Esa sensación compuesta de irritación, desasosiego, vacío y sinsentido, que es el aburrimiento, ha sido a tal grado incomprendida, desaprovechada y denostada, que prácticamente le prohibimos a nuestros hijos aburrirse porque “se les meten malas ideas”, al fin y al cabo el ocio, productor de aburridos, es la madre de todos los vicios.

Y es así que cuando no tenemos la posibilidad de proporcionarles nosotros mismos los quehaceres o no sabemos encauzarlos hacia aquellos que pueden convertirse en vocaciones y pasiones, les permitimos distraerse horas frente a la computadora, el teléfono celular y los videojuegos, matando el aburrimiento de la manera más inútil y perniciosa.

Si cuando se aburren únicamente se distraen, estos chicos solo cambian de aburrimiento, por tanto pueden llegar a convertirse en aburridos crónicos, ergo: seres autodestructivos y dañinos para otros. Está comprobado, además, por las ciencias que estudian la mente y la conducta, que ante el aburrimiento somos proclives a caer en las adicciones.

Pero una vez más, y como todo, no es el aburrimiento la causa de nuestros males, sino sólo un impulso a movernos, al que podemos reaccionar muy mal, desde una distorsionada forma de ver y vivir la vida.

Sin aburrimiento nos quedaríamos paralizados, muriendo poco a poco de indolencia en una cama o un sillón, sin querer nada, ni televisor ni celular ni libro ni compañía.

Es necesario el aburrimiento para descansar, pues nos impulsa al placer; para crear, porque nos lleva a emprender nuevos proyectos; para autoconocernos, ya que nos permite observarnos.

Sin embargo, para evitarlo, así como para evitar sentir malestar en general, acostumbramos vivir ocupados, muertos de cansancio o, en el otro extremo, completamente distraídos en actividades vanas e ideas superficiales; siempre, por supuesto, evitando mirarnos hondo.

Como el aburrimiento es un malestar, no es fácil verlo como un aliado, menos en la actualidad, en la era de la intolerancia a la frustración, debido a la consecución casi inmediata de nuestros deseos, posible gracias a la tecnología y las tarjetas de crédito.

Y debido, también, a la mediocridad de esos deseos, así como a la calidad de distracción, y no de ocupación gozosa y profunda, que le imprimimos a la mayoría de nuestras actividades.

El problema es que las distracciones duran poco y el aburrimiento vuelve pronto. Cuando emprendemos, en cambio, empresas difíciles y de largo aliento o gran compromiso, que mantengan nuestro entusiasmo en el tiempo, el aburrimiento no solo se alejará por temporadas, sino se habrá convertido en progreso.

Si en lugar de ver una película nos observamos un rato, para ver por qué una vez que alcanzamos aquello que deseamos, nos acostumbramos tan rápido a ello que dejamos de disfrutarlo y, por ende, nos aburrimos, descubriremos que no pocos aspectos de nuestras vidas necesitan atención.

En primera instancia, veremos que satisfacer nuestros deseos no es sinónimo de bienestar interno, como no sea momentáneo, porque nacimos para ir siempre más allá de donde llegamos, incluso después de morir; que, por cierto, nos está faltando gratitud por todo aquello que tenemos, sentimiento profundo que sí nos posibilita tanto el placer como la satisfacción para ya, aquí y ahora; y que el malestar, cualquiera que sea su origen y su forma de manifestación, siempre tiene un lado bueno: es el aviso de que tenemos que movernos de donde estamos de inmediato, sobre todo internamente.

Si se aburre, agradézcalo, significa que quiere y puede avanzar.
14 Abril 2018 04:00:00
Tache, tache, tache
Tenemos dos personas que se sienten secretamente en desventaja respecto de los demás, inseguras, necesitadas de aprobación y reconocimiento; una de ellas piensa, sin saberlo, que sólo podrá destacar cuando los demás valgan menos, así que se dedica a descalificarlos; la otra necesita ser descalificada para confirmar su poca valía, pues así recibe atención, evade responsabilidades y evita decisiones. Resultado: una de las relaciones más tóxicas, destructivas y, desafortunadamente, comunes que existen, sin importar si es de pareja, filial, de amistad o profesional.

No hay una tercera opción, es uno u otro rol, o no habría binomio enfermo, porque dos egos voluntariosos y dominantes se repelen. Aquí hay, no obstante, dos soberbias gigantes, cada una tratando de ganar la batalla; el dominante sometiendo, la víctima manipulando.

Esta explicación es necesaria para hablar sobre la personalidad descalificadora y el mal que puede hacer, pero sin satanizarla, pues para que se desarrolle debe haber, del otro lado, quien acepte la descalificación como una verdad sobre sí mismo, y aunque esta es la persona que más daño recibe, en gran medida es autoinfligido. En realidad lleva la ventaja, porque es “el bueno”.

Para la víctima es tan difícil como para el descalificador dejar de serlo. Hay que vencer creencias, experiencias traumáticas y miedos. Es necesario entender esto para aceptar con menos reticencia que una de cada dos personas es descalificadora, o sea “el malo”, y que podemos ser nosotros. De hecho se contagia, como cualquier actitud con la que seamos agredidos, porque hay una función espejo en el subconsciente que nos posibilita la supervivencia, copiando las tácticas del enemigo para combatirlo.

Ambos roles se aprenden en casa, “se maman”, como se dice popularmente, a través del comportamiento de pareja de los padres. Además, no es poco frecuente que uno o los dos progenitores “impulsen” a sus hijos a ser mejores descalificándolos: “no sirves”, “eres un inútil” o, aún más dañino, por la ambigüedad emocional: “lo hiciste muy bien, pero...”.

El descalificador ambigüo es el mayor controlador que existe; es el que fue sometido en su niñez a maltrato “por su bien”; el que no pocas veces escuchó: a mí me duele más que a ti. Como buen contradictorio, da pan y palo, atrae y repele, nos ama y nos odia. Es al que se engancha ese tipo de víctima que tiende a esperar indefinidamente a que su verdugo cambie, y se va dejando minar emocionalmente, cede su poder, se autoanula en aras de que le digan quién es y cuánto vale, lo declaren incapaz de ser responsable y tomen decisiones por él o ella.

Dice Bernardo Stamateas, en su libro Gente Tóxica: “el descalificador se encargará de hacerte cumplir sus exigencias o, de lo contrario, te hará la vida imposible. Sea como fuere, querrá conseguir que pienses, sientas y acciones solo como él lo desea”.

Pero como ya se dijo, esto es de dos que quieren. Si está del lado de la “pobre” víctima, es momento de que deje de creer que es “el bueno” del binomio y busque ayuda. Si es, en cambio, quien descalifica, sepa que nadie en realidad creerá por mucho tiempo que usted es o lo hace mejor. Todo mundo termina dándose cuenta de su miedo y su inseguridad. Están con usted por conveniencia, no porque lo(a) amen o respeten.

Siendo prácticos, ni uno ni otro rol resuelve nada, pero es el aprendizaje obligado para el crecimiento personal. Es la forma de hacerlo mal, en busca de hacerlo bien. La gente se estanca en estas relaciones porque no conoce otras y, peor aún, cree que así es como deben ser.

Por más tóxica que sea una relación, el impulso con el que entramos a ella siempre es positivo: queremos ser felices. Pero la felicidad es un asunto estrictamente personal. Las relaciones, de cualquier tipo, son para crecer en compañía de alguien.
07 Abril 2018 04:00:00
Usted manda
Hay dos grandes mitos acerca del cerebro humano: que lo comprendemos y que lo usamos, pero la realidad es que sigue siendo un gran misterio y que, por lo general, él nos usa a nosotros.

Hemos descubierto que funciona al 100%, no al 10, como se creyó durante mucho tiempo; que se remodela constantemente y que no es nuestra mente, sino depositario y operario de la misma.

Aunque esta última afirmación no tiene sustento científico, es fundamental para concebir al ser humano como una criatura cuya existencia trasciende su fisiología y para entender por qué en realidad no sabemos usar el cerebro.

Acostumbramos darle el control, y así vivimos por vivir. Pero hay otra manera: vivir con voluntad de vivir, siendo el líder del cerebro. Vivir por vivir no nos hace menos trascendentes, pero sí ignorantes de dicha trascendencia. Vivir con voluntad de vivir nos conduce principalmente a la conciencia y consecuentemente a trascender.

Los seres humanos trascendemos cuando aprendemos a manejar la vida, para lo cual es imprescindible administrar nuestro cerebro. Aprender a manejar la vida consiste ante todo en aprender a sentirse bien por voluntad propia, como comer cuando se tiene hambre.

En este sentido, hay dos vías en las que debemos desarrollar nuestro cerebro: obviamente la fisiológica y, claro, la mental, la del ser consciente y observante del propio cerebro.

El cerebro tiene una cualidad llamada neuroplasticidad, descrita como la flexibilidad del sistema nervioso para cambiar adaptativamente su organización estructural y funcional ante estímulos del entorno o para llevar a cabo las instrucciones provenientes de la mente consciente. Los monjes budistas, por ejemplo, se concentran en imaginar cómo la temperatura de su cuerpo sube, hasta que lo hacen realidad, de manera que pueden meditar hasta un día entero en un entorno helado, a la intemperie o en alguna caverna.

Esta neuroplasticidad es ilimitada. O sea, gran noticia: el cerebro no envejece a menos que lo abandonemos a su suerte. De hecho, la verdadera vejez no está en el deterioro del cuerpo, por demás normal, sino en la actitud ante la vida, que no proviene más que de un cerebro anquilosado, que no cambió nunca ni sus puntos de vista ni sus malos hábitos.

Por una parte, pues, podemos mantener y aumentar la plasticidad biológica de nuestro cerebro comiendo sano, durmiendo suficiente y ejercitándolo con algunas actividades que podrían parecernos ociosas y en realidad son muy útiles, como rompecabezas, sopas de letras, crucigramas y sudokus, o algunas otras que consistan en aprender una nueva habilidad, la que sea: música, pintura, idiomas. No existe ninguna limitante para el cerebro a ninguna edad, como no sea nuestra propia idea de que no podemos.

Para aprender no se necesita ninguna otra cosa que seguir uno de los principales impulsos del cerebro y por tanto de la mente: la curiosidad. Satisfacerla vivifica, estimula, despierta; dejarla apagarse nos atonta, nos adormece.

Lo que no se usa se atrofia y ese es el caso del cerebro. El proceso degenerativo no es ni natural ni inevitable. Todo lo contrario. Se puede llegar al final del servicio que nos da nuestro cuerpo con un cerebro joven e inquieto, feliz y satisfecho.

Respecto de la actividad para la trascendencia, observemos a nuestro cerebro, seamos testigos silenciosos de sus procesos, sus recovecos, sus resultados, para cambiarlos a voluntad: si encontramos recuerdos nocivos, heridas de viejos traumas, malos hábitos, pensamientos caóticos, miedos, obsesiones, compulsiones, es que el cerebro nos está usando a nosotros.

Hay que reprogramarlo para la gratitud, la alegría, la generosidad, el optimismo, el entusiasmo por aprender siempre algo nuevo, por reinventarnos cambiando nuestras ideas. Dice el autor de nuestro epígrafe, Deepak Chopra: “Existen pruebas de que podemos prevenir los síntomas de senilidad y envejecimiento cerebral si mantenemos las relaciones sociales y la curiosidad intelectual durante toda nuestra vida”.
31 Marzo 2018 04:00:00
¿Bienvenida, felicidad?
“A nada en la vida se le debe temer, sólo se le debe comprender”.
Marie Curie.

No importa ya de dónde provienen las ideas de que la vida es difícil y a este mundo se viene a sufrir, son tan poderosas y están tan arraigadas en la psique humana que siguen predominando en forma de miedo a la felicidad.

A estos antiquísimos paradigmas no han podido derrotarlos sus modernos opuestos, según los cuales la vida es en realidad benévola y existimos para ser felices. Nuestra codificación para el sufrimiento es aún muy sólida.

Paradójicamente, sufrimos para no sentir dolor. Aunque deseemos la felicidad fervientemente, hay rechazo a sentirla en casi cada ser humano, por un temor atávico al castigo de Dios y un supersticioso miedo al dolor que puede sobrevenirnos de distintas formas justo porque somos felices y justo en el momento de mayor vulnerabilidad, cuando estamos indefensos por la felicidad.

En alguna parte de nuestro subconsciente está la absurda idea de que si dejamos de sentir felicidad evitaremos el dolor o estaremos preparados para afrontarlo. Pero como no soportamos la espera, propiciamos o incluso causamos las situaciones que lo producirán, señalándolas como externas e inevitables. A esto se le llama autoboicot.

Este estresante estado de defensividad, que nos impide disfrutar la vida, se ve reforzado por toda clase de ideas fatalistas que tienen como base la creencia en un cruel destino, así como por la culpa tóxica de tener aquello de lo que otros carecen (“cómete todo porque hay muchos niños que no tienen qué comer”), o de no haberlo obtenido tras un esfuerzo que por sufrido y sacrificado se vuelve meritorio en la cultura de la penosa dificultad de vivir.

A esto hay que añadirle nuestra terca creencia de que la felicidad es un estatus que proviene de fuera, de lo que nos sucede, y no una mezcla de sentimientos positivos cuya composición e intensidad podemos regular sea cual sea la situación, o sea, sentirse bien por voluntad propia.

El mismo mecanismo priva en el amor. Para una gran cantidad de personas el precio es sufrimiento, pérdida de libertad e identidad. Es volver a sufrir el maltrato, la traición, la desatención y hasta el abandono con que entrelazaron el afecto a muy temprana edad. Cómo no boicotear las relaciones.

Lo cierto es que el sufrimiento –como una mezcla indistinta de dolor, ansiedad, miedo, resentimiento y pesimismo– puede ser nuestra opción emocional de largo plazo, porque ya pocas cosas pueden empeorar y porque siempre hay un placer morboso, doloroso y mezquino en sufrir. Además, el sufrimiento es cómodo. No tenemos que hacer nada para alcanzarlo. La felicidad, en cambio, requiere primero un aprendizaje y luego trabajo personal constante.

Pero incluso el sufrimiento es inestable. Llega un momento en que nos pasa algo bueno que nos despierta de nuestro letargo y nos inyecta entusiasmo. Y justo cuando mejor nos sentimos, vuelve esa desagradable sensación de que la vida nos arrebatará la felicidad de alguna manera.

La vida es, pues, inestable, pero eso no la hace traicionera. La estabilidad es sumamente aburrida tras un tiempo.

Necesitamos la emoción para disfrutar, nosotros decidimos si la alegría del autodescubrimiento o la euforia de los placeres mundanos, si vivimos profunda o superficialmente, tranquila o compulsivamente, en la autorregulación o en la confusión y el fallido intento de control de cuanto nos rodea.

Lo malo sucederá. Siempre sucede. Es inevitable y necesario para que aprendamos a remontarlo. Una vez que lo comprendamos dejará de asustarnos y perderá su calidad de atemorizante.

Pero en tanto aprendemos nuestras lecciones, ir a nuestro centro, atravesando el ego, oyendo al corazón y sintiendo el alma, es lo que nos permitirá aceptar y comprender los cambios que implica la vida, al menos nuestra vida, y transcurrir con la mayor seguridad posible cualquier situación.

La felicidad es lo que sucede cuando vencemos el miedo. El miedo se va cuando lo encaramos.
24 Marzo 2018 04:00:00
Todo perfecto
Cuando el disfraz ya no te oculte a tus propios ojos, podrás quitártelo, saber quién eres en realidad, para conectarte profundamente con los demás y alcanzar, así, las cosas realmente buenas de la vida: amor, paz, serenidad, claridad.

Nada más opuesto a nuestra naturaleza evolutiva que ese deseo de perfección que casi todos tenemos, entendida como el logro de lo incuestionable, universalmente reconocido e inmejorable, primero que nada respecto de nuestra persona.

¿Podría usted amar a alguien así? Nadie. A todos nos gusta ver y cuidar la vulnerabilidad de nuestros seres queridos, porque es una condición para el amor. Entonces, ¿por qué pretender que se es o se puede ser alguien invulnerable, paradójicamente para ser amado o cómo mínimo aceptado?

Toda perspectiva de dicha en la vida depende de nuestras relaciones, sólo que en la mayor parte de los casos no sabemos cómo llevarlas. Creemos que dependen de lo que merecemos recibir y no de lo que somos capaces de dar. Este es el error de juicio que le da el control de la vida al ego y se lo quita al alma.

Cuando en nuestra infancia, cualquiera que fuese la razón, vimos insatisfecha nuestra necesidad de amor y atención, el natural egocentrismo de la edad nos hizo sentir que no éramos o hacíamos lo suficiente para merecerlo.

Eso es normal. Lo trágico es que no nos hayamos dado cuenta de que aun adultos seguimos sintiendo lo mismo y que educamos a las nuevas generaciones para sentirlo.

Nos relacionamos pensando en que lo que necesitamos nos viene de los otros, y ponemos énfasis en cómo queremos que nos vean para merecerlo; así, ocultamos lo que realmente somos, que incluye lo que de pequeños nos inhibieron, señalado como motivo de desamor y desatención. Fingimos que no somos quienes somos y fingimos que no fingimos ser otros.

En la medida en que el desamor y la desatención fueron mayores, o en que la sensibilidad personal los acrecentó, muchas personas fueron exigiéndose cada vez más perfección en más áreas de su vida, hasta ponerle a la palabra el “ismo” y a la búsqueda la obsesión.

El perfeccionismo es inútil y frustrante, por la imposibilidad de ser alguien incuestionable que obtiene resultados ídem. Con el perfeccionismo sobrevienen incontables angustias por todo lo que pudo haber sido de otra manera (la perfecta) y no lo fue, incluidas las acciones propias. Atormentado, el perfeccionista se jura que en la siguiente ocasión todo saldrá perfecto, y se vuelve un compulsivo.

Debido a que esa meta resulta inalcanzable, el perfeccionista se autodesprecia en el fondo. Nunca disfruta sus logros e incluso prefiere no tenerlos, pero jamás acepta sus derrotas ni sus defectos, porque los considera un obstáculo infranqueable en su afán de perfección. El perfeccionista no es aquel que se equivoca muchas veces y sigue intentándolo. Ese es perseverante, optimista, apasionado o sólo terco. Es, por el contrario, el incapaz de admitir que se equivoca, el que evade responsabilidades y reparte culpas, el que siempre tiene la razón, exige la perfección que finge tener y está eternamente insatisfecho.

Hay varios tipos de perfeccionistas, pero la mayoría de estas características son comunes a todos, tal cual lo es la siguiente verdad, dicha por la novelista y poeta Julia Cameron: “El perfeccionismo no es una búsqueda de lo mejor. Es perseguir lo peor de nosotros, la parte que nos dice que nada de lo que hagamos será nunca lo bastante bueno”.

La perfección es inalcanzable, porque no es algo que se logra, sino que ya es. Es producto de la percepción y no de la acción. Es en realidad de las pocas cosas que pueden ser un suceso y no un proceso. La belleza verdadera de las cosas tal cual son, que sólo puede apreciarse con el corazón, es lo único que puede llamarse perfecto.
17 Marzo 2018 04:00:00
Hombres de verdad
Señora, señorita, si usted cree que su pareja es un insensible, tiene razón y está equivocada a la vez. Hoy le voy a revelar el gran misterio: no existe un solo momento del día en que estemos libres de emociones, ni hombres ni mujeres, sólo que no estamos conscientes de ello, y los hombres, en particular, ni siquiera podemos identificar la mayoría de ellas, porque hemos sido histórica e infructuosamente educados para no sentirlas, especialmente las que nos hacen sentir vulnerables.

Hoy en día muchos hombres muestran vulnerabilidad y no sienten comprometida su virilidad; lamentablemente, la mayoría continúa parapetada detrás de una máscara de insensibilidad, lo cual aumenta su estrés emocional y físico, pues las emociones no pueden dejar de ser sentidas y, en tanto no son identificadas y canalizadas adecuadamente, se vuelven una bomba de tiempo que al explotar daña la salud física y las relaciones de cualquier tipo, causando sufrimiento, miedo creciente e ira.

Hay muchos seres humanos enojados porque no pueden manejar sus emociones, pero ciertamente hay más hombres que mujeres. Para ellas son naturales la compasión, la ternura, la tristeza y todos los sentimientos que suavizan por dentro. Para nosotros son aterradores, porque la vulnerabilidad es considerada debilidad, fragilidad; en resumen: “falta de hombría”.

Desafortunadamente, cuando bloqueamos este tipo de emociones, bloqueamos todas las de carácter positivo, que son las que permiten conectar profundamente con la vida.

Hombres y mujeres somos afortunada y ciertamente diferentes, complementarios, pero más parecidos de lo que creemos. Sentimos igual, solo que no lo manejamos igual. Las mujeres lo hacen mejor, para ser honestos, pues tienen socialmente permitido sentir abiertamente y expresarlo; por tanto, les es más fácil identificar lo que sienten.

Ambos, no obstante –en la mayoría de los casos, por supuesto–, tenemos aún una deficiente habilidad de gestión sicoemocional. La inteligencia o alquimia emocional es relativamente nueva en el mundo como objetivo accesible y hasta obligado para todo aquel que quiera seguridad, felicidad y tranquilidad en su vida.

El trabajo de autoexploración como una forma de desarrollo sano a nivel personal dejó muy atrás el concepto de autoconocimiento como un camino puramente espiritual. El que más hombres que mujeres lo rechacen no se debe a su racionalidad, sino a su temor, porque tienen que luchar contra el condicionamiento que hay en su cerebro, producto de miles de años de entrenamiento sobre una malentendida masculinidad, útil para la sobrevivencia, pero no para la vida plena.

Los hombres tenemos que luchar además contra nuestra naturaleza hipersensible. Sí, suena descabellado, pero se ha comprobado científicamente que somos más reactivos emocionalmente que las mujeres y más expresivos desde pequeños. Los bebés varones se sienten más afligidos con mucha mayor facilidad que las niñas y lloran más pronto y más frecuentemente que ellas.

Y toda esa capacidad de sentir es la que debemos enterrar bajo las toneladas del peso de un paradigma que ha regido durante milenios a la humanidad. Cada varón recibe el mismo mensaje: “no reconozcas tu dolor. No lo expreses”, “no llores”, “no hables sobre lo que te aflige”, “no seas débil (vulnerable)”.

Con este condicionamiento se nos mutila emocionalmente, dejamos de ser capaces de sentir profundo. Nos limitamos a la satisfacción momentánea. Dejamos de aprender a vivir, porque bloqueamos emociones imprescindibles para ello.

Salirse del paradigma no es fácil, pero hoy es absolutamente necesario. Las nuevas generaciones de hombres son cada vez más sensibles, emocionales y por tanto aptos para manejarse psicológicamente. En cuanto a los de mayor edad, estamos a tiempo. No nos muramos en el viejo paradigma.

Y a nuestras maravillosas mujeres les pido: si nos ven atorados emocionalmente, ayúdennos a identificar qué nos pasa. No somos insensibles, solo que no sabemos lo que sentimos; no estamos enojados, nos defendemos porque estamos asustados, y téngannos paciencia, porque estamos programados para creer que podemos hacerle frente a todo solitos.
10 Marzo 2018 04:00:00
De todo corazón
Póngase cómodo, respire profundo, centre su atención en el corazón; siéntalo, sonría levemente, sólo levantando ligeramente las comisuras de la boca, cierre los ojos y permanezca así unos minutos, suficientes para sentirse en paz. Ahora llene su corazón, agrándelo, con un sentimiento profundo: amor o gratitud, y después bombee este a todo el cuerpo. Quédese disfrutando la sensación el mayor tiempo posible.

Con esto, usted acaba de hacer dos cosas fundamentales para vivir con plenitud: conectarse con su corazón, la puerta del alma, y llevar salud a cada célula de su cuerpo.

Si se hace esto diario, la inteligencia del corazón toma las riendas de la vida y todo cambia. Se descubre que aquello que realmente necesitamos y deseamos ha estado ahí siempre: seguridad, paz, alegría, amor, confianza y certezas profundas, libres de todo miedo.

Nada daña más al corazón que el miedo, porque es libre por naturaleza de él. El corazón es completamente inocente, sin las memorias dolorosas de las cuales extraemos el miedo con pensamientos aciagos.

Y aun así el corazón piensa, como pensaría un ángel, a través del amor, como un estado de conciencia más que como un sentimiento. Entregarle al corazón humano el control es lo único que puede salvar al mundo de lo que nuestro egoísmo está haciendo con él.

El corazón humano es la verdadera conciencia colectiva, que se sabe a sí misma existente y evolutiva, capaz de transformar y trascender. Del otro lado, la inconciencia colectiva destruye todo cuanto toca con la facilidad y la crueldad que lo haría un demonio.

El hombre ha creado los arquetipos de lo angélico y lo demoniaco para conocerse a sí mismo, para conectar el reino de la mente con el reino del corazón y reequilibrar la creación.

No se trata de ir por ahí a corazón abierto para que nos lastimen. No. La función del ego, el raciocinio y la lógica es justamente proteger esa fragilidad que nos hace hijos de Dios.

No hay nada más poderoso que el corazón humano. En él está arraigada la verdad. La mente, en cuanto pensamiento, es en cambio la gran ilusionista.

El corazón genera un campo electromagnético que se extiende hasta cuatro metros alrededor de nuestro cuerpo, y que es caótico cuando tenemos emociones negativas, o armónico cuando son positivas. Así es como, en primera instancia, para bien o para mal, afectamos a los demás: electromagnéticamente.

El corazón está compuesto en su mayoría por neuronas, de manera que genera hormonas que producen bienestar, como la que asegura el equilibrio general u homeostasis, e inhibe las que causan estrés, en especial el cortisol.

He aquí las explicaciones científicas de lo que cada ser humano sabe por experiencia acerca de la inteligencia y el lenguaje de su corazón. Por algo frases como “lo sé en el fondo de mi corazón”.

Sólo quien vive muerto de miedo puede negar que el corazón es más inteligente que el cerebro. Pero aunque la mayoría sepamos la verdad, acostumbramos vivir desconectados de nuestro corazón, con la puerta del alma bien cerrada, a candado si es preciso. Por miedo a que algo nos vuelva a doler, en realidad perpetuamos el dolor, encapsulado, y vivimos sintiendo poquito, a base de emociones de baja vibración, como la envidia, la ira, el resentimiento. Esas son manejables y cosa del ego, que se vale del raciocinio para justificarlas y reproducirlas.

En cambio, sentir profundo asusta, porque nos lleva a lugares interiores desconocidos, a dimensiones en las que debemos soltar todo control. Pero los sentimientos profundos, igual que el músculo del corazón, pueden ejercitarse y por tanto fortalecerlo. De eso se trata el crecimiento, la evolución: aprender a sentirnos bien desde el corazón, para conectarnos con todo el bien que existe.

El camino es eterno, pero luminoso y, tan fácil en realidad como conectarnos todos los días un rato con nuestro corazón.
03 Marzo 2018 04:00:00
Fluye sólo el alma
Todos hemos tenido días de semáforos en verde: esos excepcionales, en los que nos levantamos alegres, tranquilos y todo funciona a la perfección.

Lo más común, sin embargo, son los semáforos en rojo o descompuestos cuando nos ponemos a bregar con la vida, dominados, sin darnos cuenta, por la preocupación y el miedo.

Estamos acostumbrados a forzar las cosas y a las personas para doblegarlas a nuestra voluntad, porque creemos que esa es la vía correcta para lograr nuestros objetivos. Creemos que esforzarse es porfiar hasta dejar el pellejo, que perseverancia es terquedad y que actuar es controlar.

Tan alto es el precio emocional que se paga por la necedad, la terquedad y el control neurótico, que ningún logro vale tanto. La relación precio-calidad estará desproporcionada, y trataremos infructuosamente de ir por otro que sí compense, invirtiendo más todavía.

A lo sumo lograremos ese placer morboso que nos producen la envidia ajena, la zalamería y el sometimiento de los pobres de espíritu, sólo importante para el ego, al que le encantan los semáforos descompuestos y, en general, todo lo que se le resista, porque de eso se alimenta.

En cambio, los semáforos en verde son asunto del alma: un fenómeno de sincronía derivado de vivir fluyendo. Fluir es el movimiento interno resultante de abandonar toda resistencia a la realidad, incluida la expectativa de que las cosas sucedan como se quiere cuando se quiere y, con ella, la compulsión por controlar. Nada cambia con tanta rapidez y sin esfuerzo como cuando aceptamos que está sucediendo.

Mientras estemos peleados con el mundo, con quienes somos, con lo que nos sucede, con Dios, el país, los políticos, el vecino, el jefe y todo aquello que “no debiera estar siendo”, batallaremos, lucharemos, forcejearemos; infelices, necios, realmente solos, insatisfechos.

Cuando las cosas no están saliendo, pare, calle, observe y escuche esa voz interior que le está indicando que algo no anda bien. No existen la casualidad ni el azar. Todo cuando le sucede es creación suya, resultado de una o varias emociones que han persistido pasando desapercibidas, porque da pánico enfrentarlas.

Lo bueno y lo malo vienen de las profundidades, de esa parte de nosotros que es el gran misterio: el inconsciente, oscuridad a la que debemos penetrar con la luz de la conciencia, para obtener la claridad que resulta de todo descubrimiento trascendental.

Al fluir le sigue comunicar al universo qué queremos, pero no formulado como un pensamiento de petición, ruego o instrucción, sino como una vibración. Le hablamos sintiendo amor, gratitud, generosidad, vulnerabilidad, confianza, compasión y alegría, y nos contesta con sincronía. Nada tan equitativo como el universo: devuelve lo que se le da, se le pida o no.

Para generar esos sentimientos, y que predominen sobre las emociones negativas que generalmente nos dominan, hay primero que experimentar lúcidamente estas últimas, para finalmente aceptarlas y transformarlas.

Hay un concepto esotérico que explica los resultados de una buena meditación: sólo lo que se siente se capta y se conoce. No se trata de huir hacia el nirvana, sino de mirar con tranquilidad nuestras aguas turbulentas. Nos dividimos en dos, el que siente y el que observa, comprende y abraza al que siente.

Cuando observamos, comprendemos y abrazamos al que siente –que puede ser nuestro niño asustado, el adolescente enojado o el adulto frustrado–, lo estamos haciendo con el alma, esa parte de nosotros que es semejante a Dios, que nos mira con ternura y compasión.

La vida está llena de señales que nos indican cuándo, dónde, quién, qué y cómo, sólo que no queremos verlas; queremos hacerlo a nuestro modo, creyendo que sabemos más y mejor. Arrogancia pura.

Preferimos bregar, o sea, aprender a través del dolor y quedarnos en la zona de confort de la víctima de las circunstancias. Soberbia infinita.
25 Febrero 2018 04:00:00
Para discernir la diferencia
“Siempre hay un momento en que la vida se descarrila”.
Gillian Flyn

En cuestiones de control, sólo hay dos clases de personas: el que controla y el que cree que controla. La mayoría pertenece a la segunda categoría.

Decía el autor y orador motivacional Jim Rohn: “Es irónico que una de las pocas cosas sobre las que tenemos control es sobre nuestras propias actitudes, y aun así la mayoría de nosotros vive la vida entera comportándose como si no tuviera ningún control”. Y eso es, claro, porque no lo tienen.

Esta idea de Rohn nos ubica ahí donde el control sí es factible, completamente real, verdadero y necesario: nuestro interior, siempre y cuando lo entendamos como una autorregulación emocional y mental, no como una forma de evitar sentimientos o pensamientos indeseados.

Quien tiene autodominio, sabe lo que puede y no puede controlar fuera de sí mismo. En cambio, el que no lo tiene intenta controlar, y cree que puede, personas, situaciones, circunstancias y cosas. Este autoengaño es denominado ilusión de control y quien la padece es mejor conocido como controlador.

La sensación de control sobre lo que nos rodea es prácticamente una droga: dopamina. Nos quita momentáneamente el miedo y nos da seguridad. Por eso no importa que sea mentira y que la realidad nos sacuda con frecuencia.

Un ámbito donde a casi todos nos ha poseído el controlador, es el de las relaciones afectivas, parentales, filiales, de pareja, o hasta de amistad. Cuando alguien se preocupa por otro o sospecha de él o ella, entre otras emociones, intenta controlarlo.

Le ordena o “sugiere” con quién estar, qué pensar, cómo actuar, o simplemente critica lo que dice, piensa y hace. Señala con desagrado aquello que quiere que cambie. Al final, la gente a la que se desea someter se cansa, y cuando deja de serle útil el controlador, lo de-secha. Este, por su parte, es quien se quiebra.

Zygmunt Bauman, filósofo y sociólogo inglés, aseguraba, con toda razón, que “los intentos de superar la dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo que no tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo errante son la sentencia de muerte del amor”.

Del pequeño controlador que todos llevamos dentro nacen la intolerancia, la ira, el odio, la envidia, la injusticia y todas las actitudes humanas que están destruyendo al planeta y denigrando a la especie.

El controlador puede incluso apoderarse de nuestras vidas. Así encontramos al eterno criticón, al perfeccionista, al conflictivo, al chantajista, al manipulador, al reclamante, al agresivo y al concentrado de todos ellos: el tirano emocional.

Todos son niños asustados con el poder de un adulto inseguro y descontrolado. Peligrosos, sin duda. Se trata de una patología que no es, desafortunadamente, poco frecuente. Échele cuentas a su alrededor.

El pequeño controlador –esta distorsión de la personalidad que en algún momento terminamos manifestando todos en un área de nuestra vida o en todas, durante una temporada–, es por supuesto, y valga la paradoja, controlable. Lo primero, e indispensable, es aceptar el miedo que estamos sintiendo, porque lo que aceptamos nos transforma y lo que negamos nos posee.

Ese miedo viene acompañado por sentimientos de culpa, inferioridad, inmerecimiento, insuficiencia, entre otros con un gran poder para derrumbarnos; abrumadores ciertamente, tanto que preferimos deformar la realidad, haciéndola más agradable, lo cual incluye la ilusión de control, que a cada rato, por cierto, se nos cae. Aun así, la reconstruimos y seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

Quizá sea hora de aprender dos conceptos: sincronía y fluidez, dos habilidades que nos permitirán soltar el control y deshacernos de la inmensa carga que no sabemos que llevamos.

Nos sería muy útil para comprenderlas y desarrollarlas, reflexionar en el significado de la oración: “Señor, concédeme serenidad, para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para discernir la diferencia”.

24 Febrero 2018 04:00:00
Para discernir la diferencia
Siempre hay un momento en que la vida se descarrila. Gillian Flyn

En cuestiones de control, solo hay dos clases de personas: el que controla y el que cree que controla. La mayoría pertenece a la segunda categoría.

Decía el autor y orador motivacional Jim Rohn: “Es irónico que una de las pocas cosas sobre las que tenemos control es sobre nuestras propias actitudes, y aun así la mayoría de nosotros vive la vida entera comportándose como si no tuviera ningún control”. Y eso es, claro, porque no lo tienen.

Esta idea de Rohn nos ubica ahí donde el control sí es factible, completamente real, verdadero y necesario: nuestro interior, siempre y cuando lo entendamos como una autorregulación emocional y mental, no como una forma de evitar sentimientos o pensamientos indeseados.

Quien tiene autodominio, sabe lo que puede y no puede controlar fuera de sí mismo. En cambio, el que no lo tiene intenta controlar, y cree que puede, personas, situaciones, circunstancias y cosas. Este autoengaño es denominado ilusión de control y quien la padece es mejor conocido como controlador.

La sensación de control sobre lo que nos rodea es prácticamente una droga: dopamina. Nos quita momentáneamente el miedo y nos da seguridad. Por eso no importa que sea mentira y que la realidad nos sacuda con frecuencia.

Un ámbito donde a casi todos nos ha poseído el controlador, es el de las relaciones afectivas, parentales, filiales, de pareja, o hasta de amistad. Cuando alguien se preocupa por otro o sospecha de él o ella, entre otras emociones, intenta controlarlo. Le ordena o “sugiere” con quien estar, qué pensar, cómo actuar, o simplemente critica lo que dice, piensa y hace. Señala con desagrado aquello que quiere que cambie. Al final, la gente a la que se desea someter se cansa, y cuando deja de serle útil el controlador, lo desecha. Éste, por su parte, es quien se quiebra.

Zygmunt Bauman, filósofo y sociólogo inglés, aseguraba, con toda razón, que “los intentos de superar la dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo que no tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo errante son la sentencia de muerte del amor”.

Del pequeño controlador que todos llevamos dentro nacen la intolerancia, la ira, el odio, la envidia, la injusticia y todas las actitudes humanas que están destruyendo al planeta y denigrando a la especie.

El controlador puede incluso apoderarse de nuestras vidas. Así encontramos al eterno criticón, al perfeccionista, al conflictivo, al chantajista, al manipulador, al reclamante, al agresivo y al concentrado de todos ellos: el tirano emocional. Todos son niños asustados con el poder de un adulto inseguro y descontrolado. Peligrosos, sin duda. Se trata de una patología que no es, desafortunadamente, poco frecuente. Échele cuentas a su alrededor.

El pequeño controlador --esta distorsión de la personalidad que en algún momento terminamos manifestando todos en un área de nuestra vida o en todas, durante una temporada--, es por supuesto, y valga la para paradoja, controlable. Lo primero, e indispensable, es aceptar el miedo que estamos sintiendo, porque lo que aceptamos nos transforma y lo que negamos nos posee.

Ese miedo viene acompañado por sentimientos de culpa, inferioridad, inmerecimiento, insuficiencia, entre otros con un gran poder para derrumbarnos; abrumadores ciertamente, tanto que preferimos deformar la realidad, haciéndola más agradable, lo cual incluye la ilusión de control, que a cada rato, por cierto, se nos cae. Aun así, la reconstruimos y seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

Quizá sea hora de aprender dos conceptos: sincronía y fluidez, dos habilidades que nos permitirán soltar el control y deshacernos de la inmensa carga que no sabemos que llevamos. Nos sería muy útil para comprenderlas y desarrollarlas, reflexionar en el significado de la oración: “Señor, concédeme serenidad, para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para discernir la diferencia”.

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17 Febrero 2018 04:00:00
Sólo hay de dos sopas 2/2
Sentirse bien o mal es entera responsabilidad de cada quien. Depositar la felicidad, tranquilidad, seguridad y autoestima en la opinión y conducta de otros es inmadurez, debida a un proceso trunco de autodescubrimiento, que a su vez deriva de una distorsión educativa.

Somos un planeta de inmaduros, porque cada uno de nosotros cree que es lo que los otros creen que es. Así es como irreflexivamente nos educamos unos a otros, generación tras generación.

En lugar de acompañarnos respetuosamente en nuestros procesos de autodescubrimiento y aceptarnos tal cual somos, les exigimos a los otros que sean lo que necesitamos que sean, y les hacemos creer que somos lo que necesitan. Establecemos relaciones basadas en la negociación de las expectativas mutuas.

Nos explotamos, pues, nos robamos la energía, la identidad y la paz los unos a los otros. Lo que realmente somos y lo que paradigmáticamente se supone que no debiéramos ser, quedan ocultos, pero como no pueden permanecer de esa forma, los proyectamos en los demás; en ellos vemos lo bueno y lo malo de nosotros, pero como ajeno. Es como un juego de espejos que distorsionan la realidad en múltiples y diferentes reflejos.

El malestar de vivir está en la falta de reconocimiento de uno mismo, porque nos aleja del cometido principal de la existencia: experimentarnos, sentirnos. En la base de todas las doctrinas esotéricas y muchas religiones, está la creencia de que Dios creó todo cuanto existe para experimentarse a sí mismo. Así de importante es vivirse, no sólo para conocerse, sino para amarse.

Paradójicamente, para evadir el malestar, y creyendo que está en lo que se oculta y no en el acto de ocultar, nos alejamos de quienes somos y de lo que sentimos pero “no debiéramos”, y confundimos esa baja intensidad de molestia con bienestar.

En eso que sentimos pero “no debiéramos” está depositada una carga moral que nos aplasta con el peso de la vergüenza. Es el calificativo de despreciable, y no la emoción en sí misma, lo que la hace insoportable, y es el acto de ocultarla lo que causa el sufrimiento.

Mientras más intentamos tapar ese tipo de emociones, más sufrimos, porque su insistencia arrecia. Nunca se irán, hasta que las hayamos confrontado, las dejemos expresarse, toleremos su intensidad, dialoguemos con ellas y lleguemos a acuerdos justos. Son como hijos adolescentes y rebeldes.

E igual que ellos, nos producen preocupación y agobio, dos de los malestares emocionales más perjudiciales para el ser humano, y desafortunadamente más frecuentes.

La preocupación es esa actividad mental y emocional de darle vueltas y vueltas en la cabeza a una situación inexistente. Según nuestro miedo, podemos evitar que suceda lo que tanto tememos si lo resolvemos cuando todavía no pasa, por lo menos en nuestra mente y nuestra emoción. Una locura super estresante, por absorbente.

El agobio es una emoción que surge cuando nos enfrentamos a la posibilidad o aun a la necesidad de hacer algo que no queremos hacer, por el motivo que sea. Con ese rechazo por delante, hacemos un recuento angustioso de nuestros pendientes, como si tuviéramos que desahogarlos juntos y ahora. Obvio, nos abrumamos. El agobio es un aviso de que tenemos de establecer prioridades.

Preocupación y agobio son, pues, inventos humanos. Dos formas erróneas de evitar el malestar que producen mucho malestar. Cada vez que las sintamos hay que ir a lo que estamos ocultando. Si eso nos da miedo, hay que saber que podemos resistirlo, sobrevivirlo y remontarlo si contamos con las herramientas adecuadas para oponerle a cada emoción y cada pensamiento negativos: buenos recuerdos, imágenes agradables, ideas lógicas y constructivas, por tanto, buenos sentimientos.

Y recuerde, en alquimia emocional o autorregulación no funciona la superposición de lo positivo sobre lo negativo. No vamos a hacer crecer nada en la basura si no la convertimos antes en abono.
10 Febrero 2018 04:00:00
Sólo hay de dos sopas
Primera de dos partes

Sólo hay dos procesos en el universo: evolución y entropía. Por eso hay positivo y negativo, amor y miedo, dentro y fuera, luz y oscuridad. Entre esos polos vibra, es decir, se mueve, todo cuanto existe.

Mientras la entropía arrastra hacia aquello que no comprendemos, a lo cual llamamos caos, la evolución requiere volición, un acto de voluntad, pues, para darse y sostenerse, para organizar la existencia en patrones cada vez más complejos y plurales, sublimar lo creado, llevarlo a su máxima expresión.

De ahí que sea imposible, por donde se quiera ver, la inexistencia de un poder superior a nosotros. Está. Lo creamos o no. Creerlo nos despierta; no creerlo, aunque no lo parezca, nos embrutece. No crea si no quiere en el Dios que han querido imponerle, pero descubra el suyo o estará destinado a la primitividad interior, a una vida instintiva y aburrida.

Ahora aterricemos al planeta tierra, a usted, a mí, a cualquiera: o aprendemos a sentirnos bien, o siempre estaremos sintiéndonos mal. El malestar no se va solo. Este es el gran secreto, la clave de la vida, la gran respuesta o como le quiera llamar. Se dice fácil, pero en realidad es bastante complicado, o ya lo habríamos logrado todos. Para empezar, ni siquiera lo tenemos claro como especie o como colectivo.

Es difícil porque sentirse bien no es un resultado de lo que nos sucede, sino un aprendizaje que dura toda la vida y un trabajo concienzudo de alquimia interior, para transmutar el malestar en bienestar, el odio en amor, la envidia en bendiciones, la avaricia en generosidad, la discriminación en tolerancia, el egoísmo en generosidad, y eso puede lograrse sin un sicoterapeuta, pero no sin poder superior.

Simplificando: la felicidad no es la ausencia de problemas, sino la capacidad de tratar con ellos. Ahora traslade este significado al concepto más amplio y abarcante de sentirse bien. Así es, se trata de obtener, recuperar cuando se requiera y mantener el mayor tiempo posible un estado de bienestar generalizado “a pesar de...”, hasta que un nuevo obstáculo nos obligue a una nueva alquimia interior que nos llevará a mayor experiencia, sabiduría y comprensión. Evolución, se llama.

Aprender a sentirse bien es proyectarse bien y proyectar el bien, por tanto crear bien y obtener bien, porque la vida se vive de adentro hacia afuera en cualquier caso; es decir, sacamos lo que tenemos, lo enviamos a los demás, al universo, y justo eso obtenemos de regreso.

Así pues, sentirse bien no es una consecuencia de vivir, es una habilidad que se adquiere y que debiéramos enseñar a nuestros hijos desde pequeños. Si hemos vivido durante muchos años sintiéndonos mal, es hora de cambiar. No hay edad.

Se empieza por saber exactamente qué pensamos y qué sentimos. Y aquí es donde, créame, necesitará a su poder superior, porque lo más probable es que no pueda hacer el camino exploratorio solo, sin salir huyendo, tanto así es lo que le han hecho creer que hay de malo en usted. Pero si su Dios lo ama tal cual es y así lo acepta y lo abraza, ¿usted por qué no? Si no lo hace, no era Dios.

Cuando se haya familiarizado con usted mismo, podrá entonces aumentar o disminuir la intensidad de una emoción, así como convertir una negativa en su opuesta y, lo más importante, podrá frenar impulsos como la glotonería, la crueldad y otros más o menos oscuros que nos llevan a tener vidas descontroladas, en el mejor de los casos, y muy destructivas, en el peor.

A esto se llama autorregulación, y hay muchas técnicas, para diferentes emociones y diversos momentos, pero antes es imprescindible quitarse el piloto automático con el que estamos acostumbrados a conducir nuestras vidas y tomar el control, encendiendo el comando de la conciencia emocional.
03 Febrero 2018 04:00:00
¡Silencio!
No existe la nada. Es un término que le hemos dado a la imperceptibilidad. Ahí donde creíamos que estaría en última instancia, la física cuántica descubrió la materia oscura –llena hasta ahora más de misterios que de partículas– y la mística siempre vio a la mente universal o inteligencia divina, ese “fuera del espacio y el tiempo” que es en realidad el “aquí y el ahora”.

En este sentido, la nada es nuestro ser esencial. Ciertamente, no somos nada. Vayamos para entenderlo al aspecto más común de la “nada” para todos los seres humanos: el silencio, que en realidad es la ausencia de sonidos que esperamos oír. Aun cuando dejemos de percibir auditivamente por completo, el ruido está. Nuestro perro lo sabe.

Está claro, entonces, que hay existir más allá de lo que podemos ver, oír, tocar, oler y degustar; por tanto, de lo que podemos pensar, razonar, creer, opinar y esperar. Lo que no está claro, es que nuestra verdadera y real existencia también está “más allá”, porque dicha claridad debe provenir de la conciencia, ese estado superior de la mente que ve y sabe en lugar de pensar y creer que sabe, y del cual la inteligencia es solo un eco débil y mundano.

La conciencia es una dimensión de conocimiento neutral y metafísico; un “sitio” interno al cual va el alma o nuestro yo incorpóreo, sin ego, para comprender y aprender, y dentro del cual podemos incluso desaparecer existiendo plenamente, vivir, pues, la experiencia de unidad con todo cuanto existe.

Se puede acceder a ella, ¡mire usted!, durante cualquier actividad o postura en la que nuestro cuerpo tenga suficiente dominio como para no poner atención mental en lo que está haciendo, sino en contemplar concentradamente algo que nos absorba, sólo durante unos segundos: una mosca, una mancha, un mosaico, una nube, un animal, un árbol, cualquier cosa.

Nada más lejano a esta experiencia, por supuesto, que la televisión, los videojuegos, internet y las redes sociales. Lo de hoy en el mundo.

Una contemplación, en consecuencia, silente, concentrada, relajada, completamente despreocupada y desocupada. De pronto, sin oír y sin pensar, despertaremos en ese otro “sitio”, donde en lugar de la nada aterradora estará nuestro Ser esencial, conectado a todo, arraigado al verdadero amor, que es silencioso pero omnipresente.

La ausencia de sonido es solo la fachada del silencio, por dentro de lo que se trata es de acallar el pensamiento. La concentración sin estrés es un camino incomparable, aquella que no active las funciones memorista, asociativa, analítica o de alerta del cerebro. De eso se trata, en esencia, la meditación. No es cosa de ir, sino de dejarse llevar.

Así es la conciencia. Una experiencia de este mundo, no como posibilidad, sino como paso obligado. Todo es cuestión de administrar el silencio, y para ello primero hay que comprenderlo.

Se ha comprobado científicamente que el silencio, como ausencia de sonido, es indispensable para regenerar el cerebro. Así, el silencio como ausencia de pensamiento, una vivencia de apenas segundos, es imprescindible para regenerar el alma y, con ello, revelarnos nuestra verdadera naturaleza.

El silencio interior no es otra cosa que una introspección para sentirnos, sin pensarnos. Podemos primero observarnos neutralmente, sin juzgarnos, o simplemente dejarnos fluir en sentimiento.

Cualquiera de las dos vías de acceso al “más allá” es buena, pero imposible si no vencemos la terrible resistencia que tenemos al silencio externo e interno, que no es otra cosa que pánico a los sonidos que sí vamos a encontrar, invariablemente: la queja del malestar interior, el grito de viejos y abandonados dolores, la severidad de un juez que nos declara culpables y nos condena a ser menos, entre otras muchas, muchísimas voces perturbadoras.

A esas es a las que hay que afrontar y desactivar, para que podamos estar en condiciones de ir “al más allá” desde acá.
27 Enero 2018 04:11:00
El lado oscuro del deseo
Como en el caso de la envidia, no hay ambición de la buena, aunque coloquialmente le hayamos dado al término la opción de una connotación positiva. Por definición, la ambición es un deseo desproporcionado, por ardiente y vehemente, de conseguir algo, generalmente fama, fortuna y poder.

Cuando se habla de falta de ambiciones, la intención es señalar la ausencia de impulso y objetivos, y cuando se hace referencia a la sana ambición, el propósito es destacar el deseo de superación. Ninguna de estas actitudes tiene que ver en realidad con la ausencia o la presencia de la condición emocional que le arrebata la cordura al ambicioso.

La ambición es por antonomasia insaciable. Cuando se logra lo que se ambicionaba se quiere más. Es el vacío interior perpetuo. Suele, también, ser engañosa si se le liga a lo ideal, entendido como lo que sólo puede existir en idea. En tal caso, nos arrastra hacia un destino al que nunca llegaremos.

En cualquier caso, la ambición nos incendia por dentro y nos oculta la realidad. Dejarnos llevar es levar el ancla del contacto con nosotros mismos en un mar embravecido por deseos incontrolados cuya satisfacción, si es posible, nunca nos hará felices.

Por algo decía Voltaire que “en el desprecio a la ambición se encuentra uno de los principios esenciales de la felicidad”, la cual es ciertamente difícil de comprender, pero invariablemente comienza por un grado de satisfacción consistente, absolutamente inalcanzable para el ambicioso.

La ambición es estrictamente egoísta; nunca ve por los demás, como no sea para utilizarlos, explotarlos. Por eso es una actitud recomendable en las culturas individualistas y competitivas.

La ambición es de hecho uno de los principales motivos del fracaso de no pocas democracias, que en su afán de proteger el ámbito de lo individual de los embates de un Estado todopoderoso o de mayorías aplastantes, han colocado al ciudadano egoísta, protector irredento de sus intereses personales y defensor furioso de unos derechos sólo suyos, como centro del acontecer político, económico, social, cultural y educacional, relegando lo colectivo al discurso. En esta simulación generalizada, aún pretendemos que el homo egoico se organice socialmente y trabaje por sus semejantes.

Ya que en realidad, en cualquier país, cualquier momento de la historia y cualquier cultura, lo colectivo, que no lo masificado (por irracional), es lo que importa como base de la existencia humana, el homo egoico, ambicioso por naturaleza, se autoboicotea en su paso sobre los demás para alcanzar sus objetivos.

Y así es como una distorsión que parece ser estrictamente personal, deteriora países. Se ha comprobado que cuanto más progreso económico desarrolla una sociedad, más infelices suelen ser sus miembros. Las naciones más ricas, como Suecia, Noruega, Finlandia y Estados Unidos, registran las tasas de suicidio más elevadas del planeta.

El ambicioso es un carente que pretende colmarse de nada, porque nada significan para el alma las riquezas, el poder y la fama. En lugar de reconocimiento atraen envidia y en vez de amor, interesado embeleso.

El ambicioso es alguien que definitivamente no se acepta. Sin embargo, está dispuesto a aceptarse todavía menos para alcanzar la nada. Infamia tras infamia sigue adelante en su ambición, esperando que lo venidero compense su vileza, pero a sabiendas de que requerirá más de ella.

No hay nadie que ponga la mirada más lejos de sí mismo que el ambicioso. Dice la reconocida psicoterapeuta, autora de varios libros, Any Krieger, que la ambición es una pulsión que arrastra al individuo a lugares donde puede encontrarse peligrosamente fuera de su eje.

La ambición es prácticamente una adicción. Los estados de vehemencia que crea son literalmente drogas, actúan como neurotransmisores que dan la sensación de empoderamiento.

Mientras la ambición no deje de ser de esas patologías toleradas y hasta estimuladas socialmente, estaremos lejos de la seguridad, la felicidad y la tranquilidad, individual y colectivamente.

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20 Enero 2018 04:00:00
En el injusto medio
Pocos juicios tan temidos como el de mediocridad, sobre todo por los mediocres, aquellos que se guían por la opinión ajena. Temen tanto ser considerados medianos, en una sociedad donde esto es además la regla oculta para ser plenamente aceptado, que se paralizan creyendo alejarse del fracaso, y sólo se alejan de lo único que no es mediocridad: los sucesivos despertares de conciencia que nos llevan a trascender nuestra materialidad.

Por algo Stephen Covey ha señalado que “quienes viajan por el camino inferior de la mediocridad viven el ‘software’ cultural del ego, la competición, la escasez, la comparación, la extravagancia y el victimismo”, paradigmas de la conciencia humana primitiva que aún rigen de manera subterránea nuestras vidas. Tanto así que tratamos de sobreponerles, desde la perspectiva light de la new age de la espiritualidad, conceptos como abundancia y unicidad a partir de la repetición constante de decretos “positivos”, ahorrándonos la alquimia de nuestro plomo en oro, es decir, tratando de saltarnos el paso de la imprescindible sanación emocional, porque duele.

Sólo vencer nuestros miedos, cosa posible únicamente a través de la alquimia emocional, nos permitirá salir de la verdadera mediocridad, la de una mente dormida, cero analítica, ignorante de sí misma, moldeada y dirigida por creencias impuestas, que amanece y anochece en automático, sigue operando igual mientras dormimos y nos arrebata el descanso, la tranquilidad y la felicidad, porque está llena en un 90% de los temores del Pithecanthropus erectus, trasladados a las vicisitudes de la vida moderna.

“No existe la mediocridad, lo gris. Sólo existe nuestro miedo. Miedo de crecer, miedo de abrirse a las emociones. Miedo de descubrir que no hay ninguna jaula alrededor, sino sólo libertad, aire. Y si levantamos apenas la mirada, el espacio infinito del cielo”, dice, creo que con toda razón, la novelista y documentalista científica Susana Tamaro.

La mediocridad, o medianía tirándole a malito, está en las zonas de confort, esos espacios interiores donde la conciencia duerme para protegernos de aquello cuyo poder aumenta de manera directamente proporcional a nuestro esfuerzo emocional por alejarnos de él: el miedo.

La emoción en el ser humano es un poderoso vehículo vibratorio que nos lleva hacia la evolución o hacia la entropía, según la imprimamos de amor o de miedo.

La mediocridad, ese tratar de mantenernos estáticos, cómodos, con una insatisfactoria estabilidad sostenida por alfileres, tiene diversas formas de manifestación, entre otras:

1.- Envidia: quiero todo lo que tienes sin esforzarme por ello. Debido a que es imposible, desearé y hasta haré algo para que tú no lo tengas.

2.- Conformismo: no hago nada porque nadie hace nada. Si alguien puede hacerlo, que lo haga él, si nadie puede, ¿por qué yo?

3.- Victimismo: no soy responsable de lo hago porque no soy culpable de lo que me pasa.

4.- Aversión agresiva: Todo aquello que está fuera de mi alcance o de mi entendimiento es amenazante. Por tanto, lo odio, monto en ira ante su persistencia, lo condeno y lo ataco con saña.

5.- Pereza: puedo hacer más, pero no quiero.

6.- Arrogancia: humillo a otros porque es algo que me hace sentir importante.

7.- Extravagancia: Seré escandalosamente diferente, raro, incluso grotesco, para destacarme.

8.- Kakonomía (economía de lo malo o cultura del mínimo esfuerzo): prefiero que el otro haga menos para que yo no tenga que hacer más o quede en evidencia que nunca lo hago. Sin embargo, pondré mi expectativa en que dé lo mejor de sí.

Queda claro que la mediocridad no es la falta de logros ni de mérito ni de éxito, sino una mezcla de pobreza emocional y pereza mental que no nos permite ver más allá de nuestras narices, pero desde la cual queremos organizar el mundo. Por eso es que hay mediocres muy notorios y, sobre todo, peligrosos.

Si el justo medio es la prudencia, el injusto medio es la mediocridad.
13 Enero 2018 04:00:00
¡Qué belleza!
Histórica y predominantemente, el ser humano ha limitado su apreciación de la belleza al ámbito estético, propio de lo que sensorialmente puede percibir, pero no de manera neutral, sino guiado por los estereotipos nacidos de las creencias.

El concepto de belleza de los seres humanos está basado, así, en paradigmas limitantes y excluyentes que apocan espiritualmente, entristecen, debilitan y embrutecen. Drástico, pero cierto. Y me explico:

La verdadera belleza es una experiencia mística, es decir, de unión del alma con la divinidad. Es el sello de Dios y, por eso, la esencia de todo cuanto existe. Nos conecta directamente con el amor, de ahí que todo cuanto existe puede y debe ser amado. Para amar al prójimo hay que verlo bello. Ahí está el secreto del mensaje de Cristo. La belleza es el alimento del alma y el amor la saciedad espiritual.

Ciertamente, se requiere de los sentidos, pero en atención plena, sin pensamiento ni, por tanto, prejuicio, para entrar por sólo unos instantes, que serán paradójicamente eternos, en la dimensión de la belleza, colmante y transformadora, invisible pero omnipresente; nuestro verdadero hogar.

Para llegar ahí es necesario aprender una forma diferente de ver, oír, tocar, oler y degustar, más allá de lo evidente, de lo predeterminado. Para vivir la belleza hay que atreverse a abandonar la botarga del ego unos instantes, eso que los artistas hacen cuando crean.

La belleza es una experiencia conmovedora, que nos hará sentir llenos de amor, del verdadero, de ese que no necesita ser depositado en nada ni nadie en particular, porque está en todo.

Dicen que Fiodor Dostoievski, quien aseguraba que la belleza salvaría al mundo, iba a contemplar cada año, durante horas, la Madonna de Rafael, y no para aprenderse cada detalle de la obra, sino para sentir su esencia, el alma del artista, manifiesta y expandida.

Y así, nadie como Dostoievski para diseccionar literariamente el alma, para encontrar la belleza en lo más oscuro de la naturaleza humana, y nadie igual a Víctor Hugo, político y poeta, además de novelista, para sublimarla, hasta hacer cegadoramente bello lo aparentemente feo. Qué me dice de Mozart y Beethoven, entre otros muchos prodigadores de belleza. Todos podemos, de diversas y únicas maneras, ser como ellos, si sabemos fluir con la belleza y sentirnos parte de ella.

Si los seres humanos comprendiéramos que la belleza es una experiencia espiritual, esencialmente transpersonal, evolutiva, que impulsa cambios cuánticos de conciencia, le da sentido a la existencia y nos hace mejores en todos los sentidos, aprenderíamos a encontrarla en las cosas más sencillas de nuestra cotidianidad y entonces, como aseguraba Dostoievski, salvaríamos al mundo.

Así de importante la belleza y así de relevante saber lo que verdaderamente es y cómo acceder a ella.

Sin embargo, vivimos en la dimensión de la falsa belleza, o belleza sin alma, aquella a la que paradigmáticamente debemos aspirar y que, en la mayoría de los casos, podemos pagar: hombres y mujeres largamente jóvenes, delgados, de facciones casi perfectas y carnes firmes; coches de lujo, animales de raza, ropa de marca, etc. Una belleza fría y utilitarista, apropiable y, por tanto, deteriorable. Una belleza que nos mata de hambre.

Tan ralita es nuestra relación con la belleza que la creemos acabada cuando pasa la juventud, como si en la madurez o la vejez no la hubiera, como si por dentro estuviésemos ya vacíos, sin nada apreciable ni valioso.

Tan mal entendida la tenemos, que la confundimos con la ternura que nos produce un niño o un cachorro, el deseo o la lujuria que nos despierta un cuerpo estereotipado y hasta el placer inicial que nos produce una adicción.

La forma en que concebimos la belleza es la forma que adquieren nuestras relaciones, nuestro entorno y nuestro mundo. Por eso estamos como estamos.
06 Enero 2018 04:04:00
Nunca por la fuerza
Son diversos los motivos por los cuales las personas viven insatisfechas e insaciables, pero uno de los principales, indudablemente, es la confusión en torno a la naturaleza del esfuerzo, un concepto moralmente ejemplar y socialmente premiado, pero emocionalmente perturbador, por tanto, paradójicamente indeseable.

De ahí que prefiramos ceder a nuestros impulsos de procurarnos placer fácil e inmediato, que no es otra cosa, en realidad, que alivio momentáneo a la angustia de vivir insatisfecho por evadir el esfuerzo y a la ansiedad que produce renunciar a los propósitos prioritarios cuya consecución requiere esforzarse. El resultado es gente insaciable, adicta e inmadura.

En el imaginario colectivo, este gasto intensivo de energía que es el esfuerzo está asociado con sufrir. Uno se esfuerza y se esfuerza, sufre y sufre, con escasos resultados. Tenemos incluso una palabra para ello: luchón o luchona.
Para el luchón o luchona, esa gente que “le pedalea” todos los días para sobrevivir y sacar adelante lo indispensable, porque “la vida es dura y llena de sacrificios” o porque tienen “una cruz que cargar”, la satisfacción es impensable y, por tanto, la felicidad lejana.

Lo que en el fondo busca el luchón o la luchona es que se le reconozca el desproporcionado y francamente desatinado, por mal entendido, esfuerzo, cuando menos por parte de aquellos que son motivo de sus sacrificios. La alegría no es parte de sus vidas. A lo más, reúnen por la mañana de cada día el coraje para continuar pegándose de topes contra la pared.

Y esto, créame, es recompensado socialmente con admiración, de ahí que el patrón de pensamiento y conducta esté tan arraigado, pero sea tan ineficiente e ineficaz, tan contrario a lo que por naturaleza es el verdadero esfuerzo.

Pocas personas entienden de qué se trata realmente el esfuerzo, y esas, en todos los casos, son las que calificamos como exitosas. Este tipo de gente ha entendido, en primera instancia, que si no hay eficiencia y eficacia, previa planeación, no hay en realidad esfuerzo, sino un simple gasto inútil de energía.
Han comprendido, también, que tal gasto inútil de energía duele, porque se lucha en realidad contra la resistencia interior a esforzarse o incluso el miedo a tener éxito, de ahí que el resultado no se verá o será insuficiente respecto de lo que se ha invertido emocional y físicamente en alcanzarlo. No compensará todo el sacrificio y la puja. Será, por tanto, insatisfactorio, debido a la expectativa de merecimiento nacida de la profunda molestia de tratar de obtener algo por la fuerza, que es con lo que se ha confundido el esfuerzo.

En primera instancia, el esfuerzo debe entusiasmarnos, para que el proceso sea gozoso y el obstáculo estimulante, emocionante, motivo de una respuesta creativa que signifique dejar de hacer siempre lo mismo esperando diferentes resultados. Los nuevos enfoques, la distinta perspectiva con la cual abordaremos un reto, el descubrimiento y la revelación de nuevas formas de hacer las cosas, nos proporcionan alegría, que renueva la energía que estamos poniendo en alcanzar nuestro objetivo. Esto se llama aprendizaje óptimo.

El esfuerzo es también inteligente, selectivo y concentrado. No debemos esforzarnos en todo ni hasta el límite. Hay cosas para las que nos somos aptos o que están fuera de nuestro ámbito de acción. En estos casos el gasto eficiente y eficaz de energía consiste en hacer lo que nos corresponde y dejar que la vida opere en nuestro favor. Tratar de controlar lo que está fuera de nuestro control no es esfuerzo, es locura.

Cuando abordamos con gusto las tareas que debemos realizar para alcanzar una meta y renovamos el entusiasmo frecuentemente, nos encontraremos con que en realidad haremos el menor esfuerzo. Si, en cambio, hacemos las cosas con disgusto, desde nuestra resistencia interna, haremos el mínimo esfuerzo. Entre mínimo y menor esfuerzo está la diferencia entre mediocridad y éxito.

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30 Diciembre 2017 04:02:00
El mejor ciudadano
“Ajustarse a la ley es necesario para la buena ciudadanía, pero no es suficiente”. / Julian Baggini

Como no puede separarse al Estado democrático de la naturaleza humana, la calidad de la democracia depende en realidad de las actitudes y las conductas de los individuos, que sumadas y reproducidas configuran un país, un estado, un municipio, una comunidad.

De ahí que hoy siga teniendo la misma importancia que para Platón y Sócrates el desarrollo de las virtudes, esas cualidades personales que nos permiten interactuar sanamente con nuestros conciudadanos y nuestro entorno, producto de valores sociales interiorizados, es decir, ideales de comportamiento, que a su vez se convierten en principios o reglas de actuación.

Platón consideraba como objetivo de la educación el desarrollo de la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano; no por obligación, sino por voluntad. Querer ser buenas personas es lo que puede convertirnos en buenos ciudadanos, y ser buenos ciudadanos nos hace, necesariamente, agentes de cambio; querer sin peros, sin condición, sin esperar que sea otro el que dé el ejemplo o el primer paso.

No hay, pues, mayor falacia que la afirmación de “yo no puedo hacer nada” o la pregunta de ¿y yo qué puedo hacer? De hecho esa actitud derrotista produce un efecto: que las cosas sigan igual. Las cosas están como están no porque no podamos hacer nada, sino porque no queremos hacer nada. No queremos ser buenas personas.

Votar, no tirar basura, ser corteses, no ser indiferentes ante el maltrato y la violencia, pagar impuestos, respetar las leyes y participar en acciones colectivas, entre otras actividades, son indispensables para mejorar nuestras condiciones de vida, pero no serán efectivas si nosotros no somos buenas personas, si somos egoístas, resentidos, cínicos, groseros, trepadores, mentirosos, ladrones, discriminadores y una larga lista de etcéteras.

Por algo decía Sócrates que el que es bueno en la familia es buen ciudadano. Y nadie puede ser bueno para la familia si no da buen ejemplo. Ahí es donde se pone a prueba realmente la calidad humana. Hemos llegado a ser tan descuidados y desconsiderados en la primerísima instancia colectiva de la sociedad, que hasta inventamos la frase: “haz lo que digo, pero no lo que hago”.

Cada individuo es tal porque pertenece a una colectividad. Cada individuo es entonces, en esencia, un ciudadano, y todo ciudadano está principalmente obligado a procurar el bien común.

El bien común se procura sobre todo desde la intimidad de cada uno, desde la mejora personal, y a partir de ahí la congruencia con los valores sociales, los cuales, por cierto, no son inmutables; cambian, se transforman de acuerdo con las necesidades de la colectividad, aunque su esencia permanezca.

Ser buen ciudadano es tener capacidad de ser solidario, responsable, disciplinado, considerado con sus semejantes, empático, generoso, ecuánime y otra larga lista de cualidades. Es, antes que nada, desarrollar patrones emocionales que te hagan feliz, como aprender a perdonar, a sentir verdadera gratitud, a desapegarte de todo aquello que te causa sufrimiento, a amarte y respetarte a ti mismo, porque sin todo aquello que alimenta y engrandece el alma, nada de lo que concierne a la convivencia con otros será real o bueno.

Ser buen ciudadano es además comprender que para tener las libertades, derechos, comodidades y oportunidades que tenemos hoy, otros antes tuvieron que pasar por sufrimientos a los que hoy ni siquiera en la imaginación queremos acercarnos. Y no hablamos únicamente de lo que conocemos como nuestros héroes patrios.

Hablamos de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos; nuestros ancestros, a los cuales debemos honrar siendo lo mejor que podemos ser, disfrutando todo lo que nos legaron porque lucharon por ello. Literalmente derramaron sangre, sudor y lágrimas. No es justo que lo demos por hecho así nada más. Saquémosle el partido que ellos le hubieran sacado. Seamos los ciudadanos que ellos querrían que fuésemos.
23 Diciembre 2017 04:06:00
Poderosa Doña Obsesión
Quien crea que no se ha obsesionado alguna vez en su vida, seguramente está confundiendo la obsesión con perseverancia, tenacidad o cualquier otro término similar de significado positivo intrínseco, que disfraza lo que podríamos describir como una fijación emocional y mental enfermiza.

Siempre podremos encontrar palabras de impacto positivo que nos ayudarán a sustituir las de significado negativo, y con ello ocultar emociones y pensamientos distorsionados, de envidia, resentimiento, odio, arrogancia, miedo, obsesión y lo que se le ocurra.

Ya ve, este es el segundo paso en el camino del autoengaño. El primero es el rechazo a lo que somos, sentimos y pensamos. Pero centrándonos en el tema: ciertamente hay pequeñas y grandes obsesiones, es decir, menos o más invasivas, menos o más paralizantes, menos o más cegadoras. Casi todo el mundo conoce lo que es no poder dejar de darle vueltas a una idea en la cabeza y lo estresante y agotador, física, emocional y mentalmente que esto es.

Las obsesiones, pues, no producen bienestar interior, a diferencia de actitudes como la perseverancia o la tenacidad, que requieren concentración, una actividad cerebral que nos permite desechar distracciones, durante corto o largo tiempo, tanto como requiramos, para alcanzar una meta, y cuyo combustible es el entusiasmo por el descubrimiento, la alegría del aprendizaje y el gozo del logro.

Además de la diferencia en el impacto emocional que producen, obsesión y concentración se distinguen también por lo que ocasionan en nuestra cotidianidad: mientras la obsesión pone la vida en suspenso, la concentración inspira, impulsa e induce creatividad.

Las obsesiones pueden ir desde consumirnos mentalmente durante una semana o más en la preocupación de cómo pagar una factura, hasta dejar literalmente de respirar con normalidad toda una vida tratando de obtener o de rechazar algo.

Una obsesión que paraliza nuestras vidas puede provenir de un pensamiento que echa raíces profundas en una carencia emocional, y por tanto la ramifica a todos los aspectos de nuestra vida, hasta hacernos creer que si no conseguimos tal o cual cosa o a tal o cual persona, no podremos nunca estar tranquilos ni ser felices ni sentirnos satisfechos. Podemos, sin ello, incluso, morir. Es absurdo si se piensa, pero así se siente.

Las obsesiones más invasivas pueden deberse también a un pensamiento arraigado en un miedo profundo e irracional, que igualmente se ramifica hasta invadir toda nuestra energía vital y hacernos creer que podemos ser destruidos por un germen, una persona, toda una raza, determinada creencia o situación, de manera que nos dedicamos a combatirla sin descanso.

Las obsesiones por completo invasivas y paralizantes despiertan la conducta llamada compulsión, la necesidad imperativa de hacer algo repetida y mecánicamente, creyendo alejar lo que nos atemoriza o conseguir lo que queremos. Podemos vivir lavándonos las manos cada cinco minutos o repetir mentalmente y sin tregua palabras, oraciones, etc. La finalidad de la compulsión es calmar la insoportable ansiedad que produce la obsesión.

Pero estos son los casos extremos. Vayamos a los comunes, que podrían ser perfectamente encuadrados en la siguiente descripción que hace de sí mismo Emmanuel Carrere, escritor francés: “Como obsesivo que soy puse de mi parte el máximo de posibilidades. Lo cual no me impide saber, como todo buen obsesivo, que del otro lado está el azar, lo imprevisto, todo lo que puede dar al traste con los planes mejor preparados. Y ahí está el horror”.

A esto nos enfrentamos constantemente todos. Esto es lo que confundimos con tenacidad, perseverancia e incluso amor. Mientras más se nos resiste o aleja, mayor es la obsesión, porque más invasiva es la idea y más grande la falsa necesidad de atraer o repeler.

La obsesión más común para todos es la del amor. Queremos atraerlo y/o conservarlo a toda costa y eso nos vuelve insaciables. Si a usted le gustan los esquivos o las esquivas, es un obseso del amor.

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